Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Por mis diecinueve, mis padres me regalan la cámara profesional Canon con la que tanto tiempo llevo soñando.

Una joyita tecnológica que estreno de inmediato, apoyándola en el hombro y grabando a Lily, dispuesta a hacer todo tipo de piruetas y coreografías posibles para conseguir el papel protagonista.

Mi hermana pequeña me trae con orgullo un vestido imposible que ha diseñado y cosido ella misma fusionando dos viejas chaquetas de vestir de mi padre, una clara y otra oscura, y luego me ha puesto mala cara cuando me he negado a ponérmelo para quedar con Clémentine.

Y con Vadim…

Mi hermano me dice que me dará el regalo más tarde porque no se le ha ocurrido nada; recibe una mirada afligida de mi madre y un comentario desagradable de mi padre sobre su falta de madurez.

Y ya eso de por sí ha sido un bonito regalo.

Respecto a mi mejor amiga, me arrastra a pasar una tarde de cambio de imagen «para salir de mi zona de confort y alinear mi aspecto con el de la nueva Alma».

Todo un programa. La sesión de compras empieza probándonos faldas ajustadas y corpiños sexis imposibles de llevar y termina comprándonos un jersey negro cada una —el mismo— abotonado en la espalda, que nos prometemos no ponernos nunca el mismo día.

Con D’Aragon, ¡no hay problema, siempre solución!

Una manicura y un maquillaje de noche más tarde, ya no me reconozco, pero logro escaparme de la cita en la peluquería poniendo como excusa a Vadim.

Clem refunfuña al principio, a pesar de que luego me deja marcharme sin problema, después de ayudarme a limpiar la enorme cantidad de pintalabios y de sombra de ojos dorada que me hacían parecer un árbol de Navidad recargado.

Me he reído tanto que todavía me lloran los ojos.

—¿Te has maquillado como Nicki Minaj por mí? —bromea Vadim, quien ha venido a buscarme en coche.

—Un regalo de Clem para «realinearme» —respondo, cerrando la puerta.

Entorna esos preciosos ojos claros, cautelosos.

—También me espera un «peinado de estrella» si consigo alcanzar a Clem, así que ¡dame una buena razón para quedarme en esta pick-up mohosa!

—Feliz cumpleaños, Alma.

Vadim se recompone y se inclina para besarme.

Sus labios me rozan con timidez al principio, me echo hacia atrás para fingir que sigo enfadada un poco más, entonces me muerde con brusquedad el labio inferior.

Grito, me río, lo cojo de la cara con las dos manos e intento morderle el lóbulo de la oreja.

Pero Vadim se resiste y esquiva mi ataque con una carcajada.

Nos peleamos como dos chiquillos en este coche destartalado que siempre nos produce el mismo efecto.

Nunca me siento tan alineada conmigo misma como cuando Vadim Arcadi está cerca. Lo más cerca posible.

—Bueno, ¿dónde vamos? —pregunto, abrochándome el cinturón.

—¿A mi casa? Keith no se pasará esta tarde, creo que tiene una cita.

—Pero ¡qué romántico es mi chico! —digo, suspirando y fingiendo estar decepcionada.

Mi chófer arranca por fin, en dirección a su apartamento, y no puedo evitar mirarlo mientras conduce, como siempre.

Con el brazo extendido sobre el volante los músculos se le marcan bajo la piel; el codo apoyado contra la ventanilla, la mano moviéndose entre sus rizos y su maravilloso perfil, al mismo tiempo serio y delicado, cuyo contorno acabaré por aprenderme de memoria.

De vez en cuando, desliza esa gran mano por mi muslo, y yo le pongo mi diminuta mano encima y contemplo durante un buen rato esa imagen que tanto me gusta.

A veces, le acaricio la nuca con los dedos, sé que le gusta por cómo inclina la cabeza para que siga.

Podría seguir así hasta la otra punta de Estados Unidos, sola con él en el mundo, en su pick-up que tiene ese algo mágico que nos hace sentir invencibles.

Las historias de amor y los road trips tienen en común esa promesa vertiginosa del infinito.

No sabemos qué nos espera en el horizonte, pero seguimos adelante sin desviarnos, sin darnos la vuelta.

Con tal de que el camino no se acabe jamás.

Pero Vadim se detiene ya junto a la acera: ha llegado la hora de mi regalo envenenado. La hora de la verdad. Esa que tanto le he suplicado que me cuente, pero que ya no estoy segura de querer escuchar.

Vadim me deja pasar delante de él y me encuentro su apartamento bañado en una luz suave. En el salón, decenas de velitas alineadas sobre el suelo forman mi nombre.

—No tenía bastantes para escribir «Feliz cumpleaños» —murmura Vadim tras de mí.

Me doy la vuelta y lo abrazo sin decir nada. Mi boca prefiere besarlo.

—Espera, tengo otra cosa para ti.

Me lleva hasta la mesita de centro y nos sentamos el uno junto al otro en el sofá.

Mi mirada se posa en tres Polaroid y en cuanto las veo, se me llenan los ojos de lágrimas.

Me las seco con el dorso de la mano y agarro las fotos para verlas más cerca.

El banco aislado donde quedamos en el parque, el muro al lado de la entrada de la cafetería, el último escalón de la placita donde solemos vernos.

Nuestros tres escondites favoritos. En cada uno de esos lugares, la misma inscripción tallada en la piedra o en la madera: Tú + Yo.

—Podemos ir a verlos si quieres, es mejor que en la foto. Bueno, cuando hayas dejado de llorar.

Me sonríe y me acaricia el pelo. Puede reírse lo que le dé la gana, me da igual. Me llevo las preciadas fotografías al corazón y hundo la cara en su cuello, riéndome.

—Es el regalo más bonito que podrías hacerme.

—Y ahora, ¿quién es el que no es un romántico? Y no me he olvidado de lo que te tengo que contar, si todavía quieres escucharlo.

—Después de esto, puedo escuchar cualquier cosa —murmuro mientras miro de nuevo las Polaroid.

Vadim se hunde en el sofá y me atrae hacia él. Me envuelve con esos enormes brazos. Me dejo caer contra su pecho, le paso la mano por la cintura, por debajo de la camiseta. Su piel es suave y cálida, y me sumerjo en este remanso de felicidad. Nada me puede pasar.

—Felix formaba parte de una banda portorriqueña hace ya algunos años.

Quería salirse, pero esos tíos no te dejan marchar así como así.

Cuando te han visto crecer, cuando te han defendido, les perteneces.

Si quieres tu libertad, la tienes que comprar.

Y lo que les daba Fe nunca bastaba. ¿El dinero que le pasaba?

Era para eso. Pero no era suficiente. Así que decidí ayudarlo.

Tal vez no de la mejor forma, pero, créeme, no tenía ninguna otra.

Esos tipos te encuentran allá donde vayas, si ha sido uno de los suyos, incluso muchos años después, no puedes escapar de ellos.

En resumen. Robé un coche. Una gran berlina de lujo, la más bonita que pude encontrar en un barrio pijo.

Felix y yo dejamos el buga frente al cuartel general de la banda y lo aceptaron.

Eso significa que su deuda está saldada. Que es libre.

—Estáis chiflados —digo, acurrucándome un poquito más contra él—. Entonces, está arreglado, ¿no? ¿Ya no tenéis nada que ver con ellos?

—Sí, lo de la banda se ha terminado. Pero la noche que hice eso, me grabó una cámara de vigilancia, delante de la mansión donde estaba aparcado el coche. Por eso vinieron a detenerme. Metí la pata. Por lo general, nunca me pillan.

—¿Por lo general? —La indignación crece al tiempo que me incorporo—. Robar coches de lujo es tu… ¿pasatiempo?

—Claro que no, no lo había hecho desde hace años. Y no lo volveré a hacer. He sentado la cabeza.

—Entonces ¿por qué te han dejado libre si salías en la grabación?

—Podía ser yo u otro cualquiera. Las imágenes son bastante oscuras, llevaba capucha, apenas se me veía la cara.

Los polis llegaron hasta mí porque me tienen fichado y vivo por aquí, pero no tienen ninguna prueba.

Esperaban que confesara, eso es todo. Y Keith intervino, me facilitó una coartada para esa noche.

—¿Mintió? ¿Tu educador?

—Esas cosas pasan. Hace lo que tiene que hacer cuando sabe que queremos salir adelante. Era eso o la cárcel, Alma.

—No me lo puedo creer…

—Ya lo sé, pero tienes que creerme. Las tonterías se han terminado. Tengo una beca, voy a la universidad, quiero hacer cine. Y te tengo a ti.

Vadim me quita las fotos de las manos y las observa durante un buen rato.

Suspira y luego me dedica la más apasionada, intensa y profunda de las miradas.

Sus labios entreabiertos se acercan a mi rostro, cierro los ojos y le dejo hacer.

Unos segundos después, las fotos caen al suelo, cubiertas por la camiseta hecha una bola de Vadim.

Nos besamos con pasión, esa urgencia tan nuestra desde que nos conocimos. Pero entonces se detiene en seco. Y sus manos me bajan el jersey que estaba a punto de quitarme.

—He oído un ruido. Estoy seguro de que es el clic de una cámara de fotos —susurra en mi oído—. No te muevas de aquí.

Con el torso desnudo, se lanza detrás de la barra de la cocina abierta al salón.

—Joder, ¿qué haces ahí?

—Ja, ja, ja. ¡Ya os ha costado! ¡Lo que habéis tardado en llegar a lo importante! Esa conversación parecía interminable. Muy conmovedora, por cierto. Ah, y feliz cumpleaños, Alma.

Aparece Felix, jovial, cámara en mano. Me resulta difícil procesar la situación hasta que Vadim se lanza sobre su amigo y lo empuja contra la pared, gritando.

—¿Encima te ríes? ¿Vienes a mi casa, te escondes y nos sacas una foto? ¿Has sido tú desde el principio? Joder, ¿después de todo lo que he hecho por ti?

—Venga, tranquilo, ¡solo quería gastaros una broma!

—¿Me estás vacilando, Fe?

—¡Es una desechable, tío! Mira, es una puta cámara de usar y tirar, solo quería haceros reír un rato. Hacerme pasar por el chiflado que os persigue.

—Lárgate de mi casa.

—No seas tonto, Vadim, lo he hecho para echarme unas risas, eso es todo. Sabía que la traerías aquí por su cumpleaños, era solo para sumarme a la fiesta. ¡Sorpresa! —grita Felix, riéndose.

—Estás completamente chiflado… —musito.

—Dame la llave y pírate —gruñe Vadim, soltándolo por fin.

—Vale, vale, os dejo para que disfrutéis de la velada romántica. Pero me crees, ¿no? ¡Era una puta broma! Ya me conoces, nunca te haría eso. Venga ya.

Felix trata de darle un golpecito amistoso en el hombro a su colega, que lo esquiva.

Después se alisa la ropa arrugada y se dirige a la puerta, siempre con esa sonrisa burlona en el rostro.

Los dos amigos intercambian algunas palabras que no puedo oír, la puerta se cierra y Vadim, que sigue sin camiseta, viene a sentarse al sofá.

—No creo que sea él, Alma.

—¿Qué? —Abro los ojos como platos.

—El tío que nos sacó la foto en la calle o en el gimnasio no ha podido hacerlo con una cámara desechable.

—¡Felix llevaba escondido detrás de la encimera toda la tarde! Nos observaba mientras…

—Ya —me interrumpe Vadim—. Son su tipo de bromas. Es una mierda, pero es típico de Felix. Si fuera él el que nos sacó las fotos, no lo habríamos pillado con tanta facilidad. Es más listo que todo eso.

—Ese tío casi te manda a la cárcel, entra en tu casa cuando no estás, nos saca una foto en plena acción y ¿tu conclusión es que es listo?

—No, es un gilipollas. Pero no es él.

—¿Y también me vas a decir que no fue él el que me sacó pasta a cambio de tu mensaje?

—¿De qué estás hablando? —me pregunta con el ceño fruncido.

—El mensajito que le pediste que me entregara cuando te dejaron en libertad. Me costó treinta dólares recuperarlo. «Por el desplazamiento», me dijo. ¿Así de listo es tu mejor amigo?

Vadim cierra los ojos, agacha la cabeza y se pasa ambas manos por la nuca. Frente a su silencio, mi ira se multiplica. Me levanto, me pongo a recoger mis cosas, incapaz de quedarme más en este apartamento.

—Hablaré con él, Alma. Y te lo devolveré. No te vayas, por favor.

—¡Me da igual el dinero! Pero ¿por qué lo defiendes siempre? ¿Incluso cuando se mete conmigo? ¿Incluso en mi cumpleaños?

—¡Porque solo lo tengo a él! ¡Es mi amigo desde la infancia, mi hermano, mi única familia! No es perfecto, pero está ahí para mí.

—Yo también, yo también estoy aquí, ¿no lo ves? ¡Yo también podría ser todo lo que tienes! ¡Pero lo eliges a él! —suelto con todas mis fuerzas, con la voz quebrada por el llanto.

—No, ¡no quiero elegir! ¡Esta él y estamos Tú + Yo!

Vadim recoge las Polaroid del suelo y las sacude frente a mí.

—Lo he grabado por todas partes, pero contigo nunca es suficiente.

Deja caer su enorme cuerpo de nuevo sobre el sofá, con toda su despreocupación teñida de impotencia. Mi rabia desaparece y me invade la tristeza. En medio del apartamento, paso por encima de Vadim y, antes de abrir la puerta, me vuelvo una última vez.

—Puedes añadirlas a la colección de fotos de Felix. Os quedará un álbum precioso para cuando seáis viejos. Cuando seáis viejos y estéis solos, los dos.