Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 41
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Capítulo 41

Al día siguiente por la mañana, mi novio parece más distendido.

También me pide disculpas por haberme hecho ir al café para nada y después hacer que me fuera tan deprisa.

Pero no puedo aprovechar la oportunidad, porque la conversación se desvía enseguida hacia los siete días atroces que pasará por mi culpa.

Durante el trayecto en el ferry hacemos lo posible por evitar a Basile —que hace exactamente lo mismo con nosotros—, a Timothy —que no deja de mirarnos—, y también a Clémentine —colgada del teléfono todo el rato y, según parece, de un humor de perros.

Isla Santa Catalina, una pequeña isla montañosa y protegida, situada frente a San Pedro, en el condado de Los Ángeles, y sobre todo una reserva natural que todos los años acoge a voluntarios para «proteger, explorar y restaurar» su ecosistema.

En esta ocasión, una veintena de estudiantes universitarios formarán parte del voluntariado, para alegría de unos y desdicha de otros.

Nos repartimos por las tiendas de campaña que se encuentran dispersas en la zona de acampada salvaje situadas frente al océano Pacífico.

Paisajes espectaculares, una panorámica de trescientos sesenta y cinco grados que te hace perder el equilibrio y, por desgracia, unas cuantas tiendas de cuatro plazas.

Un puñado de forestales vestidos de color caqui de la cabeza a los pies nos explican detalladamente las normas y las consignas de seguridad, la peor de las cuales es no quedarse solo en ningún momento.

A continuación, nos proporcionan un kit completo por persona que consta de un saco de dormir, una linterna y leña para las hogueras de campamento.

También nos comunican el programa de los próximos seis días.

Vadim suspira a mi lado, haciendo todo el ruido posible.

Oigo a Clem susurrar —también lo bastante fuerte como para que todos la oigan— que el verde caqui es un regalo envenenado para el cutis.

Me río entre dientes, y observo cómo mi mejor amiga se ríe porque sabe que yo me he reído.

Esa es una de las mejores sensaciones que existen.

Al instante me doy cuenta de hasta qué punto echo de menos su complicidad.

Entre las visitas al jardín botánico, al museo, al monumento conmemorativo de Isla Catalina, nuestras clases sobre el clima oceánico templado, el lenguaje de los delfines, la desaparición de los zorros, las excursiones para observar los escasos bisontes, o los polluelos de águila en su «guardería», apenas nos queda tiempo libre.

Aparte del tradicional fuego de campamento, donde cada cual comparte sus impresiones, coquetea un poco y bosteza mucho.

Vadim y yo huimos de estas veladas en cuanto podemos y nos ocultamos tras una gran roca para besarnos antes de que nos pille un forestal haciendo su trabajo.

Una noche, cuando regresamos de una de nuestras escapadas, Clémentine me mira y distingo un brillo especial en sus ojos, como si no pudiera evitar sentirse orgullosa de mi desobediencia.

Ya no queda casi nadie alrededor de la hoguera, además de Basile, que flirtea discretamente con un chico; Tim, medio dormido, pero empeñado en ser el último en acostarse; y dos chicas cuya risa suena forzada, empeñadas a su vez en mirar cómo duerme Tim.

Sin hacer ruido, Vadim agita una ramita sobre la mejilla del jugador de baloncesto y grita: «¡Araaañaaa!

». Todos los presentes estallan en una carcajada cuando Tim se despierta de golpe dando un brinco.

Todos salvo él. Y a Clem le da un ataque de risa contagiosa imposible de controlar al tiempo que imita, entre una carcajada y otra, el grito del gigante rubio.

Por fin se encierra en su tienda refunfuñando, seguido por sus dos fans que trotan detrás de él.

Clémentine aprovecha para dirigirse directamente a mí, lo cual llevaba mucho tiempo sin hacer.

—De verdad, Alma, ¿cómo pudiste?

—Eso es lo que yo me pregunto todos los días —añade Vadim.

—A decir verdad, no es muy espabilado —interviene Basile, que casi había pasado desapercibido.

—¿Ahora te cambias de bando? —le recrimina Clem a mi hermano, mirándolo fijamente.

—Eso depende de a qué bando te refieras… —Le lanza una mirada cargada de dobles sentidos.

—Ah, vale, entonces ¿esta noche vamos a sacar los trapos sucios? —interviene Vadim en tono jocoso.

—Esperad un momento, ¿qué me estáis ocultando los tres? —nos pregunta Clémentine, alzando la voz.

—¡Venga ya! Tú eres la menos indicada para hablar de secretitos —le suelto a mi mejor amiga.

—Vale, un secreto cada uno. Pero todo lo que se diga y se haga en Santa Catalina, ¡se queda en Santa Catalina! —nos advierte mi hermano.

—De acuerdo, empieza tú —lo animo.

—Bueno, Alma y Vadim ya lo saben, porque me espían por la noche —explica, fulminándonos con la mirada.

Se vuelve hacia Clémentine, que ya se está impacientando.

—Te conozco de toda la vida o casi, eres un poco como mi tercera hermana, por eso puedo decírtelo: creo que soy gay.

—¡¿Qué?!

Ella pone los ojos como platos y abre la boca de par en par, haciendo teatro, como de costumbre. Solo espero que su reacción no haga que mi hermano se arrepienta de haber confesado.

—No, de hecho, estoy seguro —precisa Basile, visiblemente aliviado.

—¿Tú? El tío de principios rígidos, el digno heredero, el hermano tocapelotas… ¿eres gay? ¡Es la mejor noticia del año! Y entonces ¿tú quién eres? —pregunta ella, señalando al chico alto y moreno que está sentado junto a Basile.

—Isaac. Isaac Sanders. Vamos a las mismas clases. Él me ha arrastrado hasta aquí.

—¿Juegas a baloncesto además de estudiar Marketing? —interroga Vadim, frunciendo el ceño.

—No, pero me gusta verlos jugar y reírme de ellos.

—Vale, entonces te aceptamos.

—Bueno, ahora te toca a ti, Clem —le digo a mi amiga para cambiar de tema.

A ver si así logro evitar que mi hermano y su novio se sientan más incómodos de lo que ya deben de estar.

—Vale… Yo no soy lesbiana, por desgracia, pero ¡amo incondicionalmente a Alma Lancaster desde que tengo tres años y medio! ¡Por eso nunca te he podido soportar, Arcadi!

—¡Pfff, muy divertido! Venga, suelta de una vez quién es ese fantasma que se supone que es tu novio —insisto entre risas.

—¿Qué queréis que os diga? Es muy guapo… Mayor que yo… Un amante maravilloso… —enumera con los ojos brillantes.

Y no consigo sonsacarle nada más por esta noche.

Todo el mundo se cae de sueño. La hoguera del campamento ya no es más que un montón de cenizas y yo empiezo a temblar en los brazos de Vadim.

Isaac y Basile se van a su tienda, que ya está ocupada, y yo me acurruco contra Vadim en la nuestra, ignorando a nuestros dos vecinos de alojamiento.

Cuando me pego a él, únicamente estamos él y yo, solos en el mundo. Solos contra todos.

* * *

La mañana siguiente ya es el penúltimo día de estancia en el campamento y, sobre todo, es la última velada, la última noche en esta isla un pelín mágica, salvaje, aislada de todo.

No esperaba que estas Vacaciones de Primavera fueran tan sorprendentes, enriquecedoras y revitalizantes.

Se han estrechado los lazos entre todos los estudiantes, se han creado o reavivado amistades, han nacido nuevos amores, como si la naturaleza quisiera hacer bien las cosas, con la llegada de la primavera.

O tal vez haya sido el azar lo que nos ha unido a todos aquí.

Todos, incluido Timothy Wallace, que se pasaba todo el tiempo de mal humor mientras nosotros disfrutábamos de nuestro tiempo libre.

Entre baños en el océano, paseos por la playa, batallas de sacos de dormir, pícnics en la arena y una sesión de tirolina gigante que nos hizo gritar de miedo; todo el mundo se divirtió, corrió, rió, hasta la velada en que algunos se pusieron a cantar.

Desde hace una hora, Clémentine nos está divirtiendo con su voz rota y sus coreografías endiabladas.

Entonces, de pronto, la veo alejarse con Vadim.

Me pregunto qué deben de estar tramando, pero sobre todo me alegro de que mi novio y mi mejor amiga por fin se estén acercando.

En un momento dado, Tim se sienta junto a mí.

—Alma, ¿estás segura?

—¿A qué te refieres?

—A Arcadi. ¿Realmente es a él a quien quieres?

—Tim, ¿has bebido?

—Puede que un poco, pero eso no cambia nada. Nosotros nos llevábamos bien, ¿no te parece?

—No creo que tú y yo debamos tener esta conversación…

—Sí. Respóndeme. ¿Estábamos bien juntos o no?

—No, no creo que sea tu tipo de chica. Y viceversa.

—Te equivocas, Alma. Pasar esta semana contigo me ha traído muchos buenos recuerdos. Yo estaba muy enamorado de ti. Y tú también me amabas. Me acuerdo perfectamente. Atrévete a decirme lo contrario.

—A veces, creemos que sentimos cosas…

—¡Podríamos sentirlas de nuevo! —me interrumpe, y posa su mano en mi rodilla.

—Tim, de verdad, para…

—No, solo dame otra oportunidad.

Acerca su rostro al mío y me sujeta la barbilla.

—¿No has oído lo que te ha dicho? ¡Déjala, Wallace! Y ponte de pie, no pienso pegarle a un tío mientras está en el suelo —masculla de repente Vadim, al que no he visto aparecer.

—¿Quieres que nos peleemos por ella, Arcadi? —balbucea Tim mientras se incorpora tambaleándose.

—No, apenas te tienes en pie, idiota. Y, además, Alma ya ha escogido. Acuéstate, tío, será lo mejor para todos.

Basile se interpone y aleja a Tim, que agita los puños en el aire como una marioneta descoyuntada. Vadim me abraza y me lleva hasta una pequeña duna, que aún no habíamos explorado, sosteniendo una linterna en la mano.

Cuando llegamos a la zona más alta, se sitúa detrás de mí para que pueda admirar el espectáculo: unas maderas traídas por el mar y unas ramas oscuras forman las palabras «Tú + Yo» escritas con unas letras inmensas sobre la arena blanca.

Me quedo sin respiración, y una sonrisa incontenible divide mi rostro en dos.

—¿Has visto en qué me has convertido? En un ecologista y un romántico —me susurra al oído—. Aunque he contado con la ayuda de Clémentine.