Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 49
82%

Capítulo 49

—Georgia, ¿qué te parece si nosotros te preparamos a ti una buena comida por una vez?

Clémentine, emocionadísima, abre todas las puertas de los armarios y las deja sin cerrar.

—¿No habíamos dicho que pediríamos la comida?

—A ti lo que te pasa es que tienes miedo de que os envenene.

Vadim, a mi espalda, se ríe entre dientes.

—Estás en tu casa, mi pequeña Clémentine, haz lo que te apetezca.

El ama de llaves, que conoce a mi mejor amiga desde la infancia, la observa mientras esta da vueltas de aquí para allá como un torbellino. Basile e Isaac, que acaban de llegar, se suben a la encimera.

—Eso —interviene mi hermano—… eso que acabas de decir, significa: «Sé que vas a sembrar el caos en mi cocina, pero ¿acaso tengo elección? Y al final me tocará cocinar a mí para arreglar la receta que has echado a perder».

—¡Gracias por la traducción! Y ahora que lo dices, ¿tú has tocado una cacerola alguna vez en tu vida, Lancaster Junior?

—Ya vale, chicos, hemos dicho que Georgia estaría de vacaciones estos días. ¡Pediremos pizzas!

* * *

Adiós a las buenas maneras, se acabó lo de cenar en la mesa a una hora estipulada.

De pronto, la mansión de los Lancaster se convierte en un apartamento de alquiler en vacaciones compartido con los amigos.

Lo nunca visto. Me imagino que esta escena debe de repetirse con regularidad en muchos hogares, y que quizá yo no he tenido una infancia como la de los demás.

Me siento como una niña que acaba de llegar a un campamento de verano y aún no sabe si debe comportarse como en casa, o si tiene derecho a decir palabrotas y a ser todo lo que normalmente no es. Una niña que se pregunta si el chico guapo y silencioso a su espalda se atreverá a romper el hielo.

—Entonces ¿me has invitado, Lancaster?

—Entonces ¿estabas esperando detrás de mi puerta como un pobre gatito abandonado?

Esa sonrisa.

Podría morir por esa sonrisa. Se planta delante de mí y ahora estamos frente a frente.

Literalmente. Él no dice nada, pero desliza sus manos por mi cintura muy despacio.

Acerca su sublime e imperturbable rostro un poco más al mío y siento cómo se me acelera la respiración.

A lo lejos escucho vagamente a mi hermano riéndose con Isaac y Clem, pero me zumban los oídos.

Vadim entreabre los labios; no sé si está a punto de hablar o de besarme. Estaba tan enfadada con él que casi había olvidado lo agradable que resulta.

No hay nada en el mundo que me haga tanto bien como esto. Sentirlo contra mí.

Si pudiera acercarse un poquito más…

—¡Ya lo tengo! ¡Quiero una hawaiana!

El torbellino Clémentine irrumpe de pronto y nos llevamos un buen sobresalto.

—¿No preferirías ir en persona a Hawái ahora mismo? —le sugiere Vadim, contrariado—. Me han hablado de un hotel fantástico, el Mahoe, lo regenta un tío tan cargante como tú…

Ella le hace una peineta de manual y se vuelve hacia mí.

—A ver, ¿qué hace él aquí? ¿Por qué os estáis reconciliando en lugar de elegir una pizza? ¿Y por qué estabais peleados antes? ¡Quiero saberlo todo!

—Alma, preferiría hablar contigo a solas.

—Si me venís con más secretos, me marcho y me llevo al repartidor de rehén…

—Yo también estoy harta de misterios, Vadim —protesto, pasándole una mano por el pelo—. ¿Y si nos decimos las verdades de una vez?

—Como quieras —responde él—. De todas formas, también tengo que hablar contigo, D’Aragon.

En vista de que la cosa parece seria, a juego con la expresión de mi novio, decidimos aplazar la discusión todo lo que haga falta.

Pedimos pizzas para doce, jugamos a Mario Kart mientras esperamos al repartidor, comemos al borde de la piscina, admiramos la puesta de sol y nos bañamos con las últimas luces del día.

Cuando Basile e Isaac entran para secarse nos quedamos los tres solos de nuevo; y Vadim, que ya no puede posponer más el momento, se lanza.

—No os vais a creer lo que tengo que deciros. Yo tampoco me lo creía. Aún no tengo todas las pruebas, pero estoy seguro de lo que afirmo. No os lo diría si no fuera así…

—¡Al grano, Arcadi!

Clem, impaciente, se ciñe la toalla de baño alrededor del cuerpo.

—Es Keith.

Su voz rasga el aire y me provoca un escalofrío.

—¿Qué es Keith? —brama la pelirroja.

—El tío que nos sigue desde el principio y nos saca fotos… es Keith.

—¡Ja, ja, ja! ¡Te espera un gran futuro en el FBI, Arcadi!

—Hablo en serio, Clem.

Vadim la mira a los ojos, directo, sin acritud.

—Sé que estás enamorada de él, y siento tener que decírtelo…

, pero él está metido en asuntos turbios, no es quien tú crees.

Y te necesito para poder demostrarlo. Necesito que registres su casa.

Estoy seguro de que allí encontrarás lo que buscamos.

¿Últimamente no lo has notado más reservado? ¿Más distante?

Clem refunfuña y se lleva las manos al rostro, e intuyo que mi chico ha dado en el clavo.

—Un momento, Vadim, ¿estamos hablando de tu educador? ¿De tu mentor? —intervengo en voz baja—. ¿Por qué, de pronto, habría de convertirse en el enemigo número uno?

—Nuestra relación siempre ha sido complicada. Sí, Keith me ha sacado de algunos marrones más de una vez, pero, créeme, siempre he tenido que pagar un precio por ello. Y Keith es el primero en recordarme que estoy en deuda con él…

—¿Cómo? ¿Te chantajea?

Vadim se queda mirando la superficie del agua, parece exhausto.

—¡Todo esto es una locura! —exclama mi mejor amiga.

—Sé que no basta con lo que os he dicho, pero estoy dispuesto a jurarlo sobre la tumba de mi madre si es necesario. Y en cuanto a esas pruebas que me reclamáis, solo Clem puede conseguirlas.

—¿Y por qué tendría que hacer eso por ti, Arcadi?

—Clem, es preciso que lo hagas… por ti.

La contemplo con tristeza.

—Tú me dirías lo mismo si la situación fuera al revés, ¿no?

—Probablemente —musita ella.

—Si es cierto, este tío está loco y no deberías volver a verlo, Clem.

—Pero… si realmente es el cabrón que dice Vadim, ¿os imagináis lo que podría hacerme si me pilla registrándole la casa?

—Felix y yo iremos contigo —le asegura mi chico moreno.

—Ah, vale, no sabes cuánto me tranquiliza saber que el pringado de Felix estará en el ajo…

Lanza una risotada demasiado fuerte, haciéndose la valiente para contener las lágrimas. Deslizo mi mano hasta la suya, en señal de que estoy aquí.

—Haz lo que puedas, D’Aragon —le susurra Vadim—. Echa un vistazo a sus papeles, revisa sus cajones. Seguro que guarda documentos comprometedores en alguna parte. Si la cosa se tuerce, grita. Nosotros estaremos justo debajo de su casa.

—Vadim, como le pase algo…

—No pasará nada. Clem, si te pilla, tú hazte pasar por una novia curiosa que quiere saber más de su vida. O finge que has perdido algo. ¿Cuándo volverás a verlo?

—Pasado mañana. ¡Pero aún no se lo he confirmado!

Clémentine coge otra porción de pizza hawaiana y refunfuña.

—Haré lo que pueda.

* * *

Vadim pasa las dos noches siguientes en mi casa. Se va aclimatando lentamente al espacio, a todas esas estancias cuya utilidad no acaba de comprender, y a las duchas multifuncionales, que tampoco sabe cómo funcionan, aunque yo estoy encantada de unirme a él y enseñárselo.

Apenas nos cruzamos con Basile e Isaac, que se pasan la mayor parte del tiempo encerrados en la habitación de mi hermano.

Georgia hace la vista gorda con respecto a casi todo lo que ve y especialmente con lo que no ve.

La mansión Lancaster empieza a parecerse peligrosamente a un paraíso terrenal.

Puede que rece una o dos oraciones para que mis padres no vuelvan nunca, aunque ya han anunciado que regresarán dentro de tres días; el tiempo justo de hacer el examen, preparar la fiesta sorpresa para Vadim y esperar el informe de Clémentine, quien pasará la noche en casa de Keith.

Mi papel consiste en llamar a mi mejor amiga sobre las diez de la noche llorando a lágrima viva, inventarme que he tenido una discusión terrible con Vadim y suplicarle que pase a buscarme.

Clem observará la reacción del educador cuando le cuente lo de la llamada y tratará de sonsacarle la información.

Esperemos que antes haya tenido tiempo de rebuscar.

* * *

—Si le toca un solo pelo de la cabeza, lo mato.

—Alma, tranquilízate —me susurra Vadim—. ¿Con qué piensas matarlo? ¿Con tu corona de princesa?

—Espera, probaré primero contigo, a ver qué tal…

Estoy tan angustiada que no he podido quedarme en casa. Y mucho menos, resistirme a acompañar a Vadim y a su humorista de guardia, que también participará en la misión. Y ahí nos tienes a los tres, apretujados en la pick-up mohosa que hemos aparcado unas casas más allá de la de Keith.

—Clem, tú puedes hacerlo… —murmuro, como si ella pudiera oírme a tantos metros de distancia, y a través de las paredes.

Dos horas más tarde estamos de nuevo los cuatro, reunidos en el Sunset Café.

Nadie ha tenido que gritar ni intervenir, y nuestra agente especial ha logrado cumplir su misión. Cuando empieza a contarnos lo sucedido parece algo aturdida y no para de jugar con la pajita de su limonada.

—Revisé todos sus cajones mientras se duchaba. Nada. Pero en su móvil…

—¿Qué?

—Había unos textos extraños de una tal Brooks. No me dio tiempo a leerlo todo, pero hablaban del campamento de voluntarios de la universidad.

—Brooks es el apellido de Cheyenne —nos informa Vadim.

Deja escapar un suspiro y al instante percibo su angustia.

—Mierda, tenías razón, tío —exclama Felix, dando un golpe en la mesa—. ¡Él la conocía, fue quien organizó vuestro encuentro!

—Ese pirado la utilizó como cebo —masculla mi novio—.

Esa chica tiene mucho en común conmigo, coincido con ella en el voluntariado, aunque nunca nos habíamos visto en el campus.

Hace cuanto puede para hacerse amiga mía, o más que amiga, y me bombardea a preguntas sobre Alma. ¿Cómo no me di cuenta antes?

—Entonces ¿a mí también me ha engañado? —murmura Clem—. ¿Keith solo está saliendo conmigo para poder acceder a vosotros?

Apoyo mi cabeza en su hombro, apenada por ella.

—Pero… era tan atento conmigo. ¿Por qué ningún chico puede quererme de verdad?

—Clem, tú eres perfecta, no tienes la culpa de nada. Te juro que el chico de tus sueños te tratará como a una reina…

—Y Lancaster está muy puesta en cuestiones de realeza.

Que Felix esté tratando de consolar a mi mejor amiga me conmueve y me perturba al mismo tiempo.

—En el mejor de los casos, yo era su tapadera para que aparentase ser un chico normal; en el peor, era su informante —sigue diciendo la pelirroja—. ¡Y no tenía ni idea! ¡Le hablé de vosotros un montón de veces! ¡Qué imbécil he sido!

—No es culpa tuya, deja de llorar, si no, se te borrarán las pecas.

—Fe, es la primera vez que te oigo pronunciar una frase que no suena demasiado tonta —señala Clem, sorbiéndose la nariz.

—La culpa es nuestra…

Vadim fija sus bonitos ojos grises en los míos y prosigue.

—Os lo tendríamos que haber contado todo desde el principio.

Cada vez que Keith nos ayudaba a salir de un apuro, nos pedía algo a cambio.

Al principio creímos que no había mala intención, que solo necesitaba que le hiciéramos pequeños favores, pero no tardamos en comprender que nada de lo que nos pedía era legal.

Nos hacía transportar material robado o traficar con mercancías sospechosas; nunca sabíamos de qué se trataba exactamente, nunca nos avisaba con antelación, solo éramos otro eslabón en la cadena.

Cuando nos percatamos de hasta qué punto nos estaba utilizando y de los riesgos que estábamos corriendo, decidimos negarnos a cumplir sus encargos —añade Felix.

—El muy cabrón sabe tantas cosas de nosotros que puede hundirnos cuando quiera. Por todas las veces que nos ha servido de coartada, o que ha mentido por nosotros. Solo tiene que chasquear los dedos para mandarnos a prisión.

—¡Tenéis que ir a la policía! ¡Denunciadlo!

La rabia me retuerce el estómago y me tiembla la voz. El chico al que amo sonríe con tristeza.

—Si fuera tan fácil… Él goza de una sólida reputación y tiene amigos bien situados en la policía de Los Ángeles.

¿De verdad piensas que creerán a dos pequeños delincuentes como nosotros, Alma?

Él es lo bastante listo como para no ensuciarse nunca las manos, los adolescentes que tiene a su cargo son quienes se ocupan del trabajo sucio. Lo controla todo y a todos.

—Mientras hagamos lo que él diga, nos protegerá —suspira su colega—. Cuando eres joven y no tienes nada, te conformas con cualquier cosa.

Vadim asiente en silencio. Clémentine, sentada a mi lado en el banco, está hecha una furia.

—Al final he comprendido que desde que nos negamos a obedecerle la tiene tomada con nosotros. Impide que Fe y yo nos veamos, que nos ganemos la vida, nos sigue a todas partes y trata de separarme de ti, Alma. No soporta que alguien escape de su control…

Un escalofrío me recorre todo el cuerpo.

En una cafetería abarrotada de estudiantes, donde las preocupaciones de la gran mayoría se reducen a las notas de los exámenes y a algún que otro desengaño amoroso, estoy escuchando hablar a mi novio de educadores deshonestos, de polis «corruptos», de amenazas y de acoso, de trapicheos y de cárcel.

Los cuatro decidimos no hacer nada por el momento. Es demasiado peligroso. Los chicos nos piden que no contemos su historia a nadie. Clémentine ha decidido que seguirá viéndose con Keith como si nada hubiera pasado para no levantar sospechas.

—Me inventaré una ETS lo bastante convincente como para que alucine… y no sienta la tentación de tocarme.

Tenemos que contener la risa al oír su ocurrencia.

—¿Volvemos a casa, Arcadi?

Me dirijo directamente a Vadim porque me da la impresión de que se encuentra lejos, entre pensamientos sombríos y dolores que llevan años enterrados.

Su sonrisa provocadora ha desaparecido de sus labios.

Su mirada me rehúye.

Odio verlo sufrir.

—Debería de haberte creído —le susurro.

—No te reprocho nada, Alma. Soy yo quien debería disculparse por haberte metido en todo esto…

—Acuérdate…

—¿De qué?

—Tú + Yo, no hay nada más fuerte que eso. Nada más fuerte en el mundo.