LAS VALQUIRIAS #6
—Es que tampoco es justo, ¿no? Estamos aquí porque jugamos para él, que ha pagado todos los gastos…
—No te dejes engañar, Nellie. Todos los equipos reciben un porcentaje de la taquilla.
—¿Y cómo volvemos a casa?
—No te preocupes. Mi padre nos pagará el viaje si hace falta.
Nelson se imaginó las caras del abogado y su esposa cuando le vieran en la estación.
—¿Y tus padres no se enfadarán si…?
—¿Qué importa lo que piensen mis padres? Solo piensan en la «alta sociedad», y en casarme con un buen partido, sobre todo mi madre. Ya estoy harta.
A él le sorprendió su actitud.
—Mi madre murió.
Ella le miró estudiando su expresión.
—Lo siento. ¿Y tu padre?
—También. Vivo con mi… tío.
—¿A qué se dedica?
—Tiene una lavandería. Tenemos una lavandería.
Tessa asintió con un gesto desganado, y Nelson tuvo la sensación de que todo había cambiado.
—¿Y nosotras qué vamos a hacer? —le preguntó.
—Estaremos juntas, Nellie —dijo ella mirándole a los ojos—.
Y si no tienes unos padres que te lo impidan, mucho mejor.
—Le agarró por los hombros—. En París hay una coleccionista de arte que además es escritora y vive con una mujer y lo sabe todo el mundo, allí no necesitan ocultarse.
No tengas miedo, ahí fuera podemos tener otra vida.
Hasta ese momento él pensaba que eran muy diferentes, quizá incluso demasiado, pero entonces se dio cuenta de que en realidad se parecían mucho: ninguno quería ser lo que el mundo esperaba de ellos.
—Vale, jugaré —dijo.
Esa noche, después de que todas se hubieran acostado —Thelma alegando un tremendo dolor de cabeza—, Nelson salió sigilosamente para darse un baño.
Tumbado en la bañera, mientras el agua le cubría poco a poco las espinillas amoratadas, contempló la parte de su cuerpo que parecía interponerse de pronto entre él y la felicidad.
Se preguntó si podría seguir fingiendo, quizá ir a París, o si tendría que hacer algo drástico.
Los eunucos que protegían a las concubinas en la antigüedad también mantenían relaciones con ellas, seguro que sentían algo a pesar de todo, pero no sabía si podría vivir así por estar con Tessa.
No dedicó mucho tiempo a esos pensamientos porque en realidad tenía la esperanza de que ella llegase a quererle tal y como era, de poder descubrirse algún día y de que ella se alegrase, además de asombrarse.
Eso no le parecía inconcebible, que en el fondo Tessa quisiera una vida normal.
Por otra parte, estando con él también escandalizaría a sus padres, si era eso lo que pretendía.
Cuando volvió a la habitación Tessa parecía profundamente dormida, pero en cuanto se metió en la cama se giró acercándose a él. Dio un respingo.
—No podemos. Aquí no.
—Solo un beso de buenas noches. No te preocupes, estas duermen como troncos.
Ella le besó en los labios, y su aliento era tan cálido y dulce que él cedió, dejándose llevar por la ilusión de algo casi impensable, aunque lo que estaba haciendo fuese una especie de robo.
Sus remordimientos estuvieron a punto de estropearlo todo, pero entonces recordó lo que solía decir Sammy cuando robaban en los tranvías o hurtaban caramelitos intentando compensar un poco lo que el mundo les negaba: no es robar si te lo deben.
Nelson se despertó con un rayo de luz que recorría la cama.
Tessa seguía dormida y estuvo observando sus rasgos, sus exóticas pestañas largas y rizadas.
Le parecía increíble despertarse así, contemplándola, y que pudiera seguir haciéndolo toda la vida.
Cuando la señora Ostermann le acogió en su casa de Nicola Street también se despertaba encantado de su nueva vida, observando los árboles por la ventana del torreón, pero cayó enferma y falleció solo unos meses después.
Por eso, aunque ansiaba que aquello durase, grabó en su memoria todos los detalles, temiendo que no llegaran otras mañanas como esa.
Como todas seguían durmiendo salió para cambiarse en el baño del pasillo, pero al volver se encontró con Tessa ya preparada para marcharse:
—No te extrañe si nos topamos con Lichtenhein —le advirtió mientras bajaban. Pero no le vieron en el vestíbulo y Tessa se relajó—: supongo que se daría cuenta de que no nos lo puede impedir.
Cuando se sentaron en el autobús, Kit se acercó con dos montones de ropa que parecía recién planchada.
—Esto es para después.
—¿Qué te pasa? —le preguntó Tessa cuando el autobús ya estaba en marcha.
Nelson no había pensado que tendrían que cambiarse de ropa.
—Nada, solo estoy un poco nerviosa.
En la caseta caliente se quedó de pie en un rincón, de cara a la pared.
Empezó por retirarse lentamente el gorro, tan afligido como si le fuesen a fusilar.
Después se quitó el jersey sacando primero un brazo y luego el otro, antes de levantarlo con mucho cuidado para sacar la cabeza sin que se le subiera la ropa interior.
Nunca se había sentido tan fornido y ancho de espaldas como en ese momento, mientras se ponía con torpeza el otro jersey.
Cuando lo consiguió se detuvo un instante y respiró hondo, preparándose para lo más difícil.
Se desabrochó la falda pantalón y la dejó caer al suelo; luego se quitó los calcetines y se quedó con los finos pololos de algodón.
Después repitió los movimientos para terminar de ponerse el uniforme, intentando no perder el equilibrio ni tambalearse mientras levantaba una pierna y luego la otra, porque sin separar los muslos era bastante difícil.
Cuando por fin terminó, se dio la vuelta esperando ver a todas pasmadas mirándole, pero nadie le prestaba atención.
A lo largo de la mañana el tiempo fue cambiando; el encuentro del aire caliente con el aire frío creó una manta de niebla que cubría todo el valle, pegada al suelo como el humo de un incendio en las praderas.
Durante el calentamiento Nelson apenas podía ver al público, y mucho menos los árboles o Cascade Mountain, pero lo que sí veía claramente es que las Regentes jugaban muy bien.
Ya habían ganado dos veces el Campeonato de Canadá Occidental, por tanto tenían que ser buenas, pero además eran enormes, todas gigantescas menos una, que recorría el hielo acelerada y peleona como un foxterrier.
Una ráfaga de viento azotó la pista y le dejó tiritando; se giró hacia Tessa para reafirmarse, pero estaba absorta en sus propios pensamientos.
Las jugadoras patinaron hacia el centro del hielo.
El público gritaba.
Ahora o nunca. A por la victoria.
En cuanto cayó el puck, las Regentes atacaron formando un remolino de color verde y lo llevaron hasta la mitad del área de las Amazonas, que encontraban muchas dificultades para sacarlo de allí.
Aparte de que la visibilidad era casi nula, todo el público animaba a las campeonas, que surgían entre la niebla como fantasmas.
Nelson estaba intimidado, abrumado por sus propios pensamientos.
Entonces llegó la ocasión. Con la mayoría de las Regentes en el área de las Amazonas, un pase hacia atrás se perdió en la línea azul.
Nelson se abalanzó sobre el disco, dejando a la última defensora a contrapié, y salió disparado sin nadie por delante salvo el hielo.
Las gigantescas Regentes le pisaban los talones mientras recorría casi a ciegas la pista, que parecía interminable, pero cuando la sombra verde de la portera apareció entre la niebla aún no le habían alcanzado y se lanzó hacia la portería.
La portera se dejó caer juntando las guardas, y él decidió tirarle por arriba; hundió la pala en el hielo y golpeó el disco desde abajo, elevándolo por encima de los guantes de la portera.
Hubo una fuerte ovación.
Era uno de esos goles que cambian toda la dinámica de un partido. De repente los dos equipos estaban al mismo nivel, y las Amazonas siguieron peleando por el puck con valentía y nuevos ánimos.
—¡No os relajéis! ¡Id a por más! —gritaba su entrenador. Todo lo contrario que Lichtenhein.
Las Amazonas pasaron a la ofensiva como un enjambre, sin perder en ningún momento la posesión del disco.
El talento de Kit era aún más evidente jugando con ella; sus largas zancadas, sus golpes suaves y sus certeros movimientos de muñeca infundieron valor a Nelson y también a Tessa.
Enseguida hubo química y formaron un trio muy peligroso.
Entonces todo se precipitó y marcaron dos goles seguidos: Kit con uno de sus cañonazos a puerta y luego Tessa con un regate fabuloso.
La victoria parecía asegurada, ¡serían las campeonas de Canadá Occidental!
Nelson casi no se lo creía, aunque solo fuese un título menor, por una vez iba a salir ganando.
A falta de pocos minutos, con las Regentes cada vez más abatidas, Nelson se giró hacia Tessa, que esta vez le vio, y se miraron con ternura y complicidad. Ese viaje les dejaría huella; ya no volverían a ser los mismos.
En ese momento apareció la peleona bajita y se plantó entre ellos.
—Bastardo de mierda —le dijo a Nelson.
Había oído tantas veces esas palabras que le resbalaban, y se alejó patinando sin darles importancia.
De repente apareció un palo entre sus patines que solo tardó una fracción de segundo en completar su recorrido ascendente, pero Nelson tuvo tiempo de extrañarse antes del estallido de dolor que le sumió en la oscuridad.
Se despertó forzando la vista, rodeado por una blancura cegadora, sin saber dónde estaba hasta que poco a poco fue distinguiendo una sábana blanca, barrotes blancos al pie de la cama, las paredes, un suelo blanco y un bote lleno de bolas de algodón sobre una mesa blanca. Le dolía todo el cuerpo.
Levantó la sábana, luego el fino camisón y vio que tenía una gasa entre las piernas; la despegó y comprobó que lo más importante seguía ahí, aunque le faltaba uno de los órganos inferiores y en su lugar tenía una fea costura.
Entonces se acordó del partido, de la ilusión de la victoria, y de lo que no había registrado en su momento: la palabra «bastardo».
Significaba que la chica lo sabía, ¿pero cómo se había enterado?
¿Habían escuchado algo Thelma o Edna? ¿O había sido el señor Lichtenhein?
Pensó que si las Regentes hubieran dominado el partido quizá no habría aireado sus sospechas, pero cuando cambió la dinámica solo había una forma de evitar que ganasen las Amazonas.