Bonus III. Vadim en París
III VADIM EN PARÍS
Un mes más tarde
Esta tarde solo estamos ella y yo.
Sentada en la silla de terciopelo de un restaurante superelegante de los Campos Elíseos, Alma está impresionante con su vestidito rojo que me inspira toda clase de ideas.
No dejo de mirarla. Yo no voy tan elegante como ella, llevo mi tejano rasgado, aunque también la camisa blanca que tuvo la buena ocurrencia de conseguirme.
Y, de todas formas, esta chica, demasiado buena para mí, me ha susurrado que incluso con un saco de basura sería el tío más guapo de todo París.
Qué bien miente esta brujita.
Pide por mí, no me decido y, de todos modos, no entiendo la carta.
Compartimos los dos platos, todo está delicioso, pero es increíble lo pequeñas que son las raciones.
Incluso un mocoso de cinco años comería más que esto.
Otra de las pijerías de los parisinos, me imagino.
Me hago el maleducado y pregunto si pueden traer más vieiras porque tres no dan ni para una persona, sobre todo a ese precio.
Me responden que no con educación, así que pido hablar con el responsable, así sin más, solo por diversión.
El camarero, enfadado, acaba por traerme un plato de guarnición adicional.
No dejo ni una miga. Por una cuestión de principios.
Alma no se avergüenza. Me sonríe, divertida, jugueteando con el vaso en la mano. Ese vestido rojo me vuelve loco. Y lo que más me vuelve loco es su expresión. Juguetona. Traviesa. Y tal vez un poco… enamorada.
El camarero nos trae el siguiente plato y se marcha a todo correr.
—Parece que te has ganado un enemigo… —comenta Alma, alegre.
—¿Quién? ¿Robert?
Me invento el nombre. Y luego toda su vida.
—Robert y yo estamos así de unidos.
Entrelazo dos dedos.
—Estudia arte, un poco como nosotros.
—Vadim, en Francia, nadie de esa edad se llama Robert.
—Vale, espera, que le pregunto cómo se llama.
—No, ¡para! Ya lo has traumatizado bastante. Déjalo tranquilo, digamos que se llama Robert.
—Qué cobarde. Bueno, Robert trabaja de camarero para pagarse los estudios.
Sin embargo, sus padres están forrados. Pero, lo de ser artista, no lo consideran un trabajo.
«No, no, Robert, ¡o te dedicas a las finanzas o nada!
Si quieres hacer el payaso, ¡papá y mamá no firmarán ningún cheque!
». Entonces, se pone a buscar un trabajillo extra y como solo conoce los restaurantes de lujo a los que van sus viejos, aquí está, vestido como un pingüino con un…
¿Cómo se llama eso? Esa especie de capa de superhéroe de ahí.
—Un frac —responde riéndose Alma, a la que le empieza a gustar el juego.
—¡Eso! Y cuando acaba su turno, el pequeño Robert va directo a Montmartre en moto para dibujar caricaturas a los turistas.
Le fastidia, pero al menos le sirve para practicar.
Puede hacerlos feos, ponerles narices enormes, ojos bizcos, papada, y la gente siempre está contenta.
No como sus padres, que están todo el tiempo de mal humor.
—¿Vadim? —me interrumpe Alma de nuevo.
—¿Qué?
—¿Los odias? ¿A mis padres? Siempre describes a las familias como si representaran tu peor pesadilla…
—No, tu hermana es guay, me cae bien. Y tu madre es…
Esos ojos verdes me atraviesan.
—Lo que ha hecho por mí me ha emocionado.
Me ha hecho sentir como en casa. Me ha dado una oportunidad y eso es raro.
Ni siquiera ha intentado cambiarme. Sí que odio un poco a todas las madres, porque me duele que otros las tengan y yo no…
Y me hubiera encantado saber qué habría sido de la mía.
Pero ¿a Marie Lancaster? No, no la odio. ¿Te vale?
—Hum… No, sigue hablando.
Cuando me sonríe así, me resulta del todo imposible negarle nada.
—Lo que más me gusta es su hija. No sé si la conoces…
Se ríe bajito, un poco avergonzada. O quizá emocionada.
—Tiene un gorrito ridículo, frío todo el rato y siempre quiere ir de compras, pero esa chica consigue hacerte amar cualquier cosa: películas horribles, tiendas abarrotadas, restaurantes donde no te dan nada de comer, noches en las que uno duerme solo esperando a que alguien venga a despertarlo.
E incluso cuando no viene nadie, uno se conforma con levantarse por la mañana…
— Je t’aime , Vadim Arcadi.
Alma me escuchaba sin decir nada, con una sonrisa en los labios que se iba ensanchando y los ojos brillantes, y luego ha dicho eso.
Siempre lo dice cuando no me lo espero y siempre me produce el mismo efecto.
Pero ahí, fue incluso mejor: lo dijo en francés.