LA NATURALEZA DE LAS COSAS #2
Sin embargo, para Frank la iglesia era solo una manera de aparentar respetabilidad.
No era pagano, pero no necesitaba que le salvasen.
Siempre estaba buscando su propio camino, y al parecer lo había encontrado en una librería de la Concesión Internacional.
4 Se había entusiasmado con su descubrimiento, y el año anterior le había intentado explicar De rerum natura más de una vez.
Alice no era una beata y, aunque solía ir a la iglesia en Vancouver, lo hacía sobre todo por acompañar a sus padres, pero no podía soportar las cosas que decía Frank.
¿Qué era eso de que Dios no existía? Para ella la existencia de Dios era tan evidente como la suya propia.
Irritada una vez más, volvió a meter el libro en la maleta y la cerró.
Luego, por costumbre, se arrodilló para rezar.
Al día siguiente recibió el primer telegrama de Frank. Ese era el trato, un telegrama cada día. Para ahorrar, sus telegramas eran cortos, a veces limitados a un solo carácter chino: Casa. Con eso ya se quedaba tranquila.
Cuando terminó la semana fue a un hotel que había cerca, entró en una cabina, metió una ficha de bronce en la ranura, y se sentó para hablar un par de minutos contados.
—¿Cómo te encuentras? —le preguntó él.
—Bien —respondió. A pesar de las amargas pócimas que le hacían beber sus parientes, estaba agotada y siempre tenía sed, mucha sed, pero no quería que se preocupase por ella como médico.
—Nos han llegado los primeros del frente.
Los chinos habían lanzado un ataque masivo sobre el cuartel general de la Marina japonesa en el barrio de Hongkou; ella se había enterado por XGOA, la emisora del Gobierno en Nanking.
—¿Y qué tal?
Por su silencio, Alice se dio cuenta de que había sido peor de lo que él se imaginaba.
—Las enfermeras han sido muy valientes.
Se preguntó si le gustaría alguna enfermera; eran religiosas, pero las tocas no ocultaban que algunas eran guapísimas.
Alice tenía la esperanza de que la añorase, de que su ausencia tirase de él y le impulsara a reunirse pronto con ella, pero empezaba a pensar que en el quirófano se estaba forjando un vínculo más fuerte.
Si siguiera con él en Shanghái estarían paseando del brazo por la avenida Joffre, donde habrían comido zakuski: platitos de salmón ahumado, arenques salados, tomates en vinagre y cosas así, que iban muy bien con unos vasitos de vodka, sobre todo en invierno.
Le podría haber dicho algo afectuoso, quizá que echaba de menos las comidas en Tkachenko, pero en vez de eso se quejó de que Wuhu era una ciudad provinciana y no tenía un barrio ruso como Shanghái.
Antes de terminar de decir eso, una mujer la avisó de que se agotaba el tiempo.
Era el momento de ablandarse, de decir algo cariñoso, pero lo único que le salió fue:
—Adiós, cariño. Hablamos la semana que viene.
Al principio se esperaba que la guerra fuese corta.
El objetivo era expulsar al enemigo de un solo golpe.
Desde el bastión japonés de Yangshupu —un barrio céntrico donde los cruces estaban defendidos con sacos terreros, nidos de ametralladoras y alambre de espino—, los chinos lograron, pese a la falta de cobertura, abrirse paso hasta la calle Broadway, la última antes del río.
Pero allí los detuvieron los altos muros del muelle.
Los japoneses, casi empujados hasta el mar, resistieron lo suficiente para que llegaran los refuerzos.
No, la guerra no iba a ser corta.
Al ver que China presentaba batalla los japoneses se enfurecieron y bombardearon la ciudad.
Las sirenas antiaéreas empezaron a sonar todos los días y a veces cada hora.
Si Alice conseguía dormir por las noches era únicamente porque sabía que la Concesión Francesa seguía casi intacta; los distritos chinos eran los únicos que estaban arrasados, reducidos a escombros humeantes.
De todas formas siguió apremiando a Frank para que se marchase.
Pero él seguía diciendo lo mismo:
—Ahora puede que sea más seguro no moverse.
Tenía razón, habían bombardeado incluso la estación del Sur; todavía le costaba creerlo.
Las víctimas eran sobre todo mujeres y niños que intentaban escapar, como había hecho ella.
Pero la sensatez del razonamiento solo consiguió que se enfadase con Frank: por encima de todo tendría que haber estado deseando volver con ella, con ellos dos.
Un médico amigo de Frank le quiso llevar una vez al Club Shanghái, famoso por su barra de doce metros donde los clientes se sentaban por orden jerárquico: al fondo los taipans con las mejores vistas del Bund.
Pero por larga que fuese la barra no había sitio para alguien como él.
No sirvió de nada que su compañero protestase: «¡Es médico! ¡Es canadiense!»
, porque no le dejaron entrar, y Frank volvió a casa furioso.
Que siguiera en Shanghái tenía algo que ver con ser chino, y eso casi lo podía entender, pero resistir a toda costa parecía un orgullo absurdo.
Pasó un mes y le creció la tripa. De repente se encontró durmiendo de lado, apoyándose en las manos para sentarse y levantarse de las sillas.
Los caprichosos movimientos que distendían su vientre le recordaban al pataleo de un insecto atrapado en una telaraña, y empezó a llamar «bichito» a la criatura.
Intentaba convencer a Frank contándole con detalle lo que se estaba perdiendo —«Tienes que ver esto. Es realmente increíble»—, y en esos momentos le parecía que pronto se reuniría con ella.
Alice se sorprendía de que su cuerpo, en su estado, ardiese por el de Frank.
Cuando él volvía de Toronto en verano, solían ir a la piscina de Kitsilano Beach, la piscina de agua salada más grande del mundo.
Aunque no tenían prohibida la entrada, mucha gente los miraba, pero Frank siempre insistía en ir, y también llamaba la atención porque cruzaba los doscientos metros de piscina casi sin respirar y luego salía como Johnny Weissmuller, echándose el pelo hacia atrás con las manos.
«Ya no puedo esperar más», susurraba a veces, después de robarle besos todo el día, pero incluso embriagada por el exceso de sol y por sentirle a través del bañador, ella siempre insistía en esperar.
Ahora esos veranos le parecían tiempo perdido.
Septiembre se le hizo largo; empezó octubre y cada semana encontraba a Frank más taciturno.
Sus conversaciones por teléfono se malograban con silencios que se alargaban cada vez más, segundos preciosos y caros que no se podían permitir malgastar.
Ella intentaba recuperar su atención: «¿Qué te pasa, Frank?»
, aunque sabía que la masacre le estaba afectando.
Entonces le pidió al tío de Frank que hablase con su hermano y escribió a sus propios padres pidiéndoles lo mismo.
Pensaba que si apelar a sus obligaciones como marido y padre no servía para que se pusiera a salvo, quizá como hijo cumpliría.
A principios de noviembre los japoneses desembarcaron inesperadamente en la bahía de Hangzhou, a treinta kilómetros de Shanghái.
Llevaban semanas ganando terreno desde el norte del río Yangtsé, pero cuando empezaron a avanzar desde el sur quedó claro que el objetivo era rodear la ciudad.
El cerco ya estaba preparado, y Frank tenía que salir de allí.
—La hermana Margarita cree que debería irme.
—¿Y tú no crees que deberías irte?
Él vaciló un instante y respondió con desaliento:
—Sí, ya va siendo hora.
—¡Gracias a Dios! —exclamó Alice.
Frank no dijo nada, y a ella le extrañó que no se alegrase más por el futuro reencuentro.
—¿Qué te pasa, cariño? Pareces triste.
Al principio no le salían las palabras, y luego le temblaba la voz:
—Yo quería ganar. Quería derrotar a los malditos japos.
Alice se encontró con fuerzas renovadas para su caminata diaria junto al lago Mirror, y recorría casi un kilómetro pasando por los puentes y las orillas bajo los sauces.
«Ya viene papá, bichito. Viene papá», decía en voz baja abrazándose la tripa.
Lo malo era que Frank no podía ir en tren, todavía era demasiado peligroso, así que había pensado ir en coche hasta el lago Taihu, cruzarlo en barca, y luego conseguir algún transporte o ir andando hasta Wuhu, que solo estaba a ciento cincuenta kilómetros desde la orilla oeste.
Tres días después de marcharse Frank, Shanghái cayó en manos de los japoneses.
Nadie pensaba que sería tan rápido, pero Alice se sentía victoriosa: él había escapado a tiempo.
Ya solo tenía que superar la distancia que había hasta Wuhu.
Ella calculaba cada día los kilómetros que habría recorrido.
Lo más duro fue dejar de recibir los telegramas, su consuelo diario, aunque Frank le había advertido que no los esperase.
Pasaron cuatro, cinco, seis días... Cada uno con nuevas esperanzas por la mañana, y dudas insidiosas por la noche.
A la semana vencieron sus temores y llamó al hospital.
Con la seguridad propia de una enfermera jefe, la hermana Margarita le dijo que había visto a Frank cinco días antes. De hecho, había tenido guardia ese día.
—¿Hubo alguna urgencia? —le preguntó Alice.
—Aquí todo son urgencias, hija —dijo la hermana Margarita.
Dos días. Frank se había quedado dos días más sin decírselo.
Al principio, en su confusión, se sintió aliviada.
El tiempo retrocedió cuarenta y ocho horas, aumentando la probabilidad de que Frank siguiera en camino.
Luego la invadieron pensamientos más preocupantes.
¿Qué le habría retenido y por qué no se lo había dicho?
De pronto su marido le pareció un completo desconocido.
Más dolorosa aún era la posibilidad, ahora muy real, de que hubiera quedado atrapado en la caótica retirada china.
Con el enemigo pisándoles los talones, las tropas se habían desbandado.
En el lago Taihu imperaba el «Sálvese quien pueda»: jóvenes y ancianos caían por igual en la lucha por subir a las barcas.
Ella estaba convencida de que Frank se había librado de todo eso, pero ahora solo podía imaginarle salvando a otros antes de salvarse él.
Los días siguientes permaneció sentada fuera de la casa desde el alba hasta el anochecer, vigilando la calle, esperando la primera mirada, el momento de éxtasis, pero nunca llegó.
Pasó otra semana sin noticias suyas. Para entonces los japoneses ya habían empezado su marcha hacia Nanking.