LAS VALQUIRIAS #4
Llevaba varios días trabajando sin parar, remojando, frotando, planchando y doblando hasta llenar las estanterías de paquetes de papel marrón; incluso había entregado con antelación los encargos para el miércoles, y todo ese esfuerzo empezó a pasarle factura.
Se quedó dormido en el asiento coche cama; cuando despertó todo estaba oscuro, las chicas se habían ido y solo quedaba Tessa sentada enfrente de él.
—¿Dónde están las demás?
Ella se llevó un dedo a los labios y luego señaló hacia arriba: habían desplegado todas las literas.
—¿Qué hora es?
—Tarde. Debías estar muy cansada. Yo tampoco pude dormir anoche, pero no tengo nada de sueño.
Unos ronquidos rompieron el silencio poco después, y Tessa propuso que fuesen a sentarse en el otro coche. Nelson aceptó encantado, y los dos recorrieron los vagones adormecidos hasta llegar a un vagón con ventanas enormes que dejaban ver el firmamento cuajado de estrellas.
—Bueno, Nellie, ¿y cómo es que juegas tan bien? —le preguntó cuando se acomodaron en los sillones de cuero.
Nelson le habló de cuando jugaba con Sammy en el lago helado:
—Al principio ni siquiera teníamos patines ni palos, patinábamos sobre los zapatos y usábamos ramas.
—Durante algún tiempo había usado unas viejas plataformas con cuchillas que encontró junto al lago, y no había tenido patines de verdad hasta que la señora Ostermann le compró unos de segunda mano, un detalle que no pensaba compartir.
—Vaya. ¿Y los chicos te dejaban jugar?
Eso había sido un error.
—Sí… Porque yo me empeñaba.
—Lo debes llevar en la sangre.
—¿El qué?
—Seguro que estás acostumbrada a tener que luchar por todo.
—Hizo una pausa y continuó—: Cuando yo era pequeña, en casa trabajaba un chico que se llamaba Henry Lum.
Se ocupaba del carbón y dormía en el sótano, en el suelo.
No se quejaba nunca, pero yo tenía remordimientos y una noche bajé a ver cómo estaba.
¡Casi se muere del susto! Le horrorizaba que mis padres nos encontrasen allí y pensaran lo peor, así que no volví a bajar más.
Cuando la señora Ostermann le explicó cómo mantener la caldera, Nelson creía que le pondría un jergón allí mismo, pero en lugar de ello le asignó una habitación arriba. La sensación de cariño que había sentido entonces se parecía en algo a lo que sentía por Tessa en ese momento.
—Mi madre le enseñó a preparar huevos con beicon para que ella pudiese levantarse más tarde.
Yo bajaba de mi cuarto atraída por esos olores deliciosos y era como si Henry fuese mi madre disfrazada.
—Se echó a reír—. Luego vino aquel horrible juicio por asesinato.
¿Te acuerdas del chico que trabajaba con los Millard?
Yo también le habría tirado una silla a la señora Millard si hubiera intentado cortarme una oreja.
Claro que no habría arrojado su cuerpo al horno, pero sí que me habría defendido.
Tuvo muy mala suerte de que el golpe resultase mortal.
Mis padres despidieron al pobre Henry; de pronto tenían miedo del servicio, como todos los demás.
Él les suplicó quedarse, pero mis padres ya estaban decididos.
Yo también lloré, aunque no sirvió de nada.
¿Alguna vez te has cruzado con un chico que se llame Henry?
—No.
—Ya, claro. Con la cantidad de hombres que hay en Chinatown… Tienes suerte, así puedes elegir.
Nelson tardó unos instantes en entenderlo, y le pilló por sorpresa:
—Yo… No pienso mucho en los hombres, la verdad.
Ella le sonrió y después contempló el paisaje nocturno:
—Dios… Es precioso, ¿verdad? —dijo maravillada; recogió las piernas sobre el asiento y se abrazó las rodillas. Él observó su perfil: la punta de la nariz, el arco de la garganta, y pensó que lo maravilloso era estar allí con ella, trabando amistad, incluso haberse conocido.
—¿Qué miras? —le preguntó girándose hacia él. A la luz de las estrellas su sonrisa parecía maliciosa.
—No creas que me engañas, Nellie. Sé muy bien lo que eres —le dijo entonces.
Él se quedó paralizado, con el corazón encogido, y tardó unos segundos en reaccionar:
—¿Qué quieres decir?
—No hace falta que disimules, he visto cómo me miras. Ya sé por qué no piensas en los hombres, y esas botas… te delatan directamente.
Nelson tragó saliva apesadumbrado; había pensado comprarse otros zapatos, pero decidió que levantaría más sospechas andando con tacones por la nieve y el hielo. Ojalá lo hubiera pensado mejor… Eso, y todo lo demás.
—Descuida, que te guardaré el secreto.
—¿De verdad? —la miró fijamente.
—Pues claro. No deberían echarte del equipo por ser… lo que eres.
Él se quedó perplejo. ¿Le daba igual que fuese un chico? ¿Tanto le importaba ganar?
—Oye…
—¿Sí?
—¿Y qué soy? —le preguntó con la voz temblorosa.
—¿Lo tengo que decir?
—Sí.
Tessa se levantó entre crujidos del cuero y se inclinó sobre su asiento, con las manos en los reposabrazos y la cara muy cerca de él, coronada por las estrellas.
—Eres lo mismo que yo —le dijo, y entonces le besó.
Cuando volvieron al compartimento subieron a las literas y se miraron hasta que los ojos verdes de Tessa se cerraron y le dejó solo, escuchando el traqueteo eterno del tren.
El paisaje plateado seguía pasando a toda velocidad, y cruzaron un puente colgante tan alto que el tren parecía volar.
Pensó en los labios de Tessa, frescos y secos, tímidos al principio y luego más confiados.
Cuando ella se apartó, Nelson creyó ver la silueta de alguien en la puerta, pero luego pensó que era imposible, que sería una ilusión óptica.
De todas formas tenía motivos para estar asustado, y también confuso, porque en realidad Tessa no le había besado a él.
Sabía que en esos tiempos a las mujeres les daba por hacer cosas raras y provocativas, pero besar a otra chica…
¿Y acaso no estaba mal que alguien como ella se encariñase con alguien como él?
En Chinatown había cafés donde las camareras blancas se iban con los hombres por un dólar o dos, y hasta Nelson pensaba mal de ellas por irse con viejos chinos lascivos.
Intentó dormir concentrándose en el ruido monótono del tren, pero no podía.
La almohada era blanda, pero la manta era inesperadamente fina.
Se quedó dormido al amanecer y no se despertó hasta que llegaron a Banff, cuando ya era de noche otra vez.
Toda la ciudad estaba iluminada con lucecitas blancas por el carnaval, como si la Navidad fuese eterna en esa parte del mundo.
En el autobús que los llevaba al hotel, Edna se levantó de repente apoyando las manos en la ventanilla:
—¡Mirad eso!
—¡Pare el autobús! —gritó Tessa.
En el centro de la ciudad había un castillo de hielo de tamaño real, con murallas, almenas y torreones; en el tejado ondeaban las banderas de Inglaterra, Francia y Canadá, y todo el edificio resplandecía como si el hielo tuviera bombillas dentro.
Bajaron del autobús y entraron en tropel al castillo, donde encontraron un luminoso laberinto con paredes muy altas.
«¡La última que salga es una pedorra!», gritó Edna, y todas se dispersaron.
Nelson echó a correr entre resbalones. La primera vez que giró encontró otro pasillo, la segunda y la tercera también, pero luego llegó a un callejón sin salida y retrocedió corriendo más deprisa.
Al atravesar un cruce tropezó con Tessa; los dos intentaron frenar levantando los brazos, pero no pudieron evitar el encontronazo y ella dio un grito alegre.
—Me he perdido —le dijo.
—Y yo.
Tessa soltó una carcajada echando la cabeza hacia atrás, y el ambiente se relajó. Mientras recorrían juntos el laberinto, las voces que los llamaban se fueron apagando hasta que solo se oía el crujido de la nieve compacta bajo sus botas.
Cuando encontraron la salida las demás se habían marchado.
—Vamos a ver si están por allí. —Tessa señaló enfrente, y cruzó la avenida Banff dando zancadas.
En la mediana había una hilera de puestos del carnaval, pero ella se metió por una calle lateral muy empinada donde empezaba un tobogán de hielo que atravesaba el castillo.
Las otras no aparecían por ningún sitio, y le propuso probarlo:
—¡Venga, vamos a subir! —Agarró por la cuerda uno de los trineos que estaban en la acera y empezó a remolcarlo.
Cuando llegaron arriba Nelson se sentó delante con los pies bajo el frente curvo del trineo, Tessa se sentó a horcajadas detrás de él y luego se impulsaron con las manos y los pies hasta el borde, donde el trineo empezó a oscilar.
Nelson se sintió ingrávido, flotando en el aire hasta que se precipitaron bruscamente y bajaron a toda velocidad dando botes, bandazos, medio volando, los dos chillando y Tessa aferrada a él.
Después de salir disparados del castillo, el trineo por fin se paró y cayeron uno sobre otro riéndose. Él se recostó apoyando la cabeza en su regazo y ella se inclinó acercando la cara.
—Por fin os encuentro —dijo una voz.
El señor Lichtenhein se acercó con aire de mal humor. Nelson se levantó de un salto, pero Tessa se levantó tranquilamente y le preguntó:
—¿Dónde están las demás?
—En el autobús, esperando —dijo el señor Lichtenhein.
El hotel Banff Springs era un palacete de piedra con tejados puntiagudos de color verde, uno de los famosos hoteles que la Canadian Pacific Railway había construido junto a la línea de ferrocarril transcontinental.
El vestíbulo estaba revestido de madera oscura, y un pequeño ejército de botones acarreó su equipaje por la magnífica escalera principal.
Libby y las hermanas iban a dormir en una habitación y las demás en otra.
Tessa entró hasta el fondo y se sentó en la cama que estaba junto a la ventana.
—Nellie y yo dormiremos aquí.
Nelson se quedó desconcertado; agarró la maleta y salió corriendo hacia el cuarto de baño, que estaba al otro lado del pasillo.
Se puso un grueso camisón de algodón y la fina diadema metálica de su madre; luego respiró hondo y volvió.
Las otras también se habían puesto los camisones, y al verlas descalzas, tan pálidas y refinadas, bajó la mirada aturdido y se metió en la cama.
—Nellie… —susurró Tessa cuando apagaron la luz, pero él se hizo el dormido de espaldas a ella, temeroso por todos los detalles que le podrían delatar.