Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 32 #2
55%

Capítulo 32 #2

Después de deshacernos de nuestra hermana pequeña con falta de sueño, pero demasiado entusiasmada, Vadim y yo nos metemos en el metro parisino en dirección al animado barrio de Saint-Lazare.

Demasiado ocupados besándonos, nos saltamos la salida y Vadim no deja de reírse de mí.

Tomamos el metro en el otro sentido y nos subimos en un vagón lleno de música.

Un hombre de cierta edad, con una boina bien calada en la cabeza y los ojos medio cerrados, toca temas de Bob Marley con la guitarra y trata de hacer que canten los viajeros, demasiado indiferentes o tímidos como para atreverse.

Vadim parece fascinado. Cuando el cantante pasa entre los asientos, con la boina del revés frente a los rostros impasibles, suelta un billete de cinco dólares todo arrugado.

—No sé de qué le va a servir aquí, pero es todo un detalle —le susurro.

—¿Por qué nadie le da nada? Pensaba que en este barrio la gente era rica. ¿Qué les pasa a estos tacaños?

—Vadim —digo entre risitas—. ¿Sabes que la gente entiende el inglés?

—La gente de París, ustedes son… ¡no amables! —exclama en una especie de francés.

Me echo a reír y me acurruco en mi abrigo, mirando a otro lado para hacer como si no lo conociera.

Entonces me doy cuenta de que tenemos que bajar del metro y lo cojo del brazo, justo cuando suena el último aviso.

Corremos como locos por el andén, riéndonos.

Después, salimos a la calle. Recorremos el bulevar Haussmann, perdidos en medio de un mar de curiosos, turistas y vendedores ambulantes.

Vadim me coge de la mano, aunque casi nunca lo hace en L.A.

Esta es la magia de París… Vuelve romántico a cualquiera.

—¿Vamos al cine? —me pregunta, señalando un cartel con el dedo—. Me apetece ver una película aquí.

—Vale, pero ¡después de ver un poco todo esto!

Vadim descubre la belleza y la fantasía de los escaparates de Navidad.

Contemplo como él, que odia estas fiestas, se maravilla como un niño que no hubiera crecido demasiado deprisa.

Meto la mano en el bolsillo de su plumífero y atravesamos juntos las puertas de las Galerías Lafayette.

Bajo la grandiosa cúpula, miramos los relojes y las joyas más originales y caras, nos probamos un millón de perfumes hasta que ya no olemos nada; me pruebo abrigos de piel de imitación para hacerlo reír, grita al encontrar una cazadora que se parece tanto a la suya, y luego la deja cuando ve el precio, como si le hubiera quemado las manos.

Lo pierdo entre las estanterías, vuelve para sorprenderme con un sombrero de copa sobre la cabeza y una chaqueta digna de Basile.

Sonreímos, nos reímos, deambulamos, nos besamos de nuevo.

Tranquilos. Sin preocupaciones. Enamorados.

No compramos nada, evidentemente, y acabamos en H&M donde acepta elegir un jersey de cuello vuelto negro, tres pares de calcetines gordos y una camisa un poco arreglada para impresionar a mi madre.

Contemplo ese cuerpo tan fuerte, que sé que es tan tierno.

En el vestidor, se siente observado y me atrae contra él susurrándome que deje de mirarlo y que «participe».

Me pongo de puntillas, presiono mi boca contra la suya, lo beso, lo muerdo, lo despeino y salgo corriendo antes de no poder pararme.

Cerca de las cajas, vemos dos gorritos iguales con pompón, gris para él, blanco para mí, que nos ponemos en cuanto salimos. Parecemos un poco idiotas, pero no nos los quitamos. Ni siquiera en la sala de cine.

El aire frío nos golpea en las mejillas cuando volvemos al exterior, con la cabeza llena de imágenes.

Nos paramos a tomar un chocolate caliente y comer una crepe en una cafetería.

Vadim no se inventa las vidas de los viandantes.

Está demasiado ocupado escuchando las conversaciones, observando a la gente, impregnándose de este ambiente tan íntimo y acogedor, aprovechando cada momento para grabarlo todo en esa mente brillante.

Se pierde en la belleza que lo rodea, yo me pierdo en la suya.

Se me pone la piel de gallina.

Me soplo las manos para calentarlas y me cuesta creer que este chico me quiera tanto como yo a él.

—¿Estás bien, Alma?

Asiento. Me quedo ese pensamiento para mí, para dejarle que siga contemplando todo. Y porque si lo digo en voz alta, lo voy a querer aún más, creo.

Es… vertiginoso.

Vamos hasta la plaza de la Ópera y nos sentamos en los escalones, Vadim dos por encima, yo encajada entre sus piernas, con su mentón sobre el pompón de mi gorro. O sus labios en mi cuello.