Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 27
47%

Capítulo 27

Y así, Caleb y yo, a lo largo de los fines de semana y de sus visitas, nos hemos hecho más o menos amigos.

Con puntos en común como un padre complicado, una historia de amor que no se ve del todo con buenos ojos y un grupito de estudiantes de quienes es fácil burlarse.

Entre las clases particulares y las caricias a Hitch, yo he conocido un poco mejor a mi profesor, y Cal, a su padre.

El señor Abrams no ha hecho nada para acercarnos, pero sonríe más desde que su hijo aparece sin avisar cada vez con más frecuencia.

Con todo esto, me queda menos tiempo para dedicar a Clémentine, quien no tiene ningún reparo en señalármelo, y a Vadim, que me lo reprocha de vez en cuando, siempre jurando que no está celoso.

Y, en secreto, me encanta que lo esté. Desde que apareció Caleb, encuentro a Vadim más provocador que nunca, pero también más atento, más tierno cuando nos vemos un ratito en uno de nuestros escondites…

Y le cuesta más separarse de mí para devolverme mi libertad.

La última idea brillante al estilo Arcadi: organizar una cena para que Felix y yo nos reconciliemos, cena a la que también ha invitado a Clémentine, para conocerla mejor. Todavía no sé por qué he aceptado.

Llegando a casa de Vadim, acompañada de Clem, sigo repitiéndole que no es una cita a ciegas y menos aún una cita doble.

Me hace prometerle por enésima vez que no la dejaré sola con «El bobo» mientras me pongo melosa con mi chico.

En el rellano, nos encontramos cara a cara con Felix, que ha oído todo y que le mete un repaso a mi amiga, pretendiendo lanzarle una mirada de deseo de gran seductor.

—Cuento hasta tres y salimos corriendo —me susurra Clem entre dientes.

—¡Pasad! —grita entonces Vadim, abriendo la puerta—. Llegáis todos puntuales, eso ya es todo un logro.

—Las mujeres primero…

Felix saca todo su repertorio de galán y no puedo evitar reírme.

—No empieces, Fe, ¡lo has prometido!

—¡Vale, vale! Alma, aquí tienes los treinta dólares que te debo.

—Y…

Vadim insiste y anima a su colega con la mirada.

—Y siento haberte pedido dinero cuando estabas tan mal, como una cierva en apuros mientras tu ciervo en celo daba vueltas en su jaula —bromea, orgulloso de su metáfora.

—Qué bien, has repasado todos los animales del bosque antes de venir —interviene Clémentine, exasperada—. ¿También vas a contar hasta diez para impresionarnos?

—No, no, no, que todo el mundo se calme. ¡Ni siquiera hemos empezado a comer! —interviene Vadim, muy metido en su papel de mediador—. Estoy seguro de que vamos a encontrar un montón de temas de conversación.

—¿Empezamos por las pintadas del gimnasio, el nuevo chico de Alma o las fotos de los dos en pelotas? —propone Felix, tan inspirado como siempre.

—¿Qué chico? —suelta Vadim.

—¿Qué fotos? —brama Clem.

—Vale —espeto para calmar los ánimos—. Caleb solo es el hijo del señor Abrams, me cruzo de vez en cuando con él en su casa, nos llevamos bien, nada más, y además ya tiene novia.

—Porque de ser soltero ¿te interesaría? ¡Por fin lo admites!

Vadim me lanza una mirada desafiante, que sostengo un instante hasta que me vuelvo hacia Clémentine.

—Y ahora —continúo—, no te lo he contado, Clem, pero hemos recibido fotos comprometedoras en las que salimos Vadim y yo cuando…

bueno, ya sabes. Dos fotos robadas. Enviadas desde correos electrónicos anónimos, una a Basile, y la otra directamente a mí.

Y gracias, Felix, por meter el dedo en la llaga.

—Encantada de enterarme por él —refunfuña mi mejor amiga.

—Hay un montón de otras cosas que te podría enseñar, querida —la provoca Felix.

—Tú vete a repasar los animales de la sabana y cierra el pico, Felix.

Todo el mundo estalla en carcajadas y esa réplica mordaz consigue relajar el ambiente. Clémentine vuelve de lleno al tema.

—Pero entonces, ¿quién es? ¿Alguien que os sigue y os saca fotos, solo eso, solo por diversión? ¿U os pide algo?

—Ni idea —suspiro contrariada.

—Lo más seguro es que quiera que nos acojonemos —añade Vadim—. O que trate de separarnos.

—¡Timothy! —exclama Clem, levantando los brazos—. Es evidente, ¡para vengarse del tío que le ha robado su novia!

—No, para él sería humillante enviar fotos de Alma con otro o tal vez es un completo idiota —razona Felix.

—Sí, entonces podría ser él —ironiza Vadim—. Pero yo me inclino por Basile, no soporta que su hermana esté con un tío como yo. Empaña la imagen de los Lancaster.

—¿Y se envió un correo a sí mismo? —se pregunta Clem—. Eso no cuadra.

—Eso sería bastante inteligente, al menos.

—Entonces no, no puede ser Basile… —replica de nuevo Vadim para responder a su colega.

—Tal vez no lo sepamos jamás. —Suspiro—. Lo único que quiero es que no haya más. ¡Basta de fotos!

—Para eso os va a tocar evitar los sitios públicos, las ventanas, las calles… —suelta Clémentine, contando con los dedos.

—Sí, tendrías que desengancharos un poco… Y no empecéis con lo de que no podéis evitarlo —se burla Felix como si estuviera harto.

Vadim y yo intercambiamos una mirada, imperturbable, de esas que significan «que sigan hablando».

Una mirada que sonríe, una mirada a la que no le importa nada, una que solo es para nosotros.

De pulla en pulla, de mofa en mofa, la velada sigue su curso.

Nuestro cuarteto improbable empieza a tejer vínculos frágiles, que se entrelazan formando una intrincada tela de araña.

Felix que pica del plato de Clémentine, Clémentine que le da un golpecito en la mano a Felix, que a su vez le da un golpecito en el hombro a Vadim, quien lo ignora para mirarme otra vez.

Clem y yo y nuestros recuerdos, los dos amigos y sus locuras, por fin formamos una animada pandilla.

Cuatro seres humanos que parecen olvidar, durante una cena, que lo tenían todo para no encontrarse jamás. Y, sobre todo, para no amarse nunca.

* * *

—Pensaba que no se iban… —suelto, dejándome caer en el sofá.

—Atención, este va a ser mi momento favorito…

—¿Cuál? ¿Estar a solas conmigo?

—No, el momento en el que Alma Lancaster va a reconocer que estaba equivocada y ¡que esta velada ha sido una idea fantástica!

Vadim se tumba a mi lado, apoya la cabeza sobre mis muslos, y me sonríe.

—Clem y Fe no se han pegado, ella no te ha juzgado, tu colega casi no me ha sacado de quicio… Creo que se puede decir que ha sido un éxito. Lo reconozco. Es todo un genio, monsieur Arcadi.

—¡Repítelo! —se regocija Vadim, cerrando los ojos.

—¡Aparta, pachá! Me apetece un té.

—Tendrás que pasar por encima de mí…

—Sin problema.

Vadim va a cerrar la puerta con llave, corre las cortinas y apaga la luz. Nos envuelve una oscuridad total. Y nos divierte buscarnos a tientas, con nuestros susurros y nuestras emociones como única guía.

Tumbados sobre el sofá, con las piernas y los brazos entrelazados, estamos tan apretados que podríamos llegar a acabar por fundirnos el uno en el otro.

—No podría haber soñado con nadie mejor que tú como primer amor —le confieso en voz baja.

—Entonces ¿con qué sueñas ahora?

—Con que abandones el tráfico de deberes en la universidad.

No es lo que se esperaba… Pero no dejo de pensar en ello, sin decírselo nunca.

—No, ¿qué es lo que sueñas para ti?

—No sé… ¿Tal vez casarme, algún día?

—Demasiado típico. ¡Algo que sea realmente increíble, Alma! Que te encantaría hacer, pero no te atreves.

—Entonces… hacerme un tatuaje.

—Puedo llevarte a que te tatúen ahora mismo —refunfuña como mandándome a la porra—. No, te hablo de tu gran sueño, de lo que más deseas del mundo.

—Vale, tener un hijo.

—Te lo acepto. También está en mi lista. Pero algo más grande, más loco, eso que quieres hacer sin falta antes de morir.

—Hmmm… ¿Subir las escaleras del Festival de Cannes con un vestido de alta costura con una abertura a lo largo de toda la pierna?

Lo he dicho con timidez, pero tengo claro que es demasiado preciso y detallado como para que parezca un sueño improvisado. Vadim se incorpora y abre los ojos como platos, divertido.

—¿Ah, sí? Espera, tengo que escribirlo en algún sitio.

—¡No! Es tan narcisista… Olvídalo, no he dicho nada.

—Sí, voy a hacer una lista. —Da un brinco para ir a por algo donde apuntarla—. ¡Dime todo lo que se te pase por la cabeza!

Enciendo una lamparita que hay junto al sofá mientras vuelve a tumbarse boca abajo a mi lado.

—Vale. Empiezo: darme un baño a medianoche, saltar en paracaídas, nadar con mantarrayas, ver una aurora boreal, ir a Australia, abrazar un koala… No sé. Te toca.

—Hmmm… Hacer una buena película, visitar Rusia, conducir una moto a doscientos kilómetros por hora, surfear una ola gigantesca, aprender francés, llevarte a ver un koala solo para ver qué cara pones cuando lo tengas en brazos…

La sonrisa de Vadim brilla en mi interior. Con un gesto del mentón, me invita a continuar.

—A ver… Ir detrás de ti en la moto y gritar muchísimo del miedo que tendré, ver tu peli y sentirme orgullosísima en la sala de proyección, ir a Rusia contigo, aunque tenga frío todo el rato, tener un criadero de koalas contigo… —añado, riéndome.

—Ja, ja, te quiero, ¡no pares!

—Tener un hijo con el pelo rizado como tú…

Pensativa, deslizo los dedos por esas ondas que tanto me gustan.

—Vale, pero tendrá tus ojos verdes.

—Y tu boca perfecta —añado antes de besarlo.

—A mí me gustaría encontrar a mi hermano. Solo para saber qué ha sido de él.

Se me encoge el corazón al oír que se le quiebra la voz, ver el velo que se cierne sobre su mirada gris y ese anhelo que tiene desde hace tanto.

—Jo, Vadim. Qué triste. ¿No lo has vuelto a ver nunca?

—No desde la muerte de mis padres. Lo busco desde hace años, solo sé que lo adoptaron.

—Vamos a encontrarlo. Puedo ayudarte, vamos a buscarlo juntos, ¿vale? —digo, con los ojos llorosos.

—No te pongas triste, Alma. Te prohíbo que te pongas triste. En vez de eso, sigue contándome más sueños, esta lista es demasiado corta.

—Que mi padre deje de despreciar a mi madre por su papel como ama de casa que no tiene gran cosa que hacer durante el día, cuando, en realidad, si ella hubiera trabajado en lugar de ocuparse de nosotros… y de él, él no habría podido tener nunca esa carrera.

—¿Tal vez así les vaya bien a los dos? —sugiere Vadim, sin bromear por una vez.

—Si tú me tratas así, te mato.

—Vale, añado a mi lista «seguir vivo» —susurra él, riéndose.

—Nunca tendremos tiempo de hacer todo esto, ¿no?

—Sí, porque te voy a querer cien años.

Tumbado boca abajo, con la punta del boli entre los dientes, Vadim estudia la hoja, garabateada por todas partes.

Me tumbo sobre su espalda y trato de descifrar los garabatos.

Incluso ha dibujado un koala con orejas enormes y la cabecita de un bebé con pelo rizado.

Me quedo en silencio, fascinada. Contemplo nuestros sueños, feliz como pocas veces lo he sido.

Me emociona mirar a los ojos la vida que tal vez nos espera.

No me atrevo ni a creérmelo. Vadim vuelve a escribir para poner un título a su lista: «Todo lo que vamos a hacer antes de morir».

Se detiene, reflexiona un instante y añade arriba del todo, en grandes letras que repasa diez veces: «Tú + Yo».