Capítulo 34
Al entrar en el despacho de Keith, me sorprende muchísimo el parecido entre los dos Arcadi.
Roman es un poco más bajo que Vadim, el pelo grueso, corto, es de un tono más claro; pero tienen los mismos rasgos finos, los mismos ojos grises, dulces y fríos al mismo tiempo, y la misma boca carnosa.
Es más que un parecido familiar: tienen un aire melancólico, algo distante, algo enfadado, difícil de definir. Pero su indiferencia es fingida.
Por iniciativa del educador, los dos hermanos se han visto a solas hace diez minutos, antes de hacernos pasar a mí y a una mujer muy elegante de unos cincuenta años. Enseguida he comprendido que es la madre adoptiva de Roman. Roman Carter.
Durante las dos horas que dura la entrevista, Vadim está nervioso.
Lo veo ponerse tenso a medida que desgrana sus recuerdos de la infancia y que su hermano confiesa no acordarse de nada.
Roman se emociona al ver a sus padres en viejas fotos que ha traído Vadim.
La señora Carter destaca la belleza de Jane Howard King y no deja de llamarla «madre biológica» de los chicos.
Veo cómo Vadim aprieta los dientes. Después la conversación se traslada al presente: la brillante trayectoria académica de Roman, su dieciocho cumpleaños, su novia, sus diversas actividades deportivas y sus futuros estudios de medicina para seguir los pasos de su padre.
Al oír esta última palabra, Vadim se tensa aún más.
Responde con desgana las preguntas que le hacen.
Y la incomodidad aumenta. Roman, educado y con buenos modales, no sabe cómo reaccionar al relato sobre la infancia caótica de su hermano mayor.
La madre parece estar muy afectada por esta injusticia y casi llega a disculparse por no haberlo adoptado a él también.
—Te prometo que no sabía que erais dos —susurra, con lágrimas en los ojos—. Lo siento muchísimo.
—No necesito sus promesas ni sus excusas —masculla Vadim—. Tan solo pensaba que no se separaba a los hermanos…
—No debería ser así, nunca —añado yo—. Deberíais haber crecido juntos.
Tomo la mano de Vadim y la aprieto con fuerza mientras que el educador trata de explicarnos hasta qué punto es complicado el sistema de acogida de los niños huérfanos. Después Keith pone fin a este reencuentro extraño con un gusto un poco amargo.
—Va a hacer falta un poco de tiempo para que cada uno asimile todas estas novedades. Pero recordad que no es culpa de nadie. Son vuestras trayectorias vitales y no se puede hacer nada para cambiarlas. Solo podéis decidir qué hacéis a partir de ahora.
Con estas sabias palabras, los hermanos se despiden con un apretón de manos distante, sin hablar de volver a verse, y Vadim se va impactado. Decepcionado. Indignado.
—Gracias por haberme acompañado, Alma.
—¿Quieres que hablemos de ello?
—No, creo que necesito estar solo.
—Lo entiendo. Pero tienes derecho a sentir todo lo que sientes en este momento, Vadim, es tan injusto…
—Te llamo después de mi cita con Michelle Kerry, ¿vale?
Ya se está alejando, tal vez para que no lo vea llorar, tal vez para pasar página. Le digo que lo quiero y que no está solo.
Pero creo que no me oye.
* * *
La verdad es que no estoy de humor para un desayuno familiar y, al parecer, los otros Lancaster tampoco.
Desde hace una hora, mi madre no deja de lanzar indirectas amargas sobre las repetidas ausencias de mi padre, que se siente obligado a recordar que trabaja mucho para que podamos tener esta calidad de vida.
Cantinela patriarcal que hemos oído un millón de veces, pero Marie Lancaster, por lo visto, ha decidido que hoy no se va a dejar intimidar.
—Nadie aquí pide otra cosa que no sea un padre y un marido —le asegura al hombre sentado en el otro extremo de la mesa.
Ella tiene la sonrisa forzada y el tono almibarado de los días malos. Una mirada a Lily y llegamos a la misma conclusión: ¡Todos a cubierto!
En un momento, el tono se va elevando, los comentarios despectivos vuelan, mi padre se levanta echando la silla hacia atrás, con los puños cerrados apretados sobre la mesa.
Temo por la vajilla y me preparo para defender a mi madre, por principios.
Basile trata de intervenir, pero de inmediato recibe un buen rapapolvo de su padre.
Georgia da media vuelta cuando llega la hora de servir el postre.
Y a Lily se le llenan los ojos de lágrimas mientras les suplica con su vocecilla que paren.
Noto que me vibra el móvil en el bolso y lo saco con discreción para leer el mensaje que me acaba de llegar.
He conseguido un contrato.
Un anuncio para un champú.
Nada de lo que estar orgulloso, pero dentro de
poco verás mi cabeza en la parte trasera de los autobuses.
Eso si todavía quieres estar con la imagen de Shiny
especial cabellos rizados.
Qué no haría yo por amor a Alma Lancaster…
Se me escapa una sonrisa, aunque no sea el mejor momento.
El corazón me da un brinco en el pecho cuando mi padre me ordena de malas maneras que guarde el móvil y me pregunta qué es lo que es tan divertido.
Yo no respondo, Lily se echa a llorar. Con los brazos cruzados, las mejillas empapadas y la mirada cargada de cólera, mi hermana pequeña acaba por explotar.
—¡Nos dan igual vuestras historias! ¡Sois lo peor! ¡Discutís tanto que ya no os interesa nada ni siquiera nosotros!
—Lily, no te metas —interviene mi padre—. Y deja de comportante como un bebé, ya estoy harto de ver llorar a todas las mujeres de esta familia.
—¿Cómo le hablas así? —le espeto—. ¡¿No se te ha ocurrido pensar que, tal vez, podría ser culpa tuya que todo el mundo llore?!
Mi padre abre los ojos de par en par y mi hermana aprovecha la oportunidad sin dudarlo.
—Tiene razón. Solo piensas en ti. ¡Es que no ves ni lo que tienes delante de tus narices!
Basile es gay y te tiene tanto miedo que no se atreve a decírtelo.
Alma está siempre con Vadim, vino con nosotros a Francia y ¡no sabes lo felices que éramos allí!
Y si sigues así, ¡mamá va a volver a París para no regresar jamás!
¡Y yo me iré con ella! Hala, ¿estás contento?
Contengo el aliento, mi madre se queda helada y Lily parece en shock por todo lo que ella misma acaba de soltar. Antes de que mi padre tenga tiempo de reaccionar, Basile lanza su servilleta a la silla, se levanta de la mesa y corre hacia la puerta, que oímos se cierra tras de sí.
Los ojos furiosos de mi padre se dirigen ahora hacia mí.
Parece demasiado impactado como para hablar.
Aprovecho ese segundo de duda para levantarme también, coger a mi hermana pequeña del brazo y subir a la planta de arriba con ella.
Encerradas en mi cuarto, escaparemos de la tormenta.
Y le voy a poder recordar a Lily que no se puede soltar todo lo que se le pase a una por la cabeza sin pensar, sobre todo cuando se trata de la vida de otros y ni siquiera cuando tiene el corazón encogido de pena.
Antes de eso, me lanzo a por mi móvil para escribir a Vadim.
Estoy muy orgullosa de ti. Pero aquí todo es un caos.
Mi hermana, la gran drama queen , le ha contado todo a mis padres.
Lo nuestro. Lo de Basile… Que, por cierto, se acaba de marchar
de casa. ¿Puedes intentar alcanzarlo en coche? Me da miedo que
haga una tontería…
Vale. Ya salgo