Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 37
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Capítulo 37

Sábado al mediodía. Tras una serie de interminables abrazos de última hora tendidos en la cama, y de echar una última mirada al muelle de Santa Mónica desde la terraza, no nos queda más remedio que dejar la habitación.

Mientras hacemos cola para el check out , a la recepcionista con malas pulgas del día anterior la está regañando un cliente con prisas, aún más maleducado, que quiere pagar su cuenta.

—Señorita, debería usted trabajar en algo que le guste, eso la haría parecer más guapa —le suelta el hombre trajeado.

Debe de tener al menos diez años más que nosotros, pero Vadim se interpone entre el cliente y el mostrador mientras la recepcionista contiene las lágrimas.

—Su trabajo consiste en tener que soportarte, no en estar guapa para complacerte. Y si empezaras a respetar a las mujeres, seguramente no parecerías tan imbécil.

Se me acelera el corazón, dividido entre el pánico a que reciba un puñetazo en la cara, y el orgullo de estar con un chico tan valeroso, ecuánime e irreverente.

El tipo se guarda la cartera y abandona el hotel sin decir nada, salvo algún que otro gruñido inaudible que Vadim imita para hacer reír a la recepcionista.

—Gracias —susurra ella, ya más aliviada.

—No ha querido decir que no seas guapa —añado.

—Y yo ayer no pretendía mostrarme tan desagradable.

—Si nos haces descuento, estamos en paz —bromea Vadim.

La cosa no cuela, pero al menos contribuye a alegrar un poco esta dolorosa despedida.

Vadim me deja frente a mi casa a la hora prescrita por mi padre, y decidimos escribirnos inmediatamente a través del chat instantáneo para prolongar nuestra noche especial.

Les doy un beso a mis padres, esquivando sus preguntas, me libro de Lily en la escalera y le cierro la puerta de mi habitación en las narices.

Tras emplear el tiempo justo para deshacerme de la ropa tiesa por el agua salada, meterme en la ducha y ponerme una camiseta larga azul que me llega hasta medio muslo, me dejo caer en la cama y enciendo el ordenador.

Alma_from_paris: ¡Ya estoy aquí!

Arcadius: Yo también, acabo de llegar.

Alma_from_paris: Ahora mismo he caído en la cuenta: no hemos vuelto a pensar en el fotógrafo.

Arcadius: Yo sí, todo el tiempo. Es imposible que nos hayan sacado fotos. Siempre nos ha protegido la oscuridad o hemos estado escondidos detrás de algo.

Alma_from_paris: Guau. ¿Ladrón de coches, traficante de trabajos académicos, top-model y ahora agente secreto? ¡Estoy impresionada!

Arcadius: Ojalá fuera así… Me desespera no saber quién es.

Alma_from_paris: Hace tiempo que no recibimos otra foto. Puede que la cosa se haya acabado.

Arcadius: No, es porque estamos siendo cautelosos. Así que por fuerza tiene que ser alguien cercano. Alguien que sabe que lo sabemos. Y está siendo discreto desde que tratamos de desenmascararlo.

Alma_from_paris: ¿Estás seguro? Basile jura que él no ha sido. Tim tampoco. Y tú me prometiste que no podía ser Felix. ¿Quién nos queda?

Arcadius: No sé. Tal vez no sea tan cercano. El amigo de un amigo. Pero, sobre todo, alguien que tiene interés en separarnos…

Alma_from_paris: Ahora ya puedes tachar a mi padre de la lista. O eso creo, al menos.

Arcadius: ¿No podrías echarle un vistazo a la casa de Abrams la próxima vez que vayas?

Alma_from_paris: No tiene sentido… ¿Nuestro profesor de Cine un paparazzi que nos sigue por la noche? Si no puede caminar ni diez metros sin resoplar o sin tomarse un café.

Arcadius: Él me odia, eso está claro. Y odia la idea de que se le escapes de las manos, con todo lo que cree que te ha enseñado y te ha aportado.

Alma_from_paris: Vale, está un poco loco, ¡pero no hasta ese punto!

Arcadius: Seguro que le encantaría emparejarte con su hijito… ¿Cómo dijiste que se llamaba?

Alma_from_paris: Caleb.

Arcadius: Puede que sea él. Está loco por ti, estará celoso y buscando el modo de…

Alma_from_paris: No, lo conocí mucho después de las primeras fotos. Hasta hace poco él no sabía de mi existencia…

Arcadius: Pero le hablas de mí :)

Alma_from_paris: Sí, y espero que le des la lata sin parar a Cheyenne con todo lo que yo hago, lo que digo, lo que te gusta de mí y lo que no te gusta tanto, pero que aun así adoras…

Arcadius: Mmm… No voy a responder a esta pregunta.

Alma_from_paris: ¿Dónde has visto un signo de interrogación? Es una orden, Arcadi.

Arcadius: Pero como no me necesitas para existir y yo prefiero dejar que las mujeres se expresen con su propia voz, te la presentaré pronto y podrás mostrarle en directo todas esas cualidades que te hacen irresistible.

Alma_from_paris: Así me gusta. Aunque tampoco es necesario.

* * *

A la semana siguiente retomamos las clases, pero yo decido no ir a casa de Abrams. Trabajo sola en mi cortometraje, sigo montando las imágenes rodadas en París, los Ángeles y Santa Mónica.

Vadim desde todos los ángulos. Todos los lugares que frecuentamos juntos.

Los buenos recuerdos y los dolorosos. Todas mis dudas, miedos, penas sin sentido, sentimientos desbordantes, alegrías desmesuradas y emociones.

Un auténtico compendio de Tú + Yo.

Vadim, por su parte, sigue con el trabajo de voluntariado en la universidad.

Ya no me habla tanto de Cheyenne, y no sé si debo alegrarme o preocuparme.

También ha participado en su primera sesión fotográfica para la marca de champús.

Michelle Kerry le ha dicho que ha hecho un trabajo fantástico y que al publicista le han encantado las fotos.

Vadim, en cambio lo detesta. Incluso se ha pasado la noche despotricando sobre ello, criticándolo todo, incluido a él mismo.

Y, por supuesto, planificando su mudanza a Francia para no tener que ver su cara a un tamaño descomunal en los autobuses de la ciudad.

También quiso romper el cheque de su primer cobro, pero tenía demasiados ceros.

Y Michelle Kerr ha contactado con él para una nueva audición, esta vez un anuncio, un proyecto innovador a cargo de un realizador que a Vadim le encanta.

Finalmente, ha decidido presentarse, solo para ver qué tal, solo por esta vez.

Aunque yo sé que no será la última ni mucho menos.

Entre la agenda tan apretada de mi novio, la distancia que quiero mantener con los Abrams y Clémentine, que dedica el cien por cien de su tiempo a su chico fantasma —de cuya existencia ya empiezo a dudar—, no me queda más remedio que pasar mucho tiempo en casa.

Y descubrir, para mi disgusto, el ambiente que reina en mi hogar.

Mi madre se pasa la vida llamando a mi padre para saber dónde está, cuándo vuelve, si vendrá a cenar, y si no viene, por qué.

Él se pasa la vida sin contestar, o colgándole el teléfono alegando reuniones importantes, grandes contratos en curso y negociaciones que exigen toda su atención.

Ella le cuelga a su vez, ofendida, frunciendo los labios, y la paga con el primero que pase por allí: con Lily porque lo tiene todo desordenado, con Georgia porque ordena demasiado o conmigo porque ya no estoy acostumbrada a verla tan a menudo.

A veces me lleva aparte con los ojos llorosos, apoya sus manos en mis hombros y me dice:

—Prométeme que no te quedarás encerrada en casa, que disfrutarás de tu juventud, que no perderás el tiempo, porque pasa demasiado rápido, y que amarás a Vadim mientras dure la pasión, pero que nunca te volverás dependiente de un hombre ni siquiera por amor.

Nunca, ¿me escuchas? —repite con un nudo en la garganta.

—Tranquila, mamá.

No pienso arruinarme la vida por los bonitos ojos de ningún chico, aunque desafío a cualquiera a no caer en la trampa de los vertiginosos ojos de Vadim Arcadi. Es la primera vez que me parece entender a mi madre y sus errores.

El sábado por la noche mi padre no regresa a casa.

No hay ningún motivo para que esté en el despacho.

Mi madre lo llama veinte veces al móvil hasta pasada la medianoche.

Basile sugiere que avisemos a la policía, pero por fin alguien contesta el móvil, una voz de mujer, muy joven, que se ríe antes de colgar.

Mi madre rompe a llorar y verla así me destroza profundamente. Trato de consolarla, tranquilizarla, aunque sé de antemano que no podré reparar su corazón roto.

—Lo que haga papá no tiene que ver con cómo eres ni con lo que vales. Sus acciones solo le atañen a él, hablan de quién es. Tendrá que asumir las consecuencias. Espero que sepa lo que se pierde.

—Esperad, no saquemos conclusiones precipitadas —interviene mi hermano, lleno de ansiedad, en un intento de defenderlo.

—Id a dormir, niños. No os corresponde a vosotros ocuparos de estas historias de adultos. Siento haberos metido en medio.

La obedecemos a regañadientes. La dejo con su pesar después de abrazarla sin saber qué más decirle. Desde mi habitación la oigo llorar en su cama, como una niña pequeña.

Le envío un mensaje a Vadim, pues estoy demasiado agitada para dormir.

Mi madre acaba de enterarse

de que mi padre la engaña. Si tú me haces eso

alguna vez, te mato. Y a tu amante también

Pobre Marie.

Tu padre sabe ocultar bien su juego.

¿Quieres que lo mate yo?

No. Te quiero

El domingo mi padre aún no ha regresado.

Pero hace llevar a casa un enorme ramo de rosas blancas para mi madre.

No sé qué dice el mensaje de la tarjeta, pero ella llora de nuevo al leerlo.

No obstante, pone las flores en un bonito jarrón y lo deja en la mesa del comedor.

Se sienta en el sitio de mi padre y se queda allí, inmóvil.

Mirando por la ventana como si fuera lo único que pudiera hacer. Esperarlo.

No sé por qué se conforma.

Pero sí sé que no estoy en su lugar y que no quiero juzgarla por lo que su corazón le pide que haga, después de pasarse la noche luchando contra la razón.

De pronto siento que aquí sobro. Le doy un beso y corro a casa de Vadim.

Necesito verlo, sentirlo, abrazarlo. Al llegar se lo cuento todo y él me escucha sin interrumpirme.

Tira de mí para que me siente en el suelo y ambos nos recostamos en su sofá.

Le acaricio el pelo, que es uno de mis remedios preferidos.

Él posa su gran mano en mi nuca, como suele hacer. Eso me relaja más de lo que imagina.

—Es la única ventaja de no tener padres —expone, procurando que suene como una broma—. No tener que ocuparse de ellos como si fueran niños.

Asiento con una sonrisa triste. Me besa. Y nos pasamos toda la tarde fantaseando, imaginando cómo seremos con cuarenta o cincuenta años. A qué se parecerá nuestra pareja, nuestra familia. Qué clase de padres seremos. No tenemos respuesta.

Recibo una llamada de mi madre, que me informa con voz despreocupada de que mi padre vuelve esta noche, y que debemos estar todos en casa para la cena.

Vadim suspira. Retomamos nuestra conversación sobre el futuro y ¡acabamos discutiendo porque él solo propone nombres rusos para nuestros futuros hijos!

—Pavel o Nikita si es niño. Y me encanta Anastasia para una niña. O Yana, que es la traducción eslava de Jane, el nombre de mi madre.

—¿Y yo no puedo opinar sobre el tema?

—Podemos ponerles tus apellidos, si quieres, el mío no representa nada para mí. Me importa un bledo lo de transmitirlo.

—Eres un poco egoísta, por decirlo suavemente. Te comportas como un dictador, Vadim Arcadi.

—Y tú eres una racista en cuestión de nombres, Alma, princesa Lancaster de Inglaterra.

Hago el amago de marcharme, pero él me retiene y me vuelve a sentar junto a él en el suelo. Me besa, me mordisquea el cuello y me susurra al oído palabras afectuosas que sé que nunca pronunciaría en voz alta.

—Puedes llamarle a tu bebé como quieras, puesto que yo seré el hombre más feliz del mundo el día que me des uno. Y no creo que vuelva a pensar en ello si la niña me mira como tú ahora, solo por haberla traído al mundo sin contar con su opinión.

Me sorprendo a mí misma imaginándome ese día, con él y ella, a quien ya quisiera tener aquí.

—Vale, pero si es un niño me parece bien que se llame Vadim Junior —continúa él en tono provocador, solo para disimular la emoción.

Le doy un golpe en la espalda y, justo en ese momento, suenan tres discretos golpes en la puerta.

Vadim se dirige a abrir y me dice que no me mueva.

No oigo nada de la conversación que está teniendo lugar, y tanto murmullo me da mala espina.

Me acerco a la entrada sin hacer ruido. La veo en el umbral de la puerta y la observo de arriba abajo: tacones altísimos, piernas desnudas, piel ambarina, un vestido que apenas le cubre la parte superior de los muslos, una especie de gabardina de ante color camel abierta que deja a la vista un cuerpo perfecto.

Unas bragas de encaje negro, más piel, un sujetador negro que realza sus pechos, una larga melena peinada a un lado y, por fin, el rostro de Cheyenne.

Es la primera vez que estoy frente a ella.

Y la sorpresa que me causa su presencia me comprime la garganta.

Esa boca sonriente, esa mirada vivaracha, ese aire de seguridad, ese mohín salvaje y encantador a la vez.

Una imagen horripilante.