Capítulo 56
Ya hace más de un mes que llegué a Francia.
Toda mi familia me siguió un poco después, abandonando de forma definitiva L.A.
por París. No obstante, la ciudad más bonita del mundo nunca me había parecido tan apagada, tan fea.
Me pega, también es un poco cómo describiría mi vida.
Clémentine llega hoy y el taxi la traerá directa a aquí.
Por lo que me ha dicho, no quiere estar en Estados Unidos si yo no estoy allí.
Más bien creo que ya no quiere oírme llorar al teléfono.
Que ya está harta de mis preguntas sin respuesta, de que la machaque con mis recuerdos, remordimientos, pensamientos negativos, y sobre todo, de la prohibición formal que tiene de contarme cualquier cosa que ocurra allí.
El torbellino D’Aragon no tardará en irrumpir en mi cuarto y algo me dice que querrá recuperar el tiempo perdido.
Y zarandearme hasta que ya no me queden más lágrimas.
—Lancaster, no te escondas, ¡estoy aquí! —grita Clem desde la puerta.
Entra en el piso y suelta sus dos enormes maletas a los pies de mi madre.
—Primera regla si quieres seguir viva: ¡no nos llamemos nunca por el apellido! —le reprocho, arrastrándome para ir hasta ella.
—Segunda regla: si queremos seguir vivas, ¡comemos!
Me sonríe con tristeza mientras me pellizca en el brazo. Después se lanza a mis brazos y casi me hace caer hacia atrás. Le devuelvo el abrazo, sin admitir en alto que he echado de menos su energía y ganas de vivir.
—¡Que me asfixias! La tercera regla para la supervivencia: ¿dejarle a la otra respirar?
—¡Vale, vale! Te tengo que contar todo.
Luego pasa el brazo bajo el mío y me lleva a mi cuarto como si estuviera en su casa.
Lo está.
Mi amiga, emocionadísima, se tumba sobre mi cama boca abajo mientras yo me siento en el suelo con las piernas cruzadas.
Enseguida mis ojos se pierden en el vacío, como cada vez que pienso con dolor en…
él. En este cuarto, en esta cama, cuando venía a verme a escondidas en medio de la noche.
De nuestra escapada romántica a París. Clémentine me lanza una almohada a la cabeza para sacarme de mi ensimismamiento.
La agarro e inspiro con fuerza, como si existiera la más mínima posibilidad de que aún contuviera un ligero rastro de Ciao Amore.
«¡Ya te gustaría!», me soltaría Arcadi.
Todo. Todo me lleva de regreso a él.
—Bueno, ¿empezamos por lo que te tiene amargada? —empieza Clem con un suspiro—. Después de eso, tal vez veamos todo más claro.
—Venga…
—Han soltado a Vadim. El abogado de tu padre lo ha hecho genial.
Ha logrado demostrar que Keith había orquestado todo, la jugada de la droga y todo lo demás.
¡Incluso convenció a Cheyenne para que testificara!
Ah sí, ¡encontraron todas las fotos de los dos!
Keith había contratado a una especie de paparazzi que os seguía a todas partes y que lo confesó todo.
Pero el otro, ¡sigue negándolo! Es un psicópata, ¡te lo juro!
¿Cómo pude salir con él? En resumen, le han caído veinte años.
— …
—Son buenas noticias, ¿no? ¡Es lo que querías!
Clémentine espera una reacción por mi parte.
—Sí… ¿Tú lo has vuelto a ver? —pregunto con un hilo de voz.
—¿A Keith? Sí, sí, tuvimos una cenita con velas y después fuimos al cine para olvidarlo todo…
—¡A Vadim!
Su nombre me sale con un grito. Es la primera vez desde hace un mes que me permito pronunciarlo.
—De pasada, cuando lo liberaron. Era imposible hablar con él, Felix no dejaba de lanzarse sobre él y de gritar cosas sin interés. Pero le di tu carta.
—Gracias. ¿Sabes si la ha leído?
—No, lo siento… Pero no la rompió en pedazos delante de mí. Eso ya es una buena señal, ¿no?
La parte de las novedades de la facultad me deja indiferente.
La nueva novia de Timothy. El final de temporada triunfante del equipo de baloncesto.
El novio de Basile, Isaac Sanders, que se tiró a su ex, el entrenador asistente Zach Powell, la víspera de su partida.
Las nuevas tetas de Phoebe McPherson, regalo de sus padres por sus notas de fin de curso.
La nueva historia de amor inesperada entre dos grandes tímidos: Jude Lee, mi antiguo compañero de trabajo, y Hannah Goldberg, la primera de la clase.
El Sunset Café que se vaciaba a medida que avanzaban las vacaciones.
El señor Abrams, que seguía vagabundeando por el campus, aunque ya hacía tiempo que se habían terminado las clases.
El profesor acabó por enterarse de mi marcha definitiva y le pidió a mi mejor amiga que me diera recuerdos, añadiendo que había sido «un poco duro» conmigo.
Clémentine me dice que es su forma de disculparse.
Me sonríe, parece invadida por la nostalgia.
Y yo tan solo estoy consternada al comprobar hasta qué punto la vida sigue.
Sin mí.
Sin él.
Yo no tengo la más mínima gana de retomar la mía.
Los días se suceden y sigo sin noticias. Si Vadim ha leído mi carta, no le ha apetecido responderme. Le escribiré más, ya lo sé. Tal vez no me perdone nunca. Tal vez ya me haya excluido de su vida. Tal vez hasta haya ido a borrar aquello que grabó un día, cuando me amaba.
Tengo la sensación de que fue hace una eternidad.
No pasa un solo día sin que rebusque en mi caja de recuerdos. Miro las tres Polaroid que Vadim me regaló por mi cumpleaños: el banco de madera, los escalones de la placita, el muro de la cafetería. Les paso los dedos para tratar de notar el relieve de las letras grabadas.
Para demostrarme que Tú + Yo fue real.