Solos contra todos (TU + YO 1) Bonus II. La vida de Vadim
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Bonus II. La vida de Vadim

II LA VIDA DE VADIM

Tres meses después

¿Un diario personal? ¿Cómo que un diario personal?

De verdad que Keith me toma por uno de esos adolescentes en crisis que se niegan a hablar con su psicólogo, que quieren autolesionarse grabándose cosas en los brazos hasta hacerse sangrar y que necesitan exteriorizar sus pequeños desengaños amorosos y sus grandes penas.

Vale, me podría haber pasado a mí.

No tengo nada en contra de ellos, no los juzgo.

Pero a mí, hoy en día, me va bien.

No tengo ningún problema en hablar de mi vida, solo que no tengo ganas.

Y, de todas formas, odio escribir. El boli nunca va lo bastante rápido, las palabras se me acumulan y mis pensamientos ya van por delante, se hacen un lío, imposible contenerlos u ordenarlos.

Y, además, ¿por qué hacer eso? ¿Dejar rastro?

¿Volver a leerlo y que me parezca patético?

¿Publicar mis memorias? Preferiría ir a confesarme.

Al menos, podría divertirme un poco escandalizando al sacerdote, o al cura, o como se llamen.

Incluso me gustaría saber quiénes me escuchan menos: los religiosos, el educador o el psicólogo. Todos esos «grandes hombres» que se supone que te guían en la vida… y que están convencidos de que pueden pensar por ti.

Qué mala suerte, en este mundo de locos me tocó la carta de «huérfano».

Y parece que cuando no tienes padres, es tu educador el que decide todo.

Incluso cuando tienes veinte años. Solo porque te sigue desde que eras pequeño, solo porque te ha mandado a la universidad para sacarte del centro de acogida y te ha conseguido una beca rellenando un montón de papeles.

De pronto, se lo debes todo.

Sin embargo, soy yo el que se lo ha currado para comprarse esta cámara.

Es mi película de candidatura la que ha sido seleccionada para que pueda entrar en la carrera de cine.

Ha sido mi cabecita la que me ha salvado.

No él. Así que se puede ir olvidando de lo del diario.

Solo voy a hacer la única cosa que me gusta hacer.

Grabar. Contar historias. Y poner en ellas un poquito de la mía.

Keith dice que eso puede ayudarme a «reconciliarme con mi pasado», a aplacarme cuando tengo ganas de mandar todo a la mierda…

Hacerlo no conseguirá nada de eso, ya lo sé, pero al menos se sentirá mejor consigo mismo. Y me dejará un poco en paz.

* * *

Si tengo que empezar por el principio, debo grabar las únicas fotos que tengo de mis padres.

Están deterioradas de tanto pegarlas y despegarlas de todas las paredes entre las que he vivido.

Pero me servirán. Cámara en mano, hago algunos ajustes antes de aclararme la garganta y comenzar con la voz en off .

No he escrito el texto de antemano, voy a improvisar.

—Aquí es de done vengo. Estos son a quienes les debo la vida, mi apellido, mi nombre, mi rostro y una parte de mi historia.

Mis padres. Volodia Arcadi y Jane Howard King.

Bueno, lo que queda de ellos. Hace diecisiete años que no los veo y no sé cómo serían hoy.

Los dos murieron con veinticuatro años, hoy tendrían…

cuarenta y uno. Ese punto justo entre ser joven y viejo.

Creo que mi madre seguiría siendo igual de guapa, aunque puede que la esté idealizando.

Conoció a mi padre en el rodaje de una película por pura casualidad.

Él, un ruso recién llegado a Estados Unidos para labrarse un futuro mejor y que acabó «haciendo de actor»; ella, la pin-up estadounidense con cerebro que empezaba a debutar.

Tengo pocos recuerdos de ambos más allá de la voz grave de mi padre y la dulzura de mi madre, que me acariciaba siempre el pelo hasta que me dormía.

Pero, sin duda, eso es algo que contaron y que yo me cuento a mí mismo como si lo recordara.

La memoria es traicionera: selecciona, inventa y desarrolla, sin que le hayas pedido nada.

En algunas películas que he podido encontrar, mi padre tiene un fuerte acento eslavo y siempre hace de malo. El típico ruso. Mi madre tiene papeles de jovencita ingenua que pestañea, coqueta. Muy diferente de lo que eran, por lo que tengo entendido.

Me pego a la pared y vuelvo la cámara hacia mí para grabarme junto a las tres fotos colgadas de la pared. Seguro que el resultado final será malísimo, pero no aspiro al Oscar. Solo hago un documental egocéntrico sobre mi insignificante y fascinante vida para justificar el salario de mi educador.

Menudo plan.

—El otro día, cuando Alma vino aquí por primera vez, me dijo que me parecía mucho a mi padre.

A lo mejor para muchos es una frase común y corriente, pero nadie la había dicho jamás sobre mí.

Seguro que porque nadie en Estados Unidos conocía a Volodia Arcadi y se pueden contar con los dedos de una mano las personas que me han visto junto a él.

Es raro ser el hijo de un desconocido. Sin embargo, en los periódicos de la época, los artículos hablan de él como un hombre guapo.

Es cierto que tiene un rostro atractivo.

Rasgos un poco atípicos, un aire distante, una presencia un poco fría y una mirada de esas que parecen haber sufrido.

Así que no sé bien lo que quería decir Alma, pero tal vez en su boca era un cumplido.

Joder, ¿a quién podría interesarle que me parezca a él o no? ¿Y desde cuándo me importa su opinión? Este diario en imágenes ha sido la más tonta de mis ideas. Bueno, hablo de las otras dos fotos y me paro. Keith se conformará con eso.

—Aquí tenía dos años, justo el año anterior a la muerte de mis padres.

Por lo que he leído, mi madre se quedó embarazada por accidente, mi padre se casó con ella porque era así como se hacían las cosas entonces.

Aunque yo creo que estaba enamorado de ella.

En mi expediente de huérfano, que pude consultar con dieciocho años, había antiguas cartas de amor, siempre de mi padre a mi madre, solo unas pocas frases en un inglés pésimo.

Pero era un verdadero poeta. En cualquier caso, tenía el valor de atreverse.

En fin, que me voy por las ramas… Después de eso, tuvieron enseguida a mi hermano, nos llevamos dos años.

Él creo que sí fue buscado. Y un año después…

nada. Muertos y enterrados. Se acabó la carrera en el cine, la historia de amor y la preciosa familia.

Todo hecho pedazos. Y Roman y yo directos al orfanato.

A él lo adoptaron casi de inmediato. Recuerdo que solo me explicaron que se iba de vacaciones con un señor y una señora muy amables y me lo creí. No regresó jamás.

No sé por qué me sigue doliendo tanto.

Enfoco la cámara hacia la foto de mis padres abrazados. A veces la belleza es trágica. A menudo. Parece que cuanto más amor ha habido, más dolor queda. Siempre de la mano.

—Fue en ese momento cuando todo cambió para mí. Demasiados abandonos al mismo tiempo, supongo.

Aprieto los dientes para tragarme el nudo que tengo en la garganta que me provoca ganas de llorar. «Abandonar» es una de las palabras que más odio. Por lo general, está excluida de mi vocabulario. Inspiro hondo antes de seguir hablando.

—Me volví loco. Ya no quería comer, lo que sacaba de quicio a las mujeres del orfanato.

Me pasaba días sin hablar. Aunque me contaba un montón de cosas a mí mismo.

Simplemente no tenía ganas de contárselas a nadie más.

Cuando alguna pareja venía a conocerme con la intención de adoptarme, me movía de atrás adelante con la mirada perdida.

Eso funcionaba siempre. Me di cuenta de que a los hombres, sobre todo, les ponía nerviosos.

A las madres les rompía el corazón y tenían ganas de llevarme a casa para salvarme.

Entonces, de golpe, me ponía a aullar como un animal rabioso y a correr de un lado a otro.

Las mujeres que se encargaban de mí trataban de atraparme, yo forcejeaba y huía.

Todo un espectáculo… Y, al final, siempre el mismo resultado: mis potenciales padres también se marchaban corriendo.

Después, fui demasiado mayor como para que les interesara adoptarme.

Esa fue la época de las familias de acogida.

Gente pagada por el Estado para que se ocupe de ti.

Algunos hacían lo mínimo, otros incluso te querían.

Suspiro al desgranar mis recuerdos. No he conservado ninguna foto de ninguno de ellos. Ni siquiera sé si esas fotos han llegado a existir, nunca me quedaba allí demasiado tiempo.

Me acerco a la ventana de mi apartamento, la abro de par en par y enfoco con la cámara a la calle para grabar a los viandantes. Imágenes de archivo sin alma, sin rostro, sin sentimiento, como aquellos de los que voy a hablar.

A Keith le va a encantar esta secuencia emotiva.

—Estoy convencido de que hay padres de acogida que lo hacen de buena fe; buenos, cariñosos, normales, pero yo he debido tener mala suerte.

En mis familias de acogida, he conocido dos tipos de padres temporales: parejas de viejos cuyos hijos mayores ya se han ido de casa y quieren superar el aburrimiento haciendo una buena acción, convencidos de que deben ser los mejores padres del mundo; estos te acompañan a todas partes, te vigilan todo el tiempo, te observan tanto que no te atreves ni a respirar sin pedirles permiso.

Eres su juguetito, la muñeca que visten y pasean para mostrar a sus vecinos que han salvado a un huérfano.

Seguro que tenían buenas intenciones, pero para mí era demasiado.

Me asfixiaba. Era imposible existir junto a esos héroes.

Suelto una risita y grabo el cielo antes de regresar a los desconocidos de la calle.