Bonus II. La vida de Vadim #2
—Y después están las parejas con problemas de dinero, que ya tienen tres o cuatro niños que criar y te amontonan con ellos en un solo cuarto, solo para poder recibir la paga de familia de acogida.
Esos no te miran, no te hablan, te alimentan a base de patatas fritas y te dejan delante de la tele hasta que se olvidan de que existes.
Y cuando tratas de llamar la atención, reparten bofetadas para educarte.
Hasta los doce o trece años, cambié de familia casi cada año.
Me fugaba, me encontraban, y vuelta a empezar.
Hasta que me declararon causa perdida, niño incontrolable, indisciplinado, imposible de educar. De vuelta a la casilla de salida.
Yo solo quería que alguien me cuidara.
* * *
Apoyo la cámara en la barra de la cocina, saco de mi bolsillo trasero la cartera aplastada y extraigo la foto que siempre va conmigo.
Cuatro pequeñas imágenes tomadas en un fotomatón, con Felix, cuando teníamos quince años y nos creíamos gánsteres.
Él lleva una bandana en la cabeza, cuatro o cinco collares dorados alrededor del cuello y con los dedos forma una pistola, apuntándome a la sien.
Yo aparezco con la cabeza rapada, la barbilla alta y los brazos cruzados, una sonrisa arrogante en los labios y una mirada de mocoso que no tiene miedo a nada; con ganas de desafiar al mundo solo para demostrarse a sí mismos su valía.
Cinco años después, nos encuentro ridículos, pero sin duda esos fueron los mejores años.
No teníamos gran cosa, pero nos sentíamos invencibles y ricos en algo inestimable: nuestra libertad.
Esto merece la pena contarlo.
—Este es Fe. Felix Alonso. Misma edad, misma trayectoria vital.
Nos conocimos en el centro de acogida, el primer día nos peleamos y desde entonces no nos hemos separado.
Juntos hicimos trastadas y vivimos nuestra vida: robar todo lo que podíamos y sobre todo aquello que no nos servía para nada.
Vagabundear por las calles hasta encontrar algo que hacer, a menudo algo no muy inteligente.
Conducir coches que en realidad no robábamos porque los devolvíamos a su sitio después de dar una vuelta.
Camelar a chicas o solo buscarlas con la mirada; recibir calabazas, aunque no siempre.
Nos creíamos los reyes del mundo. Nada nos detenía.
Porque entre los dos formábamos un equipo, una pequeña familia, la única que tuvimos.
Nos cubríamos, nos protegíamos, cada uno vengaba al otro.
Y cuando nadie podía vernos ni entendernos, hablábamos entre nosotros, nos desahogábamos e incluso llorábamos.
Una amistad así solo sucede una vez en la vida.
Felix era todo lo que tenía. Hasta que apareció Alma.
Me detengo en seco. Tengo que salir a tomar el aire.
No se me da bien lo de contar mi vida. ¿Qué es eso de que tiemble la voz en off ?
Un poco más y me convierto en el adolescente que lloriqueaba mientras escribía en su diario con lágrimas que dejan grandes gotas redondas en mitad de las páginas junto a los corazoncitos dibujados en el margen.
Meto la cámara en la mochila, envuelta en una de mis camisetas para protegerla.
Me voy hasta el parque y empiezo a grabar los árboles, los senderos, los viejitos que caminan despacio, los corredores incansables que van detrás de algo invisible, los niños que juegan en el césped y no saben lo que les espera cuando crezcan.
Me doy cuenta de que no tengo una foto de Alma para poder grabarla.
Y ni siquiera estoy seguro de si eso le interesaría a Keith.
Alma no pertenece a mi pasado, mis heridas y todas esas cosas de las que quiere que hable.
Alma es todo lo contrario, es mi tirita.
Mi pomada. El alcohol que pica un poco, pero cura.
Y Keith va de salvador, pero no le gusta cuando las cosas me van mejor, especialmente si no es gracias a él.
A veces, se cree Dios. He visto a otros educadores esforzarse, sacrificarse, trabajar duro para que los críos puedan salir adelante.
Pero a él no le gusta la felicidad. Lo convierte en un inútil.
Cuando llego por fin al banco, nuestro banco, al fondo del parque, dudo si enfocar con la cámara la inscripción que grabé en la madera.
«Tú + Yo». Significa justo eso: solo nosotros, nadie tiene por qué saberlo, nadie debe verlo.
Es demasiado valioso. Se mancharía un poco si alguna otra persona posara allí los ojos.
Así que grabo todo lo demás, el cielo blanquecino de diciembre, casi cegador; los listones de madera gastados por todos los culos que ahí se han apoyado; las piedrecitas del suelo que recojo y lanzo lo más lejos posible cuando la vida pesa un poco más; los minúsculos trocitos de madera que ella tritura con los dedos cuando la vida la hiere, la angustia, la asusta o la agobia.
—Alma. Es un nombre bonito. Es español, pero no tiene nada que ver con sus orígenes.
Ella, mitad francesa, mitad inglesa, vive en Estados Unidos, tiene un nombre latino y un apellido inglés, pero se ha pasado la vida mudándose de aquí para allá.
Es de ninguna parte y de todas al mismo tiempo.
Esa chica es un enigma. Cuando la vi aparecer a principio de curso, pensé que era una niña de papá.
Rica, educada, sosa, sin interés. Aunque de una belleza innegable.
Con esos grandes ojos verdes que te miran hasta lo más profundo de tu ser y que después huyen, por miedo a lo que encontrarán.
Cuando por fin se atrevió a hablarme, sus réplicas ingeniosas me dejaron impactado.
Comprendí que tenía algo dentro, que albergaba algo en ella que no quería salir.
Ese maldito profesor de cine nos emparejó para el trabajo; sin duda para liberarla, sin duda para controlarme.
Pero nuestros dos mundos no estaban hechos para encontrarse.
Es como pedir a la reina de Inglaterra que tome el té con Al Capone, aunque desde luego eso no sea muy halagador hacia mí.
Y un cliché. Aunque lo intentamos, no nos entendíamos.
O nos entendíamos demasiado, no lo sé. Por fin, sucedió.
Quedé con ella, apareció, y no dejaba de decir que se tenía que ir, pero no daba el paso.
Yo no quería que se fuera. Creo que fue ahí cuando empezó todo.
Apoyo la cámara en el banco, enfocando hacia mí, en contrapicado sobre mi cara. Ya no tengo ganas de grabar, tan solo voy a hablar.
—Hay muchas cosas de Alma que me sacan de quicio.
Nunca tiene tiempo, siempre tiene que volver a casa.
Sus padres que la esperan, Clémentine que la espera, su novio que la esperaba.
Y además siempre tiene miedo. De lo que podría hacer, de lo que podría arrepentirse, de lo que podrían pensar de ella, o de lo que podría salir mal.
También desconfía de Felix, aunque confía en Abrams e incluso en su hijo, a quien apenas conoce.
Ah, sí, también está lo de sus gustos cinematográficos.
Forrest Gump tiene un pase, pero Bailando con lobos , honestamente, es imperdonable.
Y luego está lo de que tiene frío todo el rato, a pesar de que aquí hace sol todo el año.
Pero creo que eso lo hace a propósito para que la abrace.
Los caminantes que pasan a mi lado se preguntan por qué estoy hablando solo. Me planteo moverme de atrás adelante o de ponerme a correr mientras grito, como en los viejos tiempos. Pero serían capaces de llamar a la poli.
Es increíble como la gente no soporta que seamos diferentes.
—Eso es lo que más me gusta de Alma. No juzga.
Rasca, profundiza y se forma su propia opinión.
Quiere saberlo todo, comprenderlo todo. Siempre plantea buenas preguntas, aprieta donde más duele y cuando identifica algo, ya no lo suelta.
A veces es doloroso. Reflexiona un montón.
Sus ojos verdes ven cosas que otros no ven.
Cuando me mira, me atraviesa. Descubre mis contradicciones, se rebela contra mí y de primeras nunca está de acuerdo conmigo.
Y se atreve a decirme que me podría curar.
Que podría dejar de odiar a todo el mundo.
Solo por probar. Me hace un sitio, me da un papel.
Por primera vez, soy útil para alguien. Hay alguien que me espera, que me necesita.
Una persona que me riñe, una persona que llora cuando la decepciono, una persona que me sonríe cuando está orgullosa de mí.
Alguien que me quiere por lo que soy. Alma es lo mejor de mí.
Y voy a terminar creyéndola cuando me agradece que yo también la haga mejor.
Juntos hemos logrado un milagro. Ser nosotros mismos, pero mejores. Y de verdad.