Bonus IV. Vadim solo contra todos
IV VADIM SOLO CONTRA TODOS
Seis meses después
Dudo si romper la carta. Hacer confeti con ella y lanzarla por los aires para celebrar mi liberación.
Es lo que se merecen estos folios de papel escritos a mano.
Pero Clémentine me la sigue tendiendo, con los ojos empañados, y empiezo a estar harto de estas chicas que me miran llorando. Le cojo el sobre de las manos y lo meto en el bolsillo trasero de mis tejanos.
Después… La leeré después.
Felix salta sobre mí por enésima vez, frota el puño contra mi pelo hasta hacerme daño. Siempre hacía eso cuando éramos críos y quería enfadarme. Esta vez, es para demostrar su euforia. Para regocijarse. Y esta vez, le dejo hacerlo sin protestar.
Me siento un poco… anestesiado.
—Tío, ¡si hubieras visto la cara de Keith! Se creía que era intocable, pero ahora es a él a quien van a juzgar. ¡Le pueden caer veinte años! ¿Te lo puedes creer?
—No…
Aturdido. Eso es, estoy aturdido.
—¡Ese cabrón va a recibir lo que se merece! ¡Se acabó el reinado de La Mama! ¡Adiós! ¡Somos libres y nos vamos pa’ la casa, acho ! —grita, metiendo palabras de Puerto Rico como cada vez que se emociona demasiado.
—Tranquilo, Felix, que nos agotas a todos —protesta Clem, frunciendo el ceño—. Vadim, ¿qué vas a hacer ahora?
—Ni idea. Dormir durante diez días seguidos. Darme una ducha de media hora. Comer otra cosa que no sea puré de vomito y pan duro…
—¡Te invito a Chick-fil-A, tío! ¡A ti también, D’Aragon, pago yo!
—Ya, me encantaría, Fe —responde ella, poniendo los ojos en blanco—. Pero tengo que irme, mañana me voy a París.
París… Alma…
No he pensado en ella este último minuto.
—Vadim, lee la carta, por favor. Es importante para ella.
—Sí, sí. Lo haré.
Suelto esas palabras a Clem como si me diera igual, protegiéndome para no mostrar nada.
—Antes de que me vaya, ¿quieres que le diga algo?
—Hum…
Vacilo, con la garganta cerrada. Le diría un millón de cosas, de hecho.
Vete al infierno.
Vuelve.
¿Por qué?
Joder, Alma…
—¿Aunque sea una notita escrita a toda prisa que le pueda dar cuando la vea? —murmura su mejor amiga.
—No. Es mejor así.
Se me retuercen las tripas, siento una presión en el pecho que me quema por dentro. Ya me resulta difícil ocultar lo que la echo de menos.
—Vale, lo entiendo… Entonces, adiós a los dos. No os abrazo, pero lo digo de corazón. Bueno, a ti no, Felix.
—Venga, ven aquí, Clemy, ¡que sé que te mueres de ganas!
Mi amigo se acerca a ella con los brazos bien abiertos y una sonrisa de latin lover en los labios. Clémentine lo esquiva con una mueca.
Sin embargo, termina dejándose agarrar por la cintura mientras le da en la espalda con la punta de los dedos.
Lo que daría por tener a Alma en mis brazos…
—Adiós, Clem. Cuídate —añado yo para borrarme esa idea de la cabeza—. Y gracias por haber venido.
—No hay de qué. Sabes que ella también habría estado aquí, si hubiera podido…
¿No va a dejar nunca de meter el dedo en la llaga? ¿De defenderla a capa y espada después de lo que me ha hecho?
—Bueno, ¿nos vamos, Fe?
—Vamos. ¡Sin niña de papá, sin problemas, sin abogado! Como antes.
Me lee la mente…
Salvo que antes era Tú + Yo.
Y joder, cómo me gustaba…
* * *
En el coche, durante el trayecto de vuelta, clavo la mirada en la ventanilla y la carretera que se despliega ante mí para que Felix no me vea derrumbarme.
Me falta el aire.
Me falta ella.
—¿Te molestaría si pruebo suerte con Cheyenne? ¡Está buenísima! —suelta mi colega para romper el silencio.
—Haz lo que quieras, Fe. Mientras ella esté de acuerdo…
No estoy seguro de que sea buena idea, pero si le divierte intentarlo…
—¿Me dejas en casa, tío?
—¿Qué dices, Vadim? ¡Vamos a celebrarlo!
—Lo celebraremos, pero ahora mismo, solo tengo ganas de estar solo. Necesito tiempo para aclarar las ideas, ¿sabes?
—Es por la carta, ¿no? Te pica en el fondo del bolsillo, ¿verdad?
Arranca a toda velocidad en cuanto el semáforo se pone en verde. Yo no respondo.
—Mira, no quiero que te hundas por culpa de Lancaster. Sé que la querías, pero no vale la pena, es evidente. Tú estás fuera. Ella se ha pirado. ¡Fin de la historia!
Ojalá fuera tan sencillo…
—Para aquí, voy a ir andando. Quédate con la pick-up, nos vemos esta tarde, ¿vale?
Suspira, y luego claudica, deteniéndose junto a la acera.
Me estoy asando ahí dentro, tengo que salir de ese vehículo.
Tras tan solo diez minutos caminando, el calor de julio me agobia.
Con una losa de una tonelada sobre los hombros, subo despacio las escaleras hasta mi apartamento.
Meto la llave en la cerradura y espero encontrarme el estudio destrozado, como la última vez que lo vi: armarios abiertos y cajones volcados por la poli, cosas desperdigadas después de mi última noche con Alma.
La última…
Voy a estallar.
Suelto un grito desgarrador al cerrar la puerta. Eso tampoco me alivia.
Dejo escapar un gemido de dolor al descubrir el salón bien ordenado. Cada mueble en su sitio, mi ropa doblada, los platos limpios, puestos a secar desde hace tiempo.
Cojo una taza y la dejo caer sobre el embaldosado de la cocina.
Necesito sentir cómo también estalla.
A continuación, barro con los brazos todo lo que está cerca. Los platos, vasos y cubiertos caen al suelo con un golpe ensordecedor. La cosa sigue sin mejorar, pero no tengo nada más que romper.
Sé que ha sido ella.
Alma.
Poner mi vida en orden antes de largarse. Borrar cualquier recuerdo del registro, de mi arresto. Sin duda para ayudarme, para protegerme. Pero no sabe que también ha eliminado cualquier rastro de su paso. Y que hoy es como si nunca hubiera existido.
¿Eso es lo que quieres, Lancaster?
Me tumbo sobre el sofá. El sobre en mi bolsillo trasero hace un ruidito al aplastarse. Saco la carta, la aplano con la palma de la mano y la poso en la mesita de centro que hay frente a mí. Me paso unos buenos diez minutos mirándola sin moverme.
Si la leo, solo me hará más daño. Si no la leo, no lo sabré jamás.
Pero ¿saber qué? ¿Que no me quiere lo suficiente como para quedarse?
¿Que me ha querido, pero que estaba harta de debatirse entre dos mundos?
¿Que la presión de su familia era más fuerte?
¿Que nuestras diferencias eran demasiado grandes?
¿Que todo esto ha sido muy bonito, pero que tiene un buen partido con el que casarse, un padre al que complacer y otras ambiciones en la vida, en vez de estar con un mediocre como yo?
Siento como se me encoge el corazón. La rabia me hace apretar los puños, el orgullo me asfixia y la pena me desgarra las entrañas.
Me lanzo a por el sobre, lo rasgo de cualquier manera y desdoblo los folios con las manos temblorosas.
Mis ojos se abalanzan sobre las palabras, las persiguen, las devoran.
Leo con la voz de Alma en mi cabeza. La oigo como si estuviera a mi lado.
Y eso me duele más todavía.
Vadim:
Me voy.
No te abandono, me separan de ti.
Sé que otra vez vas a decirme, suspirando, que me dejo manejar, que tenía elección, que permito que otros decidan por mí.
Pero en realidad no, no me dirás nada porque no volveremos a hablar.
Esto es lo que he elegido: venir a verte, una última vez, decirte adiós en silencio.
Porque sé que, si escucho tu voz, si dices una sola palabra, incluso aunque solo sea mi nombre, no seré capaz de irme, no podré dejarte aquí.
Mañana se celebra tu vista y es entonces cuando se decidirá todo.
Culpable o no culpable. Condenado o absuelto.
Encerrado o libre. Ya estoy temblando por esa justicia implacable que podría salvarte la vida o privarte de ella durante muchos años.
Así que sí, he elegido. Algún día te explicaré cómo, o por qué.
Pero debes saber esto: entre tú y nosotros, te he elegido a ti.
Sin vacilar, por una vez.
La última vez que hablamos, a través de ese maldito cristal, me dijiste esto, con tu media sonrisa y tu gesto de desencanto. Me acuerdo de casi cada palabra:
«Míranos. Nos hemos pasado meses luchando, solos contra todos, por… Tú + Yo. Y ahora, luchamos el uno contra el otro. Pero no te dejaré ganar, Alma Lancaster».
Esa fue la última vez que dijiste mi nombre.
Mi nombre completo. No hay nadie en el mundo que lo diga de una forma tan bonita, con una voz tan profunda, tan grave y burlona al mismo tiempo.
Puede que no lo vuelva a escuchar jamás, pero seguirá resonando en mis oídos, créeme.
Te respondí que no tenía nada que perder y que, si tú no querías luchar, yo lo haría por ti.
Te dije que te quería y que nada podría impedírmelo ni siquiera tú.
Eso pensaba. Te miré una vez más y me fui. Creo que ya lo sabía.
Me voy, pero no te abandono y creo que nunca contaré con las palabras suficientes para explicártelo.
Podría escribirte cada año, cada día; de todas formas, no lo aceptarás.
Harás todo lo que puedas para no entenderlo nunca.
Para no perdonarme nunca. Y eso es lo que más me duele.
Que puedas pensar que tenía una sola razón para querer abandonarte.
Bueno sí, en realidad, tengo una: amarte.
Vadim, me has cambiado la vida. ¿Eres consciente de hasta qué punto?
Me has dado la fuerza que no tenía. El valor que me faltaba para ser yo misma.
Para vivir por fin. Por todo eso, te tomé como modelo, me nutrí de ti: tu valentía, tu locura, tus heridas y cicatrices también, todo lo que has sabido superar.
Vencer. Me hiciste más fuerte. Más tierna.
Me despertaste, me sacudiste, me transformaste.
Me descubriste a mí misma. Me permitiste existir.
Tal vez, en cuanto me marche, todo eso se desvanecerá.
Volveré a ser la pequeña Alma tímida, obediente, discreta, que hace lo que se espera de ella, que se deja influir.
Por comodidad. Porque tú no estarás allí para apoyarme.
Pero poco importa si me hundo, si me apago, siempre recordaré lo que has hecho por mí.
Y sabré que te lo habré recompensado, solo una vez.
Porque hoy, me toca a mí. O más bien mañana.
Mañana te devolveré tu libertad. Lo más bonito, lo más grande, lo más importante que tienes.
Lo que más admiro de ti, lo que me hizo amarte.
Sin ella, no serías quién eres. Tú me enseñaste, me inculcaste esta sed de libertad, y no has dejado de hacerlo desde hace nueve meses.
Y mañana, me tomaré la libertad de salvar la tuya.
En contra de tu voluntad, lo sé. Pero lo haré por ti, para que puedas respirar otra vez.
Y me marcharé, con el corazón roto, hecho trizas, y todas las lágrimas que habré derramado.
La desgracia de perderte no es nada comparado con la felicidad de saberte libre.
Solo así te quiero. Y solo así podré quererme un poco.
¿Recuerdas que siempre me reprochabas tener miedo a todo? Miedo a mi padre, a los profesores, a lo que fueran a pensar de mí. Miedo a ti, incluso miedo a mí misma. No lo soportabas.
Por primera vez, no tengo miedo, Vadim. Estoy segura.
¿Me guardarás rencor? Sin duda. ¿Es culpa tuya?
Tal vez un poco. Porque tú me has dado confianza en mí, me has enseñado que tenía derecho a vivir, a pensar, a actuar como me pareciera conveniente, que no tenía motivos para tener miedo si escuchaba mi corazón. Este es el resultado.
Me puedes odiar todo lo que quieras. Lo volvería a hacer diez, cien, mil veces.
Sería tan valiente, tan loca y obstinada como tú.
Porque te has metido bajo mi piel, lates en mi sangre, corres por mis venas.
Porque desde que te conocí, ya no soy la misma.
Porque te quiero, Vadim. Y si no volviera a verte nunca, estas serían las últimas palabras que querría decirte.
Las mismas que iré a susurrarte mañana, solo con los ojos.
Pero mi corazón aullará.
Y si un día, de milagro, nuestros caminos se vuelven a cruzar; si Tú + Yo es tan fuerte como creo, lo bastante como para forzar al destino, esas serán las mismas palabras que te diré otra vez. Te seguiré amando dentro de diez, cien y mil años.
Mientras tanto… sé feliz, Vadim, sé loco, libre.
Y, por favor, no me olvides nunca.
Alma
Me derrumbo en el sofá, con la cabeza colgando y la carta apretada contra mi corazón desbocado.
Cierro los ojos, con fuerza, para evitar que se abran las compuertas.
Bajo mis párpados cerrados, ahí está ella: escribiendo, inclinada sobre la mesa, tumbada boca abajo en la cama o sentada con las piernas cruzadas en la moqueta, la tapa del boli apretada entre los dientes, los labios temblorosos y esos ojos verdes llenos de lágrimas.
Tengo tantas ganas de abrazarla…
Alma… ¿Cómo has podido hacernos esto?
Me levanto de un salto, echo un vistazo a la estancia y la veo en todas partes.
Sentada, hecha un ovillo en el extremo del sofá, la primera vez que vino aquí.
De pie frente a la ventana, de puntillas, cuando se atrevió a dar el primer paso para besarme.
Tumbada, desnuda, un poco en todas partes, cada vez que aceptaba hacerme un hueco a su lado.
Todas las veces que la miré cuando no me veía, o las que me quedé sin palabras, enternecido por su torpeza, conmovido por sus miedos, vencido por su belleza.
Todas esas veces en las que me pregunté cómo podía amarme.
Y como podría vivir sin ella.
Atrapado por mis recuerdos, mis preguntas, entro en pánico, me asfixio.
Meto los folios doblados en el bolsillo de mis tejanos y echo a correr.
Cierro de golpe la puerta del apartamento, bajo las escaleras de cuatro en cuatro, recorro la calle a toda velocidad y corro todo lo que puedo.
Mis piernas me llevan al único lugar donde quiero estar ahora mismo. Al fondo del parque, en el banco.
«Nuestro» banco.
Si no ha desaparecido, entonces no estaré loco del todo.
Lo diviso, intacto, desgastado como siempre lo ha estado. Me siento con delicadeza para no maltratarlo. Bajo despacio los ojos hacia el lugar donde grabé en la madera. Sigue ahí. El «Tú», el «+», el «Yo». En este banco solo falta Alma.
En veintiún años, ya es la tercera vez que me pasa.
Que las personas a las que más quiero del mundo se marchan, me dejan solo, como a un idiota.
Después de mis padres, después de mi hermano; mi primer amor.
Por culpa de ellos sentía tanta rabia. Pero entonces apareció Alma Lancaster, me dijo que tenía derecho a ser feliz, que no tenía por qué estar resentido con todo el mundo.
Y luego me lo quitó todo. La felicidad, la paz interior, el futuro que nos habíamos imaginado, todos los sueños que se estaban convirtiendo en posibilidades.
Así que voy a hacer lo que me dijo.
Solo voy a estar resentido con ella.
Me abandonó, tengo todo el derecho del mundo a odiarla. Con la misma fuerza con la que me hizo amarla.
Lo único a la que no voy a renunciar es a Tú + Yo.
¿Te atreves, Alma?