LAS VALQUIRIAS #7
Los motivos que tuviera Lichtenhein para callarse sus sospechas seguramente habrían desaparecido en cuanto Nelson cambió de bando. ¿Sería eso lo que había ocurrido?
Oyó voces que se acercaban y cerró los ojos.
—¿Se ha despertado ya?
Entró alguien, escuchó unos pasos que enseguida se alejaron.
—Aún no.
—Avíseme en cuanto se despierte —gruñó un hombre.
La voz tenía un tono de autoridad inconfundible. Nelson no sabía si los médicos lo habrían descubierto en la pista de hielo, en la ambulancia o en el hospital, pero habían llamado a la policía. ¿Ahora quién se iba a creer que él solo quería jugar al hockey?
Estudió la habitación sin abrir casi los ojos; su palo de hockey y su maleta no estaban, pero vio las botas y el abrigo.
Cuando dejó de oír ruidos en el pasillo salió de la cama y fue de puntillas hasta la ventana.
Estaba en un primer piso, no era mucha altura y había más de medio metro de nieve.
Se puso las botas y el abrigo, descorrió el pestillo de la ventana de guillotina y tiró del pomo de bronce hasta hacerse daño en los dedos, pero la ventana no se movió.
Entonces apoyó las manos en el marco y empujó con tanta fuerza como le permitió el dolor que le desgarraba desde abajo.
La ventana cedió por fin con un ruido espantoso y Nelson se quedó inmóvil, esperando a que los médicos, enfermeras y policías irrumpiesen en la habitación, pero no apareció nadie.
Se puso de espaldas a la ventana, con las manos detrás, y se aupó hasta el alféizar entre rachas de viento frío.
Se giró con mucho cuidado para sacar las piernas y se quedó sentado en el borde con los pies colgando.
Consiguió no soltar un grito mientras caía, algo totalmente antinatural, y al aterrizar el dolor le atravesó el cuerpo.
Pero estaba vivo.
No se explicaba cómo había llegado a la estación, cómo pudo distinguir el tren, ni cómo tuvo fuerzas para abrir un vagón de mercancías.
Tampoco sabía cómo había aguantado dos días enteros de traqueteo a oscuras, tiritando, muerto de hambre y de sed, aferrado a sus sueños febriles sobre Tessa, que a esas alturas ya sabría la verdad y estaría conmocionada.
Pensó que quizá era mejor así, y que ya habría asimilado lo peor cuando la fuese a ver a la lujosa casa de su padre en el West End.
Seguro que se mostraría muy distante, claro, y él tendría que suplicar que le perdonase, pero al menos le vería por fin como realmente era, y con el tiempo, tal vez podrían empezar de nuevo sin correr tantos riesgos.
Cuando por fin vio la estación Terminal de Vancouver a la luz grisácea del amanecer tenía la sensación de llevar años fuera de la ciudad, y decidió en ese momento no volver a marcharse nunca más.
La nota que había dejado seguía en la puerta de la lavandería, y pensó que Fong Man ni siquiera había pasado por allí esos días, pero encontró la estufa encendida y a Fong Man en la trastienda, sentado en la cama con los ojos cerrados.
—¿Dónde has estado?
—Por ahí.
Fong Man abrió los ojos.
—¿Quién te ha dado permiso para cerrar la lavandería?
Nelson cojeó hasta su cama, que le pareció tan principesca como la de un hotel.
—Yo mismo.
—¿Tú? ¡Desgraciado! —Con un solo movimiento Fong Man agarró el bastón de palisandro y le pegó en las corvas a Nelson, que se cayó.
—¿Creías que no iba a ver esto? ¿Que nadie te iba a reconocer? —El anciano arrugó un ejemplar del Daily World—. Me he pasado la vida luchando por ser un hombre, y ahora tú… —Terminó su reflexión con un bastonazo. Y luego otro y otro…
No sabía cuántas horas o cuántos días llevaba inconsciente, pero se despertó al oír ruidos por la noche.
Intentó incorporarse pero no pudo, tenía todo el cuerpo rígido.
Escuchó a alguien arrastrando los pies y luego se abrió la puerta de la trastienda.
Entró algo de luz y en el umbral apareció una silueta.
Nelson sintió un gran alivio al ver que solo era Fong Man.
Pero en cuanto bajó la guardia vio que entraban otros hombres, contó cuatro, pero a contraluz no les veía las caras.
Pensó que serían policías hasta que le sacaron de la cama a la fuerza y le ataron las manos a la espalda, entonces vio que vestían de paisano y eran muy jóvenes.
Aun así no se resistió mientras le ataban, ni tampoco cuando le taparon la cabeza con una especie de saco.
Sintió el frío del suelo de la lavandería y luego el frío más intenso y húmedo de la calle.
Le agarraron por los hombros y le hicieron sentarse.
El chasis de un vehículo osciló bajo su peso y el cuero crujió.
Entonces un motor tosió al arrancar y empezó el traqueteo del movimiento.
Todas las sensaciones y los sonidos eran muy vívidos.
Mientras le llevaban quién sabe dónde —quizá a un campo aislado o una mina abandonada—, se acordó de Tessa.
Había esperado que ella mantendría en secreto lo ocurrido, por vergüenza o por incredulidad, pero quizá no lo había hecho y alguien se había ofendido.
O quizá era ella la ofendida. Al pensar eso se entristeció; ya había comprendido que vencerían las fuerzas que la rodeaban, y que algún día se encontraría frente al altar con los ojos llorosos por los motivos equivocados.
Un viento gélido y cortante atravesaba la carrocería abierta, pero la sensación era extraordinaria.
Había sido una vida dura, una vida llena de amargura, pero ahora lo quería vivir todo de nuevo: las frías noches en la calle, las cálidas noches con su madre…
Sentía la presencia de su madre extrañamente cercana y también oyó el chasquido de las capas y el temblor y estruendo de los cascos al galope.
Sí, las Valquirias venían a por él. Y él iba al encuentro de lo que se le debía.