LAS VALQUIRIAS #5
Cuando se despertó por la mañana, Tessa y él estaban solos, y ella le estaba observando con la cabeza apoyada en una mano. Sus ojos verdes parecían azules con la luz gris del amanecer.
—¿Llevas mucho tiempo despierta?
Ella insinuó una sonrisa antes de responder.
—Un ratito.
Entonces llamaron a la puerta y Nelson se apartó.
—Es hora de levantarse, chicas —Era la voz del señor Lichtenhein, lo último que quería oír.
La pista de hockey sobre hielo Mather era un perfecto rectángulo de madera en la orilla del río Bow.
Apenas hacía frío; era un día soleado y el hielo estaba liso y duro.
Cuando empezaron el calentamiento Nelson recorrió la pista eufórico por estar patinando al aire libre, bajo el azul del cielo y la cumbre nevada de Cascade Mountain, que se alzaba imponente junto a la ciudad.
En su primer partido jugarían contra las Amazonas por ser los dos equipos rivales de Vancouver, y los dos de Calgary, las Regentes y las Patricias, harían lo mismo.
Así se garantizaba que la competición tuviera categoría de campeonato interprovincial.
Por la mañana las Amazonas parecían muy confiadas, a juzgar por cómo alborotaban y se reían posando para las fotos frente a los espectadores, que ya ocupaban un par de filas de las gradas alrededor del campo.
Nelson las estaba observando cuando la chica larguirucha que había marcado el gol en Vancouver se acercó a su entrenador y le besó en la boca.
—¿Habéis visto eso? —exclamó.
—¿Qué? ¿Lo de Kit Carson y Guy Patrick? No es nada nuevo —dijo Tessa.
Mientras calentaban, las miradas del público se centraron en Nelson, y algunos incluso le señalaban con el dedo.
Esa mañana, durante el desayuno, Edna les había leído el programa del carnaval: «Disfrute de la elegancia y el glamur con un toque novedoso: venga a ver al sexo bello manejando el bastón curvo», pero al leer las alineaciones de los equipos había puesto mala cara:
—Y las Valquirias de Vancouver, que debutan con Nellie Woo, la primera jugadora de hockey asiática del mundo.
—Los carnavales no se organizan solo por amor al deporte —había gruñido el señor Lichtenhein.
—Creía que éramos un equipo.
—Lo somos —dijo Tessa—. Y estamos aquí, para jugar el campeonato. Eso es lo importante.
El árbitro llegó patinando hasta el centro de la pista vestido con traje de tweed y una boina a juego, y las jugadoras ocuparon sus posiciones: los aleros a los lados del centro, la rover y las defensas directamente detrás. Los espectadores empezaron a alborotar dando golpes en las vallas.
Tessa y Kit Carson mantuvieron una larga batalla durante el saque inicial, bloqueándose mutuamente y levantando el palo de la otra, hasta que Tessa consiguió pasarle el disco a Nelson, que esperaba más atrás.
En el Denman Arena se había agobiado por las luces y el marcador, pero esta pista de hielo estaba rodeado de árboles y le recordaba al lago de Stanley Park, donde siempre se había sentido confiado.
El primer regate le llevó a hielo abierto, y su primer ataque terminó con un tiro a puerta.
En el hockey hay poco margen entre la confianza y la inseguridad, pero ese día se sentía genial, y Tessa debía sentirse igual porque parecían estar sincronizados.
Hacia la mitad de la primera parte le hizo un pase perfecto al área de las Amazonas, Nelson acunó el disco en la hoja de su palo y apuntó hacia donde más le gustaba: la esquina superior izquierda de la portería.
El público rugía entusiasmado mientras Tessa y él se abrazaban.
En el primer descanso fueron a una de las casetas; había una estufa de leña en el centro y bancos alineados junto a las paredes, donde se sentaron mientras el entrenador explicaba la nueva estrategia: como ya iban ganando quería que ralentizasen el partido, y gesticuló golpeando con las dos manos,
sugiriendo contactos agresivos.
—No es nuestro estilo —dijo Tessa levantándose.
—Pues hoy jugáis así —replicó el señor Lichtenhein.
En el segundo tiempo Tessa siguió empleándose a fondo, intentando meter más goles, y Nelson hizo lo mismo; iba como un rayo de un lado a otro, pero las demás aprovechaban cualquier ocasión para chocarse o dar golpes con los palos.
«¡Ay! ¡Oye! ¡Ten cuidado!», gritaban las Amazonas furiosas frotándose las pantorrillas.
Una y otra vez recurrían al árbitro levantando los brazos, pero él se encogía de hombros.
La estrategia estaba funcionando.
En el tercer tiempo los dos equipos adoptaron la misma técnica, empujando con los hombros y las caderas y provocando el derribo de las oponentes.
Después de recibir un golpe en las espinillas, Edna salió cojeando detrás de su atacante y le pegó un hachazo digno de un leñador.
La chica se desplomó, manteniéndose un buen rato encogida sobre el hielo hasta ser incorporada por sus compañeras.
El árbitro miró a Edna con mala cara y señaló su expulsión.
Ambos equipos seguirían con una jugadora menos.
Cuando el juego se reanudó, Kit Carson se apoderó del juego. Con más espacio para maniobrar le resultaba más fácil esquivar a las Valquirias, y encontrar oportunidades para tirar a puerta; en una de ellas consiguió colarle un gol a Libby.
—¡Seguid con la estrategia! —gritó el señor Lichtenhein.
Pero el dominio había cambiado de bando y Kit Carson siguió abriéndose paso a la portería, esquivando a unas defensas que ahora parecían intimidadas y solo movían los palos, hasta que volvió a marcar con un cañonazo para desesperación de las Valquirias.
Según corría el tiempo, Thelma y una de las Amazonas se enzarzaron en una carrera para apoderarse del disco, que había encallado en un rincón.
Iban las dos aceleradas, levantando los codos, y cuando parecía que iba a perder la batalla, Thelma golpeó los patines de la otra chica con tanta fuerza que la lanzó contra las vallas con los pies por delante.
Antes del grito desgarrador, Nelson alcanzó a oír un chasquido seco, como de un palo al partirse. Solo que no se había roto ningún palo.
Los árbitros y los responsables se congregaron en torno a la escena y el partido se suspendió. Cuando se llevaron a la chica en una camilla, las Valquirias entraron a su caseta para calentarse y estuvieron sentadas sin decir nada hasta que el silencio se hizo demasiado espeso.
—No hacía falta jugar así —dijo Tessa.
—La estrategia estaba funcionando, y vosotras deberíais haber seguido mis instrucciones. —El entrenador la señaló a ella y luego a Nelson.
—No hacía falta jugar como… hombres.
El señor Lichtenhein se levantó indignado:
—Me parece increíble que digas eso, Tessa. Tú más que nadie deberías saber de qué va el hockey.
Ella hizo ademán de decir algo, pero no dijo nada.
De hecho, no dijo ni una palabra más en todo el día, ni mientras pasaban frío viendo a las Regentes ganar a las Patricias, ni cuando volvían al hotel en el autobús —que les dejaron para ellas solas—, ni cuando se sentaron a cenar sin apetito en el comedor.
Tessa no volvió a hablar hasta que las Amazonas entraron renqueando en la sala:
—¿Cómo está?
Kit la miró con desdén:
—Tiene una pierna rota.
—Dios mío. Lo siento mucho.
—Y Clara apenas puede andar.
Thelma y Edna agacharon la cabeza.
—¿Y mañana cómo vais a jugar?
Antes de responder, Kit miró a Guy Patrick, que asintió con un gesto hosco.
—Guy ha hablado con los organizadores, y nos dejan buscar dos sustitutas.
Pero tienen que ser de Columbia Británica.
La final tiene que ser interprovincial. —Se interrumpió para que lo asimilasen y continuó—: Queremos que juegues con nosotras, Tessa.
Y tú también, Nellie. Sois las únicas que habéis jugado limpio.
—¡Ni hablar! —El señor Lichtenhein se levantó de un salto. Los otros huéspedes se giraron a mirar.
Guy Patrick se acercó a él; tenía la frente ancha y el pelo rubio peinado hacia atrás.
—Ahora no se trata de ti y de mí, George.
—¿No? ¿Dirías lo mismo si yo te robase a tus jugadoras?
—Para ganar a los de Alberta claro que sí.
—Como juguéis con ellas preparaos para volver por vuestros medios —dijo el señor Lichtenhein, mirando sucesivamente a Tessa y Nelson.
—Así queda usted por encima, ¿verdad? —dijo Tessa con desprecio, y salió del comedor. Las Amazonas la siguieron, y las Valquirias se fueron levantando una por una, pero cuando Nelson apartó la silla de la mesa, el señor Lichtenhein le señaló con el tenedor:
—Siéntate, Nellie. Tenemos que hablar.
Libby miró a Nelson con cara de compasión, y luego le abandonó a su suerte. El señor Lichtenhein dejó los cubiertos en el plato y le miró con el bigote manchado de salsa:
—Tessa y tú os habéis hecho muy amigas, parecéis uña y carne.
Nelson se quedó atónito.
—Yo diría que… incluso tiene cierta influencia sobre ti, ¿no? Aunque tampoco es culpa tuya, desde luego. Esa chica es de una familia muy influyente. Su padre es abogado, ¿sabes por dónde voy? Digamos que a su familia no le haría mucha gracia saber con quién se ha estado… juntando.
Nelson parpadeó sin apartar la mirada.
—Una pregunta, ¿tienes hermanos?
—Perdone, ¿qué?
—Que si tienes algún hermano.
—No, señor.
—¿Estás segura? Porque estuve viendo unas pruebas para chicos y había uno que se parecía mucho a ti.
—Soy hija única.
De pronto el señor Lichtenhein alargó el brazo, le agarró por la barbilla y le giró la cara de un lado a otro rozándole con los dedos ásperos, gruesos e indecentes. Nelson se quedó inmóvil, mirándole con odio.
El hombre por fin le soltó y se limpió los labios con la servilleta. Luego la tiró sobre la mesa, y mientras se levantaba le advirtió:
—No juegues.
Nelson subió a la habitación y encontró a Thelma y Edna jugando a las cartas sobre la cama.
—¿Dónde está Tessa?
—¿Cómo quieres que lo sepamos? —dijo Edna sin mirarle.
Al notar la tensión, Nelson volvió a salir y vagó por el hotel recorriendo pasillos abovedados tan mal iluminados que tenía la sensación de estar en un sótano.
Por fin llegó a una sala acristalada llena de plantas y muebles blancos de mimbre, y allí encontró a Tessa, contemplando la vista nocturna del valle.
—Yo… creo que no deberíamos jugar.
—No hablarás en serio —dijo ella frunciendo el ceño.