Solos los dos
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LAS VALQUIRIAS
Vancouver, 1921
Nelson se pasó todo el día en las profundidades de la lavandería, como siempre.
Fong Man, el propietario, había desaparecido una vez más, y tuvo que hacer él solo todo el trabajo: mover adelante y atrás la palanca de la lavadora, darle a la manivela de la escurridora, tender en los alambres que cruzaban la sala, alimentar la estufa de hierro para que se secase pronto la ropa,
y planchar cuellos y puños calentando previamente la plancha.
Aunque tuvieran pocos clientes era excesivo para un muchacho; las máquinas ya estaban destartaladas cuando el propietario las rescató de otras lavanderías que habían instalado centrifugadoras y sustituido la plancha por máquinas de almidonar.
Generalmente, al final de la jornada, se retiraba al cuarto que compartía con Fong Man en la trastienda, pero ese día echó a andar por Pender Street.
Al pasar bajo la cúpula verde del World Building —que había sido el edificio más alto del imperio británico— aceleró el paso y miró alrededor nervioso; cada vez que le alumbraban los faros de un coche daba un respingo.
Esos días era peligroso salir de Chinatown después de oscurecer, dos semanas antes habían apaleado a un hombre que iba paseando solo.
La Gran Guerra ya había terminado, muchos no tenían trabajo y, de nuevo, jóvenes furiosos deambulaban por las calles imponiendo su justicia.
Siguió andando deprisa por el West End hasta que dejó atrás la última hilera de casitas adosadas con porche y llegó al Denman Arena, un islote luminoso en la oscura inmensidad de Stanley Park.
Nelson ya había estado en el estadio, pero esa noche iba a jugar por primera vez.
Estaban haciendo pruebas para un nuevo equipo juvenil: «¡PARTICIPA EN LA COPA ABBOTT!»
, decía el cartel. Como acababa de cumplir dieciséis y ya podía, había desempolvado su viejo equipo y se lo había echado al hombro dentro de un saco de la lavandería que aún olía a lima y bicarbonato.
Llevaba los patines atados por los cordones colgando del cuello, y apoyado en el otro hombro llevaba el palo de hockey de 35 centavos que le había comprado su difunta madre después de muchas súplicas.
Sin el bullicio de los días de partido el estadio parecía abandonado, y al pasar por la entrada de los jugadores se sintió como un intruso.
En cuanto entró en el vestuario las conversaciones se apagaron, todos desviaron la mirada y los que estaban más cerca se apartaron cuando se sentó en el banco junto a la pared.
Nelson se vistió mirando al suelo y salió enseguida a la pista de hielo esperando pasar desapercibido entre un montón de chicos, pero no tuvo esa suerte: mientras daba vueltas el resto de chicos mantenía una prudente distancia, como una jauría.
Un hombre con traje de lana y sombrero de fieltro llegó hasta el borde del hielo con un portapapeles en la mano, se quedó observando la escena y luego tocó el silbato. Nelson dio un respingo; el juego había terminado.
—¡Formad cuatro filas! —gritó el hombre.
El alivio le dio alas, y ejecutó las pruebas más rápido que el resto, pero se vino abajo cuando el hombre soltó un puñado de pucks en la pista.
Golpear latas de conservas o tacos de madera no tenía nada que ver con controlar un disco de caucho macizo: el primer pase que llegó hasta él pasó como un rayo por debajo de su stick, y el primer tiro se elevó perezosamente por el aire.
Para cuando empezaron a jugar un partidillo estaba deseando corregir sus errores, pero nadie le pasaba el puck.
Estuvo en posición abierta muchas veces, y en vista de que no contaban con él hizo lo único que podía hacer: apoderarse él mismo del puck.
Cuando lo consiguió, salió disparado por el hielo dejando boquiabiertos a los jugadores de ambos equipos.
Al pasar la línea azul de la zona ofensiva se abrió hacia el lateral antes de dirigirse zigzagueando hacia la red.
Vio la mirada temerosa del portero —¡Qué vergüenza como le metiera un gol!
— y también un hueco por el lado opuesto.
Se inclinó y disparó con tanta fuerza que sintió que la sangre le subía a las manos.
La red se estremeció.
Ni siquiera pudo levantar los brazos para celebrarlo porque un fuerte empujón le lanzó contra las vallas; primero chocó con el hombro y luego cayó de espaldas.
Vio luces y estrellas que desaparecieron de repente, eclipsadas por un mastodonte furioso con la cara llena de granos.
Nelson no se sorprendió, así era la vida para un chico como él.
Y por culpa de su madre —su madre joven, orgullosa y hermosa, arrancada a los quince años del Delta del Río Perla y llevada al otro lado del océano para servir a los hombres solitarios del Barrio Chino, uno de los cuales la había dejado encinta—, Nelson había sido maltratado también por los suyos.
Siempre había puesto la otra mejilla, pero hoy…
—¿A ti qué te pasa? —le dijo cuando se levantó.
El mastodonte fue a por él y de pronto se vio rodeado por todos los chicos, que le manotearon la cara con los guantes mugrientos hasta que alguien le agarró por el cuello del jersey. Cuando se dio cuenta estaba sentado en un despacho enfrente del hombre del sombrero de fieltro.
—¿Te has apuntado en la lista? —le preguntó el hombre estudiando el portapapeles.
Nelson negó con la cabeza.
El hombre se echó el sombrero hacia atrás, pasado el pico de viuda, y luego se inclinó hacia él enlazando las manos.
—Mira hijo, pareces buen chico y también buen jugador.
Yo no tengo problemas con nadie que patine rápido y tire fuerte, pero algunos de estos —señaló hacia atrás con el pulgar— sí los tienen, y si ellos tienen problemas yo también, porque mi objetivo es ganar, y no se puede ganar cuando hay problemas en el vestuario. ¿Sabes por dónde voy?
Al ver que Nelson no decía nada, el hombre se echó hacia atrás y empezó a tamborilear con los dedos. Entonces sacó un papel del bolsillo interior del abrigo y lo empujó hacia él sobre el escritorio:
—Es una entrada para un partido de los Millonarios, ¿qué te parece?
Nelson le miró fijamente buscando algún resquicio en su determinación, pero no lo vio, así que cogió la entrada de un manotazo y se marchó.
Dos noches después volvió al estadio; visto desde arriba el hielo parecía una losa de mármol gigantesca.
Cuando tenía nueve años se había colado allí con Sammy Kong, una tarde en que su madre le pidió que se marchase hasta la noche.
Treparon hasta la última fila de las gradas y contemplaron el interior del edificio por primera vez; era todo de madera y tenía las vigas vistas, como un granero gigante.
En esos tiempos Nelson sabía tanto sobre el hockey como la mayoría de los habitantes de Vancouver, es decir, casi nada, y se quedó impresionado por los sonidos: los raspones de los patines, el choque de los sticks y el estruendo de los tiros contra las vallas.
También le impresionó la velocidad y cómo el pelo de los jugadores flotaba como si hubiera viento.
Pero lo mejor de todo fue presenciar el primer cañonazo de Fred Taylor, el Ciclón, el mejor jugador del mundo, que retumbó en todo el estadio y recibió una larga ovación con todo el público en pie.
Nelson llevaba enganchado desde entonces.
Con el tiempo habían cambiado algunas cosas; ahora había dos líneas azules pintadas en el hielo y los porteros se podían arrodillar.
Era la primera vez que estaba tan cerca de la acción, pero esa noche fue inolvidable por otras razones.
En el primer descanso, un hombre con un megáfono fue andando despacio hasta el centro de la pista y dijo: «¡Ahora tengo el placer de presentar a las intrépidas Amazonas de Vancouver!»
. Salieron a la pista siete jugadoras con falda pantalón y gorros de lana, y el público estalló en carcajadas.
Nelson se irguió en el asiento preguntándose de qué iba aquello.
¿Quizá era un espectáculo nuevo? Las Amazonas jugaron un partidillo y a él le parecieron muy buenas, pero el público gritaba y silbaba, incluso las abucheaban.
«¡Iros a casa! ¡No es un juego para señoritas!»
, gritó un hombre. Nelson también estaba un poco receloso, aunque era porque ellas podían jugar y él no.
En el segundo descanso se sorprendió al ver que las Amazonas volvían a salir y seguían patinando obstinadamente a pesar de las risas y las burlas.
De repente, un hombre con patines y una larga peluca rubia saltó al hielo entre los aplausos del público, se apoderó del disco y lo estuvo protegiendo sin perderlo en ningún momento.
Daba igual cuántas jugadoras fuesen a por él, se las arreglaba para esquivarlas, a veces colando el disco entre las piernas de alguna, como si las Amazonas fuesen comparsas de un vodevil.
Nelson sintió que le hervía la sangre de indignación, esta vez por la actitud del hombre de la peluca y la crueldad de los chicos y mayores que le jaleaban.
Cuando terminó el partido, mientras salía del estadio intentando asimilar todo lo que había visto, se topó con un cartel mimeografiado:
¡BUSCAMOS PATINADORAS!
¡ESTAMOS FORMANDO UN NUEVO EQUIPO FEMENINO!
LAS PRUEBAS SON ESTE JUEVES A LAS 7:00 PM.
¡YA ES HORA DE QUE LAS AMAZONAS TENGAN RIVALES!
Entonces, una idea bastante extravagante invadió su mente.
Volvió corriendo a Chinatown. A esa horas las tiendas ya habían cerrado, pero las callejuelas y los patios comunitarios rebosaban de vida; se oía el claqueteo de las fichas de mah-jong y el estrépito de la percusión de la ópera cantonesa.
Cerca de Shanghai Alley le llegó un olor a vómito, y se preguntó si Fong Man estaría en casa o habría salido a emborracharse otra vez.
En la trastienda comprobó con alivio que no había nadie y se tumbó en la cama.
Tenían dos colchones de paja en un rincón colocados en ángulo recto.
En el otro rincón había un fregadero de metal donde guardaban varios cuencos desportillados.
Las ventanas estaban cubiertas con papel de estraza para que no entrase tanta luz, y el único detalle decorativo era una deslucida cenefa de papel pintado cerca del techo que estaría de moda hacía un siglo.
Fong Man había vivido muchos años allí solo, hasta que no pudo hacer el trabajo y reclutó a Nelson.