Bonus I. Primer encuentro, contado por Vadim
BONUS I PRIMER ENCUENTRO, CONTADO POR VADIM
Nueve meses antes
—Alma Lancaster y Vadim Arcadi.
La voz cansada y amargada de Abrams acaba de pronunciar nuestros nombres en alto.
Parece muy orgulloso. Debe pensar que formar parejas que sean una mezcla explosiva lo convierte en un profesor revolucionario.
Todos los estudiantes se beben sus palabras como si fuera el último mesías, el mentor con el que siempre han soñado.
Yo tan solo creo que se distrae con nosotros para olvidarse de lo triste que es su vida.
Tan triste como su rostro de galán maduro decrépito, tan deprimente como su chaqueta sosa y ajada, a pesar de que puede permitirse seguro otra con su salario de profesor de universidad.
Estaba claro que me iba a emparejar con la chica de la primera fila.
La francobritánica recién llegada a Estados Unidos con su familia forrada de pasta, sus buenos modales y sus sueños de hacer cine.
Con el hijo de inmigrantes, becario incontrolable y maleducado. Abrams se debe pensar que es un genio.
Pues ha metido la pata hasta el fondo, ella ni siquiera es capaz de mirarme.
Alma Lancaster dirige su mirada nerviosa hacia el fondo de la clase, pero la aparta en cuanto se cruza con la mía.
Para incomodarla, la miro fijamente a los ojos.
Durante un buen rato. A propósito. Me debe tomar por un delincuente, incluso un criminal peligroso, según los rumores que corren sobre mí por la universidad.
O por un embaucador de chicas que va tanto detrás de su dinero como de su culo.
Que les den a todos.
A aquellos que creen conocerme. A aquellos que me juzgan sin haber hablado jamás conmigo.
A aquellos que se creen que lo saben todo de la vida porque sus padres les dicen que son maravillosos y que, para ellos, todo es posible.
Que les den aquellos que nunca se atreverían a dirigirme la palabra para formarse su propia opinión.
Es mucho más fácil encasillarme. Adjudicarme una etiqueta y meterme en una cajita que puedan cerrar con dos vueltas para protegerse mejor.
Mucho mejor si les hago huir de mí.
—Arcadi, Lancaster, ¿tengo que cogeros yo de la manita o es que estáis esperando a que el otro dé el primer paso? Vamos, Romeo y Julieta, espabilad. ¡Una hora! Time is money!
Abrams se cree que me ofende al compararme con uno de los héroes de Shakespeare. No debe saber que sé leer. Y que me sé la obra de memoria.
Muevo la silla hacia delante y hago chirriar con estrépito las patas metálicas contra la baldosa. Me acerco despacio a la primera fila, sin dejar de mirar fijamente al profesor.
Yo no soy de los que agachan la mirada como Alma Lancaster.
Me da igual quedar como un idiota mientras Abrams no intente pasarse de listo. Se rinde él primero y yo me dejo caer sobre la silla de al lado de la chica. Ella no dice nada, yo tampoco, pero sé que me mira. Me analiza. Puede que le guste. O que solo quiera ver cómo es un cabrón de cerca.
Sin embargo, tengo que reconocer que hay algo un poquito especial en ella.
No me hace falta mirarla bien para saber que es guapa.
Más que guapa: tiene algo que se podría llamar encanto.
Pelo largo castaño y brillante, pero sin estar bien peinado.
Una silueta esbelta y delgada, pero con curvas, que no trata de ocultar ni de enseñar.
Ropa ni vulgar ni elegante, justo lo que hace falta para que no parezca que se ha esforzado demasiado.
Un rostro fino y un poco infantil, la piel clara, salvo en las mejillas, que se sonrojan con facilidad.
Y unos ojos de un verde que no he visto en ningún otro lugar.
Tiene algo puro e inocente en las pupilas, pero también una mirada dura, no calculada, y un punto un poco trágico que me gusta.
Estoy seguro de que es inteligente. Qué pena que sea tan aburrida.
—Yo ya he dado el primer paso, Chanel. Ahora te toca a ti —suelto para que reaccione.
—Me llamo Alma.
—Ya sé cómo te llamas, Alma Lancaster.
—Preferiría que usaras solo mi nombre, Vadim Arcadi.
—Y yo preferiría currármelo solo. Pero en esta vida uno no siempre obtiene lo que quiere. Ah, pardon , salvo tú, posiblemente, Lancaster.
Pongo morritos y exagero su acento inglés solo para molestarla.
Sonríe y me responde con el pulgar hacia arriba, poco impresionada.
Creo que duda entre echarse a reír u ofenderse.
Por lo menos, tiene carácter. Y todavía no se ha puesto a llorar.
Debo despertar su curiosidad. Tal vez le guste que la provoquen.
Me parece bien, es la única forma en la que sé comunicarme.
En mi opinión, hay tres categorías de chicas en el campus: las románticas empedernidas que lloriquean cuando no les proponen matrimonio en la tercera cita.
Las parásitas sin cerebro que harían lo que fuera por que las invitaran a una copa, pero que no tienen nada que decir.
Y, por último, las niñas de buena familia que se creen demasiado buenas para mí, pero que sienten la tentación de jugar con el chico malo de la universidad.
Sí, lo sé, no debería encasillarlas así, odio cuando lo hacen conmigo.
No obstante, de momento, no consigo clasificar a Alma Lancaster en ninguno de esos grupos.
Y eso me molesta.
A investigar…
—A ti no te gusta que te juzguen, pero eso es exactamente lo que estás haciendo conmigo, ¿no te parece? Tú no me conoces.
Un poco agresiva, pero no le falta razón. Me sostiene la mirara por primera vez y veo que le cuesta.
—¿Quién te ha dicho que tengo ganas de conocerte?
—En cualquier caso, vas a tener que trabajar conmigo, te guste o no.
—Puede que llegue a gustarme, Lancaster. Eso depende de ti…
Observa mi media sonrisa, a pesar de que le irrita. O tal vez le provoque otra cosa.
—Ya te he dicho que me llamo Alma ¿Y qué se supone que debo hacer?
—Podríamos empezar por largarnos de aquí. No puedo trabajar con todo este alboroto. Míralos. Todos están emocionados pensando que van a hacer cine como los grandes. Solo quieren complacer a Abrams. Y tu colega francesa nos está observando como si fuéramos dos animales de feria.
—¿Nunca haces nada como los demás y aun así no quieres que te miren? Vaya, ¿cómo eres capaz de convivir con tus propias contradicciones?
No me esperaba eso. Ladeo la cabeza para observarla un segundo, en silencio.
—Solo nos quedan tres cuartos de hora. Alma, ¿vienes o te quedas?
Me marcho sin esperarla. Vamos a ver de qué es capaz la niña buena y modélica que intenta jugar con los grandes.
Seguro que nunca aceptará salir del aula en medio de la clase.
Seguro que se pregunta qué van a pensar de ella si la ven perder el tiempo conmigo.
Está a punto de pedirle su opinión a su mejor amiga, quien parece un poco más descarada que ella.
En el umbral de la puerta, clavo la mirada en la francesa mientras ella vacila. Cruzamos la mirada y finalmente me sigue.
Tal vez no sea tan tímida como parece.
Tal vez sea menos aburrida de lo que pensaba.
Joder, la verdad es que es guapísima.
—¿Hay alguien ahí?
Se lo pregunto mientras paso la mano por delante de su mirada ausente.
—Eh, ¿qué?
—No sé dónde estás, pero conmigo seguro que no.
—Lo siento. ¿Decías…?
—Puedes volver a clase si no te apetece estar aquí.
—Ya te vale, quejica, ¡estoy aquí! ¿Acaso crees que voy a echarme a llorar porque estemos sentados en la hierba en lugar de estar en clase? Me da lo mismo trabajar aquí que allí.
—Entonces ¿puedes decirle a tu mano derecha que deje de arrancar el césped que hay a su alrededor?
Se pone a meter todos los trocitos de hierba que acaba de arrancar en los agujeros.
Eso me hace sonreír. ¡Una paisajista nata!
Extiende las piernas, se recuesta sobre un codo para fingir que está cómoda y casi se cae hacia atrás, luego se incorpora y decide sentarse con las piernas cruzadas.
No sabe lo que hacer con el cuerpo, me resulta casi conmovedor.
Pero lo que de verdad me irrita es esa forma de juguetear con los cordones como si acabara de inventarse un nuevo tic nervioso para reemplazar al anterior.
—Tu mano derecha ha vuelto a las andadas. Nunca sueltas la presa, ¿eh? ¿Qué te pasa?
Me burlo un poquito para intentar que hable.
—¡Nada! ¡Ya te lo he dicho!
—Sí, estás tensa, inquieta. Eso no me gusta. Me da miedo que te eches a llorar y tenga que consolarte.
No sabe si hablo en serio o no. Y me encanta.
—Tengo novio, ¿sabes? Timothy.
—Lo sé. Tim Wallace, el capitán del equipo de baloncesto. Es de locos ser tan alto e insignificante al mismo tiempo. Pero hacéis muy buena pareja, él y tú.
Le sonrío y ella me desafía con la mirada durante un instante demasiado largo.
—Es alto, sí. Al menos te saca una cabeza. Y no formaría parte del equipo universitario si fuera tan tonto como insinúas. Pero tus prejuicios y tú también hacéis muy buena pareja.
Su ironía empieza a gustarme. O quizá a exasperarme.
¿Será de ese tipo de chicas que lo tienen todo a su favor y se sienten invencibles?
Como el idiota de su novio, un chico guapo, musculado y con dinero, de dientes demasiado blancos para ser reales y con polos de grandes marcas bien planchados.
Por mamá, claro está. O por la amable empleada doméstica.
La verdad, no sé qué ve una chica como ella en un tío como él.
Un gigante rubio de casi dos metros, con una mirada impasible y un cuello de toro, mandíbulas enormes y un cerebro atrofiado.
Una bestia cuyos únicos argumentos son los puños.
No se me ocurre de qué pueden hablar. ¿Sobre cuál de sus padres ha ganado más pasta ese mes?
¿Sobre cuál de sus casoplones está mejor vigilado?
¿Sobre en qué piscina se van a bañar? «¿Has visto cuantos puntos he metido?
¿Has visto lo guapo y fuerte y bien peinado que voy incluso cuando hago ejercicio? ».
Si me importaran algo, me darían ganas de potar.