Capítulo 42
Team-Tim: ¡Hola, Al!
Esperaba hablar con Vadim, pero al parecer toda la uni ha adquirido la costumbre de comunicarse a través de este chat
Team-Tim: ¿Estás por aquí?
Team-Tim: ¿Al?
¿Me desconecto y salgo sin decir nada como cuando cambiamos cobardemente de acera al encontramos a un conocido con el que acabamos de intercambiar una mirada?
Team-Tim: Bueno, o estás ahí y me ignoras, con lo cual estoy quedando como un idiota, o no estás ahí, y quedaré como un idiota cuando leas esto.
Además, ¿cómo ha podido escoger un apodo tan narcisista y pensar que era una buena idea?
Team-Tim: Hace una semana que hemos vuelto a clase y no te he visto por el campus.
Puede que te esté evitando, Timothy…
Team-Tim: Y llevo una semana pensando en la última noche, en el campamento…
Team-Tim: La verdad es que no dejo de pensar en ello.
Team-Tim: Siento si te hice sentir incómoda.
Team-Tim: Había bebido más de la cuenta.
¿Tan difícil es escribirlo todo seguido y al final clicar una sola vez «Enviar»?
Team-Tim: Eso no quita que de verdad pienso todo lo que dije.
Team-Tim: Te echo de menos, Alma.
Team-Tim: Me comportaría mejor si me dieras otra oportunidad.
Y yo que pensaba haberle dejado claro que no existía la menor posibilidad de que volviera a haber algo entre nosotros.
Team-Tim: Me vuelvo loco cuando te veo con él.
Team-Tim: De un tiempo a ahora ya no soy el mismo. Ni siquiera disfruto jugando al baloncesto. Estoy como ausente, pienso en nosotros a todas horas.
Team-Tim: En fin, eso es todo lo que quería decirte. Ya no te entretengo más.
Team-Tim: Si te apetece, podríamos tomar algo, digamos mañana por la tarde, después de las clases…
Team-Tim: Yo estoy libre.
Team-Tim: Hasta pronto, Al.
Tim acaba con el emoji de un beso con un corazón en los labios…
que me provoca una mueca de disgusto. Espero a que se desconecte para teclear mi respuesta.
Puede que no sea muy valiente por mi parte, pero tampoco es como si yo no hubiera intentado hablar cara a cara con él. Así, al menos, quedará constancia.
Alma_from_paris: Hola, Timothy. Yo también pienso de verdad todo lo que te dije en Santa Catalina.
Preferiría que la cosa quedase ahí. Soy feliz con Vadim, y necesito que respetes mi decisión.
Podemos seguir siendo amigos, si es que te resulta posible.
Si no, lo comprendería. Estoy segura de que pronto encontrarás a una chica que te convenga más que yo. Cuídate.
No sé por qué, pero siempre tengo que acabar con un apunte positivo. Soy incapaz de asumir plenamente el papel de la mala, la que decepciona o lastima. Me he pasado tantos años evitando los conflictos y odiando la mera idea de que alguien pudiera dejar de quererme…
Cierro el portátil y me dejo caer de espaldas en la cama.
Observo el techo de mi habitación y me doy cuenta de que me hallo en un punto de inflexión.
Algo ha cambiado este año. Antes, la gente que había a mi alrededor apenas sabía de mi existencia.
Ahora que Vadim forma parte de mi vida, atraigo a los chicos, rivalizo con las chicas sin pretenderlo y tengo que decirle que no a Caleb y a Tim.
Hasta hace poco respondía tal como se esperaba de mí.
Enfrentarme a Cheyenne va en contra de lo que antes me hubiera dictado mi naturaleza y mi carácter.
A veces, la vida te empuja a crecer de maneras que no te esperabas.
Ese día, en la facultad, el señor Abrams me para en el campus antes de que pueda encontrarme con Vadim.
—Espero que te sientas orgullosa de ti misma, Lancaster.
—¿Qué…?
—¿No te bastaba con decirle que no? ¿Tenías que darle una lección a Caleb, y hacerle añicos el corazón para asegurarte de que no volviera nunca más?
—Solo quise ser sincera con él, señor…
—El resultado es que me ha dicho que no piensa volver a pisar mi piso, que llevaba meses viniendo aquí solo por ti, y que por mi culpa creyó que tenía posibilidades.
También ha añadido que me odia y que podía volver a mi vida de mierda con mi perro como su único hijo, y que la fiesta se había acabado.
Noto cómo la emoción se va apoderando de mi profesor y cómo lucha con todas sus fuerzas por controlarla.
—Lo siento, señor Abrams. Le aseguro que no era mi intención.
Desliza un dedo por debajo de la fina montura de sus gafas metálicas y se limpia discretamente una lágrima que se le ha escapado sin querer. Su desconcierto y su soledad me conmueven. Pero su ira no se aplaca y sigue descargándola sobre mí.
—Querías probarte algo a ti misma, Lancaster, ¿no es así? ¡Y te presentaste para montar un numerito, tal cómo te ha enseñado Arcadi! Provocando a las personas, burlándote, y utilizando lo que tú tienes y ellas no, hiriéndolas y ocultándote con el pretexto de que eres una persona honesta.
Lo que me está diciendo me parece tan injusto que alzo un poco la voz para que me escuche bien.
—Para empezar, fue Caleb quien me hizo venir, y fueron su hijo y usted quienes organizaron esa pequeña cita sin contar conmigo.
Vadim no tiene nada que ver en todo esto.
Además, fue usted quien me enseñó esto, acuérdese: que fuera yo misma, que no mintiera.
Que lo dijera todo, que lo mostrase todo. Incluidas las verdades dolorosas.
—¡Se trata de mi hijo, Lancaster! No de cómo vives tu vida ni de tu peliculita del tres al cuarto —me espeta con un tono de voz atrozmente despectivo.
—¡Pues entonces ocúpese usted de su hijo! ¡En lugar de tenderme una trampa para que lo haga yo en su lugar!
Le suelto esa bomba y salgo corriendo del campus. Es la primera vez que me atrevo a hablarle así. Y sin duda será la última. Con suerte no lograré que me expulsen de la universidad. Pero ¿acaso no había venido en busca de respuestas?
* * *
Me paso el día temiendo que llegue la próxima clase de Abrams. Le he hecho un breve resumen de mi altercado con Abrams a Vadim, y me ha dicho que está orgulloso de que haya tenido el coraje de defender mis opiniones. Pero al entrar en clase ya no me siento tan segura de mí misma.
—Sobre todo, no olvidéis comportaros como lo habéis hecho estos últimos seis meses: no os sentéis, no guardéis silencio y entorpeced la clase —suspira el señor Abrams, cruzándose de brazos—.
Adelante, seguid… Después de todo, solo estamos en abril, aún os quedan tres meses para echar a perder el curso.
Tras lograr que se haga el silencio, el profesor se dirige a su mesa, se sienta y se aclara la garganta. De pronto, su ajada chaqueta de pana me parece inmensa sobre sus hombros encorvados.
—Ahora que he captado vuestra atención y teniendo en cuenta que no me dedicaréis más de diez minutos porque sois una panda de niñatos, aprovecharé para anunciaros varias cosas: en primer lugar, tenéis que presentar vuestros cortometrajes a mediados de mayo.
—¡Pero usted dijo a principios de junio, señor! —se lamenta Hannah Goldberg en plena crisis de pánico.
—¡La gente no está a vuestra disposición! ¿Qué os habéis creído? Este año he convocado a un jurado de seis personas: tres de vuestros profesores, yo entre ellos, y tres directores de renombre que se formaron aquí. Sé que os estoy pidiendo lo imposible, pero procurad no dejarme en ridículo.
—Y muchas gracias por el apoyo —musita Andrew Clarck entre dientes.
—¡Vaya, por una vez no tienes la boca llena! ¿Acaso hoy las máquinas expendedoras de aperitivos están vacías?
El estudiante no responde y trata de desaparecer deslizándose en su silla. Dos filas más allá, Clémentine rebusca en su bolso, saca un Snickers y lo asoma apenas un centímetro. Le hace un gesto a Andrew indicándole que se lo reserva a él para cuando termine la clase y este recobra la sonrisa.
—En segundo lugar —continúa el profesor con su voz exhausta—, la plaza de asistente vuelve a estar vacante.
—¡Yo, señor, yo! —grita Nicki Scott, agitando el brazo.
—¡Y, en tercer lugar, el puesto queda en suspenso hasta nuevo aviso!
Todas las miradas de la clase convergen en la primera fila, donde estoy sentada. No necesito girarme para saber que van dirigidas a mí. Tampoco necesito un espejo para adivinar que me he puesto roja como un tomate. En fin, ha llegado la hora de mi castigo.
—Déjalo correr, Nicki, tú no eres lo suficientemente buena para su hijo —suelta Vadim en voz alta.
—¿Podrías repetirlo, Arcadi?
Abrams parece indignado, y empieza a cambiar de color.
—¿Yo? ¡No he dicho nada! ¿Vosotros habéis oído algo?
La mitad de los estudiantes permanece impasible, la otra mitad dice «no» con la cabeza o farfulla algo en apoyo de Vadim.
—Arcadi, te felicito por esta muestra de tu infinito valor —comenta el profesor con ironía—. Lancaster, te agradezco tu entrega y tu lealtad durante estos meses en los que has sido mi asistente. Y ahora que ya habéis concluido vuestros discursos de Oscar, ¡pongámonos a trabajar!
Me da lo mismo haber perdido mi plaza de asistente, así tendré más tiempo libre y no tendré que soportar los cambios de humor del señor Abrams. Aun así, me cuesta digerir la humillación pública y la acusación.
Me llegan unos cuantos papelitos; provienen de Vadim, Clem, Andy y algunos compañeros más.
Palabras de cariño, bromas, mensajes, todo cuanto necesito.
Al menos solo me ha echado de mi puesto, y no de su clase.
He salvado el año.
Salgo corriendo del aula, por si el profesor tiene la buena idea de retenerme. No lo hace. El vínculo se ha roto definitivamente. Mi novio y mi mejor amiga se alían para llevarme al Sunset Café para despejar un poco la mente.
—¿Qué le has hecho a Abrams para que esté tan cabreado contigo? ¡Cuéntaselo a la tía Clem!
—Se lo merecía —masculla de pronto Vadim.
—Vale, pues ya me lo estás contando…
—Cuando la cosa se pone interesante, te vuelven a entrar ganas de pasar el rato conmigo, ¿eh?
—Sí, esta clase ha resultado tan deprimente que te autorizo a echarme una copa por encima para alegrarme el día —me suelta Clem, pasando su brazo por debajo del mío.
Una vez instalados los tres en el café, soy la primera en hablar para no tener que volver a lo de Caleb y su padre.
—Clem…, ¡estoy segura de que tu chico es Andrew Clarck! Uno: es anormalmente amable contigo; dos: te prestas a darle todo tu chocolate; y tres: él te responde poniéndote ojitos. No me cabe la menor duda de que es él
—Mmm… tiene sentido —comenta Vadim sin poder contener la risa.
—De eso, nada —niega ella, metiendo la nariz en su batido.
—Demuéstralo.
Cojo su vaso y la amenazo con arrojárselo a la cara.
—Ya lo he hecho, como bien sabes.
—Y yo lo confirmo —me da la razón Vadim en tono jocoso.
—Vale. A mi chico no le van las barritas de chocolate, sino más bien los polvos hiperproteicos… Y, además, no va a la facultad. Oh, da igual…, es Keith, ya está.
—¿Keith…? —repito, consternada.
—¿Keith Johnson? ¡Mi Keith! —exclama Vadim, que ha dejado de reírse de golpe.
—Ya te vale, Vadim. ¡No es de tu propiedad! ¡Y está en su derecho de tener una vida fuera del trabajo!
—Clem, estás de broma ¿no? Seguro que bromeas —insisto para convencerme a mí misma.
—En absoluto. No es tan sobrio como parece, ¿sabes? De hecho, es bastante divertido, muy tierno, y es realmente muy bueno en la…
—Puaj, ahórrame los detalles —protesta Vadim, tapándose las orejas con ambas manos.
—¡Es un educador, no un cura! ¡No hace falta que pongas esa cara de asco!
—No, pero espera un momento —le digo, ahora que ya he recuperado la compostura—, ¿estáis juntos o solo es… para pasar un buen rato?
—Hacemos mucho más que pasar un buen rato —me confirma entre risas—, creo que podría llegar a ser algo serio.
A mi mejor amiga le brillan los ojos y eso me inquieta más que cualquier otra cosa. Tengo tan pocos argumentos para oponerme a su relación, que no sé qué decirle.
—Voy a parar esto inmediatamente, D’Aragon. Esto no puede, no debe convertirse en algo serio —interviene Vadim—. Keith no es una persona que te convenga.
—¿Y tú te atreves a dar lecciones de quién puede estar con quién? ¿Precisamente tú?
—No… Ya sé que puede mostrarse generoso, infundir serenidad, confianza. Pero no es exactamente el tío perfecto que crees.
—Pero ¿qué estás diciendo? —le replica Clémentine indignada—. ¡Él se ocupa de los jóvenes con problemas, ha dedicado su vida a ello! ¡Se pasa el día recorriendo todos los rincones de la ciudad, incluso en plena noche, para sacar de la mierda a chicos como tú!
—¿Por qué has dicho eso, Vadim? —le susurro—. Creía que lo admirabas, que le debías mucho…
—Me ayudó en un momento de mi vida. Y a Felix también. Y yo se lo agradezco. Pero… no se convirtió en educador por azar. Antes él también era uno de esos chicos.
—¿Y qué? —le replica Clem, molesta—. Arcadi, nunca hubiera dicho que eres de esos que juzgan a las personas por su pasado. Vamos, hombre, entonces ¿no crees que Edward Lancaster es una mala influencia para ti?
Esta imagen me incomoda. Y la conversación en sí también.
—Yo solo digo —prosigue Vadim, tratando de controlarse—, que Keith es un tío muy astuto, habla muy bien, tiene facilidad para influir en los demás, es capaz de inducirte a hacer lo que él quiere y, sobre todo, de hacerte creer que es por tu bien.
Y te digo todo esto porque eres la mejor amiga de Alma: no te fíes, eso es todo. Lo demás me da lo mismo.
—¡Pues yo solo os digo a vosotros que nunca había sido tan feliz en toda mi vida! Y, Alma —añade lo bastante fuerte para que Vadim lo oiga—, eres tú quien debería desconfiar de él. ¡Un tío que cambia tan a menudo de chaqueta no es digno de confianza!
Me quedo sin palabras. Primero me entero de que mi amiga de la infancia sale con un tío de treinta años, culturista y al parecer muy activo sexualmente.
Y, a continuación, de que mi novio no tiene una confianza ciega en este hombre al que yo tenía por su padre adoptivo.
Me consta que él lo encuentra demasiado duro, demasiado estricto, y lo culpa de querer alejarlo de Felix.
Pero me da la impresión de que hay algo más.
De que Vadim no nos lo ha contado todo. Y si he de guiarme por la radiante sonrisa de Clémentine y por su forma de defender a Keith con uñas y dientes, mi conclusión es que está realmente enamorada.
¿Y qué puede hacerse contra eso?