Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 39
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Capítulo 39

Vadim acaba de irse.

No he tenido el valor de acompañarlo al aeropuerto, y sin duda ha sido mejor así. Mejor para él. No quería que me viera llorar. Arrepentirme. Derrumbarme. Lanzarme a sus brazos y suplicarle que se quedara.

¿Cómo he podido empujarlo a que se marche?

Pregunta estúpida.

Sus sueños. Y mi amor por él…

Nuestra despedida en su apartamento fue desgarradora, así que no me quiero imaginar la misma escena en una terminal abarrotada.

Seguro que habría intentado colarme en su maleta, o meterme bajo su ropa para embarcar con él.

O activar la alarma de incendios solo para ganar tiempo, prolongar la despedida y darle otro beso.

No, lo mejor era mantenerme alejada, al margen, aunque para mí sea como un castigo. Llorar sola por su marcha en mi habitación. Mi almohada ya lo ha visto todo. Puedo empaparla en lágrimas, ovillarme en ella, darle la vuelta, volver a empezar: lo absorbe todo en silencio.

A estas horas, Vadim ya debe de haber despegado. Dirección Rusia, a diez mil kilómetros de mí. Mis sollozos más intensos vuelven a hacer acto de presencia. Y mi almohada los encaja sin rechistar.

—Alma, querida, ¿puedo entrar?

—Ahora no, mamá.

—¿Y yo? —añade Lily con voz tímida.

—No, dejadme.

Ninguna de las dos me hace caso y entran en mi habitación sin ser invitadas.

Mi hermana pequeña se acurruca en el extremo de la cama tocándose el mentón con las rodillas.

Trata de hacerse lo más pequeña posible.

Mi madre se sienta a mi lado y me aparta el pelo, que se me ha pegado a las mejillas mojadas. Me doy la vuelta, dándole la espalda.

—Alma, escucha. Creo que ya eres lo bastante mayor como para que podamos tener esta conversación. Y ya que Lily está aquí, también la puede escuchar. Sabéis que vuestro padre no siempre es un marido perfecto. Creo que lo de sus amantes ya no es un secreto para nadie.

—Amantes… ¿en plural? —murmura Lily indignada.

—Poco importa cuántas ha habido, cuántas hay y cuántas habrá.

Lo único que cuenta es lo que os diré ahora.

Yo me he hecho estas preguntas miles de veces, unas que vosotras os haréis a la fuerza algún día: ¿Acaso mi amor no es lo bastante fuerte como para soportarlo?

¿Acaso mi amor no es lo bastante fuerte como para superarlo?

¿Soy capaz de perdonar por amor? ¿Estoy dispuesta a sacrificarme?

—¡No deberías! —respondo entre dientes, volviéndome.

—Sí, Alma, el amor nos hace hacer cosas increíbles.

Se lo lleva todo a su paso: la razón, los principios, las promesas, el dolor.

Es tan poderoso que ni siquiera somos capaces de imaginarlo por anticipado.

No es de extrañar que os resulte inconcebible.

Pero vuestro padre y yo nos queremos desde hace treinta años.

—Pues tiene una forma muy curiosa de quererte —replica mi hermana con un mohín de enfado.

—No siempre amamos como querríamos —le responde mi madre suspirando—.

Pero, Alma, debes hacerte las siguientes preguntas: ¿renunciar o seguir amando?

¿Huir o aceptar el sufrimiento? Tú te has sacrificado por Vadim, esa es la prueba de amor más hermosa.

Sin embargo, no puedes pasarte los próximos tres meses lamentándote o enfadada con él.

Si tu amor es lo bastante fuerte, lo bastante grande, solo tienes que esperarlo, soportar su ausencia y amarlo el doble a su regreso.

Si la situación te supera, es señal de que ese amor no merece la pena. Solo tú puedes saberlo.

Mi madre se levanta, y con los ojos repletos de lágrimas me da un beso en la coronilla y cruza la puerta de la habitación. La estancia se queda de nuevo en silencio, hasta que Lily sale corriendo hecha una furia:

—¡No pienso querer nunca a nadie! ¡A nadie! ¡Nunca!

Ay, Lily, su tú supieras…

Las palabras de mi madre me han afectado.

Me esfuerzo por recobrar la compostura, me incorporo en la cama, cierro los ojos y visualizo el hermoso rostro de Vadim.

Sobre todo, no debo olvidar ni un detalle.

Su pelo alborotado, sus penetrantes ojos, su media sonrisa y la pequeña cicatriz que le cruza el labio.

Podría decir exactamente dónde se encuentra, casi al milímetro.

Unas lágrimas se deslizan de nuevo por mis mejillas.

Sé que esto será así todos los días.

—¿Alma?

Alguien llama a la puerta con delicadeza. Georgia se limita a asomar la cabeza, como hace siempre, pero algo desentona en su mirada. No transmite la empatía de siempre, esa ternura a la que me tiene acostumbrada, esa dulzura casi maternal cada vez que nos sucede algo a una de las tres.

—Alma. Alguien pregunta por ti. Le he dicho que suba.

Probablemente sea Clémentine, que por fin se ha acordado de que tiene una mejor amiga.

—¿Podrías dejar de llorar?

El corazón me late con fuerza. Conozco esa voz.

Mi pulso se acelera. La conozco demasiado bien.

Mi pecho estalla. Conozco ese rostro, lo estaba contemplando en mi cabeza hace apenas un minuto.

—¡Vadim! —grito de alegría y de alivio, y salto a sus brazos.

—¿Estabas llorando por mí, princesa Lancaster de Inglaterra?

Golpeo su ancha espalda sin dejar de sorberme la nariz.

—Tienes razón, en Rusia haría demasiado frío —me susurra, dándome un abrazo—.

Y no puedo aprender ruso, ahora que acabo de empezar con el francés, no tendría sentido.

Además, debo terminar un cortometraje aquí.

Estoy seguro de que Abrams me habrá echado mucho de menos.

¿Con quién la iba a tomar, si no? Además, tengo un hermano con el que me entiendo de maravilla, ¡sería una lástima echar a perder esa inmensa complicidad!

En definitiva, hay un montón de buenas razones para no ir allí a morirme de frío…

—Entonces ¿te quedas? —Lo miro incrédula.

—Sí. Michelle Kerry me buscará otros anuncios. No necesito esa película, tengo un brillante porvenir en el mundo de los champús…

—¡Déjate de sarcasmos, Arcadi! ¿Por qué estás aquí? Júrame que no te arrepentirás.

—Tú + Yo…

Arcadi me susurra la fórmula mágica al oído y yo me derrito.

—Esta vez no me he visto capaz. No sin ti, Alma.

Nos mantenemos pegados el uno al otro durante una eternidad; entrelazados, mezclados, besándonos, respirándonos, diciéndonos que nos queremos y que nadie nos separará jamás. Entre declaración y declaración, Vadim sigue enumerando con ironía todas las cosas que no puede dejar aquí.

Yo no aparezco en ninguna de ellas, y eso hace que me tronche de risa. Juro que nunca les revelaré ni a Felix ni a Keith ni a nadie el porqué de su regreso. Porque, en realidad, ni siquiera llegó a irse.

Por mí.

Tras la euforia del reencuentro, me invade una inquietante sensación de malestar. Me hace feliz tener al chico de mis sueños a mi lado, pero me siento culpable. Culpable de que me anteponga a sus sueños.

Unos sueños que, por mi culpa, puede que nunca lleguen a cumplirse.

Cuando te sacrificas por alguien a quien amas resulta duro, muy duro. Pero te hace sentir orgullosa. Cuando es el otro quien se sacrifica por ti, ya no eres la buena de la película. Solo puedes darle las gracias, con una lágrima o sonrisa, y tratar de devolverle, aunque solo sea un poco, el favor.

* * *

Durante los días siguientes procuro ser la mejor novia del mundo. Hacer feliz a Vadim cada minuto, cada segundo, del día, pero creo que eso le molesta, lo asfixia, lo oprime.

Me repite que su lugar está aquí. Que no se arrepiente de nada, que no hay necesidad de hacer todo lo que estoy haciendo.

Trato de creerle. Y procuro mantenerme un poco al margen.

Dejo que viva su vida sin entrometerme. Él vuelve a ver a Felix cada vez más a menudo, y yo dejo de recordarle sus compromisos con Keith.

Pasa tiempo con Cheyenne fuera de las horas de voluntariado, y yo ni siquiera se lo recrimino.

Anula en el último momento un segundo encuentro con su hermano Roman, y no intento disuadirlo.

No está avanzando demasiado con su película, pues las audiciones y sesiones fotográficas le ocupan demasiado tiempo, pero no cuestiono en ningún momento sus prioridades.

Cada día comprendo un poco mejor lo que quería decir mi madre.

Amar también es sacrificarse. Es dejar vivir al otro, que avance en otra dirección, que se equivoque a veces, aunque nos cueste.

Es el precio que debo pagar por tener a Vadim a mi lado.

* * *

—Hola, Alma.

Estoy a punto de volver a casa cuando Timothy se me acerca al salir de clase y me da un toque en el brazo. La verdad es que llevamos meses sin hablar, ya casi lo había olvidado. Sin embargo, él no ha cambiado en absoluto. Tan alto, fornido, rubio y bien peinado como siempre.

—¿Cómo te va?

—Hola, Tim. Bien, ¿y a ti?

La cortesía de rigor.

—Todo bien. ¿Qué hay de nuevo?

—Nada en especial. ¿Y tú?

La conversación apenas acaba de empezar y ya está decayendo.

—He oído por ahí que las cosas no te iban demasiado bien, por eso te pregunto.

—Ah, pues debes de haberlo entendido mal, porque todo está en orden.

Me encojo de hombros y sonrío.

—Ya sabes, no nos separamos de muy buenas maneras, pero eso no quiere decir que no me preocupe por ti.

—Muy amable por tu parte, pero puedes estar tranquilo, todo va bien.

Parece un poco nervioso, incómodo.

—De hecho, circula un rumor por el campus. Sobre Arcadi y tú. Se dice que tenía intención de dejarte y volver a Rusia…

—Pues puedes decirle a todo el campus que Vadim tenía que ir allí para un rodaje. Ha rechazado un papel en una película de Yuri Karaïev. No creo que sepas quién es, pero puedes buscarlo en Google. En resumen, al final ha renunciado. Por un montón de razones.

—Exacto, según parece se ha quedado aquí por una chica…

—¿Una chica?

—Una morena. No muy… recomendable.

Sus aires de superioridad me dan ganas de hacerle tragar el balón.

—¿Cheyenne?

Me pongo un poco de lado, enfadada por sus insinuaciones.

—Es falso —respondo—. Totalmente. ¿Y por qué de pronto te interesa lo que hace Vadim?

—No es lo que él hace, sino lo que te hace a ti, Alma. No quiero que te falte al respeto, eso es todo.