Capítulo 54
—¿Papá?
—¿Hum?
—¿Puedo hablar contigo?
—Estoy ocupado.
—Es importante.
—Alma, ¿no puede esperar? Tengo…
—No. La verdad es que no.
Se me quiebra un poco la voz y mi padre se digna por fin a levantar los ojos de la gruesa carpeta de documentos. Al fijarse en mi rostro derrotado, se retira las gafas y las posa del revés sobre un montón de folios que alcanza unos veinte centímetros.
—¿Qué pasa? —farfulla mientras se masajea el puente de la nariz.
Las escasas conversaciones serias que he tenido con mi padre en relación con mis estudios o mi futuro las ha iniciado él siempre.
Por lo general, él habla, yo escucho y las únicas respuestas válidas se resumen en «sí» y «de acuerdo».
Esta tarde, tiene pinta de estar tan incómodo como yo al verme aparecer de improviso en su despacho.
Me he quedado en la puerta. Con la punta de los dedos jugueteo con el marco esperando a que me invite a pasar.
Pero no sé dónde ir, dónde sentarme, por dónde empezar.
—Si tienes problemas, estoy aquí para ayudarte, Alma.
Se hunde en su asiento de cuero y espera a que me decida a hablar.
—No es por mí. Es… Vadim
—Qué raro, ¿por qué será que no me sorprende?
En cualquier otra ocasión, ese tonito de sabelotodo me habría hecho abandonar.
Me habría marchado murmurando «da igual» u «olvídalo», mi padre me habría pedido que midiera mis palabras y yo habría sonreído para terminar así la conversación.
Sin embargo, en este preciso instante lo necesito más de lo que lo he necesitado durante los últimos diecinueve años.
Aquí es donde se decide todo: en este despacho austero frente a este padre intransigente, que considera la tristeza una debilidad y los problemas de otros, una tontería.
—No tiene padre, ¿sabes? Nadie que le ayude.
—Su educador me pareció un buen hombre capaz de gestionar todo tipo de situaciones con chicos como él.
—Esta vez no. Es más grave que todo eso.
—Alma. —Suspira, acercándose a mí en el umbral de la puerta—. ¿Entiendes por qué quería alejarte de este Vadim? Con él, siempre hay un problema. Y cada vez es un poco más grave. Espero que no te hayas metido en ningún lío.
—No. Pero él… está en la cárcel.
Suelto esa confesión sin mirarlo a la cara.
Le cuento toda la historia a mi padre, que duda entre estallar o consolarme.
Furioso, al principio, se niega a creerme.
Camina de un lado al otro por el despacho.
Cruza y descruza los brazos. A medida que avanza mi relato, Edward Lancaster baja un poco la guardia: no por compasión hacia Vadim, sino porque no soporta ver sufrir a su hija.
Sigo siendo incapaz de ocultar lo que siento.
—Tú… lo quieres… Lo quieres de verdad… ¿hasta ese punto?
Mi padre es un orador nato, un experto en grandes discursos. Salvo quizá en un solo campo: el amor.
—No es perfecto, pero lo es todo para mí. Tienes que sacarlo de allí, papá.
—¿«Todo»? ¿No eres un poco joven para eso?
Alza mucho las cejas, incrédulo.
—Vadim lo es todo para mí y estoy dispuesta a hacer cualquier cosa por él.
Sostengo por fin la mirada de mi padre para que comprenda todo mi dolor, mi sinceridad, todo lo que nunca me he atrevido a decirle hasta ahora.
—No sabía que lo que había entre los dos era tan fuerte… Pero ¿por qué debería confiar en él? Nunca ha dejado de desafiar mi autoridad, de romper las reglas que habíamos fijado.
—Puede ser, pero nunca ha mentido. Es el chico más leal, directo y sincero que conozco. Por favor, ¡ayúdame!
—Si he de intervenir, y aún no he dicho que lo vaya a hacer, será con la certeza absoluta de que es inocente, Alma. Para reparar una injusticia. No para proteger a un delincuente de tres al cuarto que no sabe asumir sus responsabilidades.
—Te prometo que no ha hecho nada. Ha sido Keith el que lo ha orquestado todo. A lo mejor hay un montón de otros adolescentes a los que finge salvar, pero disfruta manipulando. ¡Es un cabrón!
—¡Esa lengua, Alma!
—Lo siento. ¡Pero no podemos dejar a Vadim en la cárcel! No me lo perdonaría nunca. Y si tú no haces nada, tampoco te lo perdonaré a ti.
Inspira. Expira. Yo aprieto los dientes. Contengo las lágrimas. Trato de tragar saliva a pesar del nudo de ansiedad que me aprieta la garganta.
—Supongo que podría llamar a mi amigo Douglas…
—¡Sí! ¡Te lo suplico!
—Pero nada es gratis en la vida. Si le pido este favor, le deberé uno. En cuanto a ti, lo que me pides también tiene un precio.
Cómo no, tenía que darme una lección.
—Lo que quieras —digo sin dudar, aliviada.
Craso error…
—Me aseguraré de evitar que Vadim entre en prisión con una sola condición: lo dejas de inmediato, vuelves a Francia y no lo vuelves a ver jamás.
—Papá…
—Sin discusión —me corta con firmeza—. Ese chico te llevará por mal camino, no es para ti.
—Pero no puedes…
—No lo hago para castigarte, sino para asegurarte un futuro, Alma. Algún día me lo agradecerás.
Y ahí está, el sacrificio del que hablaba Vadim. Las consecuencias. La terrible contrapartida. Es como una bofetada en toda la cara. Me deja aturdida. Sin voz.
El precio a pagar por su libertad.
Esta vez, no hay duda: me lo van a quitar para siempre.
El precio a pagar por haber tenido la oportunidad de amarlo.
—De acuerdo.
Acepto con un hilo de voz, los puños apretados, el corazón hecho trizas y los ojos cerrados.
Tras mis párpados, el rostro de Vadim. Sublime. Ese que contemplé en la sala de visitas de la prisión, con esa extraña solemnidad, antes de irme. Como si mi inconsciente supiera lo que estaba en juego. Como si ya estuvieran intentando quitármelo.
Y como si ya lo hubiera aceptado.
—Solo me gustaría verlo una última vez.
—No tiene sentido que te hagas pasar por eso —responde mi padre, dándome un abrazo—. Es hora de que empieces a pensar en ti.