Capítulo 23 #2
Vadim se libera de mi agarre para cogerme de la cintura y ponerme contra la pared más cercana.
Me estremezco. Mi cuarto de adolescente está sumido en una dulce oscuridad y en un silencio total.
Me besa, con delicadeza al principio, después su boca devora la mía, nuestras lenguas se encuentran y se saborean, y ese beso apasionado me abruma.
Vadim se para de golpe y mira a su alrededor.
—Alma, sabes a lo que nos arriesgamos si nos pillan, ¿no?
—¿Son cosas mías o tienes miedo, Vadim Arcadi? —lo provoco en bajito, mientras meto las manos por debajo de su fino jersey.
—No tengo miedo por mí. Pero a ver lo que haces si aparece tu padre y nos pilla aquí, a punto de…
—¿A punto de hacer esto?
Lo interrumpo y le quito el jersey por la cabeza.
—O esto —continúa él, agarrándome del culo con brusquedad.
Le sonrío y deslizo las manos por la piel tan suave y cálida de su torso desnudo que tanto he echado de menos.
—Bésame.
—Hmmm… Va a ser que no, no me gusta mucho que me den órdenes.
—¿Ni siquiera cuando lo hago yo? —insiste, acercándome a su rostro.
Vadim suelta un pequeño gruñido de frustración.
—Ay, me gusta todo cuando viene de ti, Alma…
Me pasa el índice por la boca y luego va bajando por todo el cuello hasta llegar al inicio del escote. Tengo la piel de gallina. Un instante después, desliza la lengua entre mis labios con un movimiento tan sensual que se me escapa un gemido.
—Espera… —susurro contra su boca.
Cierro la puerta del cuarto con llave y luego regreso hasta el medio de la habitación oscura, apenas iluminada por las lejanas farolas de la calle.
Me detengo un instante para admirarlo: la espalda, el torso desnudo; es guapo a rabiar.
Su piel sedosa, tensa sobre esos hombros anchos, los músculos de sus brazos, la finura de su cintura, sus fuertes muslos en esos tejanos que tan bien le sientan.
Me podría sentar en el suelo y pasarme así sin más toda la noche, no haciendo otra cosa que contemplarlo.
Pero no soy masoquista. Ya me he pasado bastante tiempo sin él.
Avanzo con paso amortiguado sobre la moqueta y hundo las manos primero en sus rizos revueltos.
Sigo con los dedos el camino hasta su nuca, su espalda, allí le clavo las uñas para darle placer y los deslizo hacia delante, sobre esos pectorales tan bien definidos.
Inclina la cabeza como para disfrutar mejor de mis caricias. Sigo descendiendo hacia los tejanos. Le paso las manos por el abdomen, las meto en los bolsillos, regresan a su bragueta y se paran sobre el botón.
Vadim me agarra de la mano de golpe y se gira para mirarme a la cara.
Se mueve despacio para hacerme recular, me domina desde su altura y me desafía con su mirada de acero.
Su intensidad me descoloca. Me tropiezo con el lateral de la cama y Vadim me empuja hacia allí con un dedo, una sonrisa orgullosa en los labios, antes de sentarse a horcajadas sobre mí.
Estallo en carcajadas mientras se apodera de mis muñecas con las manos, las sube por encima de mi cabeza y me empuja contra el colchón.
—¡Chis, Alma! La verdad es que no se te da nada bien hacer las cosas a hurtadillas, ¿eh?
Se burla de mí y me derrito. Aturdida por todo lo que me hace sentir, casi me había olvidado de que estamos en mi casa, bajo mi techo, muy cerca de mis padres, mi hermano y mi hermana, a escondidas de todos.
La prohibición que estoy a punto de romper no hace más que aumentar mi excitación.
La seguridad de Vadim, la perfección de su torso, la solemne belleza de su rostro y el destello juguetón que atraviesa sus ojos: todo de él me gusta, esta noche más que nunca.
—Pensaba que no te iba a ver nunca más —le susurro al oído.
—Ni en broma. Me moría de ganas de volverte a ver, Alma. Incluso si hubieran sido siete semanas en lugar de siete días, o incluso siete meses o siete años, hubiera encontrado la forma de hacerlo.
Es como si Vadim hubiera sufrido tanto como yo esta separación.
Y lo creo de verdad cuando me promete que nada nos separará jamás.
Su boca se funde con mi cuello y me besa, me mordisquea, me lame.
Sus labios ardientes se apartan de mi piel para deslizarse por la tela que me cubre el pecho, el abdomen y la cintura.
Noto sus dientes que agarran el dobladillo de mis bragas, justo en el borde de mis tejanos, y lo sueltan de golpe contra mi vientre.
Suelto un gritito de sorpresa que no quería que fuera tan alto.
Me responde con una sonrisita altiva y maliciosa que me hace enamorarme aún más de él.
—¡Pero ¿es que de verdad quieres que nos pillen, Lancaster?!
Vuelve a ponerme los dedos sobre la boca para evitar que me ría o chille. Aunque me encantaría gritar a los cuatro vientos lo mucho que lo quiero y hasta qué punto lo he echado de menos.
—Para que me calle, creo que vas a tener que besarme sin parar —susurro.
—Creo que se podrá hacer…
Su voz adquiere un tono grave. Sus ojos se clavan en los míos.
Y nadie me ha mirado jamás con tanta intensidad, con tanta ternura, con tanto deseo.
Y si me atreviera a creerlo, si supiera de lo que hablo, si no tuviera miedo de perderlo cada vez que empiezo a entenderlo, juraría que esta otra cosa se llama amor.
Lo abrazo con más fuerza contra mí, pero se para en seco, de pie con los brazos tendidos.
—¿Qué ha sido eso?
—¿El qué?
—¡Ese ruido! ¡Escucha!
Presto atención y percibo como si alguien arañara por detrás de la puerta de mi cuarto.
—¿Tenéis gato?
—Es un plan que tenemos Clémentine y yo, pero por lo demás no. Solo tenemos una Lily que se cree que es un gato. Lo hace desde que era pequeña. Es molesto, ¿verdad?
—¡Insoportable! ¡Vete a abrirle antes de que se ponga a maullar!
—Vale, pero ¡escóndete antes de que saque las uñas!
Vadim desaparece bajo mi cama de un brinco. Me repeino, doy vuelta a la llave de la puerta y la entreabro un poquito, lo justo para asomar la cabeza.
—¿Estás bien, Alma? He escuchado un ruido —susurra mi hermanita medio dormida, con un pijama de estampado de leopardo.
—Nada, solo ha sido una pesadilla, todo está bien,
—¿Por qué has cerrado con llave?
—Para poder tener pesadillas tranquila. ¡Vete a acostarte!
—¿Por qué estás tan rara?
—Y tú, ¿por qué haces tantas preguntas? Venga, que es tarde.
—¿Me lo contarás mañana?
—¿Contarte qué, Lily?
—Bueno, ya sabes, la pesadilla.
Se da la vuelta sin esperar a que responda. Es imposible saber cómo tomarse esa última frase. ¿Tras esta chiquilla que deambula por ahí con su pijama salvaje se oculta un adulto que lo pilla todo? Tiene doce años, la inocencia de un niño y la mente más aguda de toda la familia.
—Qué graciosa es tu hermana —suelta Vadim, saliendo de su escondite.
—Es… especial, sí. Es mi favorita.
—No sabes la suerte que tienes de tener una familia, Alma. Aunque sea así.
—Vale, túmbate otra vez, me parece que tienes ganas de hablar —lo vacilo.
—No, eres tú la que te tumbas y yo el que te ausculto —replica con una sonrisa.
Vadim me levanta del suelo y me tiende con delicadeza sobre la cama. Se tumba a mi lado, me aparta la melena para hundir su cara en mi cuello y me abraza con sus enormes brazos.
—Qué rápido te late el corazón —señala.
—No sé a qué te refieres —respondo, acurrucándome un poquito más contra él.
Pego mi espalda a su torso, enredo las piernas con las suyas y entrelazo los dedos con los suyos, lo beso en la palma de la mano y suelto un largo suspiro de alivio. Ha vuelto. No lo he perdido. Por fin puedo respirar con tranquilidad.
Este chico con el torso desnudo sobre mi cama, todavía no me puedo creer que esté aquí. En mi cuarto, en mi vida. Que me quiera a mí. Que me mime de esta manera. Que no busque a otra. Es todo lo que necesito ahora mismo. No quiero pensar más, no me quiero torturar más.
Solo quiero amarlo.
—Al final creo que me va a gustar venir a tu casa, Alma.
Su voz sonríe. Mi corazón también.