Capítulo 55
Dos días después, ya he terminado de hacer las maletas.
Reservado el billete de avión y guardado todos mis recuerdos en una pequeña caja de cartón: las fotos, el koala de peluche, el perfume de esencia de azahar, los mensajes garabateados en trocitos de papel, su camiseta gris jaspeada que me guardé el día que lo arrestaron.
Todo lo que me aferra a Vadim Arcadi. A los nueve meses más bonitos de mi vida.
Me he pasado dos noches en vela escribiéndole la carta más larga del mundo, sin poder detenerme.
Tengo tanto que decirle, pero sé que no podré volver a hablar con él.
Me han dejado asistir hoy a su vista, pero eso es todo, no podré acercarme más a él.
Tocarlo, sentirlo, besarlo. Esa idea me provoca un vacío inmenso.
Siento que ya ni siquiera existo. Que soy el fantasma de la que fui. De esa que Vadim me permitió ser.
En la abarrotada sala de vistas, Felix y Clémentine están junto a mí, a ambos lados, en el banco de madera.
Mi mejor amiga ha deslizado su mano en la mía, se hace crujir los dedos de los nervios.
Ninguno se atreve a hablar. Mi padre me espera en el aparcamiento, me llevará al aeropuerto cuando tenga la prueba de que ha cumplido su palabra. Y yo cumpliré mi parte del trato.
Me iré sin mirar atrás.
Si mis piernas me responden. Si soy capaz de respirar.
Vadim entra en la sala por una pequeña puerta lateral.
Lleva su ropa de siempre: tejanos oscuros, camiseta negra y deportivas blancas.
Reconozco todo lo que siempre he amado: su cuerpo esbelto y musculado, sus hombros anchos, sus gestos viriles pero gráciles, su lento caminar, casi indiferente; su cara de ángel y su aire sombrío, duro, torturado.
Esa imagen me reconforta y me hiere al mismo tiempo.
Porque vuelve a ser él mismo, lejos del prisionero en pijama naranja que agachaba la cabeza y aceptaba su suerte sin rechistar, pero también porque sé, en este preciso momento, que nunca podré dejar de amarlo.
Un hombre elegante con traje de tres piezas posa una mano en la espalda de Vadim con delicadeza para invitarlo a sentarse a su lado.
Este esquiva el gesto, se queda de pie y se da la vuelta para estudiar la sala con la mirada.
Dos ojos grises y tempestuosos se posan en los míos.
Me atraviesan. Contengo el aliento y aprieto con fuerza los dedos de Clémentine.
El abogado se pone a sacar documentos, a hojear las páginas y a escribir algunas notas con una enorme pluma dorada.
Tiene pinta de saber muy bien lo que se hace.
Y yo, yo ya no sé nada.
¿Por qué he hecho esto? ¿Por qué estoy aquí?
¿Por qué Vadim me mira como si lo hubiera traicionado?
¿Por qué hay tanta ira, tanto odio contenido en esos ojos oscuros?
Me levanto, movida por una fuerza exterior.
Necesito que pare el dolor. Tengo que irme o voy a gritar.
No puedo llorar. Tiene que entender que he hecho esto por él, por voluntad propia.
Que no me arrepiento de nada. Que quiero ofrecerle lo que más valora, el regalo más bonito que podría hacerle: su libertad.
Y que, a cambio, estoy dispuesta a entregar lo que más quiero del mundo.
A él. A Vadim Arcadi. Mi amor, mi gran amor, mi mejor amigo. Mi vida entera.
Grandes lágrimas calientes ruedan por mis mejillas.
Nunca han sabido tanto a mar. A unos metros de mí, Vadim entreabre la boca.
Sé que tiene ganas de rugir, de mandarlo todo a la mierda.
Lo miro y me llevo un dedo a los labios para pedirle que se calle.
Que no lo estropee todo. Como respuesta, sus ojos me suplican que deje de llorar.
En esta sala ruidosa y abarrotada, solo estamos él y yo.
De pie, frente a frente. Tan lejos, y a la vez tan cerca.
Me tengo que ir. En silencio, mis labios articulan las dos palabras que he venido a decirle por última vez.
Sus manos se hunden con rabia en su pelo rizado.
Su preciosa cara tiembla. Su mirada se aclara, húmeda y gris.
Y sigo ahogándome en ella. Para entender que claudica, que cede por fin, que ahora él también me devuelve mi libertad.
Su última demostración de amor.
Tú + Yo está grabado en algún lugar de aquí, de California. Pero me lo llevo conmigo a París, tatuado en mi corazón para el resto de mi vida.