Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 24
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Capítulo 24

Tengo la desagradable sensación de que mi historia con Vadim lleva desde hace un tiempo marcada con un cartel de « Wanted » clavado en nuestra frente y que nos obliga a mantener un perfil bajo.

El director de la universidad no nos quita ojo de encima desde lo de los grafitis.

Basile me vigila en el campus desde la historia de las fotos robadas.

Mis padres controlan todo el rato con quién estoy y el señor Abrams nos ha separado como compañeros de trabajo.

Desde que Vadim ha vuelto a clase, el hosco profesor no se conforma con lanzarle miradas asesinas mientras me observa sin cesar para averiguar si he recaído y me persigue con este proyecto de cortometraje en el que se supone que debo escenificar mi dolor.

Le sigo el juego, no le dirijo la palabra a mi excompañero en su presencia y continúo con aspecto de estar abatida por mi mal de amores.

Vadim ha intentado rebelarse, gritar alto y fuerte que somos libres de amarnos y que nadie debería poder controlarnos…

, pero enseguida le han recordado sus obligaciones: pasarse todas las tardes por casa de Keith, aceptar las visitas inesperadas de su educador en su casa y, sobre todo, tener cuidado si no quiere volver a tener problemas con la policía.

Sigo sin saber de qué se le acusa y ese interrogante me carcome por dentro.

Sin embargo, si ese es el precio a pagar por poder vivir nuestra historia en secreto, lo acepto.

Incluso hemos preparado una escena que se repite al final de cada jornada.

Cuando acaba la última clase, Vadim se va antes mientras yo finjo entretenerme un poco con Clem, después me reúno con él en secreto en uno de nuestros lugares de encuentro clandestinos: un banco al fondo de un parque un poco alejado del centro, los tres escalones de una plaza por la que no dejan de pasar transeúntes a toda prisa, o una cafetería vacía a la que solo acuden los habituales.

Pero estos lugares no son para nada tristes ni sombríos.

Son mundos aparte, instantes suspendidos, páginas en blanco que nunca terminamos de rellenar.

Con nuestras conversaciones apasionadas, nuestros elocuentes silencios, nuestras miradas enamoradas, nuestros besos furtivos y nuestros suspiros tan llenos de significado.

Juntos arreglamos el mundo, paramos el tiempo, saboreamos el presente durante una hora.

A veces, nos inventamos las vidas de aquellos que caminan demasiado deprisa, que hablan demasiado alto, que beben demasiado o que miran al vacío.

Vadim les imagina un pasado, a menudo desastroso; yo trato de construirles un futuro, un poquito mejor.

Les damos voz, les hacemos decir todo y nada.

Interpretamos sus gestos, los dirigimos como si fueran los actores anónimos de las películas que nunca realizaremos.

Hacemos el tonto, nos creemos importantes, nos reímos y nos dejamos llevar, y ya no podemos parar.

Justo hasta la hora de volver. Entonces seguimos un poco más, solo un último viandante…

—Esa, la de allí, con abrigo negro, es la exmujer de Abrams —empieza Vadim fijándose en una cincuentona vestida con elegancia—.

Lo amaba de verdad, pero acabó hasta el moño de que él prefiriera ver a las actrices en la tele en lugar de mirarla a los ojos mientras cenaban.

Por eso, una noche, ella le dijo que lo abandonaba, solo para ver si se volvía.

—¿Funcionó?

Ya tengo el corazón en un puño por esta nueva historia tan bien contada.

—Sí, la miró. Con sus pequeños ojos sombríos y cansados. Pero no intentó retenerla, porque no quería perderse el final de la película.

—¡Qué cabronazo! Entonces ella se fue, se compró un buen abrigo para envolver su dignidad y ¡se dio cuenta de que los hombres se fijaban en ella!

—Pero sobre todo los borrachos con síndrome de abstinencia y los vagabundos que piden limosna.

—¡Menuda peli más mala! —exclamo, dándole un golpecito en el hombro.

—Venga, busca un happy end de esos que te gustan —se burla.

—Mira, ella coge el móvil. Es Abrams el que llama: «Ya no puedo ver la tele desde que tú no estás sentada junto a mí. Vuelve, mi amor, saldremos a cenar, solo tendré ojos para ti» —narro, poniendo voz de hombre abatido.

—«¡Te lo prometo, dejaré el cine!» —continúa Vadim, imitando el timbre ronco de nuestro profesor—.

«Voy a dar clase en la universidad y ganaré bastante como para regalarte abrigos nuevos.

Y podré desahogar mi frustración con los estudiantes, que no tienen culpa de nada.

Y me sentiré desgraciado, pero por lo menos siempre estarás ahí, mirándome con compasión y podré compartir contigo un poco de mi desgracia para que cargues con ella… ».

—¡Qué dices! ¿Por qué echas siempre todo a perder? —digo indignada, pero riéndome.

—Porque el amor siempre acaba mal, Alma. Eso es así.

Vadim adopta un tono serio, casi resignado.

—¿Eso quiere decir que te quedarás conmigo si no tienes éxito, pero que me abandonarás cuando te hayas convertido en un gran director rodeado de actrices impresionantes?

—Sí. Si son Zendaya o Kate Winslet, me veré obligado —me provoca con una media sonrisa.

—Lo entiendo, ¡yo también te dejaría por ellas!

—O tal vez podamos resolverlo, yo estoy a favor de compartir…

—Ni en sueños, Arcadi. «Tú + Yo + Ella + Ella» es demasiado largo como para recordarlo.

Después de ponerme carita de niño decepcionado por lo que acabo de negarle, vuelve a ser el Vadim salvaje y fogoso que besa increíble.

—¿Qué quieres por tu cumpleaños? —añade de pronto cambiando de tema.

—¿Cómo lo sabes?

—Yo lo sé todo, Lancaster, lo veo todo, ¡lo escucho todo!

—Vale, ha sido Clémentine la que lo ha gritado a los cuatro vientos.

—No creo que haya un solo estudiante de la universidad que no se sepa la fecha, el 9 de noviembre… —me confirma riéndose—. Entonces ¿qué es lo que quieres? ¡Se me da fatal hacer regalos!

—Hmmm… Quiero la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Por qué te detuvieron, por qué te liberaron, qué es lo que has hecho, qué es lo que no has hecho y todo lo que no me has contado.

—Vale, pero mañana. Ese será tu día, tu sábado. ¿Crees que podrás escaparte de casa?

—Sí, después de desayunar en familia. Aunque se supone que voy a comer con Clem. No sé lo que ha preparado…

—Cuando termines, me llamas. Te lo contaré todo. Pero tienes que prometerme que intentarás entenderlo, que no me juzgarás…

Vadim echa un vistazo a su alrededor con aire pensativo. Esta sinceridad repentina me da un poco de miedo.

—¿Es normal que tenga miedo?

—¿Qué es lo que no te da miedo, Alma Lancaster? —replica, de nuevo con tono burlón.

—¡Tenemos que irnos! No sé tú, pero yo mañana tengo un día muy ajetreado…