Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Vadim encontró a Basile y lo llevó más o menos a la fuerza a casa, pero mi hermano, destrozado, ya no habla desde que Lily lo sacó del armario.

Siento pena por él.

Esta semana he llamado a su puerta cada mañana y cada tarde, pero se niega a abrir el pestillo.

Creo que solo sale para ir a clase y comer a escondidas.

El resto del tiempo se encierra otra vez.

Mi madre le repite, incansablemente, a través de la puerta, que todo eso no cambia nada, que no ha cometido ningún delito y que puede dejar de encerrarse. No obtiene respuesta.

Creo que, simplemente, no estaba preparado.

Se podría haber creído que eso le aliviaría, que otra persona diera el paso por él, pero Basile debe sentirse despojado de una parte de su historia.

En todo caso es lo que me imagino, lo que yo siento.

Seguro que se había imaginado un millón de veces en la cabeza la forma en la que revelaría este secreto algún día.

Mi hermana se siente culpable, ya lo ha entendido, pero no tenía derecho a quitarle eso.

Mi padre, fiel a sí mismo, prefiere huir de la situación. Centrado en el trabajo, aparece rara vez por casa, y cuando está aquí, hace como si nada hubiera pasado.

Edward Lancaster brilla de nuevo por su falta de sensibilidad y empatía.

Y este mes de febrero brilla por su balance desolador.

Basile pretende pasar el resto de sus días en ese cuarto.

Mis padres están al borde del divorcio.

Lily se siente fatal y no sabe cómo hacerse perdonar.

Vadim parece estar mucho más afectado por sus encuentros «fallidos» con su hermano Roman de lo que quiere admitir. Sin embargo, se niega a hablar del tema.

Después de clase, se distrae participando en las tareas del grupo de voluntarios de la universidad.

Ahí se ve con Cheyenne, sobre la que siempre cuenta cosas apasionantes.

Eso o recibe llamadas de Michelle Kerry, la directora de casting , que está decidida a encontrarle sesiones de fotos o anuncios que lo convertirán en una estrella.

Espero que no le dé falsas esperanzas.

Clémentine, por su parte, sigue distante, algo poco habitual en ella, e igual de misteriosa sobre el tema de su amante secreto.

El que se muestra de todo menos distante es Caleb.

Después de varias visitas a casa de Abrams, durante las cuales me paso más tiempo charlando con su hijo que trabajando con el padre, acabo por rechazar varias invitaciones que resultan ser un poco demasiado insistentes.

Los dos se ofenden. Cal con gracia, algunas frases ingeniosas y emojis en un mensaje de texto; el señor Abrams con más frialdad y una pequeña lección moral sobre el compromiso.

* * *

Te echo de menos. Venga, lo dejamos todo y

nos vamos a montar un criadero de koalas

Yo también te echo de menos. Venga,

nos saltamos la clase de Abrams

Tentador, pero no.

Te va a suspender, como sigas así.

Quiero que apruebes, Vadim.

Que tengas la vida que siempre has soñado…

Qué pena, prefería lo de los koalas

Mi cortometraje avanza a buen ritmo, debería llegar a tiempo para la presentación de mayo y estoy muy orgullosa de haber tomado las decisiones yo misma, sin que decida mi mentor en mi lugar. Pero él no parece apreciar esta emancipación repentina.

La película de Vadim y su compañera Phoebe McPherson no ha avanzado nada, pero parece que a Arcadi no le afecta.

Clem confía en la brillante Hannah Goldberg para que se ocupe de todo por ella y poder salir airosa.

Desde preescolar, no la he visto nunca concederle tan poca importancia a sus estudios.

Está en su derecho, aunque no sea para nada propio de ella.

—Clem, venga, ¿qué me escondes?

—Nada…

Atraviesa la puerta del aula y se va en dirección a su mesa. La sigo, saludando con la mano a Vadim, que ya se está balanceando hacia atrás en la silla, al fondo de la clase.

—¿Te sigues vengando por lo de París? ¿Es eso? ¡Fue hace mil años, Clem!

—Traidora —masculla mi mejor amiga.

—Vamos a tomar algo a Sunset después de…

—Chitón, llega el dictador.

Las ojeras de Abrams se han oscurecido aún más.

Su barba de tres días es ahora de seis o siete, parece dura y áspera, y tengo la impresión de oír cómo cruje cuando se pasa la mano por ella.

Tiene las mejillas más hundidas que de costumbre, tal vez por cansancio, o tal vez porque su trío favorito de tabaco-whisky-café ha reemplazado definitivamente la comida.

Su mal humor se aprecia en los dos surcos que marcan su boca; su desazón, en las arrugas profundas que hay entre sus cejas.

Está claro que hoy no es un buen día.

Voy a mi mesa y, al sentarme, rezo por no ser la primera en pagar las consecuencias esta mañana.

—Los móviles, la cháchara, los Twix, los espejos de maquillaje: ¡se acabó! Guardad todo. La clase ha empezado, ¡maldita sea!

»Hoy quiero ver el trabajo de las parejas Scott-Perkins, Garcia-Lopez y Arcadi-McPherson. ¡Más os vale darme algo interesante que llevarme a la boca!

—Garcia-Lopez es una sola persona, señor —suelta una morena bajita al fondo de la clase.

—¡Pues que ese jovencito elija entre esos dos nombres, por Dios!

—Eh… Es una chica, señor. Joanna Ga…

—Bueno, ¿y dónde está? ¿Y por qué no habla ella misma en su nombre?

—Eeeh… soy yo, señor —continúa diciendo la morena, cada vez más insegura.

—Perfecto, ha sido de un suspense insoportable, Joanna Garcia-Lopez. ¿Alguien más quiere hacer algún otro comentario sin interés?

—Yo —interviene Vadim desde la última fila.

—No esperaba menos de ti, Arcadi. Adelante.

—Me gustaría hacer solo mi cortometraje.

—¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! —Se ríe sin ganas el profesor—. Y a mí me gustaría no tener estudiantes inútiles que se creen con permiso para todo. Por desgracia, la vida se encarga de recordarnos que no podemos confundir los sueños con la realidad. ¿Alguna otra pregunta?

—Un momento. Le permite a Alma trabajar por su cuenta. Jude también está solo. ¿Se debe cumplir algún requisito o depende de cada persona?

Vadim juega la carta de la provocación para conseguir una reacción y volver a negociar.

—¡Ah, la injusticia! Hacía mucho que no me sacabas esa carta, Arcadi. Un momento, que saco los pañuelos y me lo pienso.

—Por mucho que intente humillarme, no ha respondido a la pregunta. ¿Qué hace falta para conseguir esos privilegios? —continúa, cada vez más descarado.

—Para empezar, venir a clase. Evitar los grafitis, las rebeliones y que te llamen del despacho del director, por ejemplo.

—Qué raro, porque no estaba solo cuando pasó todo eso.

Vadim me mira a los ojos y me sostiene la mirada.

Nunca ha ocultado el hecho de que no soporta las injusticias. Incluso cuando se trata de mí.

—¡Lancaster! —exclama Abrams, dando un puñetazo en la mesa—. Ya que Arcadi tiene la extrema elegancia y el inmenso valor de lanzarte a la arena y de utilizarte como escudo, levántate y explícale a tu amigo ignorante que, por norma general, son los hombres los que protegen a las mujeres.

—No necesito que me protejan, señor.

Las palabras salen disparadas de mi boca. Y me quedo sentada.

Todas las miradas se vuelven hacia mí.

Yo solo veo los ojos de Vadim, grises, oscuros, intensos y penetrantes. Llenos de sorpresa, al principio; de orgullo, después. Que me dicen que no me rinda.

—Lo que sería elegante, en cambio, sería que todos recibiéramos el mismo trato. No quiero trabajar sola si el resto no puede hacerlo.

Un murmullo crece en el aula. Vadim sonríe de oreja a oreja. Abrams me observa, perplejo.

—Arcadi, Lancaster, Lopez, Garcia y todos los demás, trabajad solos, en pareja, en trío o no hagáis nada, ¡me da exactamente igual! Pero dejad de hacerme perder el tiempo. ¡A currar! Y tú, la revolucionaria, ¡a mi mesa!

Su dedo acusador apunta en mi dirección.

Me acerco despacio. Con el índice, el profesor me hace un gesto para que me acerque más. Y un poquito más. Inclina la cabeza hasta que su espesa barba me roza la mejilla y su boca está cerca de mi oreja.

—Alma, es la primera y la última vez que me hablas en ese tono. Me parece que, desde hace un tiempo, estás confundida. Tomas decisiones equivocadas. Déjame darte un último consejo: pasa un poco más de tiempo con Caleb y un poco menos con Arcadi, te podría cambiar la vida.

Lo miro, atónita, sin palabras, y luego vuelvo a mi sitio.

Esa recomendación se parece mucho a una amenaza. Y no pinta nada en un aula.

Menudo mentor…

No le cuento esa conversación a Vadim. Se pondría como un loco. Ni a mis padres, esa noche en la cena.

Tienen algo importante que anunciarnos. Pienso de inmediato en la separación, en lo que va a pasar si la familia se desmorona.

Basile, que ha salido de su escondite ni se inmuta.

Lily espera, con la boca abierta, a que se dicte la sentencia.

Es mi madre la que toma la palabra. Para decirnos que papá y ella han tomado una gran decisión para fortalecer la familia.

Una cena en la que cada uno podrá invitar a la persona que elija, sin restricciones.

Mamá añade que le encantaría volver a ver a Vadim y que le haría ilusión que Basile les presentara a «alguien».

Mi padre no abre la boca, pero asiente en silencio, sin duda para complacer a su mujer.

Y ¿quién sabe? ¿Tal vez para salvar su matrimonio?

Mi hermana salta de alegría por la propuesta; yo suelto un «de acuerdo» a regañadientes, un poco escéptica; y mi hermano responde que no tiene a nadie especial al que invitar.

Y es así como esta fabulosa cena de «ampliar horizontes» programada para mañana se transforma en una sesión de tortura… solo para Vadim.

Intento invitar a Clémentine para distraer la atención, pero mi mejor amiga me informa de que tiene la noche reservada para alguien.

Tengo que utilizar todo mi encanto y todas mis caritas de pena para convencer a Vadim de que no rechace la invitación de los Lancaster.

No es que la idea de la cena de esta noche me apasione, pero no tengo ganas de decepcionar a mi madre y sus buenas intenciones.

Ni de dejar pasar la oportunidad de convencer a mi padre de la legitimidad de esta relación.

Me da un poco igual su bendición, pero nos facilitará la vida.

¿Te imaginas? No tener que escondernos… 🖤

Tu padre nunca cambiará su opinión sobre mí, Lancaster

Merece la pena intentarlo, ¿no?

¿Qué me das a cambio?

Un beso de koala

¿Eso qué es? ¿Te lo acabas de inventar?

Ya lo verás esta noche. Si vienes…

* * *

Cuando varias horas después, Georgia le abre la puerta a Vadim, reconozco al momento la camisa blanca que compramos juntos en París.

Sonrío al descubrir que ha hecho el esfuerzo de ponérsela, pero no de metérsela por dentro del pantalón.

Parece relajado y me besa en la mejilla, luego entramos juntos al salón.

Le da un tironcito de la coleta a Lily a modo de saludo, sonríe a mi madre y saluda con la mano al resto.

Mi padre no tarda nada en empezar con las hostilidades.

—Entonces ¿haces de guardaespaldas de mi mujer y mis hijas cuando van a Francia?

—Creo que las mujeres de esta familia se defienden bien ellas solitas, señor Lancaster. ¿Por qué? ¿Le gustaría contratarme?

Le hace frente sin inmutarse.

—No, prefiero que el trabajo se declare —responde mi padre con una mirada cargada de insinuaciones.

La tónica de la conversación ya está marcada.

Durante el resto de la cena, Vadim se muestra bastante cortés, agradable, incluso divertido a veces, excepto cuando Edward Lancaster monta su numerito, le busca tres pies al gato o lo pone a prueba.

Mi chico moreno le planta cara sin perder jamás la sangre fría.

Ni su descaro. Consigue hablar de su nuevo trabajo, sin entrar en detalles, y del trampolín que supone para abrirse camino en el mundo del cine.

Mi padre lo califica como un «trabajillo extra».

Cuando acaba la velada, Vadim ha conquistado definitivamente a mi madre y a mi hermana pequeña.

Basile, aliviado por el hecho de no ser él el tema de conversación, se va ablandando poco a poco y se relaja, hasta llega a bromear con nosotros.

Cuando nos quedamos los tres solos en la cocina, a la hora de recoger, mi hermano nos jura entre susurros que no tiene nada que ver con la historia de las fotos robadas.

Un misterio aún sin resolver…

Después, mi padre quiere acompañar a Vadim hasta el portón para «hablar con él». Ignoro su conversación, pero cuando va a darme las buenas noches, mi padre me besa en la frente con una sonrisa franca que no le había visto desde hacía mucho.

—Vaya elemento que nos has traído, Alma —me susurra—. Tiene un carácter firme, muy poco habitual a vuestra edad. Acepto que salgáis juntos, pero lo estaré vigilando. Está avisado.

Se dispone a marcharse, pero se para en seco en el umbral de mi cuarto, mirándome como si hubiera crecido de golpe y no se hubiera dado cuenta hasta ahora.

—De hecho, le he dado mi visto bueno para que te lleve a un sitio este fin de semana por San Valentín —especifica, poniendo los ojos en blanco—. Una sola noche. No lejos de aquí. Y quiero la dirección y el número del hotel. Buenas noches, cariño.

—Buenas noches, papá.

Le sonrío, incluso aunque su necesidad de saberlo todo y controlarlo todo me moleste cada vez más.

Esa noche duermo como un bebé. Justo después de enviarle un último mensaje a Vadim.

No sé cómo has conseguido todo esto. Sobrevivir a

esta cena, hacer reír a mi hermano, impresionar a mi

padre y convencerlo para que nos vayamos de fin de semana…

Eres el mejor, Vadim Arcadi. Te quiero y ese beso de

koala va a ser el mejor de toda tu vida.