Capítulo 23
Pensaba que la clase no iba a terminar nunca.
He llegado a la cafetería con casi dos horas de antelación.
Después de negociar, lamentarse y poner caras de decepción, Clémentine ha aceptado no acompañarme.
Sola, me paso interminables minutos observando a los estudiantes en su rutina habitual al terminar la jornada: grandes vasos de refrescos, conversaciones y carcajadas.
Yo, me hago pequeñita, apoyo la frente contra la ventana, con la mirada clavada en la calle por la que Vadim debería llegar enseguida.
¿Cómo irá vestido? ¿Estará diferente? ¿Seguirá tan guapo, tan enorme?
¿Tan impresionante? Tengo esa sensación extraña de volver a verlo por primera vez.
Nuestro reencuentro me pone tan nerviosa que ya me he imaginado la escena cientos de veces en la cabeza.
¿Me quedo sentada o me levanto? ¿Me callo o digo algo?
Pero ¿qué? ¿Recelo de él o me lanzo a sus brazos?
En realidad, sé muy bien de lo que me muero de ganas de hacer.
Pero no lo haré. También me da miedo que se abalance sobre mí.
Y que confunda mi recato con frialdad. Odio ese tipo de efusividad en público, esos enamorados que montan el espectáculo sin contenerse.
Yo no soy así. Y no me gusta demasiado la idea de postrarme a sus pies mientras sigo sin saber por qué lo han detenido. Y todo el mundo nos va a mirar…
La verdad, ¡menuda idea lo de darme dos horas para pensar!
Me estiro sobre la mesa que tengo delante, con la cabeza entre los brazos, para parar el flujo incesante de preguntas.
Me quedo así varios minutos, sumida en la oscuridad, aislada del mundo y del ruido del entorno.
Una mano se apoya con suavidad en mi cabeza y me empieza a acariciar el pelo.
Reconozco su olor antes incluso de verlo o de oír su voz.
Vadim está aquí.
Salgo de mi letargo y me incorporo despacio mientras él se sienta en la banqueta que hay a mi lado. Ahora tiene la mano en mi rostro y me acaricia la mejilla con el pulgar.
—¿Estás durmiendo? —susurra—. ¿Es eso lo que te provoca el volver a verme?
Su mirada gris es indescifrable. ¿Triste y decepcionada o desafiante?
Vadim me sonríe y salta la chispa. Nuestros cuerpos se acercan, se funden en el otro, se abrazan lo más fuerte que pueden.
Acurrucada en sus brazos, con la nariz en su cuello y los labios contra su piel, inhalo su olor, me cargo de su calidez, de su energía, de su vitalidad.
Pero las pocas miradas clavadas en nosotros me hacen sentir incómoda.
¿Por qué ha tenido que citarme en el Sunset?
—Te has pasado un poco con el Ciao Amore —bromeo, escapándome de su abrazo.
Me arrepiento al momento.
—Y tú, has pasado demasiado tiempo con Nicki Scott en mi ausencia, ¿no? Una semana sin mí ¿y te conviertes en una víbora? —me provoca con una sonrisa insolente.
—Mucho se meten con esa chica sin que haya hecho nada malo… Ni siquiera sé por qué.
—¿Y por qué hablamos de ella entonces?
—Porque apenas llevas un minuto conmigo y ¿ya te caigo mal? —respondo ofendida.
—¿Quieres que me vaya, Alma?
—¿Quieres que llore, Vadim?
—¿Por qué me da la sensación de que no tienes ganas de que esté aquí? —suelta, frunciendo el ceño.
—Llevo una semana esperando esto… —digo, suspirando para defenderme.
—Entonces ¿por qué estás tan distante?
No lo sé. ¿Qué es lo que me pasa para rechazarlo cuando lo único que quiero es a él? ¿Por qué estoy recelosa, agresiva, como si tuviera que hacerle pagar algo a toda costa? ¿Acaso los comentarios del resto han conseguido colarse en mi cabeza?
—No me imaginaba así nuestro reencuentro —confieso, mirándolo con tristeza—. Y he tenido tiempo para imaginármelo, créeme.
—Vale, sé que debe ser duro para ti. Lo siento. Te he echado de menos. —Me coge la mano.
—Yo también.
Por fin me ablando un poco y escondo nuestras manos entrelazadas bajo la mesa.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada, no quiero que todo el mundo nos mire.
—¡Qué más da, joder! Estoy aquí, libre, contigo, pueden mirarnos todo lo que quieran. ¡Y si tienen un problema conmigo, que vengan a decírmelo! —grita a quien quiera escucharlo.
—Chis, habla más bajo, por favor.
—Sin duda, no te ha sentado bien pasar siete días sin mí. Tengo la impresión de estar con la pequeña Lancaster tímida del comienzo del curso.
Sonríe para provocarme de nuevo. Pero, por una vez, no funciona.
—Sin duda, no te ha sentado bien pasar siete días en prisión… ¿Me lo vas a explicar o no?
—No tienen ninguna prueba, me han tenido que soltar. Ahora estoy tranquilo, voy a poder volver a mi vida de antes.
—Pero ¿ninguna prueba de qué? ¿Por qué no me lo explicas?
—Porque no tiene importancia, Alma. Ya ha pasado todo. Lo único que importa somos nosotros. Ya no quiero que estemos separados, no lo soporto. Me he dado cuenta de eso allí. No pienso en otra cosa.
Vadim me coge la cara con las dos manos y me besa con pasión. Mi primer impulso es rechazarlo. Después miro a mi alrededor: todos los estudiantes que hay en el Sunset asisten al espectáculo. Y mi Arcadi ya se ha puesto en pie con un destello de furia atravesándole la mirada.
—¿Te avergüenzas de mí? ¿Quieres esconderme, no es eso? Entonces, ¡vete! No me sobra el tiempo para perderlo con esta Alma. ¡No la reconozco! ¡Vuelve a tu pequeño mundo y olvídate de mí!
Asustada por la dureza de sus palabras y la rabia de su mirada, cojo el bolso, me levanto de la banqueta, empujo a Vadim al pasar y salgo corriendo hacia la puerta.
Corro a toda velocidad por la calle, dejando que las lágrimas corran por mis mejillas sin contenerlas, solo pienso en ir a mi casa y encerrarme allí.
Detrás de la pesada puerta, me topo con Georgia y me acurruco en sus brazos.
Siempre está ahí para mí.
No sé durante cuánto tiempo lloro. Al menos varias horas. Ni las palabras de consuelo de la mujer que me ha visto crecer ni la llamada de mi mejor amiga han logrado tranquilizarme. Sigo sollozando en mi cama y me niego a dejar que entre mi madre o Lily.
Por fin cae la noche, toda la casa se dispone a dormir.
Yo sigo reviviendo en mi almohada empapada nuestro reencuentro, repito las frases intercambiadas, los reproches, las provocaciones que se salen de tono, los rencores que persisten, las pullas lanzadas que nos deberían haber hecho reír más que alejarnos.
Y esa distancia, dolorosa, incomprensible: nuestras manos que se buscan y no se encuentran, nuestros cuerpos que se atraen, pero se repelen al instante, mis labios que rechazan los suyos, el abismo insalvable entre los dos, y todo ese tiempo perdido imposible de recuperar.
Sí, es posible… Todo es posible.
Es Vadim Arcadi quien me lo ha enseñado.
Me enjuago los ojos y pongo el móvil sobre la mesita de noche. Empiezo a redactar un mensaje y ya no puedo parar.
Soy una petarda estirada que no sabe lo que quiere.
Tú eres un maleante grosero que se pone demasiado perfume.
Pero juntos, somos buenos. Solos, no somos capaces.
Vadim, tengo tanto miedo de perderte… que me daba miedo
no volverte a ver.
Lo siento muchísimo.
¿Quieres seguir vacilándome? ¿Abrazándome y besándome?
Te quise tantísimo cuando no estabas aquí.
Creo que te podría querer aún más si estuvieras a mi lado…
Su respuesta llega tan rápido que me sobresalto. Bajo el edredón, la pantalla de mi móvil ilumina la oscuridad de mi cueva de tristeza.
Es el mensaje más largo de toda la historia de los mensajes
Es la respuesta más mala de toda la historia de las respuestas
Entonces ¿se acabó ya lo de ser distante?
Sí. Tengo tanto frío sin ti. Ven a darme calor, Vadim…
¿Te atreves a pasar la noche en mi casa?
¿Venir a mi cuarto ahora mismo?
Si me pillan, te advierto que duermes en la cárcel conmigo
Donde quieras, siempre que estemos juntos.
Te espero abajo
Diez minutos después, estoy en el umbral de la villa y espero la llegada de Vadim con la puerta entreabierta.
Georgia, que tiene un sueño ligero, me ha oído bajar las escaleras y ha venido a preguntarme en bajito si todo iba bien.
Ha escuchado mi mentira y ha vuelto a acostarse guiñándome el ojo con complicidad.
Vadim aparece ante el portón y yo activo la apertura eléctrica durante varios segundos, lo justo para que pueda colarse al interior.
La luz automática se enciende a su paso y rezo para que no despierte a nadie.
Luego corro en calcetines hasta la mitad del sendero para lanzarme a sus brazos.
Me besa y no lo rechazo. Para nada. Este reencuentro sí que se parece a aquel con el que había soñado.
Solos los dos, bajo el frío, nuestros cuerpos ya arden. Nuestras bocas se buscan, nuestras manos recorren el cuerpo del otro, nuestras pelvis encajan, nuestro cabello y nuestros dedos se entremezclan, nuestros suspiros se confunden y nuestros deseos se reencuentran. Intactos.
—Deberíamos entrar, ¿no? —me susurra Vadim, recuperando el aliento.
—Ven, forajido. Enséñame cómo te cuelas en una casa sin hacer ruido —lo reto con una sonrisa.
Se ríe de mis expresiones de otra época, intento cerrar la pesada puerta de la mansión con el menor ruido posible, pero, dada mi delicadeza legendaria, Vadim me pide que le deje hacerlo y subimos con sigilo a la planta de arriba.
Por dentro, agradezco esa predilección de mi madre por la moqueta que nos facilita enormemente las cosas.
Por fin nos encerramos en mi cuarto y nos quedamos un segundo detrás de la puerta, con el corazón acelerado, la sonrisa en los labios, atentos al más mínimo ruido.
Parece que todo el mundo duerme a pierna suelta.
La noche nos pertenece. Me giro para ponerme de cara a Vadim, lo agarro de las muñecas y las inmovilizo en su espalda.
Me pongo de puntillas y me acerco a esa boca tan perfecta.
Hago un amago de besarlo y reculo en el último momento.
—Lo detengo por allanamiento, Vadim Arcadi.
—Lo confieso todo, pero me gustaría denunciar a mi sexy cómplice en calcetines…