Capítulo 32 #3
Observo a todo el mundo. Y los compadezco.
Por no ser nosotros. Por no estar tan enamorados, tan felices.
Al oído, Vadim me da las gracias. Gracias por haberlo llevado a París, por haberme pasado esa parada de metro con él, por haberle elegido la ropa.
Y me susurra otras cosas que no olvidaré jamás.
Intento no llorar, lo intento de verdad, pero fracaso.
Murmuro que los ojos me lloran de frío, desde luego no me cree, pero me abraza más fuerte sin burlarse de mí.
Y entonces decidimos volver. Es casi la hora de cenar.
* * *
En torno a la mesa, en ese comedor en el que tantos años he pasado, todo me resulta familiar.
La silla de mi padre está vacía, como lo ha estado a menudo.
Mi madre está en su sitio, Lily en el suyo, sentada con una pierna doblada y la otra lista para salir corriendo a hacer cualquier cosa apasionante.
El mantel blanco está impoluto, como siempre, mi madre tiene por lo menos diez de recambio.
Pero en el sitio de Basile, es Vadim quien se sienta, con su bonita camisa, tan blanca como el mantel.
Ha aceptado metérsela por los tejanos, aunque se la ha remangado.
Sigue con el cabello mojado de la larga ducha que se ha dado.
Devora la comida preparada por mi madre y ya ha repetido dos veces.
Estoy segura de que ella se siente al mismo tiempo halagada, conmovida e incómoda por sus malos modales.
Mi hermanita monopoliza la conversación, en francés, describiéndonos los uniformes de Jeanne, Capucine y Margot, contándonos historias sobre sus familias, los profesores, los deberes e incluso los asuntos de corazón sin ningún pudor.
Vadim no entiende ni jota, pero sonríe al observar sus gestos, su mirada al cielo y sus gritos exaltados.
Cuando llega el postre, mi madre nos pregunta por nuestro día, esta vez en inglés.
Quien ha crecido sin padres, sin familia, no está acostumbrado a estas conversaciones. A veces se me olvida que él no lo ha vivido, que no ha tenido el calor ni la seguridad de un hogar estable y cariñoso. Me da pena por él.
De vez en cuando, me busca con la mirada, casi pidiéndome ayuda, para saber qué responder, cómo comportarse, hasta dónde llegar. Siempre es educado, pero no puede dejar de hacer algunos comentarios maliciosos o lanzarle algunas pullas a Lily.
Otras veces, desconecta, se aleja, mira a otro lado, parece entristecerse.
Tal vez ya no tenga ganas de estar aquí.
Tal vez eche de menos su libertad.
Al final de la cena, Vadim carraspea antes de dirigirse a mi madre. A costa de un esfuerzo sobrehumano, se lanza, concentrado, con el ceño fruncido, a decir algunas palabras en francés con su acento irresistible.
— Madame Lancaster, je te remercie . [4]
Oírle tutearla me hace sonreír.
— Je t’en prie, Vadim, c’est un plaisir que tu sois là. Et que me deux filles affichent un si grand sourire, ce soir . [5]
Le susurro la traducción, aunque todo el mundo me oye.
— Moi aussi… Je suis… très plaisir . [6]
Toda la mesa estalla en carcajadas. Vadim se pasa la mano por el pelo y ese gesto de nerviosismo me conmueve. Me gustaría decirle que es perfecto. Que no tiene que cambiar nada. Retoma el inglés, evitando la mirada de mi madre.
—Tengo un montón de sueños, ¿sabe? Y no he cumplido muchos. Pero aquí, gracias a usted, voy a tachar tres de mi lista. Visitar París, ver una película en el país que vio nacer el cine… —empieza a decir, contando con los dedos.
—¿Y el tercero? —pregunta Lily.
Se vuelve hacia mí y su mirada luminosa me cautiva.
—Hacer sonreír a Alma —susurra.
—Alma se pone a llorar en tres, dos, uno…
Mi madre la hace callar y se lleva la mano al corazón.
—Puede que me haya equivocado contigo, Vadim.
—Y yo con usted —admite él.
—¿Y nadie se ha equivocado conmigo? —se lamenta Lily.
—No, tú eres… única —le susurra Vadim—. Si tuviera que elegir una hermana, elegiría una como tú.
—¡Perfecto! ¡Yo también te elijo a ti!
* * *
Los días siguientes van pasando sin que podamos impedirlo.
Las noches se suceden llenas de suspiros, de citas secretas, de peligro. Vadim viene a verme a mi cama de adolescente y luego se vuelve de puntillas. Cuando me toca a mí, me cuelo en el cuarto de invitados, me lo encuentro dormido y me acurruco contra él hasta la madrugada.
París le sienta bien. Los cines de barrio, los museos, los bares, los mercados…
Quiere verlo todo, hacerlo todo, vivirlo todo.
Pocas veces lo he visto antes tan sonriente.
Sin dejar de ser él mismo. Despierto, sarcástico, apasionado y libre.
Tal y como lo quiero. He visto a mi madre observarlo, en varias ocasiones, cuando sus argumentos daban en el blanco o cuando me hacía reír.
Y la he visto entender, poco a poco, lo que sentía, por qué este chico era tan importante.
Ese día, nos besamos delante de ella.
Antes de marcharnos, hemos vuelto a grabar nuestros sitios favoritos de la capital, hemos vagabundeado por las calles sin saber a dónde llegaríamos.
Nos hemos abrazado en cada cruce, en cada semáforo en rojo, a veces en medio de un paso de cebra, ignorando los cláxones de los conductores con prisa.
Hemos jugado a ser mayores en un restaurante elegante al que nos ha invitado mi madre y hemos vuelto a ser niños jugando a «¿te atreves? » hasta no poder más.
Y hemos subido al avión.
Ebrios de felicidad, de recuerdos.
Más enamorados que nunca.
Más fuertes.
Capaces de todo.