Capítulo 43
Las advertencias de Vadim no han hecho mella en el enamoramiento de Clémentine.
Vuelve a estar a tope: sale corriendo en cuanto terminan las clases y regresa de madrugada, con cara de cansada pero sonriente; ojerosa, pero con los ojos brillantes.
Realmente ya no puedo decir que tengo una mejor amiga, pero sé que es feliz, y eso que hasta ahora siempre había temido que un día me reprochase haberla hecho venir precipitadamente a Estados Unidos.
Al menos ella está viviendo su sueño americano.
Y no está viviéndolo a medias, que digamos.
En lo que a mí respecta, ya no tengo pretendientes molestos.
Caleb no da señales de vida desde hace quince días y Tim me ignora soberanamente en el campus.
Dejando a un lado al señor Abrams, que no me dirige la palabra salvo para criticar con virulencia mi trabajo, solo hay una persona que se interpone en mi camino.
Un camino sinuoso, accidentado, lleno de cuestas empinadas y obstáculos infranqueables para llegar a Vadim Arcadi.
* * *
Esa persona tiene el pelo más largo y brillante que he visto jamás.
Los ojos más negros y duros que puedan existir en un rostro humano.
Los músculos más bien definidos y las formas más perfectamente proporcionadas en un cuerpo femenino.
Esa persona también posee la seguridad en sí misma que yo sueño con tener algún día, el coraje que a mí a veces me falta, la frialdad de una piedra y la familiaridad propia de los chicos cuando se conocen por primera vez.
Su único defecto, si es que tiene alguno, puede que sea su falta de sangre fría. Creo que no controla sus emociones tan bien como le gustaría.
O al menos esa es la impresión que me causa cuando reúno el valor suficiente para acercarme a ella una noche sin que Vadim se entere.
Le pido que nos encontremos a solas, una conversación cara a cara, una cita cuya hora y lugar no debe conocer nadie salvo nosotras.
Ella acepta sin pestañear, sin sonreír, mirándome directamente a los ojos.
Cuando al día siguiente aparece en la entrada del parque que ha escogido, el viento le agita el pelo, y me parece más guapa de como la recordaba.
Sus bermudas tejanas no tienen el mismo número de dobleces en cada pierna, y me pregunto si es algo hecho a propósito o un detalle que le trae sin cuidado.
Eso hace que la admire aún más. Su camiseta gris jaspeada sin mangas, más bien holgada, sin sujetador debajo, le aporta un aire desenfadado y encantador.
Y, sobre todo, ella me mira siempre a los ojos sin que le preocupe en ningún momento si eso me incomoda.
Cheyenne no tiene reglas. O puede que haya decidido saltárselas.
—Hola, Emma.
—Me llamo Alma.
—Lo sé, quería saber si esta vez también ibas a reprochármelo.
No sonríe, pero distingo un centelleo en sus ojos.
—Me resulta más fácil responder cuando la gente lleva la ropa puesta.
—Ah, es verdad que no te gustó mi pequeña broma…
—En ningún momento pensé que lo fuera. A decir verdad, estoy aquí por eso.
—Franca, directa, como a mí me gusta. ¿Nos sentamos?
Camino hacia el banco más cercano, pero ella, que cree ser quien lleva las riendas, elige el césped, unos metros más allá. Se tumba en plan «tú haz lo que quieras, pero yo no pienso moverme de aquí», obligándome a seguirla.
Hay que saber elegir bien las batallas.
Me siento con las piernas cruzadas y ella se tumba con los brazos y piernas abiertos formando una estrella, y los ojos cerrados para aprovechar mejor el sol de abril.
Machaco algunas briznas de hierba con los dedos y por fin me decido a pronunciar unas palabras que no eran las previstas.
—Quisiera hablarte de Vadim. De Vadim y de mí.
Menuda elocuencia, Emma…
—¿Y yo qué pinto en todo eso?
Cheyenne se incorpora para poder mirarme a la cara.
—No sé qué esperabas cuando te presentaste en su casa la otra noche, pero no quiero que vuelva a suceder. Nunca.
Esta vez, el mensaje le ha llegado.
—¿Y tendría que hacerlo porque me lo piden tus bonitos ojos, Al-ma?
Remarca las sílabas de mi nombre y esboza una risita. Ha decidido poner a prueba mis nervios, pero yo sé controlarme mejor que ella.
—No, por respeto. Vadim me ha dicho que para ti esto es algo importante. Por eso me gustaría que tú me respetes a mí. Que respetes el hecho de que somos una pareja, y de que ya ha habido suficiente gente que ha intentado separarnos como para que ahora llegues tú y eches más leña al fuego.
—Mmm… ¿Cómo en La bella y la bestia ? ¿Jasmín y Aladdin? El amor imposible y todo eso…
—No te caigo muy bien, ¿verdad?
—A decir verdad, no me has dado ocasión.
Su sonrisa deja al descubierto unos bonitos dientes.
—Al principio no quise creerle, pero él me dijo que tenías respuestas para todo…
—Él no es de los que miente sobre los demás.
—Vadim está realmente enamorado de ti, ¿lo sabías? No abundan los chicos que defienden a su novia en lugar de reír como imbéciles las bromas de los demás.
—Sí, y por eso no quiero perderlo.
Al murmurar esas palabras estoy permitiendo que mi coraza se resquebraje.
—Es tu alma gemela, nadie puede arrebatártelo.
La morena suspira y se tiende de nuevo.
—¿Te crees lo que acabas de decir?
—¿A ti qué te parece, princesa?
Dejo escapar un gruñido al oír ese estúpido apelativo.
—A él le divierte llamarte así… y a mí me divertía que me tuvieras miedo. Las niñas perfectas de buena familia no son lo mío. Nacen con privilegios que yo no tendré nunca, por mucho que trabaje como una esclava, aunque admito que puede que me pasara un poco…
Reconoce sus errores, pero no se rebaja a ofrecerme una disculpa.
Su audacia me hace sonreír.
—Has probado suerte, Cheyenne, y hora ya puedes hacerte a un lado.
—Yo no acato órdenes de nadie, Alma. Pero has tenido la valentía de venir a decirme todo esto, de defender tu territorio, de eliminar a tu rival. Casi te has ganado mi admiración.
Esboza una sonrisa, y yo la imito.
—¿Se supone que tengo que estarte agradecida?
—Tampoco es eso. Pero me gustan las chicas decididas como tú, aunque parezcan frágiles gorrioncillos. En cualquier caso, vigila a tu chico, pues las atrae como a moscas. Y no olvides que, tarde o temprano, los hombres acaban siendo atrapados por sus viejos demonios.
—Gracias por el consejo. Si me lo permites, te daré otro: sé que te encanta demostrar que no le temes a nada, pero es posible que tú también encuentres a tu alma gemela si procuras dar un poco menos de miedo.
Le sonrío una última vez, me incorporo y me voy sin mirar atrás. La dejo allí, tumbada en la hierba, y se me pasa por la cabeza que tal vez haya logrado abrir una brecha en ella. Hacerla reflexionar. Ablandarla. Seguramente no sea cierto, pero a mi orgullo le sienta de maravilla.