Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 52
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Capítulo 52

Después de varias muestras de cariño con mi madre y mi hermana, algunas preguntas incómodas de mi padre, que quiere saber qué tengo pensado hacer en verano y abrir algunos regalos de Francia; escucho las novedades sobre mi abuela y respondo de forma imprecisa para acabar cuanto antes con el reencuentro familiar.

Les digo que pasaré el día con Clem y que no volveré hasta tarde, ya que es la fiesta de fin de curso.

Nada de eso es mentira, por una vez. Aunque mis padres podrían pensarlo.

Hoy no: Marie Lancaster está de un humor excelente, las visitas a París siempre le producen el mismo efecto, y dice con alegría que tengo derecho a relajarme tras este año agotador.

No se hace una idea.

Me encuentro a Clémentine sentada con Felix en una mesa al fondo del Sunset Café.

Los dos respondieron de inmediato a mis mensajes y ni siquiera me dejan sentarme antes de avasallarme a preguntas.

Les cuento, temblando, la escena del arresto y lo de la droga escondida en casa de Vadim.

Ninguno pone en duda su inocencia. Felix se altera y comienza a berrear insultos en español, nombrando a Keith cada tres palabras.

—¡Más bajo! —exclama mi mejor amiga, enfadada—. ¡Todos estudiamos español!

El café está repleto de estudiantes superemocionados, algunos por el fin de los exámenes, otros por sus próximas vacaciones, todos por la prometedora noche que va a tener lugar en el campus para los alumnos de primero.

Nadie nos presta atención. Nadie parece darse cuenta de que los nuestros son los únicos rostros que no muestran una gran sonrisa.

—¡Vamos a ir todos a hablar con la policía, Alma! —decide Clem—. Sabemos un montón de cosas de Keith, tiene que haber alguien que nos escuche.

—Tú deliras, D’Aragon —le responde Felix a su lado.

—¡Es que es indignante! De verdad, ¿cómo puede un educador llevar una doble vida?

—Mira, incluso a ti te engañó —rebate Felix—. Te soltó dos o tres frases bonitas, te enseñó esos músculos y ¡bam! A la cama.

—Vale, no hace falta que me lo recuerdes. ¡Tengo que dejar a ese desgraciado! ¿Vendrás conmigo, Alma?

—¡Eh! ¿Alguno se acuerda de que acaban de detener a Vadim? —espeto, fulminándolos con la mirada—. ¿Cómo lo sacamos de allí?

—Yo no puedo hacer nada —se justifica el amigo de mi novio—. Si voy a hablar con los maderos, me van a encerrar también.

—¿Así que le dejas que se hunda solo? ¿Tu mejor amigo, tu hermano del alma o lo que sea? ¿Después de todo lo que ha hecho por ti? —siseo, llena de rabia.

—¿De verdad piensas que lo podré ayudar cuando nos estemos pudriendo en dos celdas separadas? ¡Piensa un poco, Lancaster, en lugar de atacarme!

—¡Piensa tú, Felix! ¡Busca una solución!

—¡No hago otra cosa que eso!

—Podríamos buscarle un abogado —sugiere Clémentine para intentar rebajar la tensión.

—Mi padre conoce a uno…

Pero de inmediato pienso en las consecuencias que eso implicaría.

—¿Tu padre? —refunfuña Felix con cara de asco—. ¡Lo único que va a hacer es rematarlo!

Rompo en sollozos. Algunos estudiantes se giran al escucharme.

Después, retoman con la misma rapidez sus conversaciones llenas de carcajadas, gritos y despreocupación.

Todo me agobia. Su felicidad. Su volumen.

La fiesta que se está preparando. Y Vadim, al que imagino solo, bajo custodia o en una sala de interrogatorios, volviéndose loco y sin nadie que lo crea.

Ese pensamiento me retuerce las entrañas.

El día pasa sin que ninguno de los tres se rinda.

Surgen buenas ideas, malas también, nos mandamos a la mierda, protestamos, nos desesperamos; pero Vadim siempre ocupa cada uno de nuestros pensamientos.

Algunos refrescos más tarde, hacemos el solemne pacto de demostrar su inocencia, cueste lo que cueste.

Solo que todavía no sabemos cómo. Nuestras tres manos, una encima de otra, tiemblan de miedo, pero Felix nos promete que lo vamos a conseguir.

Ni Clem ni yo lo creemos, pero es la única cosa a la que puedo aferrarme.

Nosotros tres.

Solos contra el resto del mundo.

Por él.

* * *

Mientras tanto, tenemos que ir a esa fiesta. Evitar que la gente empiece a hablar en nuestra ausencia. Sabemos lo rápido que se extienden los rumores en la universidad, ya lo hemos vivido en carne propia. Si queremos defender a Vadim Arcadi, tenemos que empezar hoy.

En el campus, los estudiantes se reúnen junto a los dispensadores de bebida instalados para la ocasión.

Por los altavoces resuenan a todo volumen los éxitos del año.

Los vasos de cartón rojo pasan de mano en mano.

Algunos añaden alcohol con discreción a los refrescos que ofrece la universidad.

También hay algunos profesores, no sé si para celebrar el fin de curso o para vigilarnos.

Ya tengo ganas de irme.

—¡Enhorabuena a las dos francesas! ¡Habéis sobrevivido! —nos dice Timothy, que acaba de llegar con toda su banda.

—¿Qué estás haciendo aquí? Ni siquiera eres de primero —le replica Clémentine.

—No te preocupes, nos vamos. Tenemos una fiesta en otro sitio con algo más que Coca-Cola en los vasos —añade uno de los del equipo, provocando las risas de los demás e incomodándonos a nosotras.

—Solo queríamos comprobar una cosa, de Arcadi…

—¿Comprobar qué? —suelto de malas maneras.

—Bueno, tú lo sabrás mejor que nosotros, Alma —responde Tim con fingida irritación—. Ha vuelto a prisión, ¿no?

—¡Y esta vez para siempre! —remata uno de sus compañeros.

—¡Nunca ha puesto un pie allí! ¡No sabéis lo que decís!

Pero lo importante es: ¿cómo lo saben?

—Eh, chavales, ¡la verdad es que cada vez se os da mejor lo de los cotilleos! ¿Cómo lo lleva vuestro ego? —pregunta Clem con cara de mala—. Cada día caéis un poquito más bajo.

—Y tú, de no acostarte con nadie, ¡cada día estás más amargada, D’Aragon! —le suelta Cassius Banks, uno de sus ex de principios de año.

—¡Dejadlas en paz! ¡Venga, largaos!

Mi hermano aparece detrás de nosotras y trata de tomar las riendas de la situación.

—¡Mira! ¡Ahí está! ¡El hermano Lancaster! ¿Tú eres quien se folla a Arcadi ahora o haces un trío con tu hermana?

El ambiente se llena de codazos y estallidos de carcajadas. Basile no se molesta en responder y me coge de los hombros para alejarme del círculo que se está formando a nuestro alrededor. Clémentine los insulta un par de veces más antes de unirse a nosotros.

—Alma, será mejor que vayas a casa…

—¿Por qué? No he hecho nada malo. Vadim, tampoco.

—¿Es verdad lo que dicen? —cuestiona mi hermano en voz baja—. ¿Está en la cárcel?

—No, ¡solo lo han detenido! —grita mi mejor amiga.

Después se da cuenta de la metedura de pata y se lleva la mano a la boca, que sigue abierta del todo.

—Joder, ¡te había dicho que no te podías fiar de él! No es para ti, Alma, tienes que dejarlo ya. Antes de que la situación sea más grave.

Basile me acaricia el brazo, lo aparto con un gesto brusco. Por una vez, no lloro, es la rabia la que fluye a toda velocidad por mis venas y retumba en mi garganta.

—¡Vadim te defendió! ¡Impidió que aquellos tíos os pegaran a Isaac y a ti! ¡Te animó a aceptarte tal y como eres! ¡Y, después de todo, eres tan cobarde como ellos, Basile! ¡Me das asco! ¿Y sabes qué? No lo abandonaré. ¡NUNCA!

Lo grito lo bastante fuerte para que todo el campus me escuche.

Y corro hacia la salida.

* * *

No reconozco el número de teléfono que aparece en mi móvil. Aun así, descuelgo, sin dejar de caminar por la calle. Escuchar la voz de Vadim me deja sin aliento.

—Alma, soy yo.

Me detengo en seco y tengo que apoyarme contra una pared para no caerme. Me deslizo despacio por ella hasta llegar a la acera. Sentada en el suelo, con las piernas dobladas contra el pecho, el corazón destrozado y la mente en ebullición, le escucho decirme que está bien.

—¿Dónde estás? ¿Qué está pasando? ¿Qué te están haciendo?

—Me han trasladado a una prisión a la espera de mi juicio. Se me acusa de posesión ilegal de drogas. Y con mis anteriores condenas, me arriesgo sin duda a una larga pena de prisión. Mi abogado de oficio es un buen tipo, pero creo que no podrá hacer nada por mí.

—Ay, Vadim…

—Por favor, no llores.

Me sorbo la nariz.

—Y no intentes hacer nada para salvarme, Alma.

Intento protestar.

—Escúchame… El único que podría haberme sacado de aquí, antes, era Keith. Pero ahora, es él quien me ha enviado directo a este sitio.

Noto en su voz una terrible sonrisa de decepción.

Me da la impresión de que ha tirado la toalla. Y esa idea me indigna.

—¿Cuándo podré ir a verte?

—Prefiero que no lo hagas.

—Eres un idiota, Arcadi.

Insisto, amenazándolo con todo tipo de cosas imposibles, ridículas, y llamándolo por su apellido, como todas las veces que suelo mandarle a la mierda.

Como si, incluso en esta situación extrema, nuestro jueguecito fuera a ser suficiente.

Vadim se ríe y me promete que me apuntará en la lista de sus visitas.

Me explica que hacerlo lleva tiempo y que tendré que ir en coche con Felix, porque la cárcel está a más de una hora de Los Ángeles.

—Alma…

Mi novio baja la voz y yo siento escalofríos.

—Te echo de menos. Si supieras…

Me lo imagino, rodeado de otros detenidos, tratando de pasar desapercibido al decir estas frases, casi una confesión de vulnerabilidad.

Se me hace un nudo en la garganta y en el estómago.

Me siento vacía. Tengo la sensación de no hacer pie.

De que Vadim se me escapa un poco más a cada minuto que pasa.

—¿Sabes que…?

Yo también hablo en voz baja, como si me estuvieran escuchando o supiera lo vanas que son mis palabras.

—No te dejaremos tirado; Fe, Clem ni yo. Lo sabes, ¿verdad?

—Para.

—Te quiero, Vadim. También lo sabes, ¿no?

—Tengo que colgar. Se han terminado los diez minutos.