Solos contra todos (TU + YO 1) Capítulo 21 #2
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Capítulo 21 #2

—Lee ya tiene su tema, es el suyo, tú no has puesto nada tuyo en él.

Quiero que hagas algo que te refleje. Te ayudaré a ponerte al día.

A partir de ahora, durante las horas en las que haces de mi asistente, te ocuparás de tu película.

Mientras tanto, cada vez que no sepas qué hacer con tu dolor, aprovéchalo.

Descríbelo, conviértelo en imágenes, en música, haz de ello algo más grande. Será fabuloso, créeme.

—Supongo que no tengo elección… —murmuro, secándome las lágrimas de las mejillas.

—Supones bien. ¡A trabajar!

Abrams se levanta con estrépito para volver a dejar la silla de Vadim en su sitio.

El resto de las clases se suceden como si nada a lo largo de la jornada: Historia del Cine, Técnicas de Iluminación y de Sonido, Taller de Realización Audiovisual, Logística y Producción.

Pero durante todo el tiempo que tomo notas de forma automática o me las arreglo para no participar en nada, no dejo de pensar en Vadim.

Y la película que podría hacer sobre él.

O más bien, sobre su ausencia. Sobre mi soledad, mis recuerdos, mis miedos, mis esperanzas…

Un proyecto de cortometraje: eso es todo lo que me queda. Todo lo que me aferra a él.

Cuando salgo de la universidad, dejo a Clémentine sumida en una conversación con Hannah Goldberg, su compañera de trabajo, y con el hermano mayor de esta, que suele venir a buscarla.

Mi amiga me interroga con la mirada para saber si la necesito, pero me doy cuenta de que está en plena operación de seducción de una nueva presa inaccesible.

El mensaje que me envía un poco más tarde me confirma que ya se ha olvidado de los jugadores de baloncesto que no dejan de liarla para pasar a una nueva era: los «intelectuales torturados».

Me marcho y decido dar una vuelta con la intención de pasar por delante del apartamento de Vadim. Tanto para asegurarme de que sigue sin estar ahí como para infligirme aún más dolor. Y para comenzar a buscar localizaciones para las imágenes fantasmales que me gustaría grabar.

Patético . Abrams y sus malditas grandes ideas. Vadim va a acabar por volver…

En su calle, la ventana iluminada de la primera planta casi me hace dar un respingo.

Petrificada en la acera, observo durante un buen rato el edificio para convencerme: la luz procede de un apartamento que conozco muy bien.

Aquel donde nos besamos por primera vez.

Aquel donde hicimos el amor por primera vez.

Aquel donde nos sacaron una foto a escondidas, lo más probable que desde el mismo lugar en el que me encuentro ahora mismo.

Alarmada, ni siquiera se me ocurre moverme. Una avalancha de preguntas se me agolpa en la cabeza en este estado de shock. ¿Cuándo ha vuelto Vadim? Si está en su casa, libre, ¿por qué no me ha llamado todavía? ¿Por qué no ha venido a mi casa, a la universidad, a donde sea, a buscarme?

Mi mente se niega a plantearse las respuestas.

Pero tampoco le ordena a mi cuerpo que avance, que camine o corra por la escalera y vaya a llamar a su puerta.

Me quedo ahí, paralizada, con los ojos clavados en esa ventana iluminada donde no hay ningún movimiento.

Aguardo algo de actividad, una sombra, un signo de vida.

Nada. En vez de eso, la luz se apaga. Otro respingo.

Mi primer reflejo es querer esconderme. Pero las piernas no me responden.

Las siento pesadas, inmóviles, ancladas al suelo, como tragadas por arenas movedizas.

Solo mi corazón acelerado me recuerda que estoy viva.

El resto de fuerzas me han abandonado. Una silueta sale por la puerta del inmueble y el pulso se me acelera aún más.

Ya noto un hormigueo hasta en la punta de los dedos.

Vadim se ha rapado la cabeza ni siquiera lo reconozco.

Cruza la calle y viene directo hacia mí.

—¿Qué haces tú aquí? ¿No crees que ya has hecho bastante?

Es como un jarro de agua fría. La sangre por fin me llega al cerebro, abro los ojos de par en par, reacciono.

Es Felix. Felix Alonso, con su pelo rapado y su gesto duro, ahí mismo, delante de mí.

Nunca verlo aparecer me ha dado tantas ganas de vomitar.

Y parece que lo mismo le ocurre a él. Estoy a punto de desmayarme.

Me recupero justo a tiempo para interrogarlo.

—¿Dónde está Vadim?

—No es asunto tuyo. Aparta.

—Felix, ¡dímelo!

—¿Ahora me das órdenes, Lancaster? Puede que Vadim se haya dejado engañar por tu jueguecito de hacerte la mosquita muerta, pero eso no funciona conmigo. Apártate de mi camino —espeta dando un paso más en mi dirección.

—Pero ¿de qué estás hablando?

Me encantaría que no fuera así, pero mi voz temblorosa delata el miedo que siento.

—¡Todo esto es culpa tuya! —me suelta con desdén a la cara antes de rodearme.

Lo agarro del brazo.

—¡Felix, por favor! ¡Me estoy volviendo loca! Me he recorrido todas las comisarías de la ciudad para tratar de encontrarlo. ¡Necesito saberlo! ¿Qué ha hecho? ¿Dónde está?

—Y ahora llega el momento en el que te pones a llorar, ¿no es cierto? Puedes gimotear todo lo que quieras, Lancaster, eso no lo ayudará a salir de ahí. Y nunca sentiré lástima por ti.

—Pero entonces ¿qué puedo hacer?

—Nada, ¡no hagas nada! Es por tu culpa que se ha dejado atrapar. Ya no es el mismo, tiene la cabeza en otra parte, ya no es tan cuidadoso, ¡antes esto no hubiera pasado!

—¿Dejarse atrapar? Pero ¿por qué?

—No es asunto tuyo. Ahora tiene antecedentes penales, lo vas a llevar a la ruina. ¡Y a mí con él!

—¿Qué? ¿Por eso vives en su casa?

—Sí, ¿estás contenta? Estoy metido en un buen lío, ¡no tengo nada si no tengo a Vadim! —grita Felix con la voz quebrada.

—Pues ya somos dos —murmuro, dejando que se me escapen las lágrimas.

Ese chico bajito y moreno, de cuerpo atlético, con el rostro deformado por la rabia, suelta un largo suspiro.

Me observa durante un instante, se da la vuelta, se pasa la mano por la frente, y luego se lleva el índice y el pulgar a los ojos, presionándolos para contener las lágrimas.

Termina por ponerse de nuevo la capucha sobre su cráneo rapado y me vuelve a mirar.

—Vuelve a casa, Lancaster. Y déjalo tranquilo. A Vadim le irá mejor sin ti, ya había conseguido salir adelante. No le pongas la vida del revés. Ya ha sufrido bastante.

Contemplo a Felix alejarse por la calle, arrastrando los pies con sus enormes zapatillas blancas rozando la acera con un ritmo monótono.

Ese sonido me destroza; las arenas movedizas vuelven a encerrarme los pies mientras una fuerte presión me oprime el pecho.

Mis ojos empañados se dirigen de nuevo hacia la ventana del apartamento.

La luz apagada.

Un rayo de esperanza que se ha desvanecido.