Capítulo 32
Por fin es año nuevo.
Y por no sé qué milagro, Vadim está libre de su grupo de trabajo hasta que se acaben las vacaciones. Toda esta semana entera solo para nosotros dos, mi sueño.
Mi felicidad sería completa si mi madre no hubiera decidido volver a Francia unos días de forma impulsiva.
Parece con la cabeza en otra parte, en este momento.
Triste, a veces. Entre que mi padre se muestra tan ausente como distante, que echa de menos a sus amigas francesas y que su propia madre ya está mayor, no es de extrañar.
Lily ha insistido en irse con ella, volver a ver a su querida abuela y al grupito de amigas que dejó atrás el pasado verano.
Yo también sueño con volver a ver París.
La noche, que cae pronto en enero, los escaparates aún iluminados, las tiendas abarrotadas y las calles heladas.
La multitud apresurada y los macarons que compramos de uno en uno porque son tan caros como deliciosos.
Ponerse los guantes y un gorro, oír hablar francés tras de mí, suspirar porque no camino lo bastante rápido, entrar en un café con la calefacción a tope, sentarme cerca de la ventana y ver a la gente pasar. Me gustaría volver a hacer todo eso.
Y si Vadim viniera conmigo, se inventaría vidas trágicas o improbables para todos; me reiría, le intentaría enseñar algunas palabras en francés, las destrozaría, nos reiríamos todavía más.
¿Y si fuera posible…?
—¿Mamá? ¿Qué haces?
Entro en su cuarto y me dejo caer en la cama mientras ella se pelea con dos perchas en la entrada de su inmenso vestidor.
—Empiezo a hacer las maletas, Alma. Nos vamos mañana por la tarde.
—Justo me preguntaba…
—¿Qué? ¿También quieres venir? ¿No lo podrías haber dicho antes?
De rodillas frente a las dos enormes maletas Vuitton todavía vacías, se pone los dos índices sobre las sienes.
Parece que he elegido mal momento, pero es ahora o nunca.
—Pensaba que tal vez… En fin, si te parece bien… Podría ir… Y, hmmm…
—Alma, cariño, ¿te has dado un golpe en la cabeza al venir?
—Y si podría invitar a un amigo también…
—¿Un amigo? ¿Qué amigo?
—¿Vadim? —murmuro mientras noto como todo mi valor se evapora.
—¿Disculpa?
Abre tanto los ojos que las pestañas casi le hacen cosquillas en las cejas.
—Sueña con conocer Francia, mamá. Sé que a papá y a ti no os encanta, pero… podrías llegar a conocerlo. ¡Y sería genial para nuestro cortometraje! Poder grabar…
—No sé, Alma. Es que lo has dejado para última hora.
—Sí, perdón, olvídalo —suspiro, sentándome a su lado—. Además, papá nunca lo aceptará.
—No tiene por qué saberlo. De todas formas, ¡nunca está! —suelta con amargura. Si mi madre anda con secretos con mi padre, es que la cosa es grave. Pero también es mi mejor carta.
—Podríamos decirle que nos vamos las chicas, solas las tres… —sugiero mientras doblo uno de sus jerséis de cuello alto de cachemira.
—No le vendría mal a Basile pasar algo de tiempo a solas con su padre. Últimamente se han distanciado.
—Vadim no molestará ni siquiera tendrás que ocuparte de él.
—Te aviso, va a dormir en el cuarto de invitados.
—¿En serio? Entonces ¿te parece bien?
Asiente y yo suelto un gritito de alegría abrazándola con fuerza.
—Voy a pedirle a Georgia que se encargue de los billetes. Lleva ropa de abrigo, Alma.
—Eres la mejor, mamá. ¡Gracias!
—¡Y dile a tu Vadim que se compre un abrigo digno de ese nombre!
Me río, la abrazo con más fuerza, se cae de espaldas en la moqueta impoluta y me jura que se las voy a pagar como me atreva a despeinarla.
Verla sonreír me llena el corazón, pero no tanto como lo que estoy a punto de anunciarle al chico que amo.
No se lo va a creer.
Yo, Alma Lancaster, la sensata, la previsible, me lo llevo de repente al otro lado del Atlántico.
Alma_from_paris: ¡Arcadius! ¿Estás ahí?
Arcadius: Hola, Koala. Sí, estoy intentando trabajar en esa maldita película. Cero inspiración, nada, me estoy volviendo loco…
Alma_from_paris: Tengo la solución. ¿Qué haces mañana por la tarde?
Arcadius: No tengo nada planeado.
Alma_from_paris: ¿Y los próximos seis días?
Arcadius : Tampoco.
Arcadius: Bueno, sí, está esta chica con la que he quedado…
¡Qué idiota!
Alma_from_paris: ¿Quién? ¿Cheyenne? Me ha llamado, de hecho, y me ha pedido que no te acerques a ella a más de cincuenta metros.
Arcadius: No, ella no. La chica con la que he quedado va mucho peor peinada…
Alma_from_paris: Ten cuidado con lo que escribes, Arcadi.
Arcadius: Alba, Alda, algo así. Una niña de papá un poco plasta, que protesta todo el rato.
Alma_from_paris: Ya veo. ¿Plasta y protestona? Pero ¿por qué te castigas así?
Arcadius: Me siento un poco obligado, se ha enamorado de mí. No me deja en paz.
Sus provocaciones me hacen sonreír.
Alma_from_paris: Mierda… Entonces, si te invita a París con ella, no irás, ¿no?
Arcadius: ¿A dónde?
Alma_from_paris: París, Francia. ¿Sabes dónde está? « Bonjour », « merci », « je t’aime », « petit con », los cruasanes calientes, el pan rico, el café ardiendo, Notre-Dame, los Campos Elíseos, Montmartre…
Arcadius: Alma, ¿lo dices en serio?
Alma_from_paris: Salimos mañana por la tarde.
Arcadius: ¿Salimos? ¿Quiénes?
Alma_from_paris: Tú, yo, mi madre y mi hermana pequeña. Allí hay veinte grados menos, tenemos que comprarte un abrigo antes de irnos. ¿Tienes pasaporte?
Arcadius: Sí. Keith me obligó a hacérmelo el año pasado. Alma, ¿vas en serio?
Alma_from_paris: Sí, a no ser que tengas ganas de que te «deje en paz» un poquito…
Arcadius: ¿Quién ha dicho eso? ¡Nadie ha dicho eso! ¡Nos vamos a París, la leche!
* * *
Cómo no, Vadim se niega a ponerse su flamante plumífero negro al bajar del avión de madrugada.
En el taxi que nos lleva a los cuatro hacia el 17e arrondissement de París, donde mis padres aún conservan su piso, lo noto tiritar a mi lado.
Este rebelde de pacotilla sigue respondiéndole a mi madre que no tiene frío sin apartar la mirada de la ventanilla del coche, tras la cual desfilan paisajes sin interés, de momento.
No hay mucho que ver ni monumentos importantes ni espectáculos callejeros ni mucha vida a esas horas de la mañana, pero Vadim no quiere perderse nada de nada.
Se vuelve de vez en cuando hacia mí, solo para sonreírme, y luego vuelve a su estado de contemplación.
Mi madre está medio dormida mientras Lily habla por todos nosotros, contando con los dedos a las amigas que tiene que llamar al llegar y recitando en voz alta una lista de todo lo que sí o sí tiene que comer antes de volver.
Me siento bien, rodeada de este grupito que jamás habría pensado reunir.
El taxi nos deja por fin en mitad de la calle Jouffroy-d’Abbans, frente al edificio haussmaniano que tan bien conozco.
Mi hermana se abalanza sobre la puerta de entrada y aprovecha la salida de un vecino para bloquearla con el pie.
Vadim se encarga de sacar las tres maletas enormes, además de la mochila repleta hasta arriba que utiliza como equipaje.
Lily y mi madre se meten en el estrecho ascensor que chirría antes de subir hasta la tercera planta.
En esta escalera antigua y poco iluminada, me quedo sola con Vadim. Por fin. No he podido ni preguntarle cómo está cuando me coge de la cintura, me empuja contra la pared más cercana y me besa. Como un chico muy malo.
—Llevo esperando esto desde ayer por la tarde —resopla, despegando sus labios de los míos.
Me parece que está peligrosamente guapo en esta penumbra.
—¿Te acuerdas de que no podemos besarnos delante de mi madre?
—Alma, seguro que sospecha que tú y yo hacemos todo tipo de cosas…
Mueve las cejas de arriba abajo y pone esa media sonrisa que me da ganas de morderlo.
—Lo has prometido, Vadim.
—Cero contacto, cero escándalo. Educación, modales y discreción —recita—. ¿Así está bien, princesa? Ah, y me voy a colar en tu cama todas las noches para enseñarte lo que es la vida de verdad…
Esas últimas palabras me hacen estremecer. Le doy un manotazo en el hombro, lo esquiva y me roba otro beso. Desde arriba, creo escuchar la voz de mi madre.
—El ascensor ya ha llegado ¿vamos? —suelta Vadim—. Parece que nuestra carabina se impacienta…
Metemos las maletas dentro y, como no hay sitio, decidimos subir a pie.
—¡Ya os ha costado! ¡La puerta se niega a abrirse! —Mi madre suspira, un poco exasperada.
—¿Puedo intentarlo? —propone Vadim.
Un golpe con el hombro, dos giros de llave y ya está en medio de la entrada.
Se queda un poco cautivado, inmóvil, descubriendo la altura del techo, las molduras, un poco más allá los muebles antiguos, las chimeneas, las puertas dobles acristaladas.
Lily pasa por delante de él corriendo y dando grititos estridentes.
Mamá entra después haciendo rodar su maleta sobre el parquet encerado.
Yo cojo a mi príncipe de la mano.
—Te acostumbrarás… ¿Te enseño la casa?
—Pero esto no es un piso, ¡es un museo!
—Es la decoración à la française —le susurro, divertida, en la lengua de Molière.
—No he entendido nada.
—Al lado de la habitación de invitados hay un cuarto de baño. No te pasees desnudo cuando salgas de la ducha.
Me sonríe y eso no es buena señal.
—¿Te has traído pijama?
—¿Valen un calzoncillo y una camiseta?
—Vadim Arcadi, ¿qué voy a hacer contigo?
—Si estoy desnudo, absolutamente lo que tú quieras —me susurra al oído.
—Cállate. Si mi madre te oye, vas a terminar en la buhardilla, en la sexta planta, bajo el tejado… ¡Mamá, vamos a dar una vuelta!
—Vale, pero de camino, acompañad a Lily a casa de su amiga Jeanne, está a dos calles de aquí. ¡Y volved para la cena!
—¡Prometido!
— Au revoir, madame Lancaster —prueba a decir Vadim en francés.
— Oui, à tout à l’heure ! [3]
—¿Por qué quiere saber si tengo hora? —me pregunta en voz baja, presa del pánico.
—Ya te lo explicaré, ¡vamos! —respondo entre risas.