LAS VALQUIRIAS #2
Nelson intentó dormir, pero tuvo unos sueños muy raros y se despertó en plena noche agitado por las visiones de hombres con peluca y mujeres con uniforme.
Se levantó, encendió la bombilla que colgaba del techo y se miró en el espejo cuarteado que usaba Fong Man para afeitarse.
Nelson tenía las facciones tan delicadas y expresivas como su madre y el cuerpo fibroso.
Solía llevar el pelo hacia atrás, y si se lo echaba hacia delante le quedaba casi igual que los peinados que llevaban algunas chicas.
Además no necesitaba afeitarse como Fong Man, que tenía barba de chivo.
Lo que estaba considerando era una locura, pero lo único que quería era poder jugar.
Cuando se espabiló por la mañana sus fantasías de la noche anterior le parecían solo eso, fantasías, pero la idea le siguió rondando mientras echaba lotes de ropa en el tambor de madera de la lavadora y los pasaba chorreando a los rodillos de la escurridora:
estuvo todo el día pensando en el cartel y suspirando por algo distinto a esa rutina agotadora.
Cuando terminó con la ropa de ese día entró a la trastienda y buscó la pipa de Fong Man, que parecía una flauta de bambú rematada con un pequeño pomo.
Nelson usó un alambre para raspar el interior de la pipa, mezcló el polvillo de opio con una patata que había hervido en la estufa de leña, lo dividió en bolitas y fue hasta Shanghai Alley para venderlas.
El opio consumía el poco dinero que ganaban, así que lo justo era que devolviese un poco.
Años antes, Fong Man le daba una paliza cuando se enteraba de sus tejemanejes, pero ahora era demasiado viejo y siempre estaba demasiado borracho, así que Nelson ya no tenía por qué preocuparse.
Con el dinero en el bolsillo se dirigió hacia el este por Hastings Street, donde estaban los grandes almacenes Woodward’s, un edificio de ladrillo de cuatro plantas con la fachada cubierta de anuncios: «¡ALFOMbrAS! ¡TELAS DE HULE! ¡MUEBLES! ¡HERRAMIENTAS! ¡ULTRAMARINOS!»
Solo había estado allí una vez, cuando su madre le llevó unas Navidades y los escaparates estaban llenos de luces.
Fueron recorriendo planta por planta, y ella le observaba feliz al ver su mirada de asombro mientras le protegía de las miradas de los demás.
Pero esa noche no se iba a librar de las miradas, sobre todo al entrar en la Sección de Señoras.
—¿Le puedo ayudar en algo? —le preguntó fríamente una dependienta.
—Estoy buscando un gorro de lana y una falda pantalón… Son para mi madre —respondió.
La dependienta le miró con desconfianza y le guio por los pasillos de la planta. A Nelson le dio vergüenza tener que elegir las prendas más baratas, pero necesitaba dejar algo de dinero para el pintalabios y el colorete.
De vuelta en la trastienda, como Fong Man seguía sin aparecer, Nelson se puso el gorro y se sacó unos cuantos mechones de pelo.
Luego se pintó los labios como había visto hacer a su madre, frunciéndolos y frotando uno contra otro.
Cuando se miró al espejo una imagen juvenil de su madre le devolvió la mirada.
Un par de noches después se puso en camino hacia el Denman Arena.
En cuanto se alejó de las miradas indiscretas de Chinatown, se metió en un callejón oscuro para cambiarse de ropa y se maquilló a tientas con la mano temblorosa.
Después cruzó rápidamente el West End, fijándose en las casitas y la vida que se adivinaba tras las bonitas ventanas con mirador.
La semana pasada, al ver a las Amazonas, Nelson se vio reconocido en ellas, en su deseo de jugar, y pensó que las chicas simpatizarían con él.
Pero en cuanto salió al hielo, las jugadoras empezaron a apartarse, más recelosas incluso que los muchachos…
quizá por la misma razón, o al menos eso quería creer.
Nadie podía sospechar de su disfraz. Había otras cinco jugadoras, algunas con pantalones cortos de muchacho.
A su lado, él parecía todavía más femenino.
Al menos eso se repetía para no echarse a temblar.
Mientras patinaba trazando círculos en solitario apareció otra chica en la barrera; era alta y delgada, con el pelo corto y oscuro, y salió a la pista dando suaves zancadas.
Las chicas del banquillo le hicieron señas y ella se paró frenando hábilmente sobre el borde exterior de un patín.
Cuando se inclinó sobre la valla una le dijo algo al oído, ella se giró para mirarle y luego se acercó a él.
—¿Cómo te llamas?
—¿Que cómo me llamo? —dijo Nelson.
Ella se echó a reír.
—Sí, porque tendrás un nombre, ¿no?
—Ejem… Nellie.
—¿Te has maquillado para venir? —Le miró con desaprobación, y a Nelson se le hizo un nudo en la garganta.
—Un poco —reconoció.
La chica hizo una mueca y dijo:
—Queremos que nos tomen en serio, ¿verdad?
Él movió la cabeza asintiendo.
—Me llamo Tessa —dijo ella sonriendo, y mientras se alejaba patinando le señaló con el stick y gritó—: ¡Chicas, esta es Nellie! —Luego las demás fueron volviendo una por una a la pista.
Un bigotudo con papada que llevaba un abrigo largo y sombrero bombín apareció en el banquillo y empezó a contar en voz baja. Siete jugadoras, suficiente para formar un equipo. Se quedó mirando a Nelson con curiosidad, pero no dijo nada.
Como solo eran siete, esa noche fue más un entrenamiento que unas pruebas, pero aun así Nelson estaba nervioso.
Temía perder el gorro o que la falda le cayese a la altura de los tobillos, y eso le hizo errar más de lo normal.
Aun así, hubo momentos en los que se dejó llevar por la excitación del juego, olvidando que era un chico entre chicas, y se sintió otra vez como un niño pequeño patinando con Sammy detrás de una lata en el lago helado de Stanley Park.
Cuando terminaron, el hombre del sombrero de hongo las reunió en el banquillo. Se llamaba George Lichtenhein, y a Nelson le sonaba el nombre pero no recordaba de qué.
—Ha estado… bien. Lo repetiremos la semana que viene, ¿vale? —les dijo.
Mientras Nelson salía rápidamente de la pista alguien le llamó:
—¿Nos vemos la semana que viene?
Nelson se giró; Tessa estaba junto a la entrada con el flequillo húmedo pegado a la frente.
—Sí —respondió.
Todas eran chicas decentes, esa fue la conclusión de Nelson después del entrenamiento.
Había dos hermanas, Lucy y Abigail Smith, muchachas de aspecto sencillo y mentón alargado que trazaban bonitas figuras durante el calentamiento.
Libby Rogers tenía veintiún años, estaba casada, y había sido portera de un equipo de Fernie.
Las otras —Thelma Woodson, Edna Lawrence y Tessa McNally— estaban estudiando el último curso en el instituto King George, y Nelson se las podía imaginar avanzando juntas por los pasillos mientras les abrían paso como si fuesen la reina y sus damas.
Al final del segundo entrenamiento el señor Lichtenhein las reunió en el banquillo y anunció un partido contra las Amazonas.
Hubo vítores y gritos de alegría. Por mucho que les importunara medirse con unas novatas, las Amazonas tampoco podían elegir.
No había una liga de hockey femenino, así que estaban deseando jugar contra cualquiera.
La conversación giró enseguida hacia los uniformes: que si llevarían boinas o gorros de lana, y si quedarían mejor con borla o sin borla.
—¿Qué importa lo que llevemos? Lo que necesitamos es un nombre —dijo Tessa.
—¿Qué tal las Georgias? Ya sabéis, en honor al rey —dijo alguien.
—O las Soberanas.
—¡No, las Muñecas!
Tessa puso cara de disgusto:
—Necesitamos un nombre más parecido a «Amazonas», algo que sugiera mujeres de carácter.
Cuando murió su madre, que había acabado ciega y demenciada, Nelson se quedó en la calle con doce años.
Todas sus posesiones cabían en la maleta negra de su madre, incluyendo el abrigo que ella usaba en invierno y que le había salvado de morir congelado por las noches hasta que le rescató la Iglesia metodista.
Le habían mandado a vivir varios meses maravillosos con Wilhelmina Ostermann, una mujer bajita con mucho pecho y el pelo blanco que habitaba una casita con torreón en el West End.
Su hijo había sido detenido al principio de la guerra por «actuar de manera muy sospechosa», y ella se resarcía cada noche poniendo música de Wagner a todo volumen en el fonógrafo.
A Nelson le gustaba sobre todo esa parte tan imperiosa del chan chanchán chaaan chan, chan chanchán chaaan chan...
—¿Qué os parece las Valquirias? —sugirió.
Siete cabezas giraron a la vez.
—¿Qué son valquirias? —preguntó Thelma arrugando la nariz.
Nelson tragó saliva y se lo explicó:
—Son mujeres de la mitología nórdica. Ellas decidían quiénes morían en la batalla y los llevaban al… —se interrumpió haciendo memoria— al Valhalla.
La señora Ostermann le había explicado el significado de la música, incluso le había enseñado una reproducción de un cuadro con mujeres que llevaban cascos alados y volaban montadas a caballo entre nubarrones y rayos de tormenta.
—¿Mujeres que elegían a sus víctimas? Me gusta —dijo Tessa.
Las otras se lo pensaron un poco más, pero fueron asintiendo una por una con gestos sonrientes, golpeando el suelo con los palos de hockey.
—¿Qué dice usted, señor Lichtenhein?
—Las Valquirias de Vancouver… Suena bien —dijo mesándose el bigote.
—Entonces, las Valquirias —sentenció Tessa sonriente.
Al terminar la reunión, el entrenador se giró hacia Nelson:
—Así que conoces la mitología nórdica… —dijo levantando una ceja. Luego le dio la espalda y se fue.
En el siguiente entrenamiento el señor Lichtenhein asignó las posiciones:
—Lucy y Abby serán las defensas, Tessa el centro, Thelma y Edna los aleros, en la portería Libby, que ya tiene el equipamiento, y Nellie… de rover1 —dijo, y le miró fijamente al final.
Cuando terminaron de jugar esa noche, el señor Lichtenhein abrió una caja de cartón enorme y empezó a sacar calcetines, faldas pantalón, gorros de lana (sin borla) y siete jerséis de color negro adornados con dos uves amarillas, una sobre otra, como galones.
«¡Vamos, Nellie!», gritó Tessa mientras salía con las demás hacia el vestuario.
Nelson le dio las gracias al entrenador, y se excusó diciendo que tenía prisa; cambiarse delante de las chicas era demasiado arriesgado.
Al llegar a casa se quitó el jersey viejo y se probó el nuevo delante del espejo.