Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 36
62%

Capítulo 36

—¿Preparada, princesa?

—Depende, ¿dónde me llevas?

—Sorpresa…

Me sonríe con ese aire canalla, subo a su pick-up, dejo caer la bolsa de viaje a los pies y cierro la puerta un poquito demasiado fuerte. Siento la emoción en todo el cuerpo. Vadim se muere de risa, me mira, pero no arranca.

—¿A qué esperas?

—Mi beso de koala.

Me abalanzo sobre él, le tiro de los cordones de su sudadera negra y pego mi nariz a la suya. La froto, riéndome.

—¿Qué? ¿Eso es todo?

Saco la punta de la lengua y la deslizo entre sus labios.

Vadim se muere de gusto, intenta besarme, me echo hacia atrás para provocarlo un poco más.

—No tan rápido, traviesa…

Me coge del cuello y aprieta su boca contra la mía.

Noto el sabor a Skittles. Gimo entre sus labios cuando introduce la lengua y se pone a jugar con la mía.

Sus besos siempre tienen el mismo efecto, incluso después de mil veces.

Me vuelven loca. Me transportan. Luego se detienen y me dejan excitada, sin saber dónde estoy.

Cuando Vadim me suelta, tengo las mejillas sonrojadas, las piernas temblorosas y el corazón acelerado.

—Acabamos de reinventar el beso de koala, Lancaster —susurra.

Orgulloso y descarado hasta la médula.

Nos ponemos en marcha con una sonrisa emocionada en la comisura de los labios. Tras solo veinte minutos, Vadim se detiene junto a la acera de Ocean Avenue, frente a la bahía de Santa Mónica. Levanto la mirada hacia nuestro destino.

—¡Vadim, es un palacio!

—Salgo con una princesa, me adapto…

Un aparcacoches se encarga de la pick-up y finge no percatarse del contraste entre el mal estado del vehículo y la reputación del hotel. La escena es casi graciosa.

En el enorme vestíbulo, inmensas palmeras típicas de California se alzan hasta el techo creando un entorno al mismo tiempo vegetal y lujoso.

Después de pasar deprisa por la recepción y recibir la mirada insistente de la recepcionista, que nos considera sin duda demasiado jóvenes para una noche de hotel a este precio, el ascensor nos lleva a nuestra suite.

Descubrimos una amplia estancia diáfana y luminosa, en cuyo centro destaca una cama doble.

Más al fondo, una zona de salón acogedora y elegante conduce al ventanal que da a una preciosa terraza amueblada con vistas directas al océano Pacífico.

Diviso a lo lejos la gran noria iluminada del muelle de Santa Mónica.

Allí donde tuvo lugar nuestra segunda cita, aquella en la que todo cambió.

Es tan romántico que me quedo sin palabras.

—¿Te acuerdas, Alma?

Me envuelve en sus brazos.

—¿Cómo podría olvidarlo?

—Los Skittles también se acuerdan…

El canalla se está riendo por lo bajo, lo aparto de un empujón y se deja caer sobre el sofá más cercano.

—Te ofrezco mi corazón, el océano, el mundo entero, y así es como me tratas, Lancaster —se queja Vadim con un suspiro, tumbándose, con los brazos en cruz y la mirada clavada en el cielo.

Divertida, conmovida, emocionada, un poco de todo a la vez, voy hacia él y me tumbo a su lado. Hundo las manos en su pelo, los labios en su cuello.

—El mejor sitio del mundo es aquel en el que estés tú, Vadim Arcadi. Y tu corazón me pertenece. Ni se te ocurra ofrecérselo a nadie más…

Le muerdo el lóbulo de la oreja y suelta un gemido ronco.

—Despacio, princesa. El suegro me dijo que me anduviera con cuidado…

—¿Estás seguro de eso?

Lo vuelvo a intentar.

—Joder, las niñas de papá nunca son tan buenecitas como parecen…

Sonrío y voy deslizándome por su cuerpo, hacia abajo. Mi boca se detiene por encima de la cintura de sus tejanos. Le levanto un poco con las manos la camiseta blanca, beso la piel suave de su abdomen y, con dos dedos, voy directa al botón.

—¿Qué estás haciendo, Alma Lancaster?

Su voz no es más que un susurro.

—Feliz San Valentín, Vadim Arcadi…

No tengo ni idea de lo que tengo que hacer; cómo, hasta dónde, cuánto tiempo, rápido o despacio…, pero me sorprendo al percatarme del poder que tengo sobre él. Los suspiros que se aceleran al mismo tiempo que mi boca.

Controlo su placer por completo.

Un placer que se convierte en el mío, cuando lo veo cerrar los ojos, con todo el cuerpo temblando y gimiendo mi nombre.

* * *

Pedimos todo lo que nos apetece al servicio de habitaciones, le descubro a Vadim la primera temporada de The Last of Us , se burla de mi amor infinito por Pedro Pascal, nos peleamos, nos besamos, holgazaneamos y disfrutamos de estar solos, libres y enamorados.

Después decidimos ir a ver el océano, una vez ha caído la noche.

En la acera, Vadim me coge de la mano y se pone a correr tan rápido que me arrastra. Trato de seguirle el ritmo, el aire fresco del atardecer me golpea en la cara. Solo nos faltan unos minutos para llegar al embarcadero que da al mar.

Me falta el aliento. A él apenas se le nota.

—Un minuto de silencio por los Skittles que han fallecido esta tarde…

—Sigue así y puede que acabes uniéndote a ellos —le susurro al oído.

Se ríe y ese sonido tan puro y perfecto me remueve por dentro. Vadim se inclina hacia delante, me coge la cara entre las manos y detiene sus labios a pocos centímetros de los míos.

—Durante esa cita, quise mil veces hacer esto… No, un millón de veces.

Vadim me besa con ternura. Toma mis labios y, al instante, nuestro beso se vuelve más intenso. Él y yo no sabemos hacer nada más que esto. Querernos, siempre más, a pesar de todas las tormentas y de todas nuestras peleas.

—¡Ven! —exclamo, apartándome de golpe de él.

Esta vez, soy yo la que lo coge de la mano para llevarlo en una carrera salvaje.

Recorremos el embarcadero hacia atrás y luego, cuando se termina, saltamos a la arena. El chico que quiero me pisa los talones, corro sin dejar de reír, con el cuerpo ligero y el corazón rebosante, en dirección al océano.

—Un baño a medianoche, ¿a que sí? —me suelta mi chico moreno.

Me adelanta y empieza a correr de espaldas.

—Estaba en tu lista —le repite él.

—¿Preparado, Arcadi?

—Solo son las diez de la noche.

—¿Qué pasa, no te estará dando miedo?

—El agua debe de estar a quince grados.

—¿Al chico rebelde le asusta el frío?

—Si te desnudas, algún pervertido podría verte…

—¿Y a ti quién te ha dicho que no me gustaría?

Su sonrisa se vuelve feroz.

—¡Muy bien, tú lo has querido!

Vadim me salta encima, me pasa un brazo por la cintura y otro por debajo de las rodillas, me levanta del suelo, echa a correr y entra en el agua gritando.

Un segundo más tarde los dos nos hemos zambullido.

El agua helada me cubre por completo, salgo a la superficie, lanzo un grito agudo. Y me pongo histérica.

—¡No estaba preparada, Arcadi! ¡Ahora tengo toda la ropa chorreando, no se me secará nunca! ¡Deja de reírte o te mato!

La expresión de su cara me resulta extremadamente divertida; se echa el pelo hacia atrás, me salpica para hacerme rabiar y finalmente me abraza.

Yo estoy temblando y él también, pero me besa igualmente.

Le muerdo, lo maldigo, él me estrecha entre sus brazos más fuerte y se ríe con ganas.

Salimos del agua dando tumbos, volvemos a la arena y nos apoyamos en uno de los grandes pilones que sostienen el pantalán.

Allí, al abrigo de miradas indiscretas, Vadim se acerca y me roba otro beso.

Mi temperatura interna vuelve a subir. Él sigue con sus manos todas las curvas de mi cuerpo, realzadas por mi ropa empapada.

Las gotas se deslizan por su pelo y van a parar a mi rostro, aportando un sabor salado a nuestros besos.

Más intensos si cabe.

Ya no sé si tiemblo de frío o de deseo.

—Regresemos, Alma, o acabarás enfermando…

Calados hasta los huesos, corremos de nuevo por la arena hasta alcanzar el asfalto de Ocean Avenue.

Entramos en el vestíbulo del hotel, desierto en ese momento a excepción de una recepcionista que nos lanza una mirada reprobatoria.

Con los ojos entornados sigue las huellas mojadas que dejamos a nuestro paso.

El plof plof de nuestras zapatillas chorreando se mezcla con nuestras risas ahogadas. Corremos hasta el ascensor, las puertas metálicas se cierran y nos abrazamos de nuevo.

Una vez más sus manos frescas, impacientes, me despeinan, me desvisten, me desean.

Sus labios calientes, ávidos, me besan, me muerden y me devoran.

Una vez más, cuando llegamos a nuestra planta, a nuestra habitación, la tarjeta no quiere deslizarse por la ranura por el temblor en los dedos de Vadim.

Una vez más mi cuerpo sobre su cuerpo. Su cuerpo dentro del mío, y el calor que vuelve a ascender arrasándolo todo.

Todo.

Nosotros incluidos.