Capítulo 45
Me quedan quince días para terminar mi cortometraje.
Mi miedo crece al pensar en el jurado, las miradas críticas y más o menos benévolas de los profesores, la de Abrams, no forzosamente objetiva y, sobre todo, la de los cineastas que gozan de reconocimiento en la profesión.
Es a ellos a quienes quiero impresionar, o cuando menos emocionar.
Una media sonrisa o un simple gesto de asentimiento ya me harían feliz.
No estoy descontenta con mi trabajo, pero siempre quedan detalles por modificar, algún montaje por rehacer, un sonido que retocar, una música que añadir.
Podría pasarme veinte horas al día, y aun me parecerían pocas.
Mi pasión por el cine me nace de las entrañas, y me ha convertido en una adicta, en una apasionada.
Y el tema de mi película, Vadim , no es que me ayude precisamente a desconectar.
* * *
Vadim ya ha concluido su trabajo de voluntariado para poder repasar las materias y presentarse a los exámenes. Ha recuperado su libertad, Cheyenne ha desaparecido de escena y por fin podemos tener algún momento para nosotros, aunque siempre a escondidas de mis padres.
A él no se le ve especialmente muy agobiado por su cortometraje. Ignoro en qué punto del mismo se encuentra, pero me ha dado instrucciones estrictas y claras de que no le pregunte ni una sola vez más.
Sí, puede que me haya pasado un poco.
Sueño con que triunfe, con que todo el mundo descubra su talento, agudeza y genialidad, esa mirada tan precisa cuando tiene una cámara en las manos.
Estamos a principios de mayo, y en Los Ángeles la temperatura ronda los veintiocho grados.
Los estudiantes se han puesto pantalones cortos y vestidos vaporosos; en general se respira un ambiente alegre, desenfadado.
Hasta Basile parece relajado. Sin duda se trata del efecto Isaac Sanders.
Mi hermano y su novio moreno no se separan ni un instante ni siquiera en el campus, donde los rumores empiezan a desatarse.
Cuando llego a la facultad por la mañana los veo a lo lejos, y entonces reparo en que poco a poco se está formando un corro a su alrededor. Me acerco sin prisas y, de pronto, veo a Clémentine corriendo hacia mí con los ojos desorbitados. Me tira del brazo y me ordena que me dé prisa.
—¿Qué pasa, Lancaster? ¿Has decidido cambiar de amigos sin avisar a nadie?
—¿Y quién es esta nueva amistad, si puede saberse?
—¿Acaso la Isla Santa Catalina te ha animado a cambiarte de bando?
—¿Así que venías a ver los partidos de baloncesto para admirarnos a nosotros?
—Que conste que no somos homófobos, ¿eh? Solo queremos ponernos al corriente.
—¿Aquella vez que entraste en los vestuarios, nos grabaste?
—¿Te gusta que tus novias tengan barba? ¡Habérnoslo dicho antes!
—Ey, Tim, ¿nunca te tiró los tejos cuando salías con su hermana?
Isaac y Basile están literalmente encerrados por un grupo de chicos, entre los cuales se encuentra Tim, acompañado de otros jugadores de básquet. El círculo se va estrechando progresivamente y los gestos obscenos se mezclan con los insultos.
Clémentine lanza un potente grito, pero nadie la oye.
Sanders rechaza a algunos empujándolos, pero no tardan en volver a la carga.
En el rostro de mi hermano se refleja el pánico y el odio, pero permanece en silencio.
Yo tampoco digo nada, porque sé que Basile detestaría que interviniera, como si necesitara que su hermanita saliera a defenderlo.
Lo cual no quiere decir que no esté tentada de romperles la nariz a esa panda de cabrones homófobos.
—¡Veinte contra dos! ¡Tan valientes como de costumbre, chicos! —les grita Vadim, que acaba de entrar en el círculo.
—¡Solo faltabas tú, Arcadi! ¿También te has pasado al otro bando? ¿Ya se lo has dicho a Alma?
Tim lanza una risotada. Siento vergüenza, auténtica vergüenza de haber salido con él.
—¿Estás seguro de que tú y yo vivimos en el mismo siglo, grandullón? No lo creo, porque tus ideas apestan a moho…
Vadim hace una mueca de asco y mi ex se le acerca con la mandíbula apretada.
—¿Qué quieres, Timmy? ¿Que comparemos el tamaño de nuestros músculos para saber cuál de los dos es más heterosexual?
—Cuando quieras, huerfanito. Y, en cualquier caso, yo no soy un paria.
—En cualquier caso, ¡no ha sido Vadim quien ha vuelto a mí arrastrándose y se ha llevado tres calabazas seguidas! —Le escupo esas palabras en la cara.
—No lo digas tan alto, Alma. Seguro que no les ha contado a sus fans esas pequeñas escenas conmovedoras —espeta Vadim.
—Cierra el pico, Arcadi. Si llego a saber que los Lancaster sufrían esa clase de desviaciones, nunca le habría puesto una mano encima —replica, frotándose las suyas con aprensión.
—¡Por supuesto que no se la pusiste! —le espeta Clémentine—. ¡Ella nunca te permitió que la tocaras, mentiroso!
Oír a Clem defendiéndome me insufla nuevas fuerzas.
—Pero ¿es que nadie piensa reaccionar? —grito de pronto—. ¿Desde cuándo es normal acosar a alguien y pretender que la homosexualidad es una desviación? ¿Desde cuándo es cool quedarse mirando cómo insultan y humillan a dos chicos delante de nuestras narices y no hacer nada?
Me giro hacia los jugadores de baloncesto y el resto de los estudiantes que se han agolpado aquí para asistir a este espectáculo.
—¡Sois un panda de cobardes!
—¡Un rebaño de borregos! —masculla mi mejor amiga.
—¡Que estemos aquí no significa que pensemos como ellos! —replica una morena a mi derecha.
—¡Pues reaccionad de una vez! ¡Intervenid! ¡Defended a las víctimas, decid algo, demostrad que no todos sois unos asquerosos homófobos!
Vadim acaba de darme un golpecito en la espalda sin dejar de mirar a los jugadores mientras su bello rostro esboza una sonrisa orgullosa e insolente a la vez
—Mi chica ya ha dicho todo lo que había que decir, gente. Nos largamos de aquí.
Rodea los hombros de mi hermano con el brazo, me coge de la mano y nos vamos, seguidos por Clémentine e Isaac.
* * *
Los cinco decidimos saltarnos la siguiente clase e ir al Sunset Café para recobrarnos de las emociones que acabamos de vivir.
Clem está demasiado emocionada, Basile sigue un poco turbado, Isaac Sanders se siente agradecido, y Vadim ya ha pasado página.
Se pone a mirar por la ventana para evitar las embarazosas palabras de agradecimiento de los dos chicos.
—Lo siento, Isaac. No he sabido gestionarlo…
Mi hermano se siente culpable por no haber dicho nada, por no haber reaccionado apenas, pero su novio le acaricia la espalda y lo mira con ternura.
—No has hecho nada malo, Baz.
—Y pensar que hasta hace poco yo también era un auténtico capullo como ellos…
—Sí, pero ahora ya puedes ser tú mismo —le susurra su chico.
—Es decir, un poquito menos capullo —añado para hacerlo sonreír.
Funciona, aunque solo un instante. Un velo de dudas y remordimientos empieza a cubrir su rostro.
—Puedes contribuir a la causa, Basile, hacer entrar en razón a los ignorantes…
Se echa a llorar y yo tampoco puedo contener las lágrimas. Vadim entrelaza sus dedos con los míos, acaricia la fina piel de mi mano con el pulgar y su calidez me serena.
Es el amor, el orgullo, la libertad lo que prevalece.
Una vez más.