Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

—¿Te atreves a salir corriendo?

Estoy casi seria cuando le suelto eso a Vadim al llegar al campus, el lunes por la mañana.

—De acuerdo, pero tendremos que correr rápido. Tendremos a Keith, al director de la universidad y al jefe del equipo de voluntarios en los talones. ¿Lista?

—Hmmm…Lo único bueno de volver a clase es que: uno, llevas mucha menos ropa; y dos, solo tengo que cerrar los ojos para verte en París con ese ridículo gorrito con pompón.

—Es la última vez que me haces llevar algo así, Lancaster.

—Por suerte, te he grabado con…

—¿Que tú me has qué?

—No nada, nada.

—Alma, como enseñes esas imágenes a alguien… ¡Les contaré a todos que bailas en pijama con tu hermana las Spices Girls!

—Para empezar, era Just a Girl , de No Doubt. Y, además, ¡tú la tarareabas en la ducha!

—¡Mentira!

—Tengo la prueba aquí mismo —rebato, dando un golpecito en el bolsillo delantero de mi bolso… antes de salir corriendo.

Vadim se lanza a perseguirme, grita mi nombre y me amenaza de nuevo. Empujo a varios estudiantes al pasar, me tropiezo y aterrizo en los brazos de Clémentine, que espera pacientemente a que empiecen las clases.

—Alma, cuidado. ¡Casi me tiras el cruasán!

—Lo siento. Hola, Clem. Un momento, ¿le eres infiel al Twix? ¿Te pasa algo?

—Bueno, como nadie me ha invitado a ir a Francia, he hecho que Francia venga a mí.

—¡Ay, Clemy, cielo! No estaba previsto, te lo juro, se decidió en el último momento.

—Bueno, ¡pero él sí que tuvo tiempo de ir! —suelta mi mejor amiga, fulminando a Vadim con la mirada.

—¡Hola, D’Aragon!

Le sonríe de oreja a oreja como si posara para una foto.

—Ya fue todo un milagro que mi madre aceptara, me daba miedo que cambiara de idea si también te invitaba —me excuso para que me perdone.

—Me da igual. Yo también tengo una vida —dice, encogiéndose de hombros—. Además, tengo novio nuevo.

—¿Qué? ¿Quién? ¿Cómo? ¿Lo conozco?

—Mira, de repente te interesa tu vieja amiga Clémentine, ¿eh?…

Trata de mantener ese aire misterioso, pero no puede evitar una sonrisa.

—Bueno, os dejo —interviene Vadim—. No es que no me interese, pero… Sí, de hecho, ¡es exactamente eso!

—Eso, ¡piérdete, Arcadi! Ve a buscar a tus amigos. Ah, vaya, si no tienes, qué pena…

Lo provoca fingiendo una mueca de pena que me hace gracia.

—Clémentine d’Aragon, eres una « trou du cou » [7] —articula en francés, muy orgulloso de sí mismo.

Eso es obra de Lily, por supuesto.

Mi mejor amiga se muere de risa, sorprendida y burlona; Vadim se da la vuelta y se apoya contra una pared del aula, antes de sacar su móvil para enviar un mensaje a no sé quién.

¿Cheyenne? Puede ser.

¿Paranoica? Sin lugar a duda.

La he interrogado, he negociado, le he ofrecido información a cambio, pero no he conseguido en todo el día sacarle a Clémentine el nombre de su nuevo flechazo.

O bien me está haciendo pagar que me haya ido a París sin ella, o bien no está muy orgullosa de la identidad del interesado.

¿Andrew Clark, su compañero de picoteo? ¿Cassius Banks, otra vez el jugador de baloncesto?

¿Aaron Goldberg, el hermano mayor de la primera de la clase, con quien soñaba casarse?

¿U otro estudiante al que todavía no conozco?

Solo sé que se ha pasado las vacaciones yendo a las fiestas del campus y que no siempre sabe cómo ha vuelto a su cuarto. Conclusión: todo es posible.

Incluso tras toda una semana de clase, sigo sin conseguir que hable.

Y me conozco a Clem al dedillo, no es de las que se anda con misterios tanto tiempo.

Por lo general, no puede aguantarse. Pero mi mejor amiga ha cambiado, se pasa casi todas las tardes con él, apenas responde a mis mensajes de texto y a menudo llega a clase ojerosa y con una sonrisa tonta en los labios.

Vadim, por su parte, está ocupado trabajando con su grupo de voluntarios.

Y, por lo tanto, con su nueva amiga «interesante».

Me ha contado partes de sus conversaciones, he hecho como que me parecían banales e insignificantes, me ha jurado que no la veía cuando no trabajaba en la universidad y que tampoco es que tuviera especialmente ganas de hacerlo.

Le he prometido que no me convertiré en una novia asustada, celosa, desconfiada, incapaz de entender una simple amistad entre un chico y una chica.

Pero es raro que un voluntariado universitario termine tan tar de, ¿no? Y Clem ni siquiera está aquí para imaginarse escenas rocambolescas conmigo…

Así que me paso muchas de las tardes en casa de un Abrams satisfecho con las imágenes que he podido grabar en París, impresionado por mi trabajo que va por buen camino y un poco amargado en cuanto la conversación gira en torno a Vadim Arcadi.

Caleb suele estar por ahí, un poco más relajado que antes, al menos conmigo, pero sigue tan duro y crítico con su padre como siempre.

Si lo pienso bien, es bastante divertido asistir a este espectáculo sociológico: ver cómo le habla como yo nunca me atrevería a dirigirme a mi padre ni siquiera en sueños, y contemplar cómo mi profesor, tan intransigente con sus alumnos, cierra el pico frente a su hijo de veinte años, solo para no romper ese frágil vínculo que vuelve a tejerse entre ellos desde hace poco.

—Pasas un montón de tiempo aquí, ¿no? —me pregunta Cal una tarde cuando estaba a punto de irme.

—Sí, tengo un proyecto cinematográfico que terminar. Tu padre ha aceptado ayudarme hasta que lo acabe.

—¡Ya, claro! Lo hace solo para tener compañía y porque sabe que me caes bien y que así vendré aquí más a menudo…

—Entonces, todo el mundo contento, ¿no?

—Lo que no explica eso, es por qué vienes tú. ¿No tienes nada mejor que hacer? ¿Qué dice tu novio?

—Nada. No es posesivo.

—¿Y tú?

—Yo… le dejo libertad, él me deja libertad, así está bien.

—¿Ya te han dicho que mientes fatal, Alma? Yo creo que tú no sabes muy bien lo que él hace por las tardes y te mueres de ganas de acribillarlo a preguntas, pero que no quieres agobiarlo, así que vienes aquí para matar el tiempo y pensar en otra cosa. Y tal vez intentar darle un poco de celos…

—Vale, te devuelvo la pregunta: se supone que ves a tu padre un fin de semana de cada dos; ahora mismo, es más bien dos tardes de cada tres. Así que, ¿cuál es tu excusa?

—Tú.

El silencio que se instala pesa un quintal. « The elephant in the room ».

—Pero no te preocupes —dice Caleb, sin ningún tipo de reparo—. No te pediré que salgas conmigo mientras mi padre se piense que es gracias a él y todo eso.

—Ah, sí, es cierto que trata de emparejarte con una nueva estudiante cada año.

—No, con «su estudiante favorita». Pero no llegará muy lejos esta vez, ¿eh?

No sé si esa pregunta espera una respuesta. Aprovecho la excusa de lo tarde que es y me marcho antes de que un nuevo silencio incómodo caiga como una losa sobre la estancia. Abrams júnior y Hitchcock, el viejo basset, observan cómo me marcho con la misma mirada. Cansada, triste, apática.

Voy corriendo al apartamento de Vadim para comprobar que está ahí. Cuando diviso la luz en su ventana, desde la calle, me siento aliviada. Solo durante medio segundo… antes de preguntarme si está solo.

Si ya ha terminado de trabajar por hoy, ¿por qué no me ha llamado?

Así que subo, llamo a la puerta y contengo la respiración. Vadim no abre del todo, entreabre la puerta apenas cinco centímetros.

Me prohíbo pensar en Cheyenne, ahí detrás de él, desnuda o casi, tal vez escondida en algún sitio conteniendo la respiración. Nuestro único punto en común.

La voy a matar. No, primero a él.

—Ah, eres tú, Koala. Te dejaría pasar, pero en menos de cinco segundos, vas a poner mala cara.

—¿Ah, sí? ¿A quién mato primero?

Mi voz pretendía ser dura y tajante, pero creo que apenas se oye.

Vadim se aparta para dejarme entrar en su apartamento. Avanzo con pasos lentos y vacilantes, deslizando la mano por la pared para evitar caerme por si me da un choque emocional.

—Alma Lancaster, ¡cuánto tiempo! A mis brazos, francesita —exclama Felix con demasiado entusiasmo.

—…

—Bueno, no te alegres tanto.

Deja caer de nuevo sus brazos enormes y deja de levantar las cejas.

—Ya te he dicho que no te iba a gustar —interviene Vadim con media sonrisa.

—…

—Sé que Keith no quiere que nos veamos, pero, joder, es mi mejor amigo. ¿Te imaginas que te prohibieran ver a Clémentine?

—…

—Por cierto, ¿cómo está mi pelirroja preferida? —pregunta Felix con voz suave.

Lo fulmino con la mirada.

—No estoy en la cárcel, nadie tiene derecho a decirme a quién puedo o no puedo ver —replica Vadim.

—¿Sabes lo que hace Keith? Separarnos para poder controlarnos —insiste Fe.

—Divide y vencerás, como se suele decir —hablo yo por primera vez.

—Ah, bien, has recuperado el habla.

—Sí, pero quizá Keith tenga buenas razones para hacer eso, ¿no? La última vez la cosa acabó bastante mal —añado, mirando fijamente a Felix.

—Esta vez, se acabaron las tonterías —trata de tranquilizarme Vadim—. Voy a la universidad, no falto a ninguna clase, he dejado de traficar con los deberes, me presento todos los días en ese maldito campamento de voluntarios, no voy a echarlo todo a perder.

—Aun así, no tenemos ni un duro, colega, ni tú ni yo.

—¡Deja de depender de otros y búscate un curro, Felix! —suelto, sosteniéndole esa mirada de vago.

—¿Sabes por dónde me meto tus consejos, Lancaster?

—Y hablando de curro, te tengo que contar algo alucinante, Alma.

—Bueno, yo me marcho, ya he escuchado esta historia tres veces.

Felix se acerca a la entrada arrastrando los pies, con sus pantalones baggy que hacen ruido al rozarle las piernas. Luego cierra la puerta soltando algunos tacos en español.

—Eso significa: «Estoy encantado de verte, gracias por tus ánimos, pórtate bien y ¡hasta pronto!» —me traduce Vadim, riéndose.

Yo también me río y me acerco a besarlo.

—Te he echado de menos… Bueno, ¿y cuál es esa historia?

—Hace un rato, iba andando por la calle y una mujer superelegante de cuarenta o cuarenta y cinco años me ha dado un golpecito en el hombro y me ha parado.

—¿Y?

—Ha empezado a decirme que tengo los ojos muy bonitos y mucha presencia, que le encanta mi pelo, mi sonrisa…

—Hmmm… ¿Y ahora también voy a tener que desconfiar de las mujeres superelegantes de cuarenta y cinco?

—Espera, entonces me ha preguntado si alguna vez me han hecho fotos y me ha dicho que podría ganar bastante dinero con esta carita —me cuenta, señalándose con el dedo.

—¿Fotos… como modelo?

—¿Por qué te sorprende, Lancaster?

Vadim hace como que se ofende mientras contemplo su presencia a la vez tenebrosa y luminosa, que siempre me fascina, sus ojos claros hipnotizantes, su pelo rizado y despeinado, y esa sonrisa cautivadora. Claro que no, no me sorprende para nada.

—Mira, me ha dado su tarjeta —sigue diciendo—. Es agente de celebridades y directora de casting .

—Michelle Kerry, Agencia Talents…

—Me ha dicho que me pase por la agencia mañana.

—Mañana tenemos que ver a tu hermano.

—Ya lo sé, iré después. Además, lo más seguro es que rechace el trabajo. Viejos verdes que me comen con la mirada, publicistas pretenciosos, fotógrafos que se creen Dios, los voy a odiar a todos.

—No, piénsatelo bien, Vadim. Puede que conozcas a gente importante, directores. Eso puede abrirte puertas.

—Me extrañaría. Pero, por lo visto, parece que está muy bien pagado. Felix no se equivocaba hace un rato, tengo que encontrar la forma de hacerme con algo de dinero.

—Ya te lo he dicho mil veces, sabes que te puedo…

—Vale, fin de la discusión. —Se levanta de un salto.

—¡Espera! Lo susceptibles que pueden llegar a ser estos top models …

Lo alcanzo en la cocina abierta y lo abrazo por detrás. Vadim se gira, me rodea los hombros con los brazos y apoya su frente contra la mía.

—Ya sabía que había pillado un buen partido —le susurro, sonriendo—. ¿Te acuerdas de la primera vez que hablamos? No decía nada, miraba tu rostro de perfil, incapaz de apartar los ojos de ti. No me podía creer que un chico tan odioso fuera tan guapo.

—Y yo no me podía creer que una niñita obediente me sostuviera la mirada. Cuando todas las que eran como tú me tenían miedo.

—Me podría pasar la vida mirándote, Vadim Arcadi.

—Bah, ya veremos dentro de veinte años, Alma Lancaster. Más vale aprovecharlo ahora…

Me besa en el cuello, provocándome un escalofrío por todo el cuerpo.

—No, lo hablamos mañana. Tengo que volver a casa. ¿Me pasas a buscar a las diez?

—Vale. Hace diecisiete años que espero esto, ¿sabes? Pero ahora que ha llegado el momento, creo que jamás había tenido tanto miedo.

—Ya lo sé. Pero piensa que él tiene que estar todavía más nervioso que tú. Va a reunirse con su hermano mayor, debes ser todo un mito para él.

¿Hay una sola persona en la Tierra a la que Vadim Arcadi no le fascine…?