Solos los dos LAS VALQUIRIAS #3
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LAS VALQUIRIAS #3

Él habría elegido otros colores, algo parecido al morado de los Millonarios y una sola V blanca, pero un uniforme era un uniforme, y ese le quedaba estupendamente, parecía hecho a medida.

El día del partido las Valquirias salieron a la pista con sus nuevos calcetines de rayas negras y amarillas, como una abeja; las Amazonas llevaban su uniforme habitual con jerséis de color beige y el emblema «VA» bordado en el centro.

Habían repartido folletos, así que tenían algo de público.

Con los espectadores, aunque fuesen pocos, el encuentro parecía más serio.

Nelson se colocó detrás de Tessa; tenía la boca seca y todo el cuerpo en tensión.

Al mirar hacia el fondo de la pista se fijó en un hombre moreno y repeinado: era Frank Patrick, el entrenador de los Millonarios, los ganadores de la Copa Stanley de 1915.

Él y su hermano habían promovido la construcción del Denman Arena para llevar a Vancouver el hockey profesional.

Nelson se quedó pasmado; en ese momento el puck cayó al hielo y las Amazonas le pasaron a toda velocidad.

A jugar, Nellie.

Unas semanas antes, desde lo alto de las gradas, las Amazonas le habían parecido lentas —al menos comparadas con los Millonarios—, pero sobre la pista eran cualquier cosa menos eso.

Nelson se sintió abrumado mientras perseguía el disco.

Si no hubiera sido por la experiencia de Libby como guardameta, las Amazonas habrían marcado unos cuantos goles enseguida.

Más adelante, las Amazonas consiguieron imponerse con un disparo a puerta que pasó entre las guardas de Libby mientras se tiraba de rodillas.

Entonces Nelson se espabiló; hasta ese momento había quedado aturdido por las luces y el parloteo del público, pero de repente se le despejó la cabeza.

En cuanto aumentó el ritmo Tessa le imitó; había que pasar al ataque y se iban buscando mutuamente.

Solo quedaban unos segundos en el enorme marcador eléctrico cuando ella le hizo un pase por la banda izquierda.

Recordando su primer entrenamiento, cortó hacia el interior avanzando al borde del área y golpeó el puck apuntando a la derecha de la portera.

¡Ting!

Poste y fuera.

Al terminar el partido, mientras las jugadoras se daban la mano, Tessa propuso jugar la revancha el siguiente fin de semana. Las Amazonas se miraron entre sí con timidez, y luego una dijo:

—No estaremos aquí, nos vamos a Banff.

—Tenemos un torneo. Jugamos en el Campeonato de Canadá Occidental —añadió una chica larguirucha con el pelo rizado, la que les había metido el único gol.

El señor Lichtenhein se lo explicó después en el vestuario:

—En Banff se celebra el Carnaval de Invierno, y desde hace un par de años hay un torneo de hockey femenino para acompañar el de curling.

—Deberíamos ir —dijo Tessa.

—¿Tú crees que estáis preparadas? —le preguntó el señor Lichtenhein.

—¡Casi les ganamos! —replicó Tessa, y de pronto todas protestaron a la vez.

El entrenador se quedó callado, observando el ambiente, y luego sonrió con malicia.

—Pues vamos a ir. Ya lo he organizado —dijo.

Un griterío ensordecedor retumbó en las paredes del vestuario.

—Hice la inscripción en cuanto vi que podíamos formar un equipo. La duda era si el viaje merecía la pena. No me gusta quedar en ridículo, necesitaba alguna garantía de que podíais competir.

—¿Incluso en un campeonato? —preguntó Lucy.

—Lo llaman así para darle importancia y vender más entradas, pero es el único torneo que hay. Además tenemos nivel para competir. Si van las Amazonas deberíamos ir.

—Usted haría cualquier cosa para ganar a los Patrick, ¿no? —dijo Tessa.

Entonces Nelson recordó de qué le sonaba el apellido de su entrenador.

Frank Patrick y su hermano Lester eran quienes habían convencido a Fred Taylor, el Ciclón, para irse de los Vagabundos de Montreal, un equipo que jugaba en la liga rival de la NHA y era propiedad de otro Lichtenhein, Samuel.

Suponía que las Amazonas eran el equipo de los Patrick, y que su entrenador, el señor Lichtenhein —hijo, sobrino o primo de Samuel Lichtenhein — también estaba enemistado con ellos.

El señor Lichtenhein les contó los detalles del viaje y luego dijo muy serio:

—El miércoles os quiero ver a primera hora en la estación de tren, y espero que lo de hoy os sirva de lección. Si queréis ganar, tenéis que jugar bien todo el partido —y miró de reojo a Nelson—, no solo una parte.

En cuanto el entrenador salió del vestuario y las chicas empezaron a cambiarse, Nelson se puso las botas y salió rápidamente. Cuando ya había recorrido una manzana de la calle Georgia, oyó que alguien le llamaba.

—No le hagas caso. Has jugado genial. —Tessa se paró delante de él sin aliento.

—No es por eso. Es que tengo prisa por llegar a casa.

—¿Eso son botas de hombre? —Le miró levantando las cejas.

Nelson bajó la mirada avergonzado.

—Un poco rarita sí eres, ¿no?

Como él se quedó callado, ella siguió:

—Me parece increíble que nos vayamos de viaje. Tus padres te dejan, ¿verdad?

Él movió la cabeza asintiendo.

—Menos mal, porque no podemos ganar sin ti —dijo ella.

Nelson se cambió en un callejón y salió corriendo hacia casa.

En la trastienda se agachó junto a la cama y sacó la maleta de su madre, cubierta de polvo y arrugada como la piel de un elefante.

Allí guardaba bien doblado su abrigo marrón, y al sacarlo notó el rastro de la lavanda mezclado con el olor a lana y humedad.

Su madre se había vuelto completamente loca antes de morir, y le había gritado cosas horribles al confundirlo con los hombres que habían abusado de ella.

Los últimos meses no se podía mover de la cama, pero su «casero», que le había pegado repetidas veces durante los años precedentes, les dejó seguir en su fétido cuartucho mientras siguiese encontrando la manera de cobrárselo.

Cuando su madre falleció por fin, Nelson le pidió quedarse allí, pero el casero se puso furioso.

Nelson solo tuvo tiempo de coger el abrigo y la maleta antes de salir corriendo.

Por aquel entonces el abrigo era demasiado grande para él; ahora le quedaba un poco corto de mangas y estrecho de espalda, pero aún le valía.

Eso le animó, y estuvo revolviendo los lotes de ropa para lavar y seleccionando algunas cosas.

Los jerséis y las blusas le quedaban holgados sobre el pecho plano, pero pensó que era una ventaja: el estilo masculino estaba de moda, y así parecería la chica más femenina de todas.

Se estaba probando un camisón de manga larga delante del espejo cuando sonó la campanita de la entrada de la lavandería.

Se quitó el camisón de un tirón y lo echó a la maleta, que escondió bajo la cama de una patada justo antes de que apareciese Fong Man con su sombrero de fieltro occidental, su túnica china y un bastón nudoso de palisandro que sujetaba con mano temblorosa.

—¿Qué estás haciendo? —le preguntó.

—Nada.

—Eso me parecía. Vuelve al trabajo.

—La verdad es que necesito un rato libre.

—Eso será cuando hayas trabajado suficiente —se burló el anciano.

Fong Man era quien había dirigido la batalla contra la jornada de dieciocho horas cuando trabajaba esclavizado por las mafias chinas, y Nelson se lo recordó:

—Pensé que quería que trabajásemos menos.

El anciano soltó un gruñido y se tumbó en su cama hecho un ovillo.

—Vuelve al trabajo.

Nelson se enfureció, ¿cómo se atrevía a negarle un descanso? Era él quien se ocupaba de todo, así que el jefe debería ser él.

Pero su confianza volvió a flaquear. No dejaba de pensar en todos los detalles que le delatarían y en las consecuencias si le descubrían.

Se acordó de su amigo Sammy; era quien remaba por la bahía por las noches, recogiendo los sacos de opio que salían a la superficie cuando se deshacía la piedra de sal con la que los hundían desde los barcos.

Su cuerpo también apareció flotando en la bahía, seguramente asesinado por una banda rival, y Nelson no quería acabar como él.

Sin embargo, cada vez que pensaba en dejarlo, imaginaba la voz de Tessa: «No podemos ganar sin ti».

Cuando se despertó el miércoles por la mañana, en lugar de encender la estufa de leña y poner agua a hervir, Nelson se vistió y, con su palo de hockey en una mano y la maleta en la otra, salió sigilosamente a la calle.

Chinatown aún dormía a esas horas, no se oía el bullicio del mercado, ni había obreros frente al restaurante Chop Suey House, solo se veían las motas de nieve iluminadas por la luz de las farolas.

Había dejado una nota en la puerta de la lavandería: «Cerrado hasta el próximo lunes».

Pasaría tiempo hasta que alguien se diera cuenta, y para entonces ya estaría muy lejos.

La estación estaba cerca, era un edificio ancho de ladrillo rojo con columnas blancas, y Nelson fue el primero en llegar.

Se sentó en el vestíbulo de mármol; notaba que le miraban y se sentía desprotegido, pero enseguida llegaron las demás —primero apareció Libby con un montón de equipaje, luego las hermanas quejándose del trabajo («no sabéis lo que nos ha costado que nos dieran días libres»), y por último Tessa,

con unas botas que la hacían mucho más alta—, y se sintió integrado en el equipo.

Su disfraz combinaba perfectamente con los abrigos cruzados y los sombreros acampanados que llevaban las otras, pero los palos de hockey y las guardas llamaban la atención, y el destino quiso que coincidieran con un reportero del Daily World que les pidió una foto.

Las jugadoras se alinearon y Tessa agarró a Nelson por la cintura justo antes del flash.

—¿Y cómo se llama su equipo, señoritas? —preguntó el hombre, que había sacado un lápiz y una libreta.

—Somos las Valquirias de Vancouver —dijo Tessa, y le estrujó la mano a Nelson—. ¡El fabuloso equipo de George Lichtenhein!

El entrenador llegó muy marcial con su abrigo largo y su sombrero bombín, se puso al frente de sus tropas y las guio hasta el tren.

En cuanto salieron de la estación, Nelson y todas las chicas menos Libby —su carabina oficial—, empezaron a corretear por el tren en un estado de euforia que a él le duró hasta que terminaron de comer en el vagón restaurante, sobre manteles blancos y temblorosos platos de porcelana,

pero después le entró sueño.