Capítulo 41 #2
—Entonces ¿era esto lo que estabais tramando los dos?
—Comprendo al fin, sin salir de mi asombro.
—Tu amiga es muy espabilada. Ha conseguido convencer a los forestales de que se salten hasta cierto punto las reglas y que nos permitan aportar un poco de amor a esta isla, como obsequio de despedida. Deberías conservarla a tu lado.
—¡Tomo nota! Pero es a ti, Vadim Arcadi, a quien quiero conservar a mi lado toda la vida.
—Yo también tomo nota.
Él me sonríe, yo me derrito, echo la cabeza hacia atrás y dejo que me bese hasta que la cabeza empieza a darme vueltas.
Me doy la vuelta entre sus brazos y me aferro a su cuello.
—Vadim, debo confesarte algo que nunca te he dicho…
—¿Qué?
Frunce el ceño, y sus bonitos ojos grises se ensombrecen.
—¿Me prometes que nada cambiará entre nosotros?
—¿Qué te pasa?
—No te lo creerás, pero… ¡ya no tengo frío!
Me entra la risa al ver su cara de decepción, pues se esperaba cualquier cosa menos eso.
—Joder, te quiero, Alma.
Esas palabras.
Esa voz que me transporta podría ser la de un hombre dos veces mayor que él: profunda, cálida, serena, siempre firme.
Nunca me habría imaginado que un chico de veinte años fuera tan masculino sin el menor atisbo de machismo, tan sexy, pero sin exagerar jamás la nota; tan sensual, espontáneo y seguro de sí mismo.
Su forma de quererme, de decírmelo y demostrármelo, sin avergonzarse jamás ni ocultarlo, es la cosa más inaudita con la que me he encontrado.
De pronto, sus ojos claros se iluminan. Deja la linterna en el suelo, me alza del suelo y me carga sobre el hombro como si fuera un saco de patatas.
—Vadim, ¿qué estás haciendo? —le pregunto a gritos, aunque mi intención era decírselo susurrando.
—Cuando Alma Lancaster tiene mucho calor, solo hay una solución
Empieza a bajar por la duna y echa a correr hacia la playa. Yo balbuceo suspendida en el aire, boca abajo, zarandeada tanto por el traqueteo de su carrera como por mis risas.
—¡Dime una cosa! —le grito mientras trato de zafarme de su presa—. ¿Te has vuelto loco?
Por fin me libera, justo en el límite entre la arena y el agua.
—Ya ha anochecido, todo el mundo se ha ido a dormir y los forestales nos han prometido que nos dejarían en paz durante una hora. ¿Nos damos un chapuzón de medianoche o qué?
Me desafía con la mirada. Su sonrisa me desarma. Cuando hace eso, no puedo negarle nada, y él lo sabe.
Apenas me da tiempo a esbozar una mueca cuando me levanta de nuevo y me coge en brazos, esta vez como a una princesa, y entra en el agua
—¡Espera! ¡Ni siquiera he dicho que sí!
—Demasiado tarde.
Vadim avanza, toma impulso lanzando un gran grito de alegría y nos zambulle a los dos al mismo tiempo.
Contengo la respiración, desaparezco bajo una ola gélida, pataleo con la ropa empapada y percibo que acude en mi rescate bajo el agua para subirnos a la superficie.
Aporreo sus recios hombros con mis ridículos puños y trato de salpicarlo para que deje de reírse.
—Ya está, ¿te has refrescado, Lancaster?
—¡Sí! ¡Pero mañana por la mañana me quejaré a los forestales!
—¿Y eso por qué?
—Para empezar, has intentado ahogarme, y encima gritabas de la risa. Y, por último, antes tenía calor, estaba la mar de cómoda, ¡y ahora me estoy congelando!
—Mmm, entonces será mejor que te caliente de nuevo…
Coloca mis piernas alrededor de su cintura y yo rodeo su nuca con los brazos, sin dejar de castañetear los dientes.
Vadim me aparta el pelo y me besa como solo él sabe.
Suavemente al principio, y después con esa intensidad que me hace perder la cabeza.
Sus manos me atraen con fuerza hacia él, me enrosco alrededor de su cuerpo como una liana, para que no se me escape.
Giramos en el agua y me sonríe directamente en los labios, hundo los dedos en sus rizos húmedos, que aún lo hacen más guapo, y flotamos juntos, planeamos, acoplados a la perfección el uno en el otro.
Me siento ligera, muy ligera, y me abandono a ese largo beso húmedo, mecida por el chapoteo del agua y la apacible noche que nos envuelve.
Isla Santa Catalina, no te olvidaré fácilmente.
—Has hecho bien en traerme aquí —confiesa Vadim, con su frente pegada a la mía.
—Eres una especie en peligro de extinción, Arcadi.
Un mal estudiante del fondo de la clase, que no escucha nada, pero lo retiene todo.
Un rebelde que infringe las normas no por sí mismo, sino para complacer a alguien.
Un falso fracasado que triunfa en todo lo que hace.
Un cínico capaz de lograr que todas las noches sean románticas.
Sonríe sin saber qué responderme. Acepta mis cumplidos sin rechistar por una vez.
Puede que se deba a la magia de Santa Catalina.
La luna bajo nuestras cabezas, pálida y llena, ilumina sus ojos sublimes.
Esos dos iris de un gris desvaído en los que no paro de ahogarme.
En este instante, el amor que siento por él me inunda.
Me pregunto si nuestra alquimia, nuestra pasión, nuestra certeza durará eternamente.
¿Un año? ¿Diez? ¿Cincuenta? Es tan intenso que duele.
Tan bueno que me resulta inconcebible perder lo que tenemos.
Pero ¿seguiremos besándonos en todas partes, todo el tiempo, cuando seamos adultos?
¿Seguiremos estando tan locos como para bañarnos a medianoche?
¿Nos desafiaremos a todas horas? ¿Lograremos superar todos los retos que nos lance la vida?
¿Existe algo, por pequeño que sea, un grano de arena, una gota de agua, que pueda separarnos?
Tal vez.
Pero nunca habrá nada que me impida amarlo.