LA NATURALEZA DE LAS COSAS
Shanghái, 1937
Cuando el tren salió de la estación de Shanghái Sur Alice hundió la cara entre las manos.
El tren se había retrasado, Frank y ella habían esperado más de dos horas de pie en el andén abarrotado, y cuando por fin llegó los arrastró la avalancha de pasajeros que intentaban conseguir asiento en tercera clase.
Al principio Frank la tenía sujeta por la cintura mientras empujaban para abrirse paso, pero cuando un niño se soltó de la mano de su madre y cayó al suelo, Frank retiró el brazo.
Al mirar hacia atrás le vio conteniendo a la gente con los brazos extendidos para que no lo pisotearan.
—¡No te pares, Alice! ¡Sube al tren! —Esas fueron sus palabras de despedida.
Dos días antes, en lo que llegó a conocerse como el «Sábado Negro», Frank había sido llamado al hospital.
Tanto en la prensa inglesa como en la china se decía que el bombardeo del Great World, un popular complejo de ocio, había sido un accidente.
Un piloto chino alcanzado por los destructores japoneses estacionados en el río había intentado soltar sus bombas en los terrenos del hipódromo, pero había errado por cientos de metros.
Era increíble que las bombas chinas hubieran caído hasta en el Bund,2 justo en la esquina de Nanking Road.
En total había casi dos mil muertos y muchos más heridos.
Alice había estado pegada a la radio, esperando la vuelta de Frank.
—Tendrás que ir a vivir con mis tíos —le dijo cuando regresó.
Ella habría tomado encantada el siguiente tren a Wuhu; estaba a trescientos kilómetros hacia el oeste, pero notó que se había referido a ella únicamente.
—¿Yo debería irme? ¿Y qué pasa contigo?
—No puedo irme. Todavía no.
—Frank, hay una guerra.
—Exactamente por eso.
Llevaba semanas escuchando a los habitantes de Shanghái —especialmente a los ingleses—hablar con ligereza de la guerra inminente, comentándola de la misma manera que se habla de las carreras de caballos o, peor aún, como si el pronóstico de lluvia les fastidiase una excursión.
Por eso quería tantísimo a Frank, porque a él le importaba.
Aun así, sintió un fogonazo de resentimiento.
Se habían mudado a Shanghái por él, todo lo que hacían era siempre por él, y ella quería que Frank le diese prioridad por una vez.
—Tenemos que pensar en el bebé.
—Por eso tú deberías irte.
—No quiero tener este niño sin ti.
Solo se refería a que él la asistiera en el parto, pero los dos entendieron las implicaciones de sus palabras.
—Yo estaré bien. Los dos bandos respetan la Concesión. Esto es prácticamente como estar en Francia.
—Entonces yo también me quedo.
Mientras lo decía se dio cuenta de sus oscuras intenciones. Sí, era una declaración de amor, firmeza y miedo a la separación, pero también un intento de hacerle responsable: si te quedas, nos pondrás en peligro a los tres.
Pero él no cedió. Como siempre, ya había tomado una decisión. Discutieron durante horas, hasta que ella se rindió. Si no podía salvar a Frank, tenía que salvarse a sí misma y al hijo que iban a tener.
Frank y Alice Yeung se conocían de toda la vida, desde que llevaban pañales y gateaban por el único parque infantil que había en la Chinatown de Vancouver.
Los dos habían ido al colegio Strathcona Elementary y luego al instituto King Edward, donde Frank había destacado como una especie de niño prodigio.
Una vez había construido una pequeña bobina de Tesla usando solo materiales domésticos (tornillos, alambre, papel de aluminio, botes de cristal...)
y el transformador de la lámpara de neón de un cartel.
Cuando se la enseñó, le cogió la mano y se la acercó despacio hasta que saltó una chispa morada desde el aro a la punta de uno de sus dedos.
Nadie se había extrañado de que quisiera estudiar medicina, aunque no podía ejercer de médico, por lo menos en Canadá.
Para unirse al Real Colegio de Médicos, o a cualquier otra asociación profesional, había que estar inscrito como votante, pero en 1930 los chinos no podían votar.
—Yo no quiero vivir en Estados Unidos —le había dicho ella una vez, protestando suavemente ante la idea de separarse de su madre, su padre y sus tres hermanos pequeños.
—No te preocupes, ya lo solucionaré. —Así era Frank, siempre tan seguro de ser especial, de que superaría todas las adversidades por sí mismo.
En la ciudad no había Facultad de Medicina, así que tuvo que irse a Toronto.
Mientras él estaba fuera, ella tenía dos impresiones de la vida: primero la que vivía ella misma y luego la que compartía en las cartas a Frank.
Todas las primaveras, cuando él volvía a casa, sus propias cartas regresaban empaquetadas en una bolsa de cuero especial, como los salmones para desovar.
Pero después de seis largos años, cuando volvió para quedarse, no consiguió trabajo.
Todo seguía igual, y nadie le quería contratar.
Al final de ese verano, mientras Alice estaba organizando la distribución de las mesas para la boda, Frank llegó con la noticia de que había encontrado un empleo.
Le contó que algunos compañeros de clase, movidos por la vergüenza de la situación, habían preguntado por ahí, y al final alguien conocía a alguien que tenía influencia en el hospital Sainte-Marie.
—¿Y dónde está?
—En Shanghái.
—Ay, Frank —dijo, y se le saltaron las lágrimas.
Su luna de miel comenzó con un viaje a bordo del Empress of Japan.
El padre de Frank, que era comerciante, los había embarcado en primera clase como regalo de boda.
Durante el día paseaban recorriendo las cubiertas, se sumergían en las salas de lectura y nadaban en la piscina climatizada.
Por la noche cenaban consomé de tortuga y pierna de cordero asada, y luego bailaban al son de Goody Goody y A Fine Romance.
Pasados diez días, tras hacer escala en Honolulu, Yokohama y Kobe, llegaron a la bulliciosa, enorme y magnífica Shanghái.
Se alojaron en el hotel Palace, en el centro del Bund, que podría pasar por una ciudad europea si ignorabas los rickshaws y los sampanes.
Jugaron a ser turistas en sitios como el bazar Yuyuan, donde encontraron los mejores bollos al vapor que habían probado en la vida, y durante esa primera semana ella estaba encantada de que hubieran ido.
Luego se instalaron en una casa adosada en la Concesión Francesa, y Frank empezó a hacer turnos en el hospital.
Trabajaba muchas horas —más de las que le correspondían—, por amor al trabajo y por demostrar su valía.
En Shanghái había un auténtico ejército de médicos extranjeros, y él era un extranjero que a la vez no lo era.
Esos días que pasó esperándole en casa, esperando a que la vida continuase en su presencia, tenía la sensación de estar reviviendo los tiempos en que estaban separados, todos esos años deprimentes esperándole en Vancouver.
Por eso decidió aventurarse a salir, pero enseguida descubrió la cara oculta de la ciudad.
En la avenida Joffre presenció como una mujer insultaba en francés al conductor de un rickshaw y luego le cruzaba la cara con un par de guantes largos.
En otra ocasión llegó hasta la entrada de un parquecito que tenía un cartel de advertencia: PARA USO EXCLUSIVO DE LA COMUNIDAD EXTRANJERA.
Para ella no era nada nuevo, pero se llevó una decepción al ver esas cosas en Shanghái.
Después de un invierno largo y sombrío, empezó a tener náuseas por las mañanas.
Luego, en julio, hubo problemas en el norte.
Un batallón de japoneses destacado cerca de Pekín salió de maniobras una noche y cuando volvieron notaron la ausencia de un soldado, provocando un intercambio de disparos con los chinos cerca del puente de Marco Polo.
Al final resultó que el soldado desaparecido se había entretenido en un burdel, pero a esas alturas ya daba igual: los engranajes de la guerra habían sido engrasados.
Antes, en 1931, tras el Incidente de Mukden3, el Generalísimo Chiang había cedido Manchuria.
Esra una región remota y su ejército aún no estaba preparado.
Seis años después, su sueño de contar con sesenta divisiones bien entrenadas y equipadas seguía siendo eso, un sueño, incluso con la ayuda de los alemanes, aliados por el momento.
Pero pese a la debilidad militar, solo se hablaba de enfrentarse a los japoneses, aquellos «bandidos enanos».
Frank le aseguraba que cualquier enfrentamiento quedaría muy lejos de Shanghái, pero Alice se alarmó cuando los japoneses ocuparon Pekín antes de que acabase el mes, y sus temores pronto se confirmaron.
En las llanuras del norte el ejército chino habría sido un blanco fácil.
El Generalísimo había reservado a sus tropas para el único lugar donde tenían una posibilidad real de luchar: los callejones de Shanghái.
El tío y la tía de Frank —que ya eran como sus propios tíos— la recibieron cariñosamente con un torrente de halagos en mandarín cuando se encontraron en la estación de Wuhu.
Solo los había visto una vez en Shanghái, pero el tío la saludó desde lejos entusiasmado y la tía se colgó de su brazo como si fueran hermanas.
En el coche, un elegante Lincoln Zephyr con chófer, se sentaron detrás con ella en medio y la atiborraron de comida: panecillos al vapor blancos como la nieve y huevos duros cocidos con té negro y soja.
Los Yeung se dedicaban a la medicina tradicional china y ganaban una fortuna con la empresa familiar, impulsada por un hermano en cada lado del Pacífico.
Alice quería retirarse a descansar, pero no protestó cuando los tíos la llevaron a una farmacia llena de cajones oscuros y estantes con tarros de cosas secas y estuvieron presumiendo de ella ante los empleados.
No tuvo ni un momento para deshacer el equipaje hasta la hora de acostarse, y al abrir la maleta encontró un polizón en el fondo: un libro encuadernado en tela que no reconoció. Lo giró para leer la portada:
LUCRECIO
SObrE LA NATURALEZA DE LAS COSAS
(DE RERUM NATURA)
TRADUCIDO POR
T. E. WALLACE
M.A., MIEMbrO DEL TRINITY COLLEGE, CAMbrIDGE
Se lo podía haber imaginado. Antes de casarse por la iglesia metodista habían discutido sobre el matrimonio religioso.
Para sus padres, la iglesia era un bálsamo contra la explotación deshonrosa en un país lejano; su padre había trabajado tantos años en una fábrica de conservas que la mano con la que cortaba se le había quedado agarrotada para siempre.