Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Una mano discreta rasca en la puerta. Le pido a Lily que se vaya, pero es Basile el que entra en mi cuarto y se sienta con las piernas cruzadas al pie de mi cama.

—Sé que no estamos muy unidos, Alma. Pero te oigo llorar desde el otro lado de la pared. ¿Tengo que ir a romperle la cara a alguien?

Amago una sonrisa, un poco avergonzada por no haber sido más discreta.

—No, no hace falta.

—Para eso estamos los hermanos mayores, ¿no? Para defender a su hermanita. Consolarla cuando llora. Aunque eso no se me da muy bien…

Se retuerce los dedos, para nada cómodo en este nuevo papel.

—Me parece que lo estás haciendo bastante bien.

—Entonces ¿es por Arcadi?

—No tengo ganas de hablar de ello.

Si hablo de ello, me desmorono.

—Basile, ha sido un detalle que hayas venido, pero… ¿me puedes dejar sola?

—Si es lo que quieres… Pero un día tendremos que hablar de por qué no hablamos nunca tú y yo.

Se va hacia la puerta y casi me parece conmovedor.

Su enorme cuerpo delgado y torpe, su corte de pelo de niño pequeño, sus hombros hundidos por el peso de su secreto. Cuando agarra la manilla de la puerta, las palabras se me escapan.

—Te vi la otra noche. Cerca del gimnasio.

Se da la vuelta despacio y palidece.

—Con Zach Powell —susurro.

—¿Qué es lo que viste exactamente?

—Ya lo sabes. Y me da igual, Basile. Puedes besar a quien quieras, puedes quedar con quien quieras en mitad de la noche, pero deberías habérmelo dicho. Tal vez serías menos plasta si fueras un poco más feliz.

Le sonrío lo mejor que puedo.

—¡No me mires así! ¡Pretendes dar lecciones sobre la felicidad con la nariz llena de mocos y lágrimas hasta en el pelo!

Su voz parece vacilar entre el pánico y la carcajada.

—Solo quería decirte que no es un problema y ni siquiera es un tema importante que seas gay. O bi. O exactamente quién eres. Para mí no cambia nada… En todo caso, me hace sentirme orgullosa de ti. Y sé que tiene que ser difícil vivirlo, con Tim y toda la banda…

—Esos me dan igual. Entre los cinco no hacen un cerebro. Y no soy el primer tío gay de la universidad. Pero si papá se entera…

—Pero no sabemos cómo reaccionaría, ¿no? Y, de todas formas, ¡no puede decidir por nosotros, Basile! ¿No estás harto de que te diga cómo debes comportarte? ¿De que te meta presión todo el tiempo?

—Sí, pero sin él ¿quién soy? —suspira, triste y cansado—. Se supone que debo coger el testigo, seguir sus pasos…

—Tú eres tú —lo atajo—. Basile Lancaster. Y tienes derecho a ser quién tú quieras. Amar a quien quieras. Y yo también. Si papá nos deshereda a los dos, no será para tanto.

—Entonces ¿esa es tu idea? ¿Vivir la vida como te apetezca?

—Algo así…

—Y para eso, ¿no podías haber elegido a un chico menos problemático que Arcadi?

Le saco la lengua y me imita, como cuando teníamos cinco años.

—¡Te recuerdo que sales con un entrenador de baloncesto diez años mayor que tú!

—Ocho. Y si solo fuera él…

Me suelta eso y sale corriendo de mi cuarto.

—¿Qué? ¡Basile! ¡Vuelve aquí!

¿Mi hermano, un casanova?

Oigo el móvil vibrar en mi bolso tirado junto a mi cama.

Vadim.

Un poco nerviosa, respondo después de varios tonos.

—¿Alma?

—¿Vadim?

—¿Estás bien?

—Sí. Bueno, no. No lo sé…

Me sorbo la nariz y aprieto el móvil con la mano. Me gustaría que apareciera por mi ventana. Que se materializara en mi cuarto. Podría acurrucarme contra él y dejar que pasaran las horas, los días, los años.

—Alma, ¿sigues ahí?

—Sí.

—Me he informado. Parece que hay que hacerse un análisis de sangre para confirmar…

No termina la frase, como si quisiera ahorrármela. Y se lo agradezco.

—Sé de un laboratorio que lo hace de forma anónima y gratuita. Voy contigo.

—De acuerdo —resoplo—. ¿Mañana por la mañana?

—Te paso a buscar.

El silencio que sigue parece interminable.

—¿Vadim?

—¿Sí?

—Gracias.

Me imagino su sonrisa tierna y su mirada angustiada al otro lado de la línea.

—Siento muchísimo que tengas que pasar por esto, Alma —murmura con voz ronca—. Si fuera posible, invertiría los papeles…

—A las ocho, mañana. —Cuelgo antes de derrumbarme.

* * *

Al día siguiente, no me suelta la mano en todo el trayecto. Tampoco en la sala de espera del laboratorio. Ni cuando salgo, con una tirita blanca en el brazo.

He aprovechado el análisis de sangre para hacer una prueba de detección y Vadim ha hecho lo mismo. Al salir, caminamos un rato antes de sentarnos en la terraza de una cafetería. Pedimos dos cafés con leche, que no tocamos ninguno de los dos. Vadim es el primero en romper el silencio.

—¿Cuánto ha pasado?

—No llega a dos horas todavía. Nos han dicho que nos llamarían.

El silencio vuelve a imponerse entre los dos. Esperamos y esperamos, sin decir nada. Deslizo la cabeza poco a poco sobre su hombro, me rodea con el brazo. Nuestra burbuja nos protege. Justo hasta que mi móvil se enciende y la hace estallar.

Medio en trance, escucho cómo la señora del laboratorio me da los resultados, se lo agradezco brevemente y después cuelgo.

—Es negativo —susurro con un suspiro—. Y las otras pruebas, también.

Me deshago en lágrimas. Terriblemente aliviada. Pero invadida por una oleada de tristeza. Me desplomo hacia delante, sobre la mesita, Vadim me levanta y me abraza con fuerza.

—Alma, todo va a ir bien. Ahora, tranquila…

Trato de explicarme entre sollozos.

—Ha dicho que el embrión debió de dejar de desarrollarse.

—Tienes que estar aliviada…

—Sí, pero también estoy desolada. Por ti. Por todo esto.

—No estés así. Esto me ha demostrado hasta qué punto te quiero, Alma.

Lloro desconsolada en los brazos de este chico maravilloso que tengo la sensación de no merecerme.

—¿Sabes? Algún día seré la mujer más feliz del mundo cuando nos anuncien el otro resultado.

Sonríe y me besa en el cuello.

—Cuando llegue el momento, espero hacerte dos o tres…