Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

Ya no sabría decir cuándo, y sobre todo cómo, ha logrado esta proeza.

Pero Abrams me hizo prometerle que pasaría por su casa para trabajar en mi cortometraje antes de las vacaciones de primavera.

Mi profesor tenía miedo de que me retrasara o de que descuidara mi trabajo durante esta semana de vacaciones que suele causar estragos entre los estudiantes.

El típico cliché de las Vacaciones de Primavera californianas: descomunales fiestas al borde de una piscina abarrotada, ropa ultraligera, saltos ultraidiotas, borracheras, juerga y excesos de todo tipo.

La cuestión es que las vacaciones empiezan mañana y esta noche yo estoy condenada a cumplir una sesión de trabajo en compañía del señor Sabelotodo y de su viejo basset patibulario, que se va reblandeciendo un poco más cada día y huele cada vez peor.

Pero también es la noche en que Vadim se tomará una copa con Roman tras días de negociaciones llevadas a cabo por mí para convencerlo de que le diera una oportunidad a su hermano.

Y, por supuesto, le prometí que yo también iría, eso formaba parte del trato.

Partimos mañana al amanecer hacia Isla Santa Catalina, aún no he hecho la maleta y tengo que encajar dos veladas en una.

Inspiro por la nariz, espiro por la boca.

Justo después de avisar a mi novio de que llegaría con un poco de retraso sin dar demasiados detalles, a las seis en punto llamo al timbre del señor Abrams. Espero poder escapar de aquí una hora más tarde.

Ya lo tengo todo previsto: fingir una cena familiar, siguiendo la tradición de reunirnos todas las vísperas de las vacaciones escolares en casa de los Lancaster, antes de que cada cual se vaya por su lado.

Eso puede colar.

Me abre Caleb, con el rostro aún más crispado que de costumbre.

Durante medio segundo me pregunto si le habrá pasado algo a su padre.

¿Un infarto, un accidente de tráfico, una crisis nerviosa?

Espero que no sea nada grave…, aunque sí lo suficiente como para que se vean obligados a posponer esta visita.

Sin embargo, un segundo más tarde, cuando entro, me percato de que el señor Abrams ni siquiera está presente. Hitchcock está tumbado al pie de su sillón, con aire desesperado, los párpados enrojecidos y pesados, gimiendo e implorando que le devuelvan a su amo.

—Este perro es bobo. Parece que vaya a morirse en cuanto mi padre no está. Mejor dicho, ¡«su padre»! —suspira Caleb, pasando por encima del perro.

—¡Que le vamos a hacer, siempre hay un hijo favorito! —comento con ironía.

—Sí, y desde el principio supe que no sería yo.

—¿Tu padre volverá pronto? Se supone que tenemos que trabajar y yo voy mal de tiempo.

—Puedes irte cuando quieras, él volverá tarde.

—Ah. ¿Se le ha olvidado? Qué extraño, no es propio de él. ¿Tenía una cita?

—No. Bueno, algo así. Podríamos decir que es una cita, pero no para él —se excusa Cal, mirándose los pies.

—Creo que no te sigo.

Y sobre todo creo que, por desgracia, empiezo a comprender.

—La verdad es que, mmm… ¿Cómo decirlo? No me atrevía a preguntarte si querrías salir conmigo e ir a algún sitio, de modo que mi padre me propuso que te invitara aquí. Ya ves. Tú te reirás de mí, y encima le deberé una de por vida. Estoy acabado.

—Ha sido una encerrona, vaya…

Incómoda, puede que incluso un poco asustada, fuerzo una sonrisa.

—Te aseguro que en su momento me pareció una buena idea. Puedes marcharte, ¿eh? Lo entendería.

Creo que finalmente Caleb se ha dado cuenta de hasta qué punto la situación es problemática.

Me dedica su mejor sonrisa teñida de vergüenza y se sube las gafas hasta el puente de la nariz unas diez veces, como si fuera un tic.

Necesito decirle que lo que ha tramado con su padre no es ninguna torpeza ni resulta patético, pero tampoco es normal.

—Sé que no lo has hecho con mala intención, pero no se puede tratar así a las personas, Cal.

Mentir y tender una trampa con la esperanza de que eso se convierta en una cita, sobre todo si se trata de un chico haciéndoselo a una chica, no está bien.

Nos tratan como a presas todo el tiempo.

En la calle, en la uni, en las fiestas, en la playa, cuando oscurece, cuando salimos a correr, en las redes sociales, delante de una cámara fotográfica.

Debemos permanecer en alerta todo el tiempo, ¿lo entiendes?

Pregúntales a las mujeres que hay a tu alrededor, a tu madre, a tus primas, a tus ex, todas lo hemos vivido en algún momento.

¿Qué pasa si encima también debemos desconfiar de nuestros propios amigos?

Se supone que los chicos menos idiotas deberían ser nuestros aliados.

—Tienes razón, Alma. Soy un auténtico capullo.

Creo que lo he confundido todo. Desde siempre la gente me considera un tío raro, me lo repiten a todas horas.

Pero tú… Tú me has mirado con otros ojos, has procurado conocerme sin juzgarme.

Enseguida me gustó esa forma de aceptarme tal como soy.

De comprender lo que digo. Y, no sé… Me hizo sentir bien y… pensé que tenía alguna posibilidad.

—Ya veo. Podrías habérmelo dicho sin más, Caleb.

—Lo sé… Y así habría evitado perder mi dignidad. Como en este momento.

—Desde luego, este no es tu mayor momento de gloria —concluyo, esbozando una sonrisa.

—Pues si te parece bien, te pediré disculpas y te echaré de casa para evitar que este momento tan incómodo se prolongue más de la cuenta.

Y sí, no hace falta que insistas, ¡ya le daré los buenos días a mi padre de tu parte!

No te molestes en acariciar a Hitchcock cuando salgas. ¡Hasta la vista, Alma!

Son las seis y veinte cuando estoy de nuevo en la calle, desconcertada por esta escena surrealista, pero satisfecha de haber sabido explicarme, o eso creo. Y casi sin retraso para unirme a Vadim y Roman, que ya deben de haberse encontrado en el Sunset Café.

* * *

Cuando me acerco a su mesa, diez minutos más tarde, están en plena conversación y los dos hermanos no me ven llegar.

Mientras que el más joven mantiene su habitual expresión desafiante, incluso recelosa, Vadim habla con pasión, enterrando la mano en el pelo.

Solo me quedo con algunos retazos de su última frase.

—… ¿algún recuerdo? ¿Cómo murieron? ¿No tienes ni idea de lo que les pasó?

—¡Qué pasa, bro !

Los saludo como lo hacen los jóvenes de aquí, convencida de que sería un toque de ingenio y frescura.

Pero sin duda me sale el tiro por la culata, a juzgar por cómo me miran los dos.

—Ah, Roman, ¿te acuerdas de Alma? —le dice Vadim para echarme un cable, pero con una sonrisa burlona en los labios.

—Sí, ¡hola!

El más joven se levanta y me estrecha la mano en actitud solemne. Como si tuviera cincuenta años.

Vuelta al saludo de toda la vida, choque de culturas.

—¿Qué tal? ¿Estabais hablando del pasado, de vuestra infancia? No pretendía interrumpiros.

—Sí, Vadim me estaba contando un poco… Yo tenía un año, no me acuerdo de nada —se excusa Roman—. Honestamente, no tengo la impresión de haber vivido otra vida antes de que me adoptasen.

—Y, sin embargo, queda tanto por saber…

Vadim refunfuña y noto que se pone tenso. Apoyo una mano en su espalda, pero se revuelve en cuanto percibe el contacto. Se gira lentamente hacia mí.

—Alma, por favor, ¿podrías dejarnos solos? Necesito hablarle de tú a tú, es importante.

Vadim me contempla con sus penetrantes ojos, tan intensos que ahora son de un gris oscuro. Cuando me lanza esa mirada, sé que la cosa es seria, y que no sirve de nada discutir.

No sé qué quiere contarle. Ni por qué el secreto que envuelve la muerte de sus padres sigue resultándole tan doloroso.

Y tampoco entiendo por qué, de pronto, ha decidido revelárselo a su hermano —al que apenas conoce—, mientras que siempre se ha negado a hablar de ello conmigo.

Dejo a los dos Arcadi allí, con la esperanza de que Roman sepa escuchar a su hermano mayor, que tanto lo necesita.

Y de que Vadim quiera abrirse a mí durante nuestra estancia en Santa Catalina.

Son las siete menos veinte cuando mis dos planes para esta noche han hecho aguas definitivamente.

Un poco pronto para un viernes por la noche que prometía ser movidito.

Tendré tiempo de sobra para hacer la maleta…

y puede que para chinchar a Lily. ¿Acaso las hermanas pequeñas no sirven precisamente para eso?