Capítulo 29
La semana siguiente, tanto en la universidad como en casa, Basile no parece diferente. Y, sin embargo, empiezo a verlo de otra forma. Tal vez con más interés o empatía.
Ya no es tan solo el hermano mayor pesado y aguafiestas, sino la otra víctima colateral de la elitista y estricta familia en la que vivimos.
Vadim, que no tiene que cumplir las reglas ni las expectativas de otros, falta hoy a clase, sin darme explicaciones.
Desde esta mañana solo responde a mis mensajes de forma escueta.
Y para colmo, es el último día antes de las vacaciones de Navidad.
Durante dos semanas ya no tendré la excusa de la universidad para verlo.
Su cortometraje está en un punto muerto, el mío avanza muy despacio, como el de muchos estudiantes. El señor Abrams se ha visto obligado a ampliar nuestro proyecto del primer semestre hasta que se acabe el curso. La presentación de las películas no tendrá lugar hasta mayo.
Al acabar la jornada, por fin recibo noticias de aquel que brilla por su ausencia.
Un niño de papá me ha denunciado al director
por lo de los deberes. He tenido que devolverle la pasta
y me han dado un aviso. El último, por lo visto
He tenido que apuntarme a un grupo de voluntarios para
redimirme. Trabajillos de lacayo para la universidad
con otros estudiantes con los días contados, como yo.
Me he pasado allí todo el día
Y, además, tengo a Keith encima todo el rato,
ni siquiera puedo llamarte.
Te echo de menos. No te lo tomes a mal
Has batido de lejos tu récord de mensaje más largo
de la historia de Vadim Arcadi
:)
No te rías. Ya sabía que esto iba a pasar
:)
Estoy bien. ¡Siempre me las apaño!
¿Podrás verme o estás secuestrado en tu
campamento de delincuentes?
¡Mañana! :) Tengo un regalo de Navidad para ti.
Tengo que irme :) Te quiero :)
Me duelen las mejillas de tanto sonreír.
* * *
El fin de semana anterior a Nochebuena es siempre el peor del año.
Mi madre está fuera de sí porque no hay nada preparado como le gustaría, mi padre se queja porque Georgia se ha ido a pasar las fiestas con su propia familia y no está ahí para ayudar a mi madre; y, aun así, él no se ofrece voluntario.
Lily está triste porque nuestra abuela por parte de madre no ha podido venir a pasar la Navidad con nosotros, tal y como le había prometido, y mis padres no quieren decirle que está enferma y demasiado débil como para hacer ese viaje.
Mis abuelos ingleses sí se desplazan, tienen que estar a punto de llegar.
Cuando Albert y Margaret vienen de visita, una vez al año, todo el mundo se pone de los nervios.
Volverán a dar su opinión respecto a todo, especialmente sobre lo que es mejor en Inglaterra, es decir, casi todo.
Como cada año, Edward Lancaster, va a recuperar casi al instante sus antiguas costumbres de la alta burguesía.
Para agradarlos, Basile se va a comportar de forma todavía más ejemplar que de costumbre, y Granny y Grandpa van a reafirmar sin disimulo que el hijo mayor, como buen heredero, es su nieto favorito.
Al menos estará Clémentine para reírse conmigo durante toda la cena.
No me atrevo ni a imaginarme qué pensaría Vadim de esta cena tan ostentosa y encorsetada.
Vajilla fina en la mesa, un festín de seis platos, champán ilimitado, una montaña de regalos lujosos bajo el árbol, demostraciones de buenos modales, comentarios displicentes y sonrisas hipócritas… Todo le cabrearía.
Me escapo del ajetreo de la mansión, solo por una hora, para ir a verlo.
El parque está vacío en esta época del año. Lo espero en nuestro banco, columpio las piernas como cuando tenía nueve años y acaricio el grabado de «Tú + Yo» con la punta de los dedos.
Vadim aparece un poco más tarde y algo disgustado. Apenas me roza la mejilla antes de dejarse caer en el banco.
—¿Eso es todo?
—Tengo un montón de cosas que contarte…
—¿Te han detenido otra vez? ¿Has robado un coche por el camino? ¿Has…?
—No, Alma, ¡no puedo dar ni un paso sin que alguien haga un maldito informe! ¡Ese grupo de voluntarios es un auténtico infierno!
Gruñe y se revuelve el pelo.
—Me he pasado todo el día recogiendo papeles por el campus. Vaciando las papeleras, lavando, plegando y ordenando cosas… ¡Nos toman por esclavos!
—¿Quiénes están en ese grupo?
—¡Solo hay imbéciles! Si los vieras… hacen todo lo que les piden sin rechistar.
—Para eso sirve, Vadim. Para enmendarte y demostrar que sabes comportarte. ¿De verdad quieres que te expulsen de la universidad?
Hunde el rostro contrariado entre las manos y gruñe como un perrito al que le han negado un juguete.
—Basta, Alma, o más bien mamá… Lo he entendido, voy a ser dócil y obediente, voy a clasificar la basura por colores si es lo que quieren e ¡incluso voy a hacer amigos!
—Eso habrá que verlo…
Me mira con cara de cansancio. Le sonrío y le paso la mano por ese pelo ondulado.
—Hay una chica bastante maja.
—¿Maja? ¿Cómo de maja?
Suelta una risita ronca que me hace sentir un hormigueo por dentro.
—No lo sé, he hablado con ella cinco minutos. Se llama Cheyenne.
—Eso no es un nombre. Eso es una tribu nativa norteamericana.
Claramente, no me ha salido bien lo de hacerme la indiferente.
—Es que lo es, creo. En resumen, es divertida, eso es todo. Y tú, Alma Lancaster, estás celosa.
—Ya te gustaría, recolector de basura.
Vadim se ríe con más fuerza, después se vuelve hacia mí, sentándose a horcajadas encima del banco.
—Tengo otra noticia importante.
—¿Esa era la primera? ¿Tu nueva amiga «divertida y maja»?
Me sonríe.
—¿Quieres que te lo cuente o no?
—Venga —respondo a regañadientes.
—He visto a Keith esta mañana. Ha encontrado a Roman.
—¿Tu hermano?
Vadim asiente, pero su rostro no refleja ninguna emoción.
—De hecho, hace bastante que sabe dónde está. Pero cree que ahora es un buen momento. Que podría ayudarme, motivarme, aferrarme a algo…
—¿Y tú qué piensas? ¿Qué sientes?
—¿Ahora mismo?
—Sí, ahora mismo.
—Tengo hambre. Un poco de frío. Y me gustaría besarte, pero…
—Vadim.
Suspira y me imagino su lucha interior. Mostrarse vulnerable o fingir que no siente nada… para no arriesgarse a sufrir.
—Roman ha cumplido dieciocho este año, tiene derecho a decidir si quiere verme —suelta—. Keith se ha puesto en contacto con él para proponérselo.
—¿Ha dicho que sí?
—Sí.
Deslizo mi mano en la del chico moreno que lucha contra sus demonios en este mismo momento.
—Pero no sé si es una buena idea.
—Ver a tu hermano ocupa el primer puesto de tu lista, ¿no? ¡No puedes escaquearte! Y yo estoy aquí si necesitas que te recuerde hasta qué punto es fácil quererte, Vadim Arcadi.
—Dijimos que teníamos que hacer todo eso antes de morir, eso me da un poco de tiempo…
—¿Qué te da miedo? —susurro.
Me acerco a él y entrelazo los brazos por detrás de su nuca.
—Nada. Todo. Va a ser… raro. No nos conocemos, era un bebé cuando nos separaron. Ni siquiera se debe acordar de nuestros padres. Y, además, lo adoptó una buena familia americana. Quién sabe, igual lo odio.
—Ya odias al noventa y nueve por ciento de la gente, eso no te va a suponer un gran cambio —intento hacer que sonría.
—También odio la idea de tener familia, creo.
—Pues yo creo que te va a encantar… —le digo al oído antes de besarlo.
Vadim presiona sus labios contra los míos y luego se acurruca en mi cuello.
—De hecho, creo que a la única que no odio es a ti. Y a Felix. Y a Keith, a veces.
—No, también está Cheyenne…
Se parte de risa, lo noto vibrar contra mí, después recupera la compostura y me besa de nuevo.
Me besa.
Respiro su aliento.
Me abraza.
Me aferro a él.
No existe nada más, nadie más aparte de nosotros.
Solos contra el resto del mundo: la familia, los hermanos, los educadores, los nativos norteamericanos.
—Dentro de poco tendré que irme a casa, Vadim.
—Dentro de poco tendré que secuestrarte, Alma. Y no te soltaré jamás.
—Entonces que sea después de Navidad. Hay dos generaciones de Lancaster en mi casa que me matarían si me perdiera esta cena.
—Yo estaría dispuesto a matar para que la Navidad no existiera. Para que dejen de hacerles creer a los niños esas tonterías, para dejar de atiborrarnos de pavo con castañas que a nadie le gusta y para que dejemos también de hacernos regalos porque es el día que toca.
—Bueno, pues entonces no te doy los míos.
Me encojo de hombros con cara de decepción.
—Un momento, ¡puedo hacer una excepción!
—Toma, esto es solo para empezar…
Le tiendo cuatro paquetitos de color rojo vivo que Vadim se pone a rasgar sin miramientos. Se le ensancha la sonrisa a medida que descubre la moto de plástico, la minitabla de surf, una guía de viaje de Rusia y el pequeño diccionario de francés que he elegido para él.
Espíritu navideño o no, tengo la impresión de que le brillan los ojos.
—¿Puedes enseñar a mí? —me susurra en francés con un adorable acento estadounidense.
—Puedo hacer contigo todo lo que quieras.
Solo te quiero a ti.
—Me toca —dice, volviendo a su idioma—. Pero creo que hemos tenido la misma idea…
Vadim recoge su mochila tirada en el suelo, abre la cremallera y saca un peluche grande y suave de tonos grises y blancos, con un pequeño hocico negro y brillante y orejas redonditas.
—En la tienda ya no les quedaba ningún koala vivo, así que cogí este. Hasta que vayamos a Australia…
Suelto un grito de alegría, conmovida.
—¿Alma?
—¿Vadim?
—Deberías volver a casa antes de que me empiece a gustar la Navidad.
Me abraza otra vez, aplastando el peluche entre los dos. Algunos besos después, me marcho a casa, con el corazón encogido por haberlo dejado allí, pero la cabeza llena de pequeños sueños por cumplir.
Además de un nudo en el estómago.
Todavía hay una cosita que tengo que comprobar.
Encerrada en el baño, espero mientras me estrujo los dedos, sentada en el borde de la bañera. En las instrucciones pone seis minutos. Al cabo de tres, dos minúsculas líneas rosas aparecen en el palito que tengo entre los pies.
Cuanto más las miro, más oscuras se vuelven.
Me inclino hacia delante para verlas mejor: una lágrima se estrella contra el suelo de baldosas inmaculado. Y todos mis sueños se acaban de esfumar.