Bonus I. Primer encuentro, contado por Vadim #2
—A ver, ¿qué tema te gustaría tratar? —retomo la cuestión—.
¿Un deportista de élite que sufre una grave lesión la víspera de la final?
¿Tienen que hacerle una amputación, su vida se ha arruinado, empieza a tomar drogas y se convierte en un desecho de la sociedad porque no sabe hacer otra cosa que no sea jugar a la pelota?
—Tronchante. ¿Y qué tal un seudoartista maldito que cree que llevar una cazadora de cuero y faltar a las clases lo convierte en un tipo duro, pero refunfuña como una criatura cuando no le gusta la pareja que le ha tocado?
Me provoca señalándome con el mentón. Por si no hubiera pillado la indirecta.
—¡No está mal, pero yo tengo una mejor! ¿Una chica que vive encerrada en una jaula de oro, y a la que quieren casar por la fuerza, pero se enamora perdidamente de su guapo profesor veinte años mayor que ella, y que la abandonará el día que la deshereden?
Solo tenía ganas de dejar de hablar de Wallace. Y estoy convencido de que tiene debilidad por Abrams…
—¿Y qué tal el tío que no quiere a nadie, pero se ve en la situación de tener que pagar diez pensiones alimenticias con apenas veinte años, porque ha dejado embarazadas a todas las chicas que estuvieron dispuestas a acostarse con él, solo porque se sentía solo por las noches?
Consigue hacerme reír. Estoy casi seguro de que no lo ha hecho nunca…
—Hablas de cosas que desconoces, Lancaster…
—Y tú hablas y hablas, pero no dices nada, Arcadi. Aún no tenemos tema.
—¡Eh, Alma! ¿Qué haces aquí?
Hablando del rey de Roma, aquí llega el tonto de turno. Timothy nos interrumpe plantándose a nuestro lado y Alma casi da un respingo, como si la acabaran de pillar con las manos en la masa.
¿Haciendo qué? Ni idea.
Se levanta deprisa y se le echa al cuello antes de saludar a la banda de jugadores que siempre lleva pegados al culo.
Esos tíos solo se mueven en rebaño. No existen por sí solos, solo a través de sus colegas dispuestos a defenderlos o de su novia dispuesta a dejar de vivir en cuanto aparecen.
Wallace pasa ese brazo hinchado de esteroides por los hombros de su novia, pero es a mí al que mira al formular su segunda pregunta.
Yo sigo sentado en la hierba, y antes me moriría que mover un solo dedo para saludarlo.
—¿No tenéis clase?
Tiene ese aire astuto del poli que ya conoce la respuesta a esa pregunta.
—Sí, sí. Tenemos que volver dentro de media hora —se justifica Alma sin dejarme hablar—. Debemos encontrar un tema para nuestro proyecto del primer semestre.
—¿Y no disponéis de un aula en el curso de Cine?
La bromita de Tim le hace sentirse especialmente orgulloso. Recibe las risas idiotas de sus compañeros.
—¿Sabías que los estudiantes son ciudadanos libres de circular por este hermoso país que es Estados Unidos? —replico dedicándole mi mejor sonrisa.
—Arcadi, Arcadi… eso no suena muy estadounidense que digamos, ¿no te parece? Seguro que aquí se está mejor que en Polonia.
—¡Tim!
No me hace falta que Alma me defienda. Mantengo la calma.
—Soy de origen ruso. Y he nacido en Estados Unidos. Pero gracias por preocuparte, Wallace.
Puede hacer las bromas que quiera, no se me escapa cómo se le tensa la mandíbula, tiene ganas de pelea.
Si aprieto un poco más, podría hacer que pierda la sangre fría y divertirme un rato.
Pero el problema con estos chicos que van en grupo, son seis contra uno, es que el juego no tiene tanta gracia.
Wallace elige ignorarme y abraza con más fuerza a Alma.
Me da la impresión de que sus enormes brazos se vengan de ella por el daño que les gustaría infligirme a mí.
Y no me parece que a ella le guste tanto esta muestra de afecto.
Sin embargo, la tiene casi como un rehén y le dedica una mirada enamorada que me provoca náuseas.
—Vale, si no tienes nada que hacer durante la próxima media hora, vamos a tomar un bocado con los chicos, ¿te vienes?
—Me gustaría, pero no creo que me dé tiempo.
—Tenemos que ponernos a currar, Alma —digo, interrumpiendo ese momento de amor empalagoso.
—¿Te importa? Estoy hablando con mi chica.
Alma mueve la cabeza de un lado a otro. Parece perdida, casi atrapada.
Su sonrisa se transforma en una mueca de incomodidad.
Pero no voy a suplicarle que se quede conmigo.
Y mucho menos a darle la satisfacción a Wallace de querer lo que él tiene.
Yo no participo en ese tipo de jueguecitos.
Si ella es incapaz de tomar una decisión, yo lo haré por ella.
Me levanto despacio, cojo la mochila del césped y me planto frente a ellos.
Tengo que dejar esa manía de pasarme la mano por el pelo.
—Déjalo correr, Lancaster. Si necesitas un guardaespaldas y no tienes ganas de comprometerte, podemos trabajar cada uno por su cuenta. Puedes decirle a Abrams que todas las ideas son tuyas. O que quieres cambiar de compañero. Yo paso…
* * *
No vuelvo a pisar el campus en todo el día.
No sé si Alma se ha ido con su novio, me da igual, pero por fuerza ha tenido que volver a clase.
No sé si me ha esperado hasta el último momento ni lo que ha pensado cuando ha visto que no he regresado.
Ni lo que la entrometida de su amiga ha podido comentar.
Tampoco sé lo que le ha podido contar a Abrams cuando le ha preguntado sobre nuestro proyecto de cortometraje y sobre la ausencia de su pareja de trabajo.
¿El profesor ha estallado en júbilo al constatar que nuestra pareja ya había implosionado? ¿Le habrá recomendado tener cuidado conmigo o que no se rinda?
Eso no debería importarme.
No necesito que un profesor de la universidad haga sus pequeños experimentos conmigo: el mundo de Alma Lancaster y el mío no tienen nada en común, y punto.
Yo no tengo ganas de que un cineasta fracasado intente demostrarme lo contrario y me imponga el desafío de trabajar con mi polo opuesto.
No tengo tiempo como para perderlo con una niña rica a la que le da miedo todo: la opinión de los profesores, la de su novio, lo que van a pensar de ella si no hace justo lo que se le pide.
Incluso yo. Estoy convencido de que le doy miedo.
Y la odio un poco por ello.
Pero ¿por qué pienso en ella? En las briznas de hierba entre sus dedos cuando intentaba hacer como si nada.
En su mirada divertida cuando la provoco.
En sus réplicas mordaces cuando creía que se iba a venir abajo.
En su sonrisa, que no ha tratado de ocultar cuando he imitado su acento.
En su belleza clásica y, sin embargo, tan particular.
En el brazo que la mantenía prisionera y que tenía ganas de romper.
En sus labios que lo han besado a él y no a mí.
En cómo me ha descrito, pensando que me había calado: artista maldito pero niñato caprichoso, falso rebelde lleno de prejuicios, un auténtico solitario rodeado de amistades que no lo son en realidad.
Ese no soy yo. No ha entendido nada.
Entonces ¿por qué tengo ganas de hablar con ella de nuevo?
De empezar de cero. Sin nadie alrededor que nos interrumpa.
Sin la presión de Abrams, dándonos una hora para encontrar un punto en común.
Si lo pienso bien, tenemos un montón. El cine, para empezar, aunque lo más probable es que a ella le gusten las pelis que hacen llorar.
Los pulsos verbales, para seguir. Estoy seguro de haber visto una chispa encenderse en esos ojos verdes cuando intentaba callarme.
Y, como a mí, tampoco le gustan las etiquetas que encasillan demasiado.
Ella no es así. A ella le gustaría ser otra persona…
Pero, entonces, ¿por qué se esconde tras la niña buena de la primera fila?
¿Qué es lo que le pasa por la cabeza a una francesita mitad inglesa que solo quiere que la llamen por su nombre?
¿Por qué defiende a su novio intragable, aunque, en el fondo, parece odiarlo casi tanto como yo?
¿Por qué duda todo el tiempo, por todo? ¿Y por qué, maldita sea, por qué tengo tantas ganas de volverla a ver?