Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Tengo la impresión de que hoy toda mi vida está en juego.

Mi cortometraje ya está terminado, y yo casi no he podido dormir ni comer, me resulta del todo imposible. Sé que Vadim se ha pasado toda la noche acabando el suyo, y como su apellido encabeza la lista por orden alfabético será el primero en pasarlo esta mañana.

A las diez será el turno de Clémentine y su compañera. A mí me tocará a las dos y media de la tarde, si para entonces aún no me he muerto del estrés. Y si soy capaz de afrontar los diez minutos de presentación, los cinco minutos de película y los quince minutos de preguntas del jurado.

Delante de toda la clase.

Tengo ganas de desmayarme.

El cortometraje de Vadim deja boquiabierta a toda la sala.

Lo ha titulado Home . No hay actor, ni diálogos, solo imágenes sublimes, y una voz en off , la suya, fría y profunda.

Durante cinco intensos minutos, de una gran densidad, plasma el periplo de un hombre que emigra de Rusia a Estados Unidos.

Prosigue con las vicisitudes de un niño que va de familia en familia, la búsqueda de los orígenes, una patria, un hogar, un lugar donde sentirse «en casa».

A continuación, la película deriva hacia una serie de viajes interiores y muestra cómo el joven héroe aprende a evadirse mentalmente, imaginándose historias, dirigiendo a los transeúntes, huyendo sin cesar para seguir siendo libre. Libre, pero en soledad.

Por fin se produce el encuentro: una chica. Sin rostro, sin nombre. Y la voz en off explicando parsimoniosa que, después de todo, para encontrar tu sitio en el mundo no tienes que buscar un lugar, una casa, un país. Has de encontrar a alguien.

Alguien que te incite a dejar de huir.

Alguien a quien aferrarte, con quien compartir un poco de tu libertad.

Alguien a quien podrías seguir hasta el fin del mundo y, así, siempre te sentirías en casa.

—Oh, Vadim —murmuro cautivada.

El tamborileo de mi corazón se escucha en el silencio del auditorio. Las lágrimas se deslizan por mi rostro en medio de la oscuridad. Y eso que me había prometido a mí misma que no lloraría.

Cuando vuelven a dar las luces, los demás estudiantes me observan con curiosidad, emocionados a su vez.

Clémentine apoya una mano en mi rodilla y me fijo en que también tiene los ojos enrojecidos.

El jurado felicita a Vadim y le hace algunas preguntas.

Las responde a regañadientes, sin convicción, sin voluntad de complacerlos, y me da la impresión de que pretende echarlo todo por tierra.

Creo que le da miedo triunfar. Es la paradoja que define a Arcadi: ansía brillar, pero rechaza los honores.

Seguramente es porque cuando uno ha crecido entre las sombras, aprende a desconfiar de la luz que lo deslumbra en exceso.

A pesar de su falta de implicación en escena, los profesores y los cineastas elogian de nuevo la calidad de su trabajo, su ritmo, su realismo, la luz cruda predominante, las irreductibles decisiones que ha tomado.

Por fin lo dejan libre y llaman al siguiente estudiante.

Vadim se escabulle entre las butacas y se sienta a mi lado sin decir ni una palabra, sin mirarme.

Espera a que las luces se apaguen de nuevo, me besa en el cuello y me susurra esas palabras mágicas que nunca habían tenido tanto sentido como en este momento.

Le confieso lo orgullosa que me siento. Y que mi mundo es él.

* * *

Cuando llega mi turno, tras una rápida pausa para almorzar y los últimos ánimos de Vadim y Clémentine —a ella también le fue bien, e incluso hizo reír a todos los presentes—, tengo la sensación de que ya no sé ni cómo respirar.

Me paso todo el tiempo tirándome de la blusa, balbuceo unas palabras de presentación leyendo mis notas y saltándome una línea de cada dos, y me apresuro a pasar esta prueba para que empiece la película.

Los miembros del jurado parecen escépticos.

Me derrito en la oscuridad en cuanto empieza Él + Yo .

Tampoco salen actores propiamente dichos.

Solo Vadim. Su belleza insolente, su media sonrisa, de vez en cuando su voz.

Su mirada que traspasa la cámara, como me traspasa a mí.

En ciertos momentos, aparecen los gritos de mi hermana, los pasos lentos de mi madre, la risa de Clémentine, todos los sonidos que han poblado mi vida estos últimos meses.

Todas esas personas a las que quiero y a las que he capturado viviendo la vida, sin más.

Y a continuación, mis emociones, filmadas desde todos los ángulos.

La felicidad insolente del amor. El miedo visceral a perderlo.

El deseo, la ausencia, la pasión, todos los recuerdos, todos los lugares a donde Vadim y yo hemos ido alguna vez.

La facultad, la playa, las calles de Los Ángeles y las de París, la naturaleza salvaje de Santa Catalina; el aula, mi habitación de adolescente, su apartamento de soltero, el parque donde quedábamos, el banco grabado, los cafés desiertos, la plaza, los pequeños escalones que tantas veces hemos pisado.

De pronto, este cortometraje que se me antojaba poético, sobrio, minimalista, me parece estúpidamente romántico, lleno de clichés y de músicas tristes. Una película de amor casi muda, totalmente pasada de moda. Me estoy planteando escabullirme mientras aún está oscuro.

No.

Me mantengo firme.

La espalda recta.

La cabeza alta.

Percibo cabezas asintiendo y murmullos de aprobación durante la última imagen en la que sale Vadim de espaldas, con sus mechones flotando al viento.

Camina con las manos en los bolsillos hacia el extremo del embarcadero de Santa Mónica.

La cámara trata de capturarlo, con un ruido de respiración jadeante, se detiene y deja que se aleje hasta convertirse en un minúsculo punto negro en el horizonte.

La luz vuelve y mi corazón se dispara.

Busco a Vadim con la mirada, pero el jurado ya se está dirigiendo a mí.

Como si el trabajo no fuera mío, escucho hablar a los jurados de esta película.

Hablan sobre la iniciación, el descubrimiento del otro, de una misma, la violencia sorda de un primer amor.

Describen mis imágenes, mis fragmentos musicales, me preguntan sobre la elección de mis planos, los decorados, pero tengo la impresión de que se dirigen a otra persona.

Sin embargo, se están inmiscuyendo en lo más íntimo y personal de mí misma.

Les permito que entren, que alaben mi punto de vista, mi sutileza, mi poesía, la delgada línea que separa la intimidad del voyerismo; y que, según ellos, nunca llego a traspasar.

Me felicitan por haber sabido filmar el amor desde mi edad, con pudor, delicadeza y sensibilidad.

Me dicen que he sabido escenificar lo efímero, lo intangible, todo aquello que nos esforzamos por retener y se nos escapa de entre los dedos.

Todo aquello por lo que existe el cine. Podría llorar a mares, pero no lo hago.

Esta Alma de ahora ha crecido.

Junto a un chico de ojos grises.

Uno de los directores que forman parte del jurado comenta que en este preciso momento le gustaría volver a tener veinte años. Los estudiantes que tengo detrás se ríen. Yo también sonrío, sin saber muy bien por qué. Sigo sin dar crédito.

Veo a Clémentine, de pie, gesticulando. Cuando por fin llego hasta ella, aliviada de que todo haya terminado, me dice entre sollozos que ha sido mag-ni-fi-que , y me pregunta cómo me las he apañado para no llorar.

—Lancaster…, tienes oro en los ojos y en las manos, joder.

A Vadim le brillan las pupilas. Me abraza y me susurra que nunca había estado tan orgulloso de mí.

—No sabía que me hubieras grabado tanto, pequeña tunante. Vas a tener que pagarme derechos de autor…

* * *

Acabamos el día todos juntos en el Sunset Café para celebrarlo, felicitarnos, consolar a los que se han llevado una decepción y relajarnos después de tanta tensión. Regreso a casa con un sentimiento de orgullo que nunca había experimentado hasta ahora.

Por la noche enciendo el ordenador y veo que Vadim y Clem ya están en el chat. Sin embargo, cuando estoy a punto de conectarme, un pequeño icono en forma de sobre me indica que tengo un correo pendiente de leer. Me apresuro a abrirlo.

No hay texto, solo una foto. De una gran nitidez. En una habitación con las paredes de color beige aparece Vadim, agachado; frente a él, otro cuerpo, de pie, con las piernas abiertas, le oculta parcialmente el rostro.

Un cuerpo perfecto.

Con una larga melena morena.

Lo ha hecho.

Y durante todo este tiempo yo creía que me amaba.