Capítulo 38
Cuando Cheyenne me ve en el pasillo, se cierra el abrigo con un gesto brusco y da un paso atrás. Aunque no deja de sonreír en ningún momento.
—¿No estás solo? Puedo pasar más tarde —propone la chica morena sin cortarse ni un pelo.
—Es lo que estaba tratando de explicarte —balbucea Vadim, pasándose una mano por el pelo.
—¿Y a mí puedes explicarme qué hace ella aquí? ¿Vestida así? —entro de lleno en la conversación sin quitarle el ojo de encima.
—No tengo ni idea —responde en su defensa sin pensarlo dos veces.
—Tú me dijiste que no tenías nada que hacer esta noche, y yo solo quería darte una pequeña sorpresa —alega Cheyenne, haciéndose la zalamera.
—Mmm… pues lo has conseguido —le responde él, azorado—. Cheyenne, te presento a Alma, de quien ya te he hablado. Alma, Cheyenne. Creo que con esto ya están hechas las presentaciones.
—Y ahora, ¿qué? ¡¿Organizamos una velada los tres?! —exclamo fuera de mí.
—Bueno, ya veo que os molesto…
—Sí, has visto bien —replico con acritud.
—Pues entonces me voy. Nos vemos mañana, Vadim. ¡Buenas noches, Emma!
La puerta se cierra. Por un instante me debato entre gritar de rabia, echarme a llorar, recoger todas mis cosas y marcharme. Pero elijo otra opción. Porque siento que me moriré aquí mismo si no obtengo una explicación inmediatamente.
—Le has hablado tanto de mí que ni siquiera sabe mi nombre.
—Debe de haberse confundido…
—¡Mentiroso! Ella no sabe nada de mí, ha aparecido en tu casa vestida solo con ropa interior, como si estuviera segura de que no encontraría a nadie…
—Vale, seguramente te habrá llamado Emma a propósito para cabrearte. Pero es cierto que le dije que no tenía nada que hacer esta noche. Te has presentado sin avisar, y no teníamos previsto vernos…
—¡Debo de estar soñando! ¿Acaso tengo que estar al corriente de los planes sexis de Cheyenne antes de venir a tu casa cuando estoy jodida? Perdóname si te he privado de un estriptis de calidad. ¡La próxima vez le diré a mi familia que escoja otro momento para desmoronarse!
—No, no quería decir eso. Alma, tranquilízate.
—Espera. Ella sabe tu dirección, tus horarios, se atreve a presentarse aquí casi en pelotas e incluso dice que se pasará más tarde como si no hubiera el menor problema, ¿y quieres que me tranquilice?
—Esa tía es totalmente imprevisible. Sé que no te va a gustar nada, pero a ella le parece de lo más normal hacer estas cosas.
—Muy bien, Vadim, ¡lo estás arreglando! ¡Ni siquiera te molestas en ocultar que la idea te parece genial!
—Yo no he dicho eso. ¿Por qué no pruebas a ponerte en mi lugar por un momento? Entonces verás que no tienes nada que reprocharme…
—¡Estoy segura de que esta no es la primera vez!
—¿Qué?
—¿Ayer solo erais amigos de camerino y hoy aparece aquí en plan mujer fatal? ¿Me tomas por idiota? ¡Igual estáis juntos desde el primer día! ¡Hemos dejado de usar preservativos porque se supone que somos fieles el uno al otro! —mascullo horrorizada, pensando en voz alta.
—Alma, estás delirando. O puede que estés empleando todas estas mentiras para sonsacarme la verdad. Odio que hagas eso.
—No, soy yo quien te odia. Es muy simple, o me lo explicas, o hemos terminado.
—Es lo que estoy intentando hacer, pero…
—¡Se supone que me has jurado que me quieres y que no ha pasado nada! ¡Pero al menos enfádate, Vadim! ¿Acaso no me merezco algo mejor que esto?
—Nunca ha pasado nada entre Cheyenne y yo.
Vadim me mira fijamente, con sus ojos gris hielo.
—Es la primera vez que viene aquí —me explica con voz serena, sin apartar la vista de mí—. Es la primera vez que la veo en ropa interior. Y es la primera vez que se me insinúa de esa manera. Te ha provocado porque ha visto que le funcionaba. Y siempre hace lo que le pasa por la cabeza. Ella es así.
—Y a ti te encanta eso de ella, ¿verdad? —espeto con la voz cargada de lágrimas.
—Sí, me gusta su forma de ser —admite, desviando la vista por un instante.
—Eres peor que mi padre. Tú ni siquiera lo lamentas —le reprocho.
—¡Ella me cae bien, pero te amo a ti! Y jamás te haría algo así —se apresura a añadir.
—¿Cómo quieres que te crea? Ni siquiera has movido un dedo mientras ella estaba aquí…
—¡Muy bien, voy a llamarla! Pondré el manos libres, pero tú no digas ni una palabra, para que ella crea que está hablando a solas conmigo. Así, seguro que dirá la verdad.
—No, Vadim, ya no me apetece jugar a este juego. Tengo que volver a casa…
—Solo serán diez minutos. Dame diez minutos.
Teclea en su móvil, espera a que haya tono y deja el teléfono boca abajo sobre la mesita de enfrente.
—Hola, ¿Cheyenne?
—Soy yo. ¿Tu novia ya se ha ido?
—Sí
—Entonces ¿ya puedo volver? —suelta ella con una carcajada atronadora.
Esas palabras me abren un segundo agujero en el corazón. Posa su mano sobre la mía y me suplica con la mirada que no me vaya. Aún no.
—¿No dices nada, Arcadi? ¿No te habrá traumatizado la visión de un sujetador y unas bragas? Espero.
—No, solo me ha sorprendido. Y pienso que no deberías de hacer esas cosas. Yo amo a Alma.
—¡Vale, relájate! No sé por qué me ha dado por ahí. Me aburría. Esta noche me apetecía divertirme un poco. Pensé que te haría gracia.
—Entonces ¿tu proposición no iba en serio?
—Oh, no sé muy bien por qué lo he hecho. La gracia estaba en no saber de antemano lo que podría suceder…
—No habría pasado nada, y lo sabes. Nunca.
—Ay, no sé qué te pasa, pero esta noche estás de un aburrido que no hay quien te aguante. Te dejo. Espero no habérosla liado a tu chica y a ti. ¡ Bye , Arcadi!
Unos minutos más tarde me voy de casa de Vadim con los ojos rojos y el corazón hecho añicos, pero mucho más tranquila.
He decidido que confiaré en él, aunque no sé si llegaré a perdonarle su cobardía de antes.
Solo tenía que haber rechazado a Cheyenne delante de mí para que las cosas quedasen claras.
En lugar de quedarse allí con su jodida media sonrisa, divirtiéndose con la situación.
Odio discutir con alguien que no está dispuesto a negociar.
Basile lo hace todo el tiempo, y me entran ganas de pegarle.
Vadim casi ha admitido que no ha estado a la altura, pero a su vez me ha reprochado la necesidad que tengo de que me tranquilicen a todas horas. Hemos decidido no volver a hablar del tema, para no reavivarlo.
En cuanto a esa odiosa Cheyenne ni siquiera le guardo rencor. No me fío de ella, pero admiro su seguridad en sí misma y la forma en que asume su leve locura.
Ojalá me reencarne en alguien como ella en una próxima vida.
* * *
En una especie de arrebato territorial totalmente estúpido, me paso cada día de la semana siguiente esperando a Vadim cuando termina su trabajo de voluntariado.
Y lo beso con pasión, procurando que Cheyenne pueda admirar bien la escena.
Ella me hace pequeños gestos con la mano desde la distancia, me dedica alguna que otra sonrisa cordial y ahí acaba nuestra interacción.
Cuando se cansa, Vadim me pregunta con una sonrisa pícara si puedo volver a ser su novia en lugar de su guardaespaldas.
Al principio no me sienta muy bien, por una cuestión de principios, pero acabo aceptándolo.
Desde hace una semana, Vadim encadena una audición tras otra. Rodó su anuncio y poco después Michelle Kerry
le hizo saber que había sido «descubierto». Al principio yo
no sabía a qué se refería, hasta que empezaron a llover las ofertas. Estaba más emocionada yo que él. Vadim las rechazó todas, hasta que llegó esta. Me dijo que le parecía interesante, que no pensaba aceptar, pero que aun así quería hablarme de ello.
—¿Sabes quién es Yuri Karaïev?
—¿Ese director ruso que tanto te gusta? Sí, me has hablado a veces de él.
—Pues la propuesta viene de Karaïev. Me ha ofrecido un pequeño papel en su próximo largometraje.
—¡Qué bien! Vadim, ¡es tu sueño!
Empiezo a saltar por todo su apartamento, y al final le echo los brazos al cuello.
—Espera. ¿Por qué pones cara de enfadado?
—Voy a rechazarlo —señala con voz inexpresiva.
—De eso nada, dame una sola razón.
—Se rodará en Rusia. Durará tres meses. Y empieza mañana.
Se me hiela la sangre. Dejo caer los brazos y me alejo de él dando tres pasos atrás. Son tres excelentes razones. Tres meses sin él.
Tres meses… Es la mitad del tiempo que hemos compartido juntos.
Una espantosa eternidad.
—Tres meses no es tanto —añado en un susurro, intentando creerme mis propias palabras.
—No, Alma, no pienso ir.
—¿Por qué?
—No voy a dejarte sola. No durante tres meses.
—Te prohíbo que digas eso. ¡Tienes que ir!
—No, y no hay más que hablar.
—Pues por una vez no vas a ser tú quien decida, Vadim. ¿Cuántos de mis sueños has hecho que se cumplan desde
que nos conocemos? Me faltan dedos para contarlos. Ahora
te toca a ti. Este es tu sueño, y no permitiré que lo desperdicies.
—¿Eso es todo? ¿Y te quedas tan ancha?
Alza las manos al cielo en señal de impotencia.
—Esto me rompe el corazón —susurro con las lágrimas acumulándose en mis ojos—. Aún no te has ido y ya te echo de menos. No sé cómo sobreviviré aquí, sin ti.
—Vale, no pienso irme —me interrumpe Vadim.
—Por supuesto que sí. —Apoyo dos dedos en sus labios—. Irás. En cualquier caso, si te quedas, se acabó. Estaremos en la misma ciudad, pero no te dirigiré la palabra.
—Eso siempre será mejor que estar a diez mil kilómetros de distancia.
Esa cifra me produce vértigo. La cabeza me da vueltas, siento un hormigueo en las piernas y el corazón débil.
Pero no tengo derecho a mostrárselo, a retenerlo. Amarlo, es dejarlo partir.
—Vadim, si Tú + Yo es lo que creo, tenemos toda la vida por delante. Tres mesecillos de nada no lograrán separarnos. Acuérdate. Todos lo han intentado: Timothy, mi hermano, Felix, mi padre, Abrams, Cheyenne, ¡todos! Rusia tampoco lo logrará. Además, ¿quizá pueda ir a verte?
No me creo ni una palabra de lo que acabo de decir, pero me lanzo a sus brazos para ocultar la desesperación de mi rostro, imposible de enmascarar.
—¡Estaré tan orgullosa de ti! Allí… —continúo, a pesar de la emoción.
—¡Allí pasarás mucho frío! —exclama en broma, para no venirse abajo.
—¡Más te vale que vuelvas, Arcadi!
—¡Antes morir que no regresar, Lancaster!
—Entonces ¿te atreves?
—Me atrevo… —repite con los ojos brillantes, antes de besarme.
Siento que el suelo se rompe bajo mis pies.
Mis lágrimas se mezclan con su beso, me falta el aire.
Que me arranquen una pierna o un brazo. Que me corten por la mitad.
Tú +Yo, Yo + Tú, ¿qué me queda sin esto?
¿Qué soy sin esa otra parte? ¿Qué será de mí si no puedo alimentarme de él?
Me convertiré en algo pequeño e incompleto, estéril, vacío.
La Alma de hace seis meses, tímida, sin luz, frágil, que se dejaba llevar por la vida.
Sin embargo, mi madre me dijo que nunca dependiera de nadie, y menos aún de un hombre.
Pero sin Vadim, me vengo abajo.