Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 50
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Capítulo 50

—Y qué, Arcadi, ¿cómo ha ido?

Lunes por la mañana, después de un examen.

—No he entregado nada y me da igual.

—Supongo que también te da igual cumplir veintiuno hoy.

—Desde luego. Y nada de regalos, fiestas o tarta. ¡No quiero nada!

Beso a este gruñón en la mejilla para después susurrarle unas palabras al oído.

—¿Y qué me dirías a una tarde tranquila, solos tú y yo?

—Eso sí me apetece.

No sonríe, pero me planta un beso rápido en los labios.

—Es nuestra última noche de libertad, ya lo sabes… Mis padres vuelven mañana.

—Entonces vamos a mi casa. Podrían volver antes de lo previsto…

—¿Sabes lo que más me gusta de ti, Arcadi?

—¿Hum?

—Tu romanticismo a prueba de todo.

Se ríe un segundo, en bajito, y ese sonido me sienta de maravilla.

—Me encantaría callarte con una buena respuesta, Lancaster, pero lo que más me gusta de ti… no puedo decirlo en público.

* * *

En lo que tardamos en llegar a su estudio, Vadim vuelve a adoptar un gesto serio. Sé lo que le preocupa, pero espero poder devolverle la sonrisa, al menos esta noche.

En cuanto entramos, tira sus llaves a un lado y se apresura a tirarse sobre el sofá de cabeza. Lo contemplo, tumbado boca abajo, con la camiseta un poco levantada por la caída. Y en silencio, me recreo en ese trasero con curvas. En la piel dorada que asoma por encima de la cintura de sus bóxer.

—Deja de mirarme, Lancaster.

—¡Ni loca! Me gusta demasiado lo que veo.

—Deja de sonreír, te oigo…

—¡Tampoco!

De un brinco me pongo a horcajadas sobre él y lo agarro del culo.

—Alma…

Deslizo las manos por debajo de su camiseta.

—Voy a hacer que se te pasen las ganas de protestar, rebelde…

Me inclino hacia él para morderle el cuello.

—¿Y de verdad crees que me voy a dejar?

Se da la vuelta de golpe para besarme. Estallo en carcajadas antes de que me atrapen sus labios. Su boca ávida y entreabierta. Su lengua cálida y embriagadora. Sus manos firmes y juguetonas.

Tras miles de besos, de suspiros y rodar varias veces por el sofá, toda nuestra ropa está desperdigada. Hay prendas por el suelo, otras han aterrizado en la mesa de centro, y otras han tirado la lamparita. Pero ¿qué importa?

Este chico me enloquece.

Su desnudez me desarma.

Esa mezcla de fuerza y delicadeza, esa piel sedosa, ese torso lampiño y esos pectorales definidos junto a los abdominales evidentes y esa línea marrón que desciende por debajo de su ombligo.

Su mirada me desarma.

Vadim me observa y sé que le gusta mi cuerpo, que me desea. Ese resplandor tan singular en sus ojos despierta mis ganas de jugar.

Huyo del sofá y salgo disparada del salón. Solo necesita tres o cuatro zancadas para atraparme, justo cuando alcanzo la encimera de la cocina americana. Por detrás, sus brazos me rodean la cintura y, con un gesto firme, Vadim me aprieta contra él, con la espalda pegada a su pecho.

—¿Dónde pensabas ir?

Baja la mano entre mis muslos y se detiene.

Su grave murmullo y su aliento cálido me provocan un escalofrío.

Desliza el dedo corazón entre mis labios. Poso la mano sobre la suya para que apriete un poco más.

—Dime —me susurra al oído—. ¿Por qué te has ido si tienes ganas de mí, Alma?

—Para volverte loco, Arcadi…

—¿Y no es eso lo que llevas haciendo meses, princesa?

Empieza a acariciarme como tan bien sabe hacerlo. Tal vez hasta mejor. Intento abrirme paso entre nuestros cuerpos pegados para llegar a su miembro erecto contra mis muslos; me lo impide y aumenta el ritmo de sus caricias. Mis gemidos siguen el compás.

Se aceleran, se vuelven incontrolables, amenazan con superarme. Tengo que sujetarme a la barra de la cocina para no caerme.

Me pongo eufórica cuando Vadim entra en mí.

Sus embestidas me hacen llegar al cielo. Llevo la mano hacia atrás, la hundo en su pelo al tiempo que con la otra me sujeto a la encimera.

Ya no sé dónde estoy, dónde está él, o qué hace. Me gusta todo, por todas partes, tiemblo, grito, quiero más. Y llego al orgasmo.

Nuestros cuerpos exhaustos se deslizan despacio hacia el suelo, donde nos acurrucamos el uno contra el otro sobre el parquet del apartamento.

—Feliz cumpleaños, chico de mis sueños.

He susurrado esas palabras contra su cuello.

—Contigo, la vida duele menos, Alma.

Me incorporo para mirarlo a los ojos.

—Vadim, ¿cómo hace la gente para no amarte tanto como yo?

—Me da igual. Te tengo a ti…

Le acaricio la mejilla conteniendo las lágrimas.

—Y tú me has cambiado. A mejor. Soy menos egoísta. Estoy menos herido por dentro. Podría pasarme la vida mirándote, escuchándote, viéndote vivir y brillar, creo…

—No, te dedicarás al cine —susurro mientras jugueteo con sus rizos despeinados—. Eres demasiado guapo como para quedarte tras la cámara.

Se encoge de hombros y me besa con ternura la palma de la mano.

—Antes no tenía ganas de nada. Y ahora, tengo ganas de ser alguien. Porque tú crees en mí.

Nos quedamos así un buen rato, abrazados, besándonos en los labios, las mejillas, la punta de la nariz; riendo como niños, retándonos, abrazándonos.

Incapaces de separarnos.

—¿Qué pasa?

—Adoro ese lunar, el de ahí, justo sobre la sien —susurra mientras lo acaricia con el dedo.

—Y yo estoy enamorada de tu cicatriz…

Le paso la lengua sobre la línea rosada que le surca el labio.

—También tu ombligo. Creo que es el más perfecto que he visto nunca.

—Podría decir lo mismo de tu cuerpo desnudo, pero en realidad no había visto otros antes —confieso, hundiéndome en su cuello.

—Yo me he acostado con otras chicas, pero en realidad solo he hecho el amor contigo.

Sus palabras me desarman.

Su alma me desarma.

La lágrima que cae por mi mejilla la seca la yema de su dedo.

—No sé lo que nos espera, Alma, pero gracias por haber creído en Tú + Yo.