Capítulo 51
Bum.
Me doy la vuelta bajo el edredón, refunfuñando. El cuerpo desnudo de Vadim me da calor. Demasiado calor.
Bum bum.
Entreabro un poco los ojos, la débil luz que se filtra por las cortinas anuncia que es temprano. Demasiado temprano.
Bum bum bum.
El brazo de Vadim se desploma sobre mi pecho. Se pone de pie y se frota con vigor el rostro con la mano. No entiendo nada.
Los «bum» se repiten de nuevo. El latido de mi corazón resuena más fuerte aún. Vadim se pone unos tejanos. Los números rojos del despertador marcan las seis y dos de la mañana. Mi cerebro adormilado todavía no responde.
—No te muevas, no hables —murmura, con un dedo en los labios.
He visto ira en sus ojos cuando se dirigía a la puerta. Algo no va bien.
—¡Policía, abra la puerta! —grita una voz con autoridad.
—Ya va, no hace falta derribarla —gruñe Vadim, girando el pestillo.
Tres hombres y una mujer con tejanos, camiseta y chaleco negro irrumpen en el apartamento.
Todos llevan una placa del Departamento de Policía de Los Ángeles.
Y la palabra «policía» escrita en blanco, en mayúsculas, en la espalda de su chaleco.
No hay lugar a dudas. Me levanto deprisa y me envuelvo con el edredón por instinto.
—Señorita, le damos un minuto para vestirse, solo uno —me suelta un joven poli negro con los rizos engominados.
Después se da la vuelta para darme intimidad.
—¡Usted, contra la pared! —exclama otro tipo más mayor, empujando con la mano el pecho desnudo de Vadim.
—No me toque —replica este—. ¿Qué hacen en mi casa a las seis de la mañana?
—Si fuera usted, cambiaría el tonito —interviene la mujer.
Tiene la melena recogida en una coleta tan estirada que le tira de la cara.
Me da miedo. Todavía no me he movido, así que viene a ayudarme, recogiendo del suelo lo que cree que es mío.
Me lanza la camiseta gris jaspeada de Vadim.
Me la pongo sin rechistar. Es lo bastante larga como para que pueda quitarme el edredón sin quedar demasiado expuesta.
Busco con la mirada mi pantalón blanco, que debió de salir volando hasta la otra punta del cuarto ayer por la noche.
Solo veo nuestra ropa interior desperdigada por el suelo, mi camiseta de tirantes roja y arrugada sobre la lamparita volcada, mi sujetador colgando de la mesa de centro por un tirante.
Me muero de la vergüenza. Hasta que por fin me doy cuenta de lo que sucede.
—Tenemos una orden de registro —suelta el tipo frente a Vadim.
Saca una hoja plegada del interior de su chaleco y la menea en su cara.
Es el más viejo y el más duro de los cuatro polis; sin duda, el jefe.
Tiene el pelo rapado, la cara enrojecida y varios tics nerviosos, además de una poblada perilla con canas.
Es más bajo que mi chico moreno, pero ha levantado la cabeza con un gesto despectivo y está tan cerca que me da la impresión de que los pelos de su mentón le hacen cosquillas a Vadim.
Me acerco a él con pasos lentos y deslizo mi mano sobre su puño cerrado.
Que abre para entrelazar sus dedos con los míos.
—Señorita, le voy a pedir que se aparte —suelta el jefe, señalando con el índice nuestras manos entrelazadas—. No puede tocarlo ni comunicarse con él de ningún modo mientras dure el procedimiento.
Recita la frasecita demasiado alto para alguien que está a tan poca distancia.
Miro a Vadim, que no aparta los ojos del policía.
Sé que tiene ganas de estallar. Y también sé que el poli de la cara colorada no espera otra cosa: que Vadim estalle para poder inmovilizarlo con violencia contra la pared.
Pero se queda impasible y no le da ese gusto.
—Haz lo que dice, Alma. El señor parece nervioso —añade con calma Vadim, sin dejar de mirarlo.
Los párpados del jefe parpadean todavía más rápido.
—¡Pantalón! —me grita la policía.
Me lanza la prenda que acaba de encontrar no sé dónde.
Trato de atraparla al vuelo, pero se me escapa y cae a mis pies.
Ella no puede contener una sonrisa burlona por mi torpeza.
Me inclino para recoger el pantalón blanco y ponérmelo.
Solo por el mero hecho de bajar la cabeza se me llenan los ojos de lágrimas.
Cuando me incorporo, fluyen en silencio por mis mejillas.
—¿Qué queréis de él? —murmuro mientras me limpio la cara con el dorso de la mano.
—Vamos a proceder al registro del domicilio y ustedes se quedarán quietecitos y en silencio —vocea el jefe, como si fuéramos sordos o estúpidos.
—No hace falta que grite —responde Vadim en voz baja—. Y pueden registrar lo que quieran, no encontrarán nada aquí.
—Eso no es lo que nos han dicho.
Nuevos tics nerviosos, sonrisita de satisfacción y canas que se encrespan.
Durante unos diez minutos, los dos policías más jóvenes revuelven todo a su paso: el sofá cama, el contenido del armario de Vadim, los armarios de la cocina abierta, los cajones de su mesa…
En este momento, pienso que parecen más ladrones que agentes de policía.
Salvo porque llevan guantes de látex, un poco amarillentos, como los que se ven en los hospitales.
Esta intrusión me parece violenta, humillante, y tengo la impresión de que ensucian nuestro nido de amor con sus sucias garras de plástico. Siento náuseas.
Sin embargo, Vadim no parece nervioso. Solo su precioso rostro impasible logra tranquilizarme un poco, y el vaso de agua que me trae la agente.
Durante un instante, me dan ganas de arrojárselo a la cara como aquella vez que le tiré la limonada por la cabeza a mi chico en el Sunset Café, cuando creí que andaba con otra.
Me parece tan lejano, de pronto, aquel tiempo en el que aceptaba sus desafíos solo para verlo sonreír…
Aquel tiempo en el que mi único problema era saber si Vadim Arcadi me quería o pasaba de mí como de todos los demás, y no el saber qué es lo que podría esconder mi novio en su apartamento que tanto interesa a los cuatro polis del DPLA.
Desde el baño, una voz con tono triunfante retumba hasta aquí. Se me hiela la sangre. Acto seguido, el joven policía negro vuelve a aparecer en el salón con un paquete blanco del tamaño de una caja de zapatos entre las manos.
—Diría que hemos encontrado algo —farda el jefe, acercándose a su compañero.
—¿De dónde ha salido eso? —ruge Vadim con el ceño fruncido y la mandíbula apretada.
—Pegado con cinta bajo el lavabo —responde el de rizos.
—Hum, qué poco original —replica su superior, al que le tiembla la boca de lo contento que está.
—¡Nunca he tenido nada debajo de ese lavabo! Ni siquiera tengo cinta adhesiva —replica Vadim, empezando a ponerse nervioso.
Quiere acercarse al paquete, pero la policía con coleta, que se planta frente a los dos, lo retiene.
Su enorme cuerpo nos impide ver con claridad qué hacen los otros, inclinados sobre la mesa donde reposa ahora el paquete blanco.
Pruebas, lo más seguro. Rezo para que sea azúcar, harina, una broma pesada de Felix Alonso, todo salvo lo que creo que es. Lo que temo que es.
El jefe se incorpora por fin, parpadea tres veces, luego le da la vuelta a Vadim y lo empuja contra la pared como ha estado deseando desde que ha entrado en el apartamento.
Resuena el tintineo de las esposas y contemplo cómo el metal brillante se aprieta en torno a las muñecas de Vadim. Se me encoge el corazón.
—¿Qué está haciendo? —bramo, precipitándome hacia él.
La de la coleta tirante se interpone de nuevo y me pone las manos sobre los hombros. El jefe se pone a vocear para tapar mis gritos:
—Vadim Arcadi, queda arrestado. Tiene derecho a guardar silencio. Todo lo que diga podrá ser utilizado en su contra. Tiene derecho a un abogado. Si no puede permitírselo, se le asignará uno de oficio. ¿Ha comprendido lo que le he dicho?
—¡Eso de ahí no es mío, Alma! ¡Te lo juro!
Vadim gira la cabeza para clavar su mirada atormentada en la mía.
—¿Ha comprendido lo que le he dicho? —repite el policía, todavía más alto.
—¡Estoy seguro de que ha sido Keith! ¡Ha tenido que venir a esconder eso aquí mientras estaba en tu casa!
—¡Silencio! —El hombre presiona la cabeza de Vadim contra la pared.
—¡No le hagas daño! —exclamo en medio del alboroto general.
—¡Nos lo llevamos! ¡Anota los datos de la chica!
—¡No!
Me quedo sin aliento tras un largo lamento que me quiebra la voz, que ya no reconozco.
—Cállese, si no quiere que la detengamos también —me aconseja el joven de rizos—. Y no complique las cosas.
El jefe y el otro policía cruzan el umbral de la puerta arrastrando a Vadim. Vuelve el rostro derrotado una última vez hacia mí mientras forcejea.
—¡No les digas nada, Alma! ¡No te mezcles en esto! ¡Prométemelo!
Sus últimas palabras son como una bofetada. Piensa en salvarme el pellejo en un momento en el que el suyo es el que corre peligro. En este mismo instante, lo amo con más fuerza que nunca. Y me lo acaban de arrebatar, otra vez.
—Nombre, apellido, dirección y número de teléfono —me solicita el poli joven, boli y libreta en mano.
—Alma Lancaster… ¿Qué le va a pasar ahora? —pregunto, abalanzándome hacia la ventana.
—Usted va a volver a su casa y estará a disposición de la policía. Puede que la llamemos en los próximos días. Dirección y número de teléfono —insiste.
Me fijo en sus rizos pegados y engominados, pensando en las ondas sedosas de Vadim que tanto me gustan. Que ya echo de menos. Tengo tanto miedo por él…
—Si quiere un consejo de verdad, de mujer a mujer —interviene la agente—, cambie de amistades. Una chica como usted no debería estar en este apartamento con ese…
—¡No sabe cómo es!
Lo veo abajo, dejándose empujar hacia el interior de un coche de policía aparcado en la calle; con una mano que no es la mía, apoyada con fuerza sobre su cabello. Sin ninguna delicadeza.
A sus ojos grises les da el tiempo justo de mirar hacia arriba, hacia la ventana. Me busca. Mi corazón estalla con una felicidad estúpida y vana. Tan efímera como dolorosa. Me ha visto, lo sé. Ha visto que lo he visto. Y no se me ha ocurrido decirle nada, gritarle nada. Me siento avergonzada.
Doy mis datos a los policías antes de marcharse, ordeno el estudio, recojo mi ropa interior y algunas cosas que Vadim podría necesitar. ¿Se las podré llevar? ¿Y cuándo? ¿Qué se supone que debo hacer ahora?
Dejar de llorar, para empezar.
Buscar ayuda, lo segundo.
Llamar a Clémentine y a Felix. Ellos sabrán qué hacer.
Y volver a mi casa, algo ineludible. Ver a mis padres. Llegar a casa antes que ellos. No levantar sospechas. Conservar mi libertad…
Esa de la que Vadim se ha visto privado de nuevo.