Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 26
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Capítulo 26

En una carta a su amiga George Sand, Gustave Flaubert escribía:

«Es verdad que estoy dotado de una sensibilidad absurda. Cosas que a otros los rasguñan, a mí me desgarran».

Yo no lo habría descrito mejor. Acabo de cumplir diecinueve años y solo he deseado una cosa al soplar las velas: no dejarme herir por mis emociones y mis sentimientos.

Mis lágrimas brotan sin que yo se lo pida; mis preguntas irrumpen sin que pueda responderlas; mi ansiedad me paraliza; las injusticias me afectan; mi obsesión por los detalles me conmueven; las canciones me trasladan a otro lugar; las luchas me motivan; mi confianza en mí misma me falla en los peores momentos; mis miedos de todo y, sobre todo, de nada; mis enfados duran un poco demasiado porque no sé cómo volver a la normalidad…

Necesito que todo desaparezca. Que encuentre una forma de sentirme más ligera, de vivir sin que cada día sea un sufrimiento, una prueba que me impongo a mí misma.

Clémentine ha hecho bien su trabajo de mejor amiga/psicóloga.

La nueva Alma ha decidido perdonar a Vadim por este cumpleaños medio fallido, pero se apunta mentalmente no volver a fiarse de Felix…

Y él me corresponde. La nueva Alma ha decidido canalizar su energía y su ira en otra parte: en el cine, siguiendo los sabios consejos del señor Abrams. Y, sobre todo, la nueva Alma va a dejar ya mismo de hablar de ella en tercera persona.

Desde hace varias semanas, grabo a Vadim en cuanto tengo la oportunidad.

Cuando me aparta la cámara con la mano, cuando acepta hablar conmigo y cuando hace como si no estuviera allí.

Grabo también mis lugares favoritos, nuestra cafetería y nuestro parque, nuestro escalón y su silla vacía en clase, su apartamento y mi cuarto; las calles donde nos besamos y las puertas que cerramos.

Nada se escapa a mi cámara nueva. Luego regreso a casa de mi profesor durante las horas en las que le hago de asistente, que se han convertido prácticamente en clases particulares.

El señor Abrams comenta las imágenes y me ayuda a elegir mi material en bruto.

Me da ideas para planos, secuencias y me sugiere tomas.

Me anima a seguir grabando y grabando. Le gusta mi punto de vista de las cosas, mi «sensibilidad, sin sensiblería», admiro su mirada honesta y sin concesiones sobre mi trabajo.

No me atrevo a hablarle de Flaubert, pero creo que él también es uno de esos con sensibilidad absurda.

Ya no me siento tan incómoda cuando estoy en la misma estancia que él.

Escucho sus consejos, le dejo alabarme, permito que me haga reaccionar cuando no logro avanzar.

Es para mí, según el momento, un profesor, un mentor, un segundo padre y un crítico de cine sin filtros.

Y, a veces, me convierto en alguien que lo escucha.

Un hombro en el que apoyarse. Le dejo hablar, como hoy, cuando tiene un mal día.

Como un sábado de cada dos —o, con más frecuencia, de cada tres— cuando su hijo viene a pasar el fin de semana con él y el artista brillante se transforma en un padre impotente.

—Sabes una cosa, Alma, nuestras vidas están demasiado llenas.

Llenas de demasiada gente, de demasiadas cosas inútiles.

Hay que desocuparlas para ver lo esencial.

Si no, lo esencial se va antes de que lo hayas mirado realmente a los ojos.

Solo porque siempre ha estado ahí, a tu lado, y tú pasabas sin verlo.

—No he entendido nada, señor.

—Ja, ja, ja. Estoy seguro de que sí.

Se ríe sin ganas y se agacha para acariciar la cabeza del basset pegado a sus pies, que dormita sentado.

—Su hijo no se ha ido del todo, puesto que regresa hoy.

—Viene y se va. Pero es todo lo que me merezco, ya lo sé. Debería haberme ocupado de él. Cuidar de su madre, de la vida que teníamos y que no estaba tan mal. No necesitaba el resto. Tan solo me apetecía.

—Su vida de hoy en día también está bien —intento levantarle la moral.

—Ya basta de hablar de mí, desvarío. Pero ya verás, cuando hayas acabado este cortometraje, te darás cuenta de que en realidad no necesitas a Vadim Arcadi.

Trago saliva con dificultad. No es la primera vez que Abrams menciona la mala influencia que Vadim tiene sobre mí y la excesiva importancia que le doy. Tampoco es la primera vez que me trago mis respuestas, que son demasiado sinceras. Le dejo hablar.

—Es un amor de juventud, es un espejismo. Una pequeña historia que te hace sentir grandes cosas. Pasión, tristeza, deseo. Pero con él o con otro, lo importante es sentir la emoción, sentirse vivo.

—Sin embargo, bien que fue usted quien me empujó hacia él al principio del año.

—No, Alma, yo no te empujé hacia Arcadi, te animé a que aceptaras su reto. ¡Y lo hiciste! Lo has odiado, lo has amansado, lo has seducido y te has alimentado de él. Pero no te olvides de lo esencial. Lo esencial eres tú. Tienes que salir de esto más fuerte, no hecha polvo.

En medio del silencio asfixiante, trato de descifrar este enésimo consejo críptico, esta pequeña lección de vida en la que Abrams es experto.

Sobre todo me esfuerzo por no responderle que se equivoca, que Vadim me ayuda a ser mejor, a pesar de todos sus fallos.

Que por fin tengo la sensación de estar viviendo, desde que él está en mi vida.

Que lo quiero tanto que hasta me falta el aire.

Y que siempre me infunde su fuerza, su valentía, su libertad, su locura.

Vadim Arcadi me deja sin aliento. Vadim Arcadi me inspira.

¿Cómo iba a ser capaz de respirar sin él?

Me anoto en la cabeza estas ideas para el cortometraje.

Grabar un rostro en apnea bajo el agua en mi piscina.

Grabar el viento en el cielo que mueve las nubes.

Grabar la brisa sobre la piel frente al mar.

Grabar esa inspiración que se da antes de dar un gran salto.

Grabar las bocas que se besan hasta quedarse sin aliento.

Carreras trepidantes que te dejan sin respiración.

Pechos agitados, labios entreabiertos y suspiros que reemplazan las palabras.

Grabar por todos los medios esta verdad implacable: Vadim es mi oxígeno.

Suena el timbre y me saca de mi pequeño momento de poesía en soledad.

—Llega Caleb. ¿Te quedas un momento?

—No lo sé, señor, será mejor que los deje solos.

—Me gustaría presentártelo, Alma, me encantaría. Mi único hijo y mi mejor estudiante: aquí hablamos de lo esencial.

Su sonrisa atormentada me indica que no me puedo negar.

Un chico no muy alto aparece en el salón vestido en tonos marrones.

Es la viva imagen de su padre, con veinte o veinticinco años menos, y sin los estragos del tabaco y el whisky.

Caleb tiene rasgos juveniles: labios finos y sonrosados, una naricilla casi ausente, ojos azules almendrados y entornados tras un par de gafas que le quedan bien.

Ha debido heredar la miopía paterna. Pero esa carita de niño ya muestra esa arruga entre las cejas de los adultos preocupados.

Debe rondar la veintena y da la impresión de haber vivido ya diez vidas.

No lleva el pelo con un corte definido ni teñido, va un poco encorvado y camina arrastrando los pies, como si le costara dar cada paso.

Por las cejas que frunce a menudo, como hace siempre el señor Abrams, por su mandíbula apretada y su gesto de indiferencia, supongo que no está encantado de estar aquí. Y mucho menos de verme.

—Cal, te presento a Alma Lancaster, mi asistente y estudiante de primero. Alma, este es mi hijo y su mejor amiga, la desesperanza. La lleva a todas partes con él, te acabas acostumbrando, ya lo verás.

—Hola, encantada —me apresuro a decir para ponerle fin a esa descripción.

—Hola… ¿Lo aguantas aunque no tengas la obligación de hacerlo? —me responde el chico con un gesto de escepticismo.

—Vale, creo que me voy a ir…

—No, soy yo quien se va, ¡les dejo el sitio a los jóvenes! Conoceros, voy a sacar a Hitchcock. Aunque a él le apetezca tan poco este paseo como a mí.

—Papá, ¡a nadie le importa lo que opine ese perro!

—Perfecto, ¡pasadlo bien!

Esas palabras no tenían sentido alguno, pero Abrams se da prisa en marcharse con una sonrisita hipócrita.

—¿Le hablas siempre así o es porque estoy aquí?

Voy directa al grano, siempre es mejor que dejar que continúe este silencio incómodo.

—La mayor parte del tiempo, preferimos no hablarnos en absoluto.

—Ya veo…

—Puede que parezca simpático, pero es todo lo contrario, créeme.

—Quiero creerte, no debe de ser un padre fácil. El mío también es complicado, aunque de otro tipo.

—¡Qué bien! ¡Por fin una estudiante que no ha picado el anzuelo del profesor extraordinario!

Caleb se digna a mirarme por primera vez.

—Lo es. Pero también puede ser despectivo, tirano, hiriente, lunático, a veces un poco extremo con sus prejuicios…

—¡Y eso en los días buenos!

Me río. Su salida aguda y mordaz me recuerda a las de su padre.

—¿Te suele presentar a menudo a sus estudiantes?

—Solo cuando son chicas y no le parecen demasiado tontas. Se cree que podrá emparejarme con una gracias a un malentendido. Pero no te preocupes, no estás obligada a nada, seguirás sacando buena nota. Llevo tres años con mi novia, pero mi padre no la aguanta.

—Me recuerda a algo. Tampoco le gusta demasiado mi novio.

Me sorprendo a mí misma por confiar en él.

—¿Tu novio es Arcadi? Habla bastante de él.

—¿En serio?

—Sí, de él, de ti y del chico que come en clase.

De una chica que siempre se hace la inocente cuando en realidad es más mala de lo que quiere dar a entender, de un estudiante asiático un poco tímido pero prometedor, cuyo nombre no consigue recordar, y también de una pelirroja divertida, que no tiene pinta de saber muy bien que hace allí.

—Vaya, no me puedo creer que te cuente todo eso.

Me río sola al asociar las descripciones con mis compañeros de curso.

—Solo os tiene a vosotros, ya lo sabes. Es un tipo solitario y triste, que no superó la audición para su papel de padre y marido, así que vosotros sois, en cierto modo, su familia de sustitución.

Sin embargo, aunque le caéis bien, este año le parecéis unos inútiles.

Pero ¿qué se le va a hacer? Le alegráis los días.