Capítulo 30
Sobredosis.
Sobredosis de foie gras, marisco, canapés con trufa, salmón salvaje, bombones y pudin de Navidad.
Sobredosis de sonrisas forzadas, regalos carísimos que no utilizará nadie, preguntas incómodas que nadie quiere responder.
Sobredosis de buenos sentimientos, buenos deseos y propósitos.
Feliz Navidad y feliz Año Nuevo. Y sobre todo salud.
Y, sobre todo, nada de bebés…
La partida de Granny y Grandpa es un alivio para todos, incluso para ellos mismos. Deseosos de volver a su querida Inglaterra, se marchan con las maletas más llenas que a su llegada.
Todo el mundo puede respirar por fin. Excepto yo. Ya no puedo hacer como si eso no existiera.
Eso…
Todavía no he encontrado el valor para contárselo a Vadim.
Clémentine lo ha adivinado ella solita, sin que haya tenido que decirle una sola palabra.
Mi mejor amiga ha pasado las fiestas en nuestra casa, feliz de poder cambiar su cuarto de estudiante en un campus vacío por una mansión llena y rebosante de vida.
Pero triste, sin duda, al imaginarse a sus padres divorciados pasando las fiestas cada uno con su parte de la familia reconstituida.
Aunque no se ha lamentado ni una sola vez.
Ha diseñado y cosido vestidos espantosos con Lily, que ha decretado que las rayas y los lunares combinan bien.
Ha ganado a Basile al Final Fantasy en su nueva consola, él se ha quejado de su suerte de principiante.
Ha cocinado con mi madre y Georgia, que soltaban una risita falsa cada vez que metía el dedo en la receta «solo para probarla» y «una última vez».
Yo los he observado a todos, de lejos, ausente, casi extraña.
Clémentine lo descubrió todo una mañana.
Estábamos encerradas en el baño, lavándonos los dientes a la vez, ella en bragas y sujetador, yo enrollada en una toalla esponjosa.
Clem se miraba en el enorme espejo, de cara, de perfil.
Hizo un paso de baile y luego se quejó de su rolliza barriga mientras la golpeaba como si fuera un tamtam.
Me eché a llorar.
Y entonces se dio cuenta.
No entendí gran cosa de lo que me dijo, porque tenía la boca llena de pasta de dientes, pero mi mejor amiga tiene el don de consolarme incluso sin hablar.
Un golpecito de su cadera contra la mía, un abrazo bien fuerte y un «toda va a ir bien, si quieres lo puedo adoptar» más tarde, ya me reía entre lágrimas.
—Tienes que hablar con Vadim antes de decidir lo que sea —me susurró.
—Me da pavor, Clem…
—Lo mataré con mis propias manos si se porta mal contigo.
—Eso no me va a ayudar mucho, pero si te apetece…
—He liquidado a tipos más duros en la consola, créeme.
La creo. Evidentemente que la creo.
* * *
Incluso en vacaciones, Vadim pasa los días con su grupo de voluntarios en la universidad. Decido ir a sorprenderlo al campus a última hora de la tarde. No tengo el valor de quedar con él o de decirle que tengo que contarle algo: se va a imaginar de todo… excepto eso .
A lo lejos, lo veo charlar con una morena alta de piel bronceada, cuerpo atlético, el pelo largo negro y brillante que no deja de llevarse a un lado. Una mezcla perfecta entre feminidad y confianza en sí misma. Un aire encantador y salvaje al mismo tiempo, seductor e indiferente.
Me recuerda… a Vadim.
El chico moreno cruza de pronto su mirada con la mía a unos metros de distancia, se pasa la mano por el cabello, dice un par de palabras más a su nueva amiga y luego viene hacia mí sonriendo.
—Alma, ¿qué haces aquí? ¿Has venido para asegurarte de que hiciera mis tareas?
Me guiña un ojo. Su buen humor me resulta extraño.
—Parece simpática —digo, señalando a la morena con el mentón.
—Y sigues sin estar celosa ¿eh, Lancaster?
Se cruza de brazos, da un paso adelante y me observa de cerca. Parece que esta situación le divierte muchísimo.
—No tenéis pinta de estar superocupados. ¿Qué es esto? ¿Un campamento de verano?
—Es lo que hace la gente cuando acaba la jornada. Ya sabes, dejar de trabajar.
—¿Cuál era la tarea de hoy?
—No lo adivinarías nunca…
Y esa maldita media sonrisa que se va ensanchando.
—Soy todo oídos, Vadim —respondo con frialdad.
—El gimnasio.
Él gana.
Los recuerdos afloran y me toca a mí sonreír. Hasta me olvido de por qué he venido, de ese peso en lo más hondo de mi vientre.
—Tu obra de arte hace tiempo que ya no está ahí, pero he limpiado las gradas, la cancha, los «vestuarios»…
Vadim recalca esta última palabra. Me provoca a propósito. Y funciona.
—Y hemos acabado con las duchas. Pero sin ti, princesa, ha sido mucho menos divertido que la última vez…
Nuestras miradas se cruzan y ya no se separan.
Lo que este chico me hace sentir…
Le suena una notificación en el móvil, lo coge y lee rápidamente el mensaje. Más allá, veo a Cheyenne, quien finge hablar con otros dos estudiantes mientas nos observa.
—Así que ¿has pasado el final del día en las duchas con… ella?
Vadim se mete el móvil en el bolsillo trasero de su tejano y luego lanza una mirada en dirección a la morena.
—¿Cheyenne? Sí. Hasta se ha desnudado. Para no mojarse la ropa, ya sabes.
—Muy bueno, Vadim.
—Y luego ha limpiado las paredes con el cuerpo. Dice que la piel humana es muy eficaz contra los…
—Cállate —gruño, dándole un golpecito en el hombro—. Lo he entendido, ya está.
Se sienta en el borde del muro más cercano y me atrae hacia él. Su risa burlona se eleva en el aire mientras me abraza.
Su voz adquiere un tono más dulce; su calidez y su aroma me tranquiliza.
—Ven aquí, deja de pelearte conmigo.
—¿Te gusta? ¿Aunque sea un poquito?
Es estúpido, un cliché, pero es lo único que sale de mi boca.
La idea de perderlo me aterroriza.
—Alma, ¿es que no puedo hacer amigos? De verdad que es muy maja. Interesante. Eso no significa que yo esté interesado…
—Interesante ¿en qué sentido?
—No lo sé. Es diferente. Lista, trabajadora, no tiene miedo de nada. Además, está orgullosa de su cultura amerindia, sabe un montón de cosas y cuenta bien las historias. Le da igual lo que piensen de ella. Es auténtica, eso es.
Auténtica. ¿Y mejor que yo?
—Intento abrir mis chakras —murmuro, todavía en sus brazos—. Pero parece perfecta para ti…
—No me gusta su pelo —suelta de golpe—. Demasiado largo, demasiado brillante, seguro que es postizo.
Levanto la mirada hacia él y la ternura que leo en sus ojos me conmueve. Le robo un beso. Un beso pequeñito, pero inmensamente tierno.
—¿Quieres que te la presente? Podrías tirarle de la peluca…
—Tengo ganas de hacerlo, pero ahora no.
—¿Por qué?
Me aparto de su abrazo, de su calor.
Como si esperara que me rechazara una vez sepa la verdad.
—Tengo que contarte una cosa, Vadim…
—¡Yo también!
—Entonces, empieza tú.
Con tal de ganar un poco de tiempo.
—¿Estás segura?
Asiento, obligándome a sonreír.
—Keith me ha dicho que podré ver a mi hermano de aquí a un mes. Va a organizar el encuentro a principios de febrero…
Le sonrío, pero esta vez de verdad.
—¿Vendrás conmigo, Alma?
—Iría al fin del mundo contigo, Arcadi.
Me mira y deja escapar una risa dulce, que se eleva y revolotea a mi alrededor.
—Pero, mientras tanto, no puedo cometer ni una falta —suspira—. Y dejar de ver tanto a Felix… Esas son las condiciones de Keith.
—Vale, pero ya mismo le vas a presentar a una chica «supermaja e interesante» para que no se sienta solo. ¿Trato hecho? —propongo, levantando la mano en el aire.
En lugar de chocarla, Vadim entrelaza sus dedos con los míos y me dedica su irresistible media sonrisa.
—Te toca.
Me acobardo.
Esta noticia lo va a echar todo a perder.
—No era nada, puede esperar.
Se me pone el corazón a mil, apenas me salen las palabras.
—Estoy feliz por ti y por tu hermano. Llevas tanto tiempo esperando…
—No te escaquees, Lancaster. Te conozco como la palma de mi mano.
Su voz grave recorta el aire. Ha notado mi inquietud.
—No te va a gustar…
—Me puedes contar todo, Alma.
Ya lucho contra las lágrimas.
—Creo que estoy embarazada.
Aparto la mirada para no leer el pavor, o la decepción, en sus ojos.
—¿Lo… lo crees o estás segura?
La voz ronca. La mano que le revuelve el pelo. Trata de no entrar en pánico… sin mucho éxito.
—Me he hecho una prueba de embarazo.
—¿Qué? ¿Cuándo? ¿Sin decirme nada?
—Hace una o dos semanas. Ya no sé muy bien cuándo.
—¿Ya no lo sabes? ¡Joder, Alma!
Una primera lágrima deja un surco en mi mejilla.
—Han sido las fiestas, mis abuelos estaban aquí, tenía a toda la familia pendiente de mí y tú, ¡te pasas aquí los días! No nos hemos visto mucho, yo…
—Alma, eso debería haber sido lo primero.
—Tenía miedo, ¡no sabía qué hacer!
Estallo en sollozos.
—Ven aquí, no llores. Perdóname por haber gritado. Pero ¿cómo es posible? Siempre hemos hecho lo que hay que hacer…
—La vida nos castiga, no lo sé… —murmuro, hundiendo mi rostro en su cuello.
Me acaricia la espalda, pero lo noto tenso.
—¿Qué vamos a hacer?
—Solo quiero que me acompañes. Ya sabes, para…
—Espera, respira, tenemos tiempo. ¿No quieres…?
—¡Claro que no, Vadim! Tengo diecinueve años, ¿crees que…?
—Alma, escúchame.
Su voz es grave y pausada. Vadim me coge la cara con las dos manos y la acerca a la suya. Es difícil descifrar todos los sentimientos que atraviesan su iris ahora mismo.
—No estás obligada a decidirlo ahora mismo. Sé que somos jóvenes, que un bebé da miedo. Pero no es imposible. «No hay nada imposible cuando se ama». Tú me lo dijiste. Es de George Sand, ¿no?
—Pero ¿qué estás diciendo? Acabo de empezar la carrera. No tengo trabajo, tú tampoco. Nos conocemos desde hace solo unos meses…
—Es tu cuerpo, tu decisión, Alma. Y te apoyaré en lo que decidas.
Pero no quiero que un día te arrepientas.
Que nos arrepintamos los dos. Quiero que sepas que si me lo pides, haré todo lo que haga falta.
Encontraré un trabajo de verdad. Podrás venir a vivir conmigo.
Seguirás yendo a la universidad hasta que puedas.
Luego seguirás el curso a distancia, cuando llegue el bebé.
Jamás me hubiera imaginado esta reacción por su parte.
Esta calma, esta forma de pensar en el futuro, ese control que percibo en su voz y que hasta casi me hace dudar.
—Y después, un día, te hartarás, odiarás tu vida y me abandonarás…
—Mírame bien —suelta muy serio—. Nunca te dejaré tirada, Alma.
Nunca. Sí, será duro, no tendremos gran cosa, pero lo tendremos a él, o a ella.
La combinación de Tú + Yo. Nadie más señalará nuestras diferencias, verán lo que hemos sido capaces de crear juntos.
¡Todos los que nos querían separar ya no podrán hacernos nada!
—Pero todo eso pasa en las pelis —le susurro—. Es bonito, hace llorar, ¡pero no es la vida real! La verdad es que mis padres me van a matar. Y después, te matarán a ti.
—Es la vida real, Alma. El principio de nuestros sueños que se hacen realidad. Acuérdate, lo teníamos los dos en nuestra lista…
—Pero no ahora, ¡no así! —exclamo, apartándome de sus brazos—. Yo no quiero ser una madre adolescente, una madre estudiante, ¡no quiero ser madre, y punto! ¡No quiero, no quiero! Y no te haré esto.
Vadim mira al vacío con gesto angustiado.
—También es por ti. —Me sorbo la nariz mientras le paso la mano por el pelo—. No quiero que dejes el cine. Que tengas un trabajo que odies, o incluso dos. Que te olvides de tu pasión, tus sueños, que te sacrifiques por un bebé que ni siquiera has deseado.
—Si tú quisieras a este bebé, yo también —me responde con ternura—. He crecido sin familia, así que me imagino que no sentimos lo mismo. Pero estoy aquí. Lo tengamos o no. Alma, estoy aquí.
Lloro a mares.
Creí que huiría de sus responsabilidades, como lo habrían hecho tantos otros chicos de su edad. Pero Vadim me declara, a su manera, su amor, su apoyo inquebrantable, sus ganas de que nos construyamos un futuro.
Y ya no sé ni qué hacer.