Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 53
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Capítulo 53

Cuatro días interminables después, Felix va al volante de la pick-up de su mejor amigo y ajusta el retrovisor. Verlo ahí sentado, a mi izquierda, es como otro puñetazo a mi corazón. Nada ni nadie está donde debería.

Felix conduce un coche que no es suyo, Clémentine se retuerce en el minúsculo asiento del medio, Vadim se pudre en prisión en lugar de otro, yo estoy sola, sin mi alma gemela, y esta vez, soy yo la que tiene que resistir por él.

No sé si sabré hacerlo.

Mi mejor amiga se queja en voz alta solo para matar el tiempo o para llenar el silencio, o por el calor que hace en

el vehículo, de la falta de un asiento atrás y de la peligrosa forma de conducir del chófer. Este la ignora. Yo miro hacia fuera. El trayecto hasta la cárcel no se acaba nunca. Los controles y

la espera en el pasillo, tampoco. Después de una hora en la abrasadora carretera, el aire acondicionado del edificio me hiela la sangre.

Tengo las piernas inquietas y la piel de gallina en los brazos.

Trato de controlarme, pero pienso que, al menos, Vadim podrá vacilarme al verme temblar en pleno mes de junio.

Bueno, al menos el Vadim que conocía lo habría hecho. ¿Cómo será el Vadim encerrado? No tengo ni idea.

Llega nuestro turno, nos apretamos sobre los taburetes que hay frente a un cristal, otros visitantes nos imitan a cada lado del cuartucho.

Me han avisado de que no podremos tener «ningún contacto físico con el detenido», como sucede con todos los que están a la espera de su juicio, pero la barrera acristalada me resulta de golpe insoportable.

Las ganas incontrolables de meterle un puñetazo para romperla en mil pedazos me electrizan la mano.

Pero Vadim aparece justo en ese momento, con un pantalón naranja ondeando sobre sus caderas y una camiseta blanca con el logo de la prisión.

Un agente le quita las esposas y le hace un gesto para que se siente.

Esa imagen vuelve a abrir un poco más la herida de mi corazón.

Vadim me mira de arriba abajo, posa rápidamente la mirada sobre Felix y luego sobre Clémentine, y vuelve a clavarla en la mía.

Durante varios segundos, no deja de mirarme a los ojos, que noto como se me llenan de lágrimas.

Baja la cabeza cuando las ve caer por mis mejillas.

Trato de recuperar la compostura y descuelgo el teléfono fijo del lateral. Me imita, casi a regañadientes.

—Te había dicho que no vinieras. Verte así es peor que la cárcel.

—Es el aire acondicionado, me irrita los ojos.

Me obligo a sonreír. Fe me quita el teléfono de las manos para hablar con su amigo.

—¡Que solo tenemos una hora, joder! Colega, ¿te están tratando bien ahí dentro?

—Sí, no me quejo.

—¡Dime qué quieres que haga! ¿Necesitas dinero?

—No, no tengo derecho a nada hasta la vista.

—¿Para cuándo está prevista?

—Dentro de unos días según mi abogado.

—¿Cómo se presenta tu caso?

—Mal. Quiere que me declare culpable para evitar el juicio y controlar los daños.

—¿Vas a hacerlo?

—No lo sé —susurra, revolviéndose el pelo.

Apenas oigo su conversación, acercando la oreja al auricular. Intento leerle los labios a mi novio, pero lo observo más que lo escucho.

Los rasgos tan delicados de su rostro. Su belleza afilada.

Sus ojos penetrantes, cansados. Su piel suave sobre esas mejillas hundidas.

Un pequeño corte en la mandíbula, sin duda causado por una cuchilla de afeitar barata.

Sus rizos despeinados que ni siquiera puedo tocar.

Sus labios dulces, que apenas abre para hablar, y que tantas ganas tengo de besar. Y lo peor: no poder sentirlo.

El codo de Clem se hunde un par de veces en mis costillas, después Felix me da un golpecito en el hombro con el teléfono, antes de tendérmelo.

—¡Espabila, Lancaster! ¡Te necesita, aquí y ahora! ¡No mañana! ¡No en otro sitio! Esto es todo lo que tendrás, ¡así que te apañas con lo que hay e intentas subirle la moral a mi colega! —espeta, levantándose con brusquedad de su taburete.

—Os dejamos solos —me susurra mi mejor amiga, apoyando una mano en mi espalda—. ¿Vale? Te esperamos en el aparcamiento, ¿de acuerdo? Me duele reconocerlo, pero el otro bruto tiene razón: no malgastes los minutos que te quedan con él.

Asiento, veo cómo se alejan, me llevo el auricular a la oreja y trato de contener una nueva oleada de lágrimas antes de poder mirar a Vadim a la cara.

—¿Te sigue irritando los ojos el aire acondicionado? —Sonríe desde el otro lado del cristal—. Puedo pedir que lo apaguen, si quieres. ¡Esto es un poco como mi casa!

—Me gustaría ser más fuerte, por ti. Pero no lo consigo.

—Yo no te pido nada, Alma. Por eso no quería que vinieras. No tienes que sufrir todo esto.

—¡Tú tampoco! Tú no tienes por qué estar ahí. Y eso me mata, esta injusticia. Tienes que salir, Vadim.

—No puedo. Estoy atrapado, es así.

—Pero ¿por qué tiras la toalla? ¡Tú no eres así! ¡Vadim Arcadi es un luchador, un rebelde, un canalla que no tiene miedo de nada!

—Sí, y mira dónde he terminado…

—¡Que no! Has luchado toda la vida y no vas a dejar de hacerlo. ¡No ahora!

—Es mi palabra contra la suya, es una causa perdida.

Habla en un tono resignado y fatalista que no le pega nada.

—No, Felix y Clémentine pueden testificar, y yo también. ¡Y Cheyenne, ella sabe la verdad! Podemos desenmascarar a Keith, solo hace falta querer hacerlo. Pero para eso, también tienes que quererlo tú.

—Alma, por favor, escúchame. Ya estaba solo en la vida, aquí estoy todavía más solo.

No tengo familia que me ayude ni buenos contactos.

Mi mejor amigo no vale nada frente a un juez.

Y cualquier cosa que haya podido hacer antes se va a utilizar contra mí.

Lo único que tenía era a ti. Y no quiero que te mezcles en esto.

Ni hablar. Quiero que te marches de aquí y me olvides.

Estoy conmocionada. Necesito varios segundos para reaccionar.

—¿Por qué dices eso? ¿Por qué quieres hacerme más daño? Y lo de Tú + Yo, ¿eso no cuenta?

—No me arrepiento de nada. Joder, si supieras como te he… —Se interrumpe y no termina la frase—. Pero si pudiera elegir —continúa—, hubiera preferido no conocerte nunca, antes de que todo terminara así. Me mata haberlo estropeado todo. Vete, por favor, y no vuelvas.

—Vadim, no me hagas esto…

Lo veo colgar el teléfono, levantarse tras el cristal que nos separa y hacer un gesto al agente que espera tras él.

Me da la espalda. Ni siquiera le puedo ver los ojos, los únicos que me dirían la verdad.

Lo contrario de lo que me acaba de soltar.

Mi mano se desploma sobre la pared de cristal.

Ya no lloro. Estoy cabreada. Esto atrapada en un torbellino de ira y desesperación.

—¡Vadim! —grito con la voz desgarrada.

* * *

Me paso los dos días siguientes metida en la cama, hecha un ovillo en un rincón de mi cuarto o caminando de un lado a otro por la calle, el parque o la placita.

Como si todos los lugares que han sido testigos de nuestro amor pudieran aportarme la solución milagrosa para salvarlo.

Espero con inquietud la respuesta a mi petición de visita al centro de detención, si es que Vadim no me ha eliminado de la lista.

Me repito las últimas palabras de mi novio, si es que todavía puedo llamarlo así.

Clémentine viene de vez en cuando a hacerme compañía.

Me asegura que todavía no se ha celebrado la vista, que nos habríamos enterado, que sin duda Vadim va a cambiar de opinión, que no se puede terminar así.

No tiene ni idea. Se siente casi tan impotente y desesperada como yo.

La única buena noticia en medio de este caos es que mi mejor amiga me ha anunciado que ha dejado a Keith.

Le ha dicho a la cara lo cabrón que es. Por lo visto, él se ha reído.

Le ha agradecido sus «buenos y leales servicios», le ha dicho que vuelva con su «banda de delincuentes», que su «plan salió de maravilla» y que ya no la necesitaba ni a ella ni a ellos.

Se reprocha no haber grabado toda la conversación.

Pero ni siquiera estoy segura de que eso hubiera cambiado algo.

Clem me da de repente un golpe con la cadera.

—¡Eh! ¿Esa de ahí no es Cheyenne?

—¿Dónde?

Miro a mi alrededor a toda velocidad.

—En la acera, ahí enfrente, con un pantalón corto amarillo flúor y chanclas de piscina. ¿Desde cuándo está de moda el look Decathlon?

Por puro reflejo, dejo a Clem y sus reflexiones estilísticas para lanzarme a ella.

Entonces Cheyenne echa a correr en cuanto me ve.

En una situación normal, me ganaría de sobra en una carrera, pero ella no cuenta con mis deportivas y mucho menos con mi rabia.

La alcanzo en un cruce y la agarro de la fina correa de su mochila.

—¡Suéltame!

—¿O qué? —replico, casi sin aliento.

—Al contrario que tú, yo sé utilizar los puños.

Tira de la correa y recupera lo que es suyo, con una mirada amenazante clavada en la mía.

—Solo quiero hablar. Vadim está en la cárcel y ahí se va a quedar muchos años si no hacemos nada. Sé que conoces a Keith y que estabas en el ajo. Pero eres mi última carta, Cheyenne, lo único que me queda.

—Yo no soy nadie. Y tú también deberías mantenerte al margen de esto.

Ya está reculando.

—Pero ¿por qué todo el mundo se niega a cooperar? ¿Por qué a todo el mundo le parece normal que él ocupe el lugar de Keith? ¿Por qué nadie quiere que ese desgraciado pague por lo que ha hecho?

—Porque nadie puede hacerlo —susurra, acercándose de nuevo a mí—. Es intocable, ¿vale? No lo conoces, es capaz de todo.

—¿Tienes miedo?

—¡Ándate con cuidado, Lancaster!

A continuación, coge las chanclas con una mano y sale corriendo, con los pies desnudos sobre el asfalto.

* * *

A la mañana siguiente, me encuentro de nuevo en la pick-up, rodeada de Felix y Clémentine.

He aceptado ponerme en el asiento del medio.

Habría aceptado cualquier cosa cuando me he enterado de que mi solicitud para visitarlo había sido aceptada.

Eso significa que la vista no ha tenido lugar todavía y, sobre todo, que Vadim aún quiere verme.

De pie frente al cristal, Fe intercambia algunas palabras con su amigo, Clem coge el teléfono para decirle que resista y también que considere cortarse el pelo algún día de estos.

Luego nos dejan a solas, como hemos acordado durante el trayecto hasta aquí.

No sé si son cosas mías, pero encuentro a Vadim más delgado, más pálido, casi apagado.

Esos rizos morenos le caen sobre la frente y tiene los hombros encorvados, como si cargara con un gran peso.

—No me vuelvas a hacer eso nunca, Arcadi, irte sin mirar atrás.

Tengo los ojos secos y una gran determinación en la voz. Me he prometido no derrumbarme.

—No me vuelvas a hacer eso nunca, Lancaster, gritar mi nombre llorando. No pude dormir durante dos noches seguidas.

En sus ojos grises brilla un destello de ira, pena y dolor. De provocación, quizá también. No sé lo que es, pero le da vida y hace que esté más guapo que nunca. Al menos, no le soy del todo indiferente. Algo que este idiota no logró hacerme creer.

—Ayer hablé con Cheyenne. Keith también la ha utilizado. Parece que le da miedo, no hablará nunca.

—Ya te lo he dicho, pero no me haces caso, Alma. No existe solución alguna.

—¡Sí! Hay una solución, eres tú el que no quiere escucharla. Mi padre conoce a abogados excelentes que podrían sacarte de aquí. Es así de sencillo.

—Ya te he dicho que no. De todas formas, ¿quién lo pagaría?

—¡Yo! ¡Nosotros! ¡Da igual!

—A mí no me da igual.

—¿Qué es? ¿Orgullo? ¿Vadim Arcadi se ha hecho a sí mismo y prefiere morir solo antes que aceptar la ayuda de otra persona? ¿Incluso la mía?

Verlo tan terco me saca de mis casillas. Pero no me voy a rendir.

—Ya te he hecho bastante daño, quiero que todo esto se acabe. Ya sea ahí fuera o en la cárcel, quiero poder mirarme todos los días al espejo y decirme que no te he destrozado la vida. Que no eres infeliz por mi culpa.

—Pero ¿crees que podría ser feliz sin ti? ¿Crees que basta con que chasquee los dedos para olvidarte? ¡Me moriré si te quedas aquí! Déjame ayudarte, te lo suplico.

Niega con la cabeza y su mirada brillante me atraviesa.

—No, todo lo que hagas, tendrá consecuencias, Alma.

Eres la persona más buena que he conocido en mi vida.

Eres un diamante en bruto, un alma pura.

Si la mancho, nunca lo superaré. Te mereces tener la vida más maravillosa posible.

No puedo ni imaginarme por un solo instante que te arriesgas a echarla a perder por mi culpa. No, no podría vivir con eso.

—Mi vida cambió el ocho de octubre sobre las diez de la mañana.

Cuando pusiste tus ojos sobre mí por primera vez.

Cuando me provocaste y yo hice como que me resistía.

Todo eso, ¡lo elegí yo, Vadim! ¡Dejé que mi vida cambiara por completo!

¡Me arriesgué porque ya estaba loca por ti!

Y mira mi vida ahora: nunca ha sido tan hermosa, tan sensacional como en estos últimos nueve meses.

Adoro estas sensaciones, me encantan. Ni siquiera sabes todo lo que me has dado.

Esta libertad, esta locura, este tipo de felicidad, ¡te lo debo a ti!

Te amo más que a nada, más que a mí misma, y nunca dejaré que te sacrifiques por mí. ¡Nunca! ¡NI HABLAR!

Las lágrimas me corren por las mejillas, pero mi voz permanece firme.

Todo lo que me pesa en el corazón, necesito que salga, necesito que lo sepa.

Y, sin embargo, esas palabras no son nada en comparación con lo que siento.

Este fuego que quema, estas flechas impregnadas de su veneno, este amor tan profundo, infinito, que me duele y me retuerce, pero sin el que no soy nada.

Ni siquiera recuerdo cómo era mi vida antes de él.

Vadim apoya la frente contra el cristal y sonríe.

—Míranos. Nos hemos pasado meses luchando, solos contra todos, por… Tú + Yo. Y ahora, luchamos el uno contra el otro. Pero no te dejaré ganar, Alma Lancaster. Prométeme que no harás nada, que no hablarás con tu padre…

—No tengo nada que perder. Si tú ya no quieres luchar, lo haré por ti. Te quiero, Vadim. Y eso, no me lo puede impedir nadie. Ni siquiera tú.

Apoyo la frente contra la suya. Un cristal nos separa. Tal vez una vida entera. Lo miro por última vez. Me grabo su rostro en la memoria. Después me levanto despacio. Me voy, con su vida entre mis manos y la sensación de que mi mirada le dice adiós.

Pero la certeza de que mi corazón le pertenece.